Javier Agüero Águila / ¿Qué se dice cuando se dice luna?

Filosofía

1. Quizás –solo quizás– lo que tensa al libro de Jacques Derrida La tarjeta postal. De Sócrates a Freud y más allá (1980) sea si es posible amar, pensar y escribir al mismo tiempo. Y esto que pareciera tener una respuesta de inmediato afirmativa, pues no la tiene porque, justo, abre a una serie de preguntas con las que podemos jugar casi algorítmicamente: ¿Se piensa cuando se ama? ¿Qué se ama cuando se piensa? ¿Voy amando mientras escribo o la escritura misma es una reacción desesperada al amor, ahí, cuando nos entra? La escritura como manifestación ya textual, es decir como letra impresa abierta a un devenir que de ahí en más podrá tener múltiples apropiaciones e interpretaciones: ¿puede ser la expresión instantánea de un amor hacia alguien o podrá no tener destinatario y escribir, así, sin saber lo que se ama, sin embargo y a la vez, amando con toda la intensidad posible?

2. Y él le dijo (o le escribió), después de un café a media mañana en una ciudad que conocía tanto como a su infancia –que podría caminar borracho y con los ojos vendados sin perderse jamás–; “siento que te conozco hace lunas de tiempo”. Y nunca supo bien, él, por qué escribió o dijo la palabra “luna” … qué pasa con la luna. Un astro que así como produce las mareas, generando disturbios que conmueven sin orden ni ley aparente, también, hasta donde sabemos, no permite la vida; no hay oxígeno ni gravedad ni nada que permita intuir que es habitable. Entonces la luna (él dijo “luna”) sin pensarlo, sin detenerse un segundo antes de disparar la palabra o la letra. Tal vez pensándose a sí mismo como una luna siempre convulsa, siempre a punto de eclipsarse pero que, sin embargo, es o puede llegar a ser un oleaje inmutable, eterno. Como la tarjeta postal de Derrida que sale sin dirección ni remitente, así de loca, así de precipitada. Sabe que va a alguna parte, pero no está destinada, no tiene verdad, no se expande como la búsqueda de una certeza.

Después viene la verdad y el amor se traspasa a sí mismo alterando todos los puntos cardinales. El amor cuando sentimos que puede perforar aliviando o asesinando.

3. ¿Puede ser el amor una tarjeta postal o habitar en una tarjeta postal? (Diríamos hoy ¿en un mensaje de whatsapp?) Todo queda secreto, no lo podemos saber. De lo que sí estamos seguros es que ese misterio, ese silencio incandescente, quemante que no responde a ninguna exhortación moral y por tanto a ninguna forma cultural, va siendo así, en simple, va siendo secreto. Y aunque no sabemos si llegará o no a destino, la tarjeta postal como metáfora del amor nos atraviesa: somos el final postal de la carta postal y la tarjeta postal misma la destinerrancia de lo inalcanzable que no termina nunca de llegar; un destino sin voz, ciego, tal vez un puro eco ficcional –que rebota entre un diálogo también ficticio entre Sócrates y Freud y más allá– pero que, y volvemos, no podemos eludir porque es el devenir y en tanto amor imposible, la tarjeta postal, deja traslucir lo posible. “¿Pasar por la criba el fuego? No renuncié a ello, tan sólo a hacer justicia o dar razón […] ¿Quién escribe? ¿A quién? ¿Y para enviar, destinar, expedir qué? ¿A qué dirección? (Derrida, 1980, 9).

4. Pero le dijo o le escribió “luna”, a ella, sin tener idea de qué quería decir esa palabra y dejándola enganchada al tiempo y al plural: “lunas de tiempo”: nada más que el absoluto: su sombra, la de ella, los pergaminos de un par de vidas que sufren, como cualquier otra, pero sufren. Pero él le dijo luna y lo que asomó por detrás del espejo en el que se reflejaban fueron fantasmas; irreconocibles fantasmas que ponían su querella por amar el presente, ese que ya no es sino ahí, en un café de una ciudad fría; fantasmas que van. Y claro, ahí hablaron de Freud, algo, se rieron con Sabina al paso y pusieron a este cuarto de siglo como el ominoso resumen del mal en su variante genocida y ultrona fascista.

5. Y apareció la violencia relatada por unos labios que a esa altura eran horizontes – para él eran horizontes–. El pulso del alma medio rota que nos arroja como notas musicales a la tormenta y que serán resonancia de nada, o tal vez de todo. Quizás él pensó en Neil Armstrong y en ese paso que tanto habrá significado para la humanidad y que, una vez más, se sentía narcotizada de colonización cuando, en realidad, era la luna la que nos colonizaba a nosotros.

Como sea, él dijo luna, o lo escribió como un disparate, mientras caminaba, pensaba, se guardaba palabras para sí mismo, pero dirigía la mirada a ese hermoso espectro que sin querer ser más que su pura leyenda, lo que ya era mucho, pudo, por una mañana, ponerlo ahí mismo… en una estrella plateada.

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