Sobre Pequeño tratado de cosmoanarquismo (2026), de Josep Rafanell i Orra
«Mis actos y pensamientos recuperaron su garra. No. La batalla no estaba ganada. Pero ya, por lo menos, podía actuar. Sabía cómo actuar. La compota me lo aclaró todo. Así como embarré la compota, convirtiéndola en una anárquica mezcolanza, así podía también aniquilar el modernismo de la colegiala, rellenándola con elementos ajenos y heterogéneos, mezclándola con cualquier cosa. ¡Cógelo, cógelo! ¡Adelante sobre el moderno estilo, sobre la hermosura de la moderna colegiala! Pero silencio…, silencio». W. Gombrowicz, Ferdydurke.
Quisiera agradecer a todos los amigos presentes que han acudido a la cita, y especialmente a Gerardo Muñoz por su invitación a participar en la conversación y por todas sus artes y mañas para lograrla. Aprovecho, asimismo, para saludar al resto de conversadores, con los que hacía algún tiempo que no coincidía virtualmente. Y, por supuesto, muchas gracias, Josep por estar aquí y por aceptar un diálogo que promete ser intenso y revelador. Quisiera comenzar haciendo alusión a algunos elementos circunstanciales de mi lectura de este Pequeño tratado de cosmoanarquismo; de la traducción del texto al castellano que desgraciadamente no está disponible, al menos por ahora, en la península ibérica; y sobre la importancia que este texto puede tener en el contexto actual, entre anarquistas y quizás no tan anarquistas, pero en cualquier caso entre quienes luchar contra este mundo Uno desde alguno de sus múltiples fragmentos, invisibles e irrepresentables, es una inclinación imperativa: una exigencia ineludible de su forma-de-vida.
Es cierto que leí el libro en su edición francesa hace ya algo más de dos años, por lo que quizás algunos aspectos del mismo queden oscurecidos, de manera inevitable, por el paso del tiempo y el olvido; sin embargo mi recuerdo del mismo sigue siendo brillante y queda como una de esas lecturas que, una vez terminadas, se consideran de ahí en adelante como un hito imprescindible. Y lo mismo sigo pensando ahora, tras haber repasado las notas que tomé en aquel momento, mientras las ordeno con motivo de esta conversación. Durante varios meses, de hecho, entre amigos y afines dialogamos intensamente acerca de algunas de sus tesis y creo que en ese sentido avivó ciertos debates y cuestiones que a muchas todavía nos interesan. Creo que no es poca cosa que un libro logre hacer eso, sobre todo en momentos como este, en los que la derrota y el desánimo parecen cernirse como una gran capa de plomiza pesadez. Me parece, en consecuencia, que su aparición en castellano es una muy buena noticia, aunque cabe lamentar que, como decía, el libro aún no pueda encontrarse en el marco del estado español, donde sin embargo, muy particularmente, podría alimentar una discusión mucho más amplia y necesaria en ámbitos anarquistas, autónomos, okupas y heterodoxos. Creo, sin duda, que podría ser un soplo de aire fresco en un contexto donde el embotamiento del pensamiento causado por el fetichismo de lo social —también por el socialismo redivivo—, incluso por la sociocracia y otros engendros nihilistas por el estilo, pesa como una losa que nos hunde, otro poco más, en la miseria cotidiana de una sumisión disfrazada de autogobierno y resistencia.
Vayamos pues con el libro que, no podemos olvidar, tiene como precedente el también maravilloso Fragmentar el mundo, publicado en 2018. Al igual que este, que lo anticipa teóricamente aunque quizás no llegue tan lejos en sus formulaciones, el Pequeño tratado, efectivamente, también puede leerse en un par de tardes. De los ocho capítulos más el epílogo que lo componen, asegura Josep lo siguiente: “He intentado escribir este libro como una espiral. Un caracol. De adentro hacia fuera. Y viceversa. Algunos temas vuelven a aparecer con insistencia y se reiteran como ritornelos.” No exagera en absoluto, y habrá de ser el lector el que haya de recomponer la estructura y extraer, a su manera, los diversos asuntos allí contenidos. Sirve mucho, a ese respecto, hacerlo dialogando con otros, es decir, acogiéndolo no como la nueva doctrina anarquista al fin revelada, sino como una oportunidad de entablar contacto con una palabra otra, quizás la de un contrabandista o la de un vagabundo sabio que sabe transitar, sin nunca intrusionar, de un mundo a otro. Sin embargo, aunque no sorprenda a quien esté habituado con cierta constelación a la que pertenece este Tratadito, no lo olvidemos: anarquista; este no pretende ser un texto sistemático que deduzca el Todo more geométrico. Todo lo contrario precisamente y, por eso, dada su fidelidad a la multiplicidad, no puede sino comenzar con una introducción peculiar, titulada —y compuesta de— 1. Fragmentos.
“En el comienzo era el asombro”, afirma tajante Josep, pero en ningún caso, adivinamos tras haber leído el libro, un fondo común, sino solo el asombro singular y siempre situado ante una serie de destellos caosmóticos, sin origen ni ningún tipo de sustancia presupuesta. Así, por eso, en este capítulo, desfilan ante nosotros destellos de los ácratas y los anarcosindicalistas en el seno de la revolución española, y de su previa en los años treinta —documentación familiar, por cierto, del propio autor—; también se alude a situaciones diversas en el cambio de siglo y en los años dosmil: así, arden ante nosotros las barricadas de las revueltas de los gilets jaunes; aunque también, poco después, nos remansamos, a contratiempo y esta vez a comienzos del siglo XX, entre los indios Chukchee o, de nuevo en el presente, con los relatos de jardineros de la periferia parisina y de los diversos grupos de apoyo que agrietan la arquitectura metropolitana. Escuchamos asimismo delirantes discursos de Macron, encarnando a un Todo que se quiere único; o atendemos inopinadamente, y a modo de contrapunto, un fragmento de James C. Scott de su libro sobre Zomia, es decir, sobre la verdadera imposibilidad imperial de cartografiar ciertas regiones del sudeste asiático, llenas de recovecos secretos y multiplicidades inconmensurables. Finalmente, asistimos a los vaivenes y tránsitos silenciosos, esquivos, de algunos migrantes. Son todo estos fragmentos verdaderos exempla de aquello que, a continuación, el libro nos invita a pensar más detenidamente.
Bien, quisiera ahora ahondar en unas pocas cuestiones escogidas de entre todas las posibles que el texto va desgranando a lo largo de sus capítulos, para así compartirlas y pensarlas con vosotros. Pero es preciso antes de nada, ante un libro con un título semejante, situarlo en algún lugar dentro de esa extraña y amplia provincia que atiende a la cuestión de la anarquía y los anarquismos; algo que no es fácil y que no es algo que en absoluto se pueda dar por hecho. Y es que siempre en este punto los múltiples sentidos y los vericuetos históricos de estos conceptos se entremezclan hasta a veces resultar indistinguibles. Hablar de la anarquía es siempre conflictivo y difícil, a menudo anacrónico e inevitablemente reduccionista y hasta casi paradójico, como señala Catherine Malabou en su libro ¡Al ladrón! Anarquismo y filosofía, para una nueva crítica de la dominación. Pero quizás las palabras más agudas y hermosas al respecto sean estas de Agustín García Calvo —cuyo espíritu, por cierto, se adivina a menudo entre las líneas del Pequeño tratado— en su opúsculo Contra la idea de hacer la historia del anarquismo. Y dice así: “Hay una contradicción interna, insuperable, entre la acción de negar el Orden y el hecho de ser un negador del Orden, entre rebelarse contra la Sociedad y el tener un ideal de la Sociedad, entre la negación de toda fe religiosa y la conservación de una creencia, entre el negar el juego de los partidos políticos y el ser un partido, aunque se llame anarquista o ácrata o libertario”. ¿Pero es esto de ser anarquista —puesto que ni siquiera hablamos aquí de hacer su historia en sentido estricto—, al fin y al cabo, imposible? ¿Se puede ser anarquista de alguna manera, aunque sea para hablar como todo el mundo, como decía Deleuze, de manera provisional? Sea como fuere, a pesar de esta dificultad o incluso de esta contradicción metafísica inevitable, quizás pueda resultar práctico, como creo que piensa Josep, determinar una posición en el seno móvil e inmenso de la acracia; algo que tenga más que ver con un cierto modo de ser, con una forma-de-vida, un pensamiento situado y una toma de partido ya no solo histórica, sino ontológico-metafísica; más que prenderse de una simple opinión ideológica. Cultivar pues un “corazón anárquico”, como quería el propio Agustín.
Me parece, y estoy convencido de ello, que la anarquía tiene, más que nunca, algo importante que decir sobre la guerra civil mundial en curso, aunque no por cierto como identidad satisfecha: sino como una señal provisional, siempre entre otras, que aluden a una particularidad del ser anarquista. Y es que poder presentarse sin ambages como anarquistas puede tener mucho sentido, por ejemplo, de cara a no tener que estar tomando distancia, a posteriori, respecto a las banalidades y las acusaciones fantasmáticas que todavía se dirigen de vez en cuando a los supuestos “apelistas” e “insurrecionalistas” a uno y otro lado de los Pirineos o incluso del Charco. Desde luego con la sola condición de que ser anarquista, o ser comunista, o incluso conspiracionista, no sea más que una simple contraseña, un mero gesto, algo con lo que reconocerse entre amigos y que puede propiciar, a veces, el encuentro. Considero, que al respecto conviene tener claro que existen tres niveles o ámbitos anárquicos que podrían esbozarse así:
- Un primer nivel, el de la anarquía ontológica-caosmótica, que, excediendo a lo humano, también podríamos denominar guerra civil, que precede siempre a los principios y a las abstracciones reales que agrupan en torno a sí el poder de un Todo.
- Un segundo nivel, o anarquía del poder o del gobierno (es decir, el fundamento-Comandamiento del gobierno, por un lado, y de la Economía como administración y reducción de las cosas por otro. En este terreno se sitúa también, además del liberalismo y sus secuelas, una ideología concreta particularmente insidiosa: el anarcocapitalismo o libertarianismo.
- Finalmente, un tercer nivel que, terminológicamente y de manera más menos viva, incluye a toda clase de “anarquismos” como tendencias político-sociales (sindical, comunista, insurreccional, autónoma, etc.); pero también al anarcoindividualismo y cierta ética anárquica impolítica: es decir ya que nos hemos referido a ella, por ejemplo, la acracia contracultural del joven Fernando Savater y de Agustín García Calvo, el postanarquismo… Y, por último, a un nivel más intelectual nos encontramos con la llamada anarquía filosófica del siglo XX y XXI (que incluye con matices diversos a Heidegger, Schürmann, Foucault, Derrida, Levinas, Agamben, etc.) o la antropología anarquista de Graeber y otros.
Evidentemente, está por calibrar aún hasta qué punto algunas de estas ideologías en el 3º nivel, las que se consideran tales y las que no pero que recaen en ello, no se arriesgan o de hecho han contribuido a engrosar las filas, incluso muy a su pesar; de la anarquía del poder y del gobierno. Y advirtiendo esa eventualidad más bien siniestra se sitúan también, como señala Malabou en el libro mencionado antes, las elaboraciones de los filósofos de la anarquía, los cuales, sin embargo, a menudo han eludido cualquier calificativo explícito de anarquismo o de anarquistas para sí mismos o para sus teorías, temiendo con cierta razón, la excesiva ontologización y el compromiso de su posicionamiento. ¿Pero eso no ha contribuido a cierta parálisis ética, como sostiene asimismo Malabou? Pienso que sí.
Y creo que el Pequeño tratado de cosmoanarquismo responde de manera convincente a este problema al aceptar, a su manera, el desafío que Malabou lanza inmediatamente después de hacer tal diagnóstico, a saber: incorporar las críticas de la filosofía an-árquica y, en este caso, además, las contribuciones de cierta antropología aventajada y de las corrientes del pluralismo ontológico radicalizado, para finalmente, aglutinar de nuevo el pensamiento y la práctica anárquica. De algún modo, me parece, se trata para Josep de apostar, de manera renovada, por el tercer nivel de la anarquía antes propuesto, a modo de insurgencia diríamos, es decir, en cuanto que anarquismo con los pies en la tierra, pero ya-no-político; y ello en la medida en que éste, a su vez, no traicione en absoluto al primer nivel, al de la anarquía ontológica y sus resurgencias inevitables en la vida cotidiana, así como a los desbordamientos ontológicos que siempre y en todo caso acosan y amenazan al gobierno desde dentro, en el segundo nivel, apuntando en su corazón a su imposibilidad anárquica y a la posibilidad siempre abierta de su destitución.
Esto, en el Pequeño Tratado, se traduce en una cierta síntesis que si no es definitiva al menos es plausible y rica, puesto que aúna teórica y prácticamente consideraciones situadas en estos tres niveles tan a menudo pensados separadamente o ignorados en cuanto a sus limitaciones, interacciones, etc.; y ello en la medida, además, de que el autor los piensa teniendo en cuenta, explícitamente, sus interrelaciones. Es a esto, en fin, a lo que Josep, ha llamado muy atinadamente cosmoanarquismo. ¿Y en qué consiste éste? Partiendo de la esencial inadaptación que nos constituye en mayor o menor grado a este mundo inmundo, se trata sencillamente de una invitación a practicar con ligereza el arte de los pasajes y de la deserción, a densificar desde ahí un enmarañamiento de relaciones que no son ni sociales, ni estatales, ni puramente individuales. Es, en fin, la primacía de la amistad y de la enemistad estilizadas en cuanto lazo privilegiado entre los mundos y las almas que los densifican. Todo eso en lugar de la hostilidad insensible y brutal que media en todas y cada una de las relaciones sociales entre seres sujetados por el poder y con las que, por cierto, los anarquismos al uso no rompen en absoluto. De manera muy concisa Josep nos dice: “Propongo llamar cosmoanarquismo al compromiso con la experiencia de una transición sin fin entre los mundos. Solamente esto, en el panorama de los desmoronamientos en curso, parece abrir la posibilidad de nuevos procesos revolucionarios. A condición de que nos deshagamos de la idea de fundamento, de principios primeros que nos atan dentro de una lógica de sucesión. No se trata, entonces, de nada más que de reencontrar nuestra presencia en una multiplicidad de mundos y de las maneras de habitarlos”.
Aquí me surge una pregunta, pues en el texto se alude a veces a otro concepto caro a la tradición revolucionaria: el comunismo. ¿Comunismo o anarquía? ¿Por qué es esta última la que acaba alcanzando cierta primacía y aparece finalmente en el título del libro? No es casual ni meramente una convención, ni mucho menos un mero contrabandeo de etiquetas ideológicas. ¿Podríamos decir que algo así como el “cosmocomunismo” sería, más o menos lo mismo, que el cosmoanarquismo? Hasta cierto punto, me parece, la respuesta es afirmativa. Ahora bien, a lo que sin duda no podríamos referirnos en esta ecuación —si exceptuamos quizás a Gustav Landauer— sería precisamente al socialismo de nuevo cuño. Pero, si lo pensamos bien, comunismo y anarquía tampoco son exactamente la misma cosa. Es interesante aquí, profundizando esta cuestión, recordar aquella conferencia titulada significativamente Propagar la anarquía, vivir el comunismo, del Comité Invisible, puesto que, como allí se recuerda: la anarquía siempre desborda al comunismo y lo incluye, puesto que éste es siempre algo relativo a cada mundo, a cada experiencia singular sensible; mientras que, por su parte, la anarquía sólo puede consistir en la condición ontológica de posibilidad de esa multiplicidad de mundos comunistas, es decir, de las comunas insurreccionales y sus vínculos. Y por supuesto, han de cuidarse tanto la propagación de la una como la atención, entre amigos, del otro. Solo ampliando el espacio y la irrupción de los mundos anárquicos, por parte de aquellos que desertan y combaten el poder social y el gobierno del Mundo Uno sobre los cuerpos y las almas, puede vivirse de manera más intensa la experiencia feliz del comunismo.
Pero este planteamiento filosófico-metafísico, y esta es la segunda cuestión que quisiera señalar, requiere, como es lógico, de un posicionamiento teológico. Ya el exergo inicial lo hace a su manera: “Dios ha escogido lo vil y lo despreciable del mundo, lo que no es nada, para reducir a nada lo que es.” (1 Corintios 1:28). ¿Pero en qué cosiste esa divinidad paulina desde la perspectiva cosmoanarquista? Porque se hace claro, a lo largo del texto, que no estamos ante ninguna clase de monoteísmo —aunque quizás pudiera dialogar con ciertas versiones de él— sino más bien ante un peculiar animismo, o quizás ante un politeísmo. Así, dice Josep: “A lo mejor Dios no esté muerto, porque no ha sido nada más que una pura transición. De un mundo a otro, los dioses advienen y luego devienen. Nosotros, por nuestra parte, podemos convertirnos en fieles paseantes por las regiones de la anarquía del cosmos”. Eso sí, en ningún caso se trata de atascarse con un neopaganismo o un constructivismo religioso cualquiera. Apuesto a que incluso podríamos estar hablando de un cierto panteísmo o de un materialismo encantado y animado. Me viene a la mente, en este sentido, el enjundioso libro de Emmanuel Dattilo El Dios sensible, que tan bien encaja con las tesis aquí expuestas y, asimismo, me parecen muy hermosas las referencias que hace Josep al poemario Tomar partido por las cosas de Francis Ponge (“—¿Nostalgia de la unidad, de Dios?, le preguntaban al poeta, —No, de la variedad, respondía éste sonriendo”).
Sería interesante comparar estas perspectivas, aunque no es el momento ahora, con otros pensamientos destituyentes como el catolicismo insurgente de un Marcello Tarí, quien busca en la tradición cristiana una fuerza similar de ruptura, pero a través de unos compromisos teológicos bastante diferentes y, posiblemente, mucho más arriesgados, que los que aquí estamos considerando. Pero hablábamos, no obstante, de una guerra de animismos, de una verdadera guerra civil ontológica, en la que por cierto ya no se trata de la vieja y gastada concepción del ánima como algo interior, como un mero refugio psicológico o un misticismo vulgar que ha de aceptar el comandamiento de la economía divina, es decir, de esa anarquía del poder que mencionábamos antes. Por el contrario, estamos ante una concepción del ánima exterior, de las superficies, las relaciones y los vínculos.
Sea como fuere, en tercer lugar, esta lucha de animismos y de los mundos que les dan vida nos hace regresar a la cuestión de las resurgencias y las insurgencias. Se da aquí, por así decir, el encuentro, o el choque entre nivel primero y el nivel tercero de las anarquías en su radical conflicto contra el segundo nivel. La guerra de lo animado frente a lo inanimado librada por los anarcántropos —interesante concepto de Simón Royo, en su libro Anarkía/Anarcolepsis (2024)— es decir, entre los humanos-ya-no-humanos enfrentados al arjé del gobierno y su aplanamiento existencial. Y es que aquí resurge el pasado, lo ontológico originario que habita fuera del gobierno —los bárbaros—, pero también lo que sobrevive y conspira por dentro de la anarquía del gobierno a modo de afuera parcial; como por ejemplo todas las formas de marranismo o de infiltración desestabilizadora que se asimilen a la figura del «irresponsable» del muy original —y también anarquista y antipedagogo— Pedro García Olivo, quien se basa a su vez, en Heliogábalo: el anarquista coronado de Antonin Artaud. Estamos, por tanto, según interpreto, ante un anarquismo insurrecto y, a la vez, ciertamente tradicional, pero entiéndaseme, solo en un sentido metafísico, puesto que su corazón anárquico, estaría volcado, más bien, al aquí y ahora de los genios del lugar, del espacio y del paisaje conocido —como señala certeramente Gerardo Muñoz en su posfacio—, y a las posibilidades trascendentes que habitan cada mundo. Y ello sólo en la medida en que en él resuenan los ecos éticos de la tradición de los oprimidos que siempre se dirigen a otra parte más allá de sí mismos.
Entramos así de lleno, en cuarto lugar, en el ámbito de lo que podríamos llamar anarqueología. Siguiendo a Foucault, Josep señala dos mundos anárquicos del pasado que podrían efectivamente servirnos de referencia como modelo de dichas resurgencias en la delgada línea del tiempo: el orfismo y el cinismo. Se puede discutir en qué consiste esa línea intermitente tan difícil de seguir que asumirían las resurgencias. Me parece algo muy interesante y, hace tiempo —cuando era universitario—, yo mismo investigué sobre este tema y hasta me atreví a llamar a esta sucesión discontinua pero recurrente «Eón cínico», usando el exemplum cínico como paradigma del mismo; aunque bien podría denominarse, de una manera más general y creo ahora que más acertada, el eón anárquico. Más aún cuando ha habido quienes, como Julien Coupat —a quien cita Josep—, rastrean esta pista mucho más atrás en el mundo occidental griego, llegando incluso a los órficos. Aunque también pueden explorarse a los pueblos pelasgos y al nomos arcádico de la Hélade, como hace Mónica Ferrando en su libro El reino errante. La Arcadia como paradigma político. Pero entonces, cabe preguntarle a Josep: ¿no tenía razón Foucault al sugerir al final de su vida que toda la antigüedad no fue más que un gran error? ¿Acaso cínicos y estoicos no plantean también un problema al afianzar una cierta «anarquía del poder» a través del cuidado y el gobierno de sí? ¿Y el orfismo —y aún más los pitagóricos, el platonismo y sus secuelas— no daba pie a una sustancialización cada vez más angustiante del alma como un ente separado del cuerpo? Son estas unas preguntas que quedan abiertas, asimismo, para otras tradiciones y ámbitos que se nos puedan ocurrir y que hace difícil cerrar el broche de las resurgencias que nos habitan. Quizás la de la anarquía sea una fisura difícil de colmar, pues el gesto de tratar abarcarla es siempre una novedad y, al mismo tiempo, algo infinitamente antiguo: una imposibilidad que, por eso mismo, enciende el espíritu. Es por eso que pienso que la anarqueología que queda por hacer es ella misma un proceso vivo e inacabable.
En quinto lugar, quería señalar un acierto que a modo de recordatorio nos hace Josep, ya que este cosmoanarquismo plantea un cambio de paradigma fundamental: los anarquistas y en general los anarcántropos, el conjunto de insurgencias y resurgencias, no han de luchar contra la dominación —aquí estamos lejos de Malabou—, sino contra la desposesión de la violencia y la potencia anárquica. No podría ser de otro modo, puesto que aceptar el marco de la dominación es ya, en parte, no reconocer la anarquía primordial, la del primer nivel señalado; y hacerlo no es en fondo sino un espejismo ideológico que conduce a la parálisis, a la “resistencia” en el estrecho marco de la sociedad, las identidades y la atenuación gubernamental de todas las formas de vida. Porque el verdadero problema es la desposesión de nuestra propia potencia, del uso posible de nuestra violencia de ser tal cual somos no gobernables: de nuestra an-arjé fundamental, es decir: del vínculo posible que podemos establecer e intensificar con aquello que nos anima y con lo que anima a los demás. En una palabra, de la búsqueda de nuestra manera: de nuestro cómo y de nuestro para qué.
Y, sin duda, en este punto, el cosmomorfismo que aglutina la dinámica de los mundos anárquicos propuestos en el libro, en su cómo etopoietico, puede encontrar un punto de apoyo estupendo en la cosmotécnica de Yuk Hui, que se vuelve imprescindible para entender cómo el contacto sin mediaciones representativas ni abstractas de herramientas, objetos, seres inanimados y formas de vida se entrelazan, mediante el uso, conformando un cosmos vivible y vivo. Aunque técnico este mundo —que sí, ha existido de verdad— sería ajeno a los impulsos depredadores y prometeicos, incurablemente instrumentales, de la Civilización en cualquiera de sus declinaciones, como demuestra el filósofo hongkonés en su ensayo La pregunta por la técnica en China. Un ensayo sobre cosmotécnica.
En sexto lugar, este anarquismo plantea unos modos de lucha que ya no son políticos —ni sociales— en el sentido típico y facilón, sino metafísicos y, en cierto sentido, también técnicos, como acabo de señalar. El combate entonces se articula en dos ejes que, sin embargo, por momentos son algo indiferenciados y por los cuales me gustaría preguntar a Josep. Son los siguientes, tal y como lo he interpretado yo: 1. Por un lado, el desmantelamiento (o la desinstalación) de las estructuras del capital, de las infraestructuras materiales, en su realidad efectiva, del mismo, que potencian las fuerzas necrosantes y necrosadas del Mundo Uno. 2. Y, por otro lado, entiendo, la destitución del sentido, que afecta al tiempo y a nuestra experiencia de la realidad.
De este modo, en la medida en que estos mundos insurgentes y resurgentes niegan y se afirman negando el mundo Uno, a modo de comunales, dice el texto de manera repetida, han de instaurarse en mundos invisibles en vez de instituirse en formas reconocibles a la anarquía del poder. Estando muy de acuerdo con la toma de distancia precisa respecto a todos los llamados institucionalismos populares, sin embargo, desde mi perspectiva, no veo clara la diferencia que en el Pequeño tratado se hace entre estos dos verbos a nivel conceptual. Aún a riesgo de equivocarme pienso que quizás apunten más bien a un impensado al que habría que dar alguna vuelta más. ¿No comparten acaso ambos la misma raíz etimológica statuare, relacionada con el poder fundacional y la erección vertical de una fuerza, de un poder? ¿Qué uso ventajoso, destituyente, implica realmente usar una categoría frente a la otra?
En séptimo lugar, y ya termino, ¿no es también otro pequeño defecto del libro la escasa tematización que se hace de la noción de “relación”, que no obstante se repite una y otra vez? Dado que nos encontramos ante un anarquismo sin sujeto, ¿por qué mantener el vínculo privilegiado que comunica en toda la tradición moderna a las mónadas sociales que son los yoes? A menudo se tiene la sensación de que nos encontramos con otro impensado más, que en esta ocasión acerca peligrosamente este texto a corrientes ingenuas como la de la anarquía relacional, que requieren justamente de esta categoría para refundir, una vez más, de manera burda y ciega a la anarquía del poder, la subjetividad moderna de los sujetos anarquistas y de sus relaciones —en ese caso a modo de inter-sujeción gubernamental más o menos poliamorosa. Me gustaría, por tanto, plantear y sugerir la posibilidad, creo que fértil, de pensar los vínculos desde la noción de contacto, un poco a la manera de Giorgio Agamben cuando pone guiones en vez de espacios entre sus formas-de-vida, animando así a la multiplicidad de mundos que habitan y hacen libre uso de sí en ausencia de representación, de principio o de comando. En otras palabras, pienso que quizás podríamos rechazar a toda la familia conceptual de las “relaciones”, los “nodos” y las “redes”, —siendo, en cambio, le enchevêtrement: el enmarañamiento o la intrincación, utilizado en el Pequeño tratado, un concepto que me parece precioso— en la medida en que, muy a menudo, estas categorías son asimilables y traducibles fácilmente en términos de inputs/outputs que el gobierno cibernético siempre puede regenerar y re-capturar a su antojo. Así, en vez de eso, me parece más adecuado pensar el tránsito entre mundos desde el contacto, como ese espacio vacío y a la vez pleno en el que la (im)potencia anárquica se mantiene inoperosa y a la vez libre en su libre juego. Tocarse, en fin, mejor que intercambiar a través de relaciones.
Para terminar, aunque se me ocurren muchas otras cosas, me gustaría celebrar un libro que es, como reconoce el propio Josep, “un verdadero tratado de penumbra”, capaz de introyectar algo de noche en la excesiva luz que nos deslumbra por doquier. Estoy convencido de que nos ha hecho entrega de un texto que brilla, de nuevo con gran afinidad a la letra de Agustín García Calvo, como una paradójica “luz nocturna” que anuncia no ya un nuevo orden, sino una nueva sensibilidad capaz de habitar la oscuridad más allá de las luces desprovistas de matices de la Civilización. En fin, no me demoro más, léanlo si pueden y disfrútenlo tanto como he hecho yo.
* Una versión preliminar de este texto fue leído en la sesión en torno Pequeño tratado de cosmoanarquismo(Luciole & Irrupción Ediciones, 2026), el pasado 25 de abril en la serie Conversaciones a la intemperie que ya puede escucharse aquí. El libro de Josep Rafanell i Orra puede encargarse mediante la editorial así como en librerías de Santiago de Chile.

