Hemos vuelto a pensar en el polvo, la tierra y el barro.
Hubo años durante los cuales el metal de los espejos se clavó como un cuchillo mudo entre nuestros sueños, pero nada de eso nos dolió. El futuro ya había llegado, infinito e irrefutable, actualizante, liberado y compartiéndonos su libertad. En esas décadas, los sueños se armonizaban con las sonrisas de la realidad: no había sueño equivocado. La democracia era sinónimo de cultura. La humanidad era un caso de razón omnisciente, tanto en cumplimiento moderno como en ironía posmoderna. Fueron los 90.
Los socialismos reales desnudaban su iracunda realidad. El capitalismo capitalizaba toda fantasía. Aquellos sueños clavados por el metal de los espejos reflejaron, en lugar de su dolor, el deseo proyectado del torturador.
En el diario vivir todo era oportunidad, posibilidad de negocio, materia prima entregada a aquella orgullosa voluntad capaz de impulsarnos a través de olas y estrellas. Negación determinada del ocio, el intelecto se hacía práctico y expansivo, público para uso privado. Las ocurrencias se vistieron de promesas: expresiones hegelianas de una superación integrativa, las genialidades recuperaron su labor kantiana siendo un oasis pacificador a manos del comercio. Los sueños del individuo, vehiculizados por el neón de las empresas, sólo debían encontrar su lugar, por cierto preexistente, al interior del tejido económico y la cohesión social. Ese fue el acuerdo: un acuerdo firmado de antemano. La de locura poética y el mercado publicitario; la neutralidad de la ciencia y el expansivo y democrático avance tecnológico; la política consensuada fue definida en calidad de arte de lo -meramente- posible. Todo parecía en orden.
La altisonancia de los metarrelatos bajaba su tono hasta perderse en la caracola de cada oído: fue la música individualista que, en lugar de destituir, fragmentó la verdad para que pudiera cogerla cada mano en la forma del hedonismo. Su caída, reafirmando el oscuro precipicio descubierto tras el horizonte de la utopía, también hizo de cada uno su propia empresa. Porque la sangre aún hirviente con que los pueblos habían conquistado sus derechos, devino deconstrucción y giro lingüístico, estetización desprovista de fuego, poesía sin melancolía ni arte, filosofía de salón, por fin, nuevamente contemplativa: pareciendo consumada dentro de su orgulloso solipsismo, la filosofía se contentaba con la acrobática mueca de su académica ludicidad.
La historia llegaba a su fin y, de la mano de la filosofía, a su consumación. La posmodernidad, ligera y extasiada, disolvente y estetizante, no hacía más que instaurar la lápida de un proceso de progreso moderno que, sin embargo, coincidía con la misma finalidad de éste. Para ello debía destruir no sólo a Dios, sino también su hogar: la historia. La finalidad sin fin de una historia alzándose sobre sí encontraba su asintótica verdad: el sujeto. Cuestionado, derrocado, reificado o bajo sospecha, seguía tratándose del sujeto. Por fin, la historia podía prescindir de la historiografía para volverse espíritu en los bolsillos de cada consumidor. Por fin, la razón ilustrada podía reírse de sí misma sin miedo a la ironía. Si con Hegel la historia, como todo lo real, era racional, en la posmodernidad la historia, como todo real, llegaba a ser irracional, justamente gracias a la centralidad afirmativa, pero ahora negada, de la misma razón. Mientras, los “filósofos de la sospecha” (en palabras de Ricoeur: Marx, Nietzsche y Freud), quienes sospechaban acerca de la primacía ontológica propia de la subjetividad, dejaron de ser sospechosos. Paulatinamente el mundo devino un juego cruel: un juego que, sabiéndose juego, milita con soberbia en los límites de entretenimiento; un juego cruel por haber olvidado el vértigo que le atrae a los pies del abismo.
Ya ni siquiera el relativismo era necesario de ser pensado, pues resultaba asumido; ya ni siquiera el escepticismo debía esgrimir su juicio en cuanto consecuencia de lo juzgado. Desde un inicio, el (pre)juicio era reconocido como premisa, el relativismo como efervescente e irrefutable horizonte. Constructo, vanidad y juego: posibilidad o imposibilidad de conocer, de vivir y, aunque no se crea, de amar.
Por más de treinta años, Fríos, inexpugnables, futuristas, los edificios resplandecieron sin requerir del sol. El funcionamiento de la ciudad se perfeccionaba paso a paso; cualquier melancolía era síntoma de una resentida aversión contra el progreso, de un desencanto cuyo originario odio resultaba inconfesable, vergonzosamente inconfesable. Era el tiempo de la modernidad posmoderna, de su expansión sin fin. Creíamos ser esas imágenes de niños que, desde los confines del mundo, llorábamos próximas adulteces, desprovistas de motivos para luchar. Decíamos, con banal decepción: “ya no tenemos motivos para luchar”. Vaya tragedia.
No es que detrás de la polvareda nos espere la única verdad. Más bien, en la polvareda misma nos entibia el rostro la suciedad de una experiencia común, más originaria que cualquier Dios: “polvo eres y en polvo te convertirás”. Y aunque Dios no lo quiso, quizás esa sea la primera y la última enseñanza: el átomo del cual se inicia, hacia el cual va dirigido y que no deja de sacudir al cosmos. Por esto, sin esperar el advenimiento de Dios, sin cercar los contornos de la tierra ni de anegar el dolor de los niños con la salinidad del llanto, no hemos de olvidar que estamos aquí para hacer lo de siempre: resistir, luchar, amar. Pero, sobre todo, que vinimos a hacerlo con la irrepetible imaginación de lo singular: estamos aquí para inventar nuevas formas de masticar y aventar el polvo.
El metálico progreso de los 90 ha desaparecido, justamente, en la medida que ha alcanzado su verdad, donde su fracaso ha terminado por coincidir con su éxito: la catástrofe neofascista. Hoy, cuando las fuerzas del capital estrangulan la tierra buscando hacer de su elixir una sonda algorítmica, para hacer de sus minerales un espejismo huyendo por la galaxia, volvemos a respirar el polvo, a acariciar, amar y maldecir la tierra, a besar o disecar el lodo. Entre la tos y las secreciones, con ojos atormentados por la niebla y a pesar de las pesadillas que nos esperan, hemos de inventar un mundo cuyas praderas no se dejan cubrir por ningún cielo, cuyos ojos sólo se hermanan con el espejo azul que arde en cada estrella. Enraizados a constelaciones que nos han heredado su polvo, no dejemos de hundir los pies en la tierra ni de hervir la sangre en el barro. Ni el lazo neofascista ni la buena conciencia de una virtud progresista han de hacer poesía con la mirada: la poesía es el corazón de los pueblos y los pueblos atesoran el corazón del mundo.
Si hoy hemos vuelto a pensar en el polvo, en la tierra y el barro es porque hemos vuelto a sentir, como si se tratase de la primera vez, nuestra sed en el polvo, nuestras manos en el agrietado verdor de la tierra, las palpitaciones de nuestros ríos serpenteando en el barro. Las imágenes son fruto de la imaginación, como la poesía lo es de los pueblos. La resistencia, por ende, es fruto de la lucha por habitar un mundo cuya imaginación persevera en cada imagen.
