I.T.A / Sobre el “Paradigma Gaza” y el Racismo de Estado. Notas a Palestina bajo fuego de Rodrigo Karmy

Filosofía, Política

El reciente libro de Rodrigo Karmy, estructurado por un conjunto de entrevistas realizadas al autor, moviliza reflexiones en torno a 2 grandes ejes: un diagnóstico del presente a partir del genocidio en Gaza y una anamnesis epocal que abastece claves de lectura para entender la política como un problema.

En dicha imbricación reflexiva, me parece que el libro consigue reconstruir la narrativa que organiza la historia reciente, al tensionar el dictum según el cual el nazismo constituiría una experiencia excepcional de interrupción de una tradición democrática y civilizada que caracterizaría a Occidente. Pese a esto, Rodrigo Karmy expone argumentos que permiten caracterizar al sionismo y su figura institucional (el Estado israelí) como un proyecto político racial, fundado en una distinción exclusiva y excluyente de la raza.

Michel Foucault, al estudiar el nacimiento de los Estados modernos, a través del desarrollo e institucionalización de técnicas y prácticas de gobierno de la especie humana, observó que es la inclusión de la raza en las operaciones de la política moderna, aquello que la convierte en una biopolítica. Es decir, la política moderna entendida como una biopolítica, no encontraría su fundamento en una preocupación política por la vida, sino en la categoría de raza que la vuelve históricamente posible, al situar la vida del viviente humano como excepcionalidad ontológica y traducir la política como antropología.

En este preciso sentido, el vocativo “raza” no quiere decir etnia, sino especie. Raza como criterio de distinción, clasificación, y excepcionalidad de una forma de vida sobre otras, así como criterio técnico de administración de lo “otro”, representado como obstáculo o amenaza. Por esta razón la política moderna puede “hacer vivir” y “dejar morir”: proteger la vida de un conjunto de vivientes a expensas de otros. Pese a esto, ¿qué es aquello que se deja morir o se expone a la muerte?: lo que el criterio racial desecha o representa como amenaza para la protección de una vida angélica. ¿Por qué angélica? Porque el fundamento racial está enlazado a una comunidad de destino, ya sea que ésta se presente como pueblo elegido por Dios o como población biológicamente apta para gobernar la Tierra (un semblante para nombrar a las oligarquías planetarias)

En esta dirección, el libro sitúa a Palestina como “el paradigma o caso excepcional por el cual podemos comprender nuestro tiempo” como nakba o catástrofe, al observar dos movimientos correlativos: la “palestinización del mundo y la israelización de los poderes globales”. En esto, me parece que los argumentos de Karmy consiguen intuir una clave de lectura fundamental respecto de la racionalidad del poder y sus intervenciones contemporáneas. Pero también – a la luz del problema de la raza–, habría que hacer el ejercicio de pensar a Israel y al sionismo como un paradigma de la política moderna, porque permite iluminar su escena, su propia oscuridad ontológica. Quiero decir en palabras sencillas, que el sionismo como proyecto político-colonial y racial –más profundamente que la sionización contemporánea de las oligarquías militares y financieras, tal y como se vuelve legible en las entrevistas a Karmy–, expresa el fundamento de la política moderna, aquella situada sobre la excepcionalidad ontológica de la especie o de un segmente de ella, al hacer de la guerra civil mundial y el colonialismo, tecnologías políticas de gobierno planetarias (la nakba y su devenir mundo), fundadas en una antropología radical.

Creo que por ello Rodrigo puede sostener la tesis según la cual “el sionismo es una ideología imperial y nacional. Como tal, es transversal a izquierdas y derechas”. En la medida que ambas tradiciones encuentran su procedencia histórica en los mismos arcanos de constitución de la política moderna. La izquierda no se encuentra excluida del paradigma racial que funda a la política moderna, al no haber conseguido –hasta ahora– hacer su propio trabajo de anamnesis o de memoria respecto de la herencia que la constituye. Por ello es que el libro acierta cuando califica la política colonial israelí como ex-pan-sionista –si pudiéramos jugar con las raíces etimológicas que componen esta palabra, podríamos pensar de manera alegórica una “política sin afuera”–, vale decir, como la planetarización de un paradigma político que tiene a la soberanía, la guerra y la raza como pilares fundamentales.

A este respecto, el libro sostiene que “las izquierdas son tan sionistas y coloniales como las derechas, tal como podemos verlo en la historia. Por eso la única y verdadera oposición a Israel y su vocación colonial solo puede provenir desde el mundo palestino y su solidaridad”. Para luego sostener que “la izquierda euroatlántica… me parece que no tiene nada que ofrecer a la liberación de Palestina más allá de espurias declaraciones de buenas intenciones”; mientras la izquierda euroasiática no contendría más que autoritarismo. Más adelante, sostiene que, en general, se trataría de “una izquierda sin lengua”, a lo que agregaría, carente de un concepto propio de lo político, puesto que su experiencia es siempre la mímesis, la disociación mitológica de su procedencia. De esto cabría subrayar, me parece, dos cosas: 1). El sionismo no sería exactamente un proyecto exclusivo de las derechas internacionales, porque expresa el paradigma de la política moderna; 2) esta constatación exigiría desmontar los arcanos en que se sostiene la política moderna. Esto podría significar solidaridad con el mundo Palestino, tal y como lo entrevera Karmy, pero también o, además, un trabajo de crítica a la política misma, única forma de pensar otros modos, no solo de la política, sino de la existencia, donde la relación colonial, imperial, extractiva de un pueblo sobre otro, no pueda ya seguir sosteniendo el hacer político de la especie sobre todo un planeta. Porque el problema es más amplio…

Creo que los planteamientos de Rodrigo también destacan por contribuir al debate contemporáneo al abastecer un conjunto de categorías filosófico-políticas que funcionan como claves de lectura en la composición de una cartografía de nuestra actualidad. Por ejemplo, la noción de “colonialismo de asentamiento”, tratada de un modo bastante elocuente, permite distinguir entre las prácticas coloniales europeas tradicionales y las actuales, subrayando una mutación relevante de la política contemporánea en general. Según la descripción de Rodrigo, esta forma de colonialismo es de un “tipo centrífugo en el sentido que funciona expulsando a la población nativa y no centrípeto que incluye a dicha población al interior de un imaginario metropolitano. No se trata de civilizar a los nativos, por tanto, sino de expulsarlos de su territorio para volver a repoblarlo con la población colona (los asentamientos). Por otro, es un tipo de colonialismo propiamente capitalista en el sentido que representa la tierra como aquella que está disponible para su apropiación y explotación” (aquello que Heidegger entrevió como gestell, esto es, la existencia vuelta fondo de reserva o stock disponible para la especie humana). Quiero insistir aquí que el sionismo no podría entenderse solo como un conflicto nacional, o racial específico: es el paradigma de la política moderna, incluso más que el paradigma nazi como lo ha pensado Giorgio Agamben, cuestión que instala un desafió al pensamiento respecto de cómo y a través de qué operaciones sería posible la formulación de una crítica.

Finalmente quiero destacar el problema que abre Rodrigo al sostener que, en Israel el liberalismo encuentra su límite. La serie de oposiciones que han sostenido su régimen enunciativo y de verdad, no pueden sostener la ficción en que la cultura moderna ha configurado su propio orden: las oposiciones entre política y guerra, dictadura y democracia. En palabras de Rodrigo, “Ir a contrapelo de la tesis liberal significa mostrar que la democracia porta consigo el elemento tanático que, en cualquier momento, la revierte en las formas más descarnadas”. Me pregunto, a este respecto, en qué pensamientos, podríamos encontrar coordenadas para pensar esta cuestión. Intuyo que no es el paradigma de la hegemonía, así como tampoco Hegel o Kant. Sino Nietzsche, Spinoza, Deleuze y todas aquellas filosofías profanas que han intentado pensar a contrapelo de la modernidad, es decir, a contrapelo de un proyecto capitalista, antropocéntrico, colonial y belicoso. En una palabra, en contra del dictum racional que ha organizado los discursos de verdad sobre nuestra época, pese a que la materialidad de la existencia planetaria nos muestra incesantemente su profunda voluntad de muerte.

Rodrigo Karmy, Palestina bajo fuego, Ediciones Voces Opuestas, 2025

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