Para la mujer
que lucha todos los días
contra un patriarcado feroz y
que jamás (¡jamás!) … se arrodillará
He pensado, no precisamente ahora sino tal vez desde hace mucho, en el río.
El río; el que escurre y discurre eternamente independiente de nosotros, antes de nosotros y después hasta que el mundo sea mundo –entendamos a la eternidad como lo que termina con el fin del mundo–. El río, quizás, como la única forma de trascender aquí y ahora sin darnos chance alguna. No podemos detener al río, solo distiende su flujo sin vernos, sin considerarnos o, al final y si se quiere, dejando nuestra propia existencia lejos de nuestro alcance.
Y esto no solo porque las lecturas nietzscheanas me han devuelto a Heráclito de quien Nietzsche mismo escribe en La filosofía en la época trágica de los griegos: “Aquello que él observó: la doctrina de la ley del devenir y del juego en la necesidad debe ser, a partir de ahora, contemplada eternamente: Heráclito ha alzado el telón de tan inmenso espectáculo” (2003, p. 75). El “tan inmenso espectáculo” no es más que la constatación terrible de que somos el desastre de cara al devenir. Pero el desastre no como lo que destruye, sino que en su etimología más original, es decir como lo “sin astros”. De cara a esta fuerza descomunal nos quedamos sin estrellas, sin cardinalidad. Y esto, para Nietzsche, es ley, estatuto o estructura fundamental del pensamiento.
¿Cómo detener el devenir? No el futuro, el devenir. El futuro se manipula, se programa, se calcula ¿pero, de nuevo, el devenir? Es la inmensa naturaleza de las cosas que en su ir siendo nos impactan y nos estremecen (incluso pudiendo destruirnos); el río no lo detiene ningún dios porque él mismo es dios; no en el sentido politeísta o judeo-cristiano, sino como la potencia y la intensidad que no tiene cabida en métrica o que pueda ser ajustado a algún formato preestablecido. Lo dice Nietzsche en un bello pasaje de los Fragmentos póstumos: “En el devenir se muestra la naturaleza representativa de las cosas: no hay nada, nada es, todo deviene” (2007, p. 1996).
Es una frase que en principio puede parecer contradictoria: el devenir como lo representable. Mas es justo, eso, lo único representable; es decir lo irrepresentable que no tiene rostro, ni figuración, ni silueta, ni sombra; lo que no se deja ver venir y que se expande en una inmensidad ilimitada que, volvemos, puede destruirnos y frente a esto nada podemos hacer… no hay nada que podamos prevenir.
Finalmente, dirá el filósofo ahora en El crepúsculo de los ídolos: “Se le quita su inocencia al devenir cuando se atribuye un estado concreto de hecho, cualquiera que sea, a la voluntad, a intenciones, a actos de responsabilidad” (1999, p. 55).
Entendemos estas líneas como una suerte de acceso para entender lo que Nietzsche, en la estela heracliteana, piensa sobre lo que es el devenir en toda su amplitud. Esto es, en principio, reconocerlo en su inocencia; pero inocencia no en el sentido de ingenuidad, sino como un niño puede ser inocente. Es decir como una fuerza incontrolable que no podrá ser fijada o ajustada a los protocolos de una adultez que pretenderá moderar esa fuerza de ingenuidad que es, al final, ingobernable. Así, toda vez que se pretende hacer del devenir algo monitorable, sujeto a la voluntad de quien cree –”ingenuamente”– poder gestionar su flujo y todo lo que de él emana, se entra en una zona contra-cíclica en la que por más que todas las potencias estén puestas en detener el vendaval del devenir propiamente tal, se constatará que no es posible instalar diques para que éste se metabolice; esto es la desmantelación de los rituales de la cultura independiente de sus instrucciones de uso, de las operaciones de categorización o, de plano, de la insistencia vana de hacer respetar la organización de una vida. Como sea, la ingenuidad del devenir no podrá ser puesta en ningún escalafón porque él no responde a la intención articulante de un logos, sino que deviene sin tener en cuenta ningún tipo de adaptación racional.
¿Y todo esto por qué? Porque habrá que estar frente a un río al lado de alguien que amas para saber que por más que se instituyan todas las reglas para normar el devenir, no hay forma, no hay estrategia porque somos ese mismo río y, tal vez, solo tal vez, de esto vaya el amor.
