Carlos Henrickson / Presentación de Palestina bajo fuego, de Rodrigo Karmy Bolton

Política

A decir verdad, cuando Gonzalo me puso como poeta en el afiche, no me pareció muy bien; yo prefiero escritor, que tiene connotaciones menos míticas (o místicas). Más encima sabía que habría historiadores y filósofos, claro, y no deja de ser riesgoso para alguien de este oficio ponerse ante sus inquisidores tradicionales desde muy antiguo. Pero dándole una vuelta, ¿qué puedo aportar, en qué hago falta acá?

El atributo del poeta, de hecho, no es (no debería ser) pensar sobre las palabras, sino tener y comprender la experiencia de la palabra, que es el requisito último para ocuparla en un sentido neto y responsable de herramienta. Y con ello, uno se encuentra con cosas que no se dejan decir, o bien que fuerzan a que se digan de cierto modo, lo que se hace incómodo y, con ello, indica un trasfondo no evidente, no dicho, que está por abalanzarse encima de uno. Por eso, uno ocupa traslados, metonimias, para mantener, en lo posible, el control de la palabra sobre lo real.

Y hay cosas que no se dejan decir, que se resisten. Pasa con los tiempos que corren, o hacia los que nos hemos ido abalanzando, mejor dicho, tanto que no nos hemos dado cuenta hasta que experimentamos la sorda resistencia que nos oponen: se superponen la crisis ecológica, la superación de lo humano que nos presentan los administradores de las nuevas tecnologías de control e información, derivas ideológicas en el plano de los poderes estatales que parecen atrasar el reloj y barrer al fin con cualquier ilusión de progreso, tanto en el plano ético como material, la guerra amenazante con un rostro que no hemos visto antes, de hecho, sin rostro, a distancia, muda y sin posibilidad de épica, inhumana, y claro, aquello que nos reúne hoy, esta catástrofe de Gaza, que como podemos ver mejor con el libro que presentamos, parece hacer converger todas estas cosas en una síntesis que sugiere un relato común, capaz de vincular todas estas catástrofes en un mecanismo de acumulación y proyección de significado. Antes de esta síntesis posible, podría yo haber pensado en una idea obsesiva, cuyo vuelo como de halcón sobre nuestras cabezas no es para nada azarosa: la de los signos de los tiempos, el apocalipsis.

Y he aquí que toda una compleja red cultural conduce, de un modo u otro, a pensar esta inquietud del Final -con mayúscula-, como vinculada de uno u otro modo a la región geográfica específica que supuestamente serviría de barómetro para ese momento: como me decía un fundamentalista cristiano con que alguna vez compartí casa, el lugar “más maravilloso”, “porque ahí todo empezará”. Ojo: empezará, no terminará.

Entonces, da miedo por la propia razón: ¿podemos manejarnos en estas aguas profundas sin quedar en la deriva que implica un pensamiento integrista y fácil, que subraye lo inevitable, algo escrito en esa geografía desde el principio de los tiempos? ¿Acaso no vemos abrirse una trampa bien armada, hecha por manos bien humanas y con una historia datable y racional, y con objetivos, acaso, absolutamente humanos?

Para comprender el peligro de esa trampa y esquivarla, este libro puede ser indispensable: al leer que la catástrofe, la nakba, no es una alegoría trascendente y atemporal, sino que un momento histórico preciso, si bien su sentido y trasfondos requieren de una comprensión atenta, ampliada acaso. Y me parece que Karmy propone, que en vez de apocalipsis, la palabra más directa es esta: nakba, o, dicho desde el proceso histórico más general, que la era en general debe considerarse como la era del genocidio: o un apocalipsis que se traduce más fácil y rotundamente como revelación: la intensificación de una corriente de hechos históricos tal que llega a mostrarse claramente enfrente, en una consistencia ideológica que ya no es la nube que cubre la visión, sino que se muestra como evidencia sólida y hasta con voz y cara.

Es solo desde el peso histórico, situado y concreto de este término, nakba, tal como lo propone Karmy, que se empieza a concebir de manera correcta el rol que toda la maquinaria del Occidente imperialista le asignó a Palestina, lo que produce aquí su extraordinaria riqueza interpretativa. Su indicación con respecto a la aparente “sustitución”, una operación de transferencia de deseos, que operaría en el origen del sionismo desde el cristianismo reformista -que funcionaría como su “momento cero”, previo a que se desarrollase algo así en el seno de la comunidad judía-, parece tocar una de las arterias de la inquietud, ese trasfondo del que hablaba antes.

Es que la zona geográfica a la que nos referimos -ampliándola desde la Palestina propiamente dicha hacia el área más amplia en que se inserta-, es precisamente el lugar en que se cruzan las líneas comerciales más antiguas y estables de nuestra historia civilizada; y acaso tan solo ahí, desde Anatolia en el norte hacia la península árabe en el sur, es donde se daban las condiciones para concebir la abstracción del dinero como unidad de equivalencia universal, así como (¿o por ende?) el dios único, ese poder concentrado que gusta de sacudirse cualquier atributo apenas lejanamente humano, hasta incluso esquivar el ser asimilable ni de lejos a una persona. Poder que puede elegir (y lo hace) retirarse del mundo para hacerse pesar sobre sí mismo: poder que se autoconcibe y se define para siempre como promesa, demasiado estable para ser Estado, es decir, que debe estar, ser, por sobre los estados.

Y bien, estamos en una era en que los detentadores del poder no tienen timidez en mostrarse como tales, y de frente declaran ser capaces de imponer una tecnocracia que lleva a su consecuencia última esta noción de un poder que solo se valida por sí mismo, en un despliegue que no busca confrontarse con su integración a lo humano o lo social para fundamentarse, y que al construirse a sí mismo como verdad absoluta, propone al resto del mundo como un conjunto caótico y peligroso de momentos de lo falso. Veo que esto resuena en la proposición de un mundo que se divide en víctimas -aquellos “civilizados” que desean “vivir en paz”, una paz que suena como la interrupción plena del tiempo- y victimarios -nosotros, quienes entramos como entes vivos y conscientes de la dialéctica del mundo, en calidad de una disrupción sobre el ideal que ese nuevo complejo imperial pretende intemporal, “anunciado”, cumplimiento de una promesa original, los tiempos. Es en este nudo en que Karmy es capaz de encontrar la proposición del abstracto “judío” de los sionistas como víctima ejemplar, definida desde la antigüedad (cada vez más distinto de una persona real de ancestro o confesión judía; como son cada vez más distintos el sionismo y el pensamiento judío), y los muy reales palestinos como “malas víctimas”, que no se dejan arrasar tranquilamente; y todo esto en un “devenir nakba del mundo” de nuestra era Palantir, en que en lugar de los palestinos podemos estar nosotros -o mejor dicho: ya estamos en potencia en sus algoritmos-, y en lugar del “judío” abstracto, tenemos a esta paz imperial en todo el mundo, amenazada por la vida real y por una imaginación popular que va a seguir jugando en un tablero que no es sintetizable por los algoritmos. En este sentido, el ver a Palestina como “grilla de inteligibilidad para poder reconocer la nakba mundial”, proporciona una herramienta urgente en el tiempo y lugar en que estamos.

Ya que por más que mute y se haga pasar incluso por el cumplimiento de todas las profecías y la segunda venida de Cristo (y no estoy exagerando en esto), nos estamos encontrando con algo que sí ya hemos visto antes: desde la escritura torcida de César tras la conquista de ese caos informe que nos presenta en la Galia, hasta el colonialismo de asentamiento de vertiente estadounidense y sus desarrollos en el nazismo, y hasta la virtual negación del carácter humano de quien se oponga a una deriva imperialista, negación a la que las elites europeas dieron carta de ciudadanía filosófica y hasta científica con las teorías racistas de fines del siglo XIX, dando un nuevo trasfondo para asegurar la sobrevivencia de la antigua noción de “bárbaro” desde una modernidad “culta” y “racional”. La desmitificación de las pretensiones afiebradas de los perpetradores de esta nakba mundial, corresponde a una tarea que este libro confronta.

Y confrontar esto no es sencillo. Ya que corresponde ir más allá de poner en cuestión la mentira evidente, sino que también la solución de compromiso que se ha revelado como fallida precisamente por una naturalización de la que ahora pagamos las consecuencias: la democracia liberal como el mal menor. El pensar de vuelta formas de sociabilidad que afirmen de manera efectiva que lo disruptivo sea la violencia sistémica, y no sea su interrupción por la búsqueda creadora de la imaginación popular (que no puede sino perfilarse como violencia cuando se la ve desde el poder), está de algún modo planteado en todo el libro, si es que no constituye el momento programático de toda esta reflexión.

La afirmación de la posibilidad humana, conformada por cuerpos y mentes que no pueden sino reconfigurar nuevos horizontes de vida, contra una voluntad imperialista que solo puede figurarse como una forma nueva de religión para con/vencer a quienes no pueden sino ser sus víctimas sacrificiales: en esta dirección va la posibilidad última de repensar no tan solo el genocidio palestino, sino la forma general, imperial, de la que esta es reflejo. Por ello, este genocidio y las colonizaciones internas que sufrimos en nuestros países -que llegan ya hasta el control y la administración de nuestra propia vida privada- exigen de nosotros un programa mínimo que exija pensar de nuevo, incluso, las nociones metafísicas que fundamentan nuestras orgánicas sociales. En este sentido, invito a leer in extenso a Karmy, que, me parece, se ha puesto como tarea una visión más precisa de los modos que nuestra modernidad desechó en su vía hacia la “emancipación” del individuo, una vía que naturalizó, entre otras, la división del mundo entre pueblos civilizados y bárbaros, la inevitabilidad de la explotación del hombre por el hombre, y la versión secularizada de la redención que sirve de fundamento trascendente al sistema capitalista: todas estas que han sido llevadas hoy a sus extremos más absurdos (esto es, un apartheid a escala mundial, la aseveración abierta de la obsolescencia de porciones enteras del género humano, y el sacrificio redentor en la guerra y en las entrañas de la industria de la seguridad en general, de los “fieles” del Imperio, una religión de muerte, la movilización total de Jünger).

La labor de pensar estas cosas no es anodina. Porque desde este pensamiento podría salir la semilla de una visión más clara, que sepa poner en su lugar a la pretensión febril de omnipotencia que el nuevo sistema de control e información no deja de proyectar a cada paso. Al reconocer en esta deriva del neoliberalismo tecnocrático una teología política, y al saber comprender los elementos que la conforman, se ve más claramente porque corresponde llamar a esta época como era del genocidio, y que lo apocalíptico se reduce más bien a una revelación común y corriente: la pulsión del poder imperial por expresar cínicamente, en hechos y palabras, la que siempre fue su genuina naturaleza, ya sin la necesidad de una validación humanista, sino solo sosteniendo su bandera de ser “la última ideología”, la que de paso sería capaz de acabar con la verdad misma.

Ya vemos cómo se desea naturalizar que los palestinos se mueren, porque es su destino. Este es el corazón de la catástrofe convertida en sentido común, en lenguaje, en espectáculo sin sorpresas. Dejar de naturalizar un sistema que muestra su “buena performance” a través de la masacre, implica no solo la crítica teórica, sino la conformación de un sentido común, de una afirmación decidida de la vida como transformación permanente y, por ello, un permanente desafío a estructuras ideológicas que solo pueden sostenerse con el acto neurótico de partir al mundo en dos, para así afirmar una “idea del Bien” sin voz ni cuerpo. Ya vemos en qué termina eso. En esta tarea, que debería unir a la teoría y la práctica de una imaginación social, encuentro no solo la razón de por qué tendría que yo estar acá con mi experiencia de las palabras (que enseña precisamente la transformación permanente de nuestras concepciones y la libertad esencial que está en el fundamento del oficio poético), sino también la reflexión que desde un pensamiento filosófico e histórico bien armado ha emprendido Rodrigo Karmy al pensar la nakba.

No sé si ganemos, desde el punto de vista de sus tiempos. Pero al menos ahora, hoy, el hecho de hablar y reunirse ya es una victoria, en este tiempo.

Presetación del libro Palestina bajo fuego de Rodrigo Karmy. Se llevó a cabo en La Cafebrería el día 23 de mayo de 2026.

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