No se trataba de forzar una experiencia de contemplación, sino simplemente de dejar-pasar: dejar pasar al mundo. Nada tenía que ver con adoptar una posición de cercanía o lejanía con respecto a la existencia. Nada de eso. Más bien, apelaba a estar-con-el-mundo sin añorar ser-en-el-mundo. Se trataba de dejar pasar. Porque mientras se dejaba pasar al mundo era derogada nuestra propiedad sobre el propio yo. Imaginar, afectarse, enternecerse, filosofar. Todo desde la unísona sabiduría del silencio.
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La sala aún se encontraba vacía. Sin encender la luz, el profesor caminó unos pasos, separó la silla de la mesa y tomó asiento. Era la rutina habitual. Una semana tras otra, durante años, los 20 minutos anteriores al inicio de cada sesión se hallaban consagrados a este indefectible ritual. Un ritual de respeto por el saber acumulado a lo largo de siglos, y el cual, como si quisiera indicar algo no del todo insospechado, únicamente contaba por destinatario al mismo profesor que lo ejecutaba.
Sin embargo, esta vez -y hasta hoy se desconoce la causa exacta- el profesor no fue inmune al trágico peso de la rutina. Ante el inmemorial mecanicismo de su actuar, y justo cuando terminaba de tomar asiento, lo azotó una vergüenza súbita y culposa. Le pareció que un enigmático silencio oscurecía aún más la oscuridad de la sala. Pensó en las miles de clases universitarias que, siendo impulsado por un aliento a monumento y tumba reseca, había dictado en nombre de una historia de la filosofía sin filosofía. Ello lo avergonzó profundamente. En realidad, lo venía avergonzando desde hace meses, pero no con la intensidad de ahora. En ocasiones anteriores, al sentir vergüenza no podía escapar de ella: sentía vergüenza de la vergüenza. Y sí. Se trataba de un tipo de vergüenza que sólo cesaba de atormentarlo cuando le era superpuesto otro afecto. Pero ahora, en medio de ese bostezo de opacidad suspendido sobre sillas de estudiantes ausentes, no sentía vergüenza de la vergüenza. Enfrentar la tragedia de la historia de la filosofía devenida rutina de la filosofía, es decir, devenida filosofía desprovista de acto filosofante, enajenada de filosofar, implicaba aceptar la farsa en que se ahogaba su vida. Entonces, en lugar de apartarse de la vergüenza, supo que no le quedaba más que ir a por ella. Y lo hizo. Clavando la mirada en la cruz cuya estéril silueta se adivinaba en la pared y sin importarle las consecuencias administrativas ni la impresión que generaría en colegas ni en directores, tomó la decisión (si es que amerita llamarlo así) de hacer una clase de filosofía. Una clase de filosofía como una clase de silencio. O tal vez, mostrar a la filosofía misma como un tipo de silencio, una variación más del silencio: la filosofía como una “clase” de silencio.
Los estudiantes fueron ingresando a la sala en pequeños grupos. Cada uno de ellos saludaba al profesor, a lo que él respondía con una sonrisa leve y respetuosa del silencio. La mayoría de los estudiantes había tomado asiento y unos crecientes murmullos parecían emerger desde el fondo del piso. La sala continuaba a oscuras. La mayoría se hallaban sorprendidos. Tras unos minutos donde la sal de los crecientes murmullos congelaba los vidrios, un estudiante preguntó al profesor si deseaba iluminación. Sí: el estudiante no utilizó el término coloquial “encender la luz”, sino la palabra “iluminación”. Un casi imperceptible vértigo relampagueó en el pecho del profesor: su tradicional vergüenza empezaba a arder, a elevarse como una danza flameante, una danza bifurcada, donde dicha vergüenza oscilaba entre la amenaza de su incremento y la novedosa insinuación de un punto de fuga. Quiso responder a la ternura del estudiante. Estuvo a un paso de hacerlo. Pero no lo hizo, pues el término “iluminación” le revelaba un enigma irresoluble: a tal ternura, como al universo entero, la moviliza el simbolismo del fuego. Delicada danza de llamas y gloria sobre el basural infinito de lo finito. El profesor intuyó que en aquella imagen donada por la ternura de una pregunta tan efímera como indestructible titilaba un dejo de sabiduría o, al menos, un destello que ésta había dejado al pasar. Considerando este saber, es decir, creyendo o confiando acariciar algunos girasoles de sabiduría, la respuesta del profesor se adhirió a la tonalidad de tal ternura para dejar entrever, por un segundo, el tragaluz donde la finitud y el olvido desfondarán la egolatría de cada ojo en cada espejo. La ternura de un tragaluz reafirmándose mientras se fuga a los otros mundos de este mundo, reafirmándose mientras ama y se extingue en este mundo desarraigado de trasmundo. Llegado tal momento el profesor realizó una señal que, en realidad y contra la dictadura de la realidad, todos los alumnos admitieron como el único gesto posible: levantó serenamente el dedo índice y, con el florido y ahogado grito de un tallo herido por sus propias espinas, lo depositó delante de sus labios. Entonces, quienes poblaban la sala comprendieron que ya se estaba (res)guardando (el) silencio. Atesorando el silencio.
Todos continuaron sentados. Poco a poco la sala fue recibiendo los vaivenes del mundo. Bocinazos y sirenas entrecortando el enjambre citadino; el picar de de tacones puliendo la geometría de los pasillos de la facultad; temblores de las cañerías entre viejas paredes; olas de carcajadas e histeria provenientes de patios y escaleras; estruendos de hambre y más hambre de mendigos que perdieron sus rostros; vítores y luchas de estudiantes con sus puños al viento; jadeos y humedades de cuerpos en motelero desfase con sus ya impropias almas; palabras y signos de traumas no-dichos, cuyas represiones aún se resisten a significar algo más que ellas mismas; ensayos de instrumentos y torturas donde los staccatos de los fortes siguen bramando sobre el cantabile de los pianos; ecos de oscuridades y resplandecencias por lo cuales ya se vaticinan otras albas para este único ocaso. En la clase de silencio, el profesor ha callado y los estudiantes han (res)guardado (el) silencio. Han invocado al mundo, pero antes han invocado un silencio capaz de perforar la inmensa angustia de la nada. Mundo y escucha; ternura y sabiduría: filosofar en y desde el silencio. Desplazamientos, intensidades y tartamudeces en aceleración y desvío, signos de significados ignotos, pero, sobre todo, símbolos a la espera de una escucha imaginaria.
La hora avanzaba y la sala había tocado el límite de su oscuridad. Pero nadie, ni profesor ni estudiantes, pensaban en ello. Tampoco se interesaron por lo que fuera a venir. Ya no era necesario más que el silencio para desgarrar la historia y lanzarla a las coloraturas de lo porvenir. La persona que cada uno de ellos había sido y dejado de ser, pero también -debemos confesarlo- la persona que cada uno de ellos tarde o temprano volvería a ser, despidió la retirada de la primera y última máscara.
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Quien sabe escuchar el olvido que entraña la calidez de la ternura, también es capaz de acoger, sin vergüenza ni ilusiones, la pregunta por la angustia y la contradicción de toda metafísica del sentido. La angustia y la contradicción de la existencia. En las mismas cavernas donde se forja la eternidad de dicho saber, también se forja la sabiduría del Universo. Hubiera o no hubiere no existido este Universo. Allí, hundidos en los ritmos de un tiempo sin desenlace y en los recovecos de un Dios fragmentado, no cesa de resoplar nuestra herida metafísica: el abismo reabierto entre la caricia de un deseo de sentido y la ternura de unas manos perdidas bajo las cenizas del sin sentido. Desde esa herida abismal, hiato tan inhabitable como ineludible, la filosofía expele su secreto: la filosofía misma secreta es el secreto por el cual se muestra: la sabiduría. La ternura es el afecto por el que nunca nos deja de afectar, hasta la angustia, la vacuidad de dicha sabiduría.
La sabiduría es una manera de guardar silencio. Filosofar, en consecuencia, consiste en ajustar nuestro oído a la sabia intensidad de tal silencio: demanda escuchar tiernamente el susurro que sabe guardar silencio. Cuán amor que no dejará de envolver el abrazo de los amigos, incluso durante el día en que el universo se venga abajo, filosofar consiste en saber escuchar, siempre tiernamente, la afección de los afectos, el silencio entre las pieles. Porque, en caso de que jamás se hubiera poblado el planeta, en caso de que nunca hubiera nacido universo alguno o en caso de imperar la nada en lugar del ser -como quizás acaece ahora-, el silencio, único tirano, seguiría atizando fulgores y sombras de ausencias e imposibles. El silencio es la certeza de la incertidumbre: la sabiduría de quien es capaz de escuchar el inconmensurable espaciamiento de la angustia. El ser y la nada.
Aunque hubiera existido la nada en lugar del ser, o aunque -tal vez- nos encontremos condenados a la nada en lugar de esperanzados en el advenimiento del ser, la eternidad del silencio guardará para siempre, en su mismo secreto, la macabra ternura con que ha de relampaguear la irrupción del instante.
