Creo que pasé gran parte de mi vida preocupada por el tema de la memoria. Mi abuela tuvo arterioesclerosis y siempre tuve miedo de que mi padre terminara así sus días. Busqué durante mucho tiempo una “solución” para mi preocupación: veneno de alacrán, sangre de rana morada, pata de araña y cuanto producto mágico encontraba o alguien me recomendaba. Llegaba a su casa y él, que según mi madre solo me obedecía a mí, se los tomaba sin chistar. O eso me decía.
(¿Veneno de alacrán eso no era para el cáncer? No importa- lo llevo igual. De algo servirá)
Nunca me pregunté cómo se suponía que el veneno de un alacrán iba a sostener algo dentro de la cabeza de mi padre. Uno sabe que esas cosas no funcionan. Y sin embargo insistía, con una seriedad de procedimiento, como si el gesto de ir a buscarlo y la obediencia de él al tomárselo hicieran por sí solos el trabajo. Ahora pienso que ese era el punto. No era un tratamiento, era un rito. Yo administraba algo y él lo recibía, y mientras eso ocurriera estábamos haciendo algo.
Hace años leí Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga. Fue antes de saber de Freud y del cuerpo y del dolor, cuando el desamor me hacía desear olvidar lo que más dolía. Esa novela es la historia de un dealer que vende una droga capaz de borrar recuerdos específicos y en la que él mismo consume su propia mercancía. La narración va registrando los efectos de ese consumo, y en el último tercio aparecen esas frases donde le cuenta a una mujer que amó, y que ya no está, que vio a alguien que decía ser su madre. La erosión no borra hechos sueltos: borra a quién pertenecen. Lo que queda es una señora en la calle, sin nadie a quien pertenecer.
Yo leía eso queriendo el frasco. Quería la droga para mí, para que me dejara de doler, y al mismo tiempo iba a la casa de mi padre con la pócima que supuestamente haría lo contrario.
Una interpretación ligera sería pensar que mi terror era que mi padre me olvidara. Pero eso es simple, y algunas cosas no lo son. La verdad es que me angustiaba mucho más que sintiera dolor. Que otra vez sintiera dolor. Quizás otros hijxs de presxs políticxs entiendan este rebuscado pensamiento. Yo no quería que sintiera dolor. Ningún dolor. Me lo imaginaba perdido en una plaza o en una calle y no lo podía soportar.
¿Y es que acaso no es la pérdida de la memoria un desgarro? ¿Acaso no aprendí con Freud que los síntomas histéricos venían de cómo se reprimían pedazos de la realidad, y que ese afecto quedaba dando vueltas en algún sitio hasta trasponerse al cuerpo? Lo que no encuentra dónde alojarse no desaparece. Se aloja en otra parte, y esa otra parte casi siempre es una parte del cuerpo. Y eso produce dolor.
La memoria tiene una función importante. Es una pantalla imaginaria que organiza un pasado, un presente y un futuro. Organiza un cuerpo. El cuerpo de mi padre. El cuerpo de una sociedad. El cuerpo de Chile. Mi cuerpo.
Nunca decidí estudiar esto. Miro mi biblioteca y encuentro en un orden que yo no diseñé: Memoria y espanto, La memoria del uno y la memoria del Otro, La memoria, la inventora; La memoria, la historia, el olvido; Ideología y utopía; El espacio biográfico; Memoria y autobiografía; Sueños, Rêves, Dreams; El Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura; El edificio de los chilenos. Trauma, duelo y reparación. Hijos e hijas de detenidos desaparecidos. Cuentos desde la cárcel. Diario de amor y militancia. Cuarenta años de psicoanálisis en Chile; Los niños olvidados; Los niños de la guerra; El diario de un niño en el Madrid del 38; El diario de Anne Frank; Un hombre desaparece. Qui non ci sono bambini. Tel était leur enfer; El libro del dolor y del amor; El dolor y sus enigmas; Deseo, dolor, pensamiento; L’écorce et le noyau; Seis estudios sobre genocidio; Memorias y representaciones; Los muertos indóciles, etc.
(¿Quién ordenó esto así? Una generación no sabe lo que hereda ¿o sí? No se supone que es justo esa capacidad de transmitir y de recibir la que nos hace humanos)
Hace poco leí Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Michka pierde el lenguaje, no los recuerdos. La afasia le va sacando las palabras de a una, como si alguien entrara de noche a llevárselas, y ella las persigue por la habitación con una desesperación que el libro no suaviza. Se irrita. Se hunde. Porque sin las palabras no hay cómo entregar nada, y a ella le queda una cosa por entregar: agradecerle a la familia que la escondió de niña durante la guerra. Eso si lo recuerda. Y se acaba el tiempo para decirlo.
Lo que me quedó de ese libro no fue el consuelo. Fue la urgencia. Que uno puede tener el recuerdo completo y aun así perder la capacidad de darlo, y que hay un plazo. Yo con mis frascos y pastillas creía estar peleando contra el olvido de mi padre o ganando tiempo o quién sabe.
A veces, en días de septiembre, a mi alrededor se arremolinan los argumentos sobre por qué la memoria. Cada uno tiene su versión, que la educación, que la no repetición, que las víctimas, que las búsquedas. Los escucho y no consigo discutir en ese registro, porque me parece que están hablando de otra cosa. A mí me basta decir que perder la memoria duele, que hay desgarro, desorientación, que retornan cosas que uno no sabe dónde poner. Que la enfermedad a la memoria duele al que olvida y al que es olvidado, porque ese pedazo que el otro guardaba de uno desaparece.
Un país que no sabe dónde está también anda perdido en una plaza, desgarrado, adolorido.
Y sí, quizás sí me importaba que eso que él guardaba de mí se perdiera en la confusión de nombres y espacios. Pero eso pasa también con la muerte, y es más irremediable. Aunque eso recién lo sé ahora.
