Para quien hoy se interroga sobre las suertes de la humanidad, es útil reflexionar sobre la noción jurídica de quiebra. La solicitud de declaración de quiebra por parte de un empresario que se encuentra en situación de insolvencia y no puede hacer frente a sus deudas tiene por objeto ante todo proteger a los acreedores, pero, al mismo tiempo, limitar la responsabilidad del deudor, excluyendo de la quiebra los bienes y derechos de carácter personal, así como lo necesario para su mantenimiento y el de su familia. Importante es la figura del curador (o de los curadores), nombrados por el juez para administrar el patrimonio de la quiebra y realizar las operaciones necesarias para la satisfacción de los intereses de los acreedores y la protección del deudor quebrado. Los acreedores, por su parte, se constituyen en un comité que colabora con el curador en el desarrollo de los procedimientos necesarios.
Es posible asimilar la condición actual de la humanidad a la de un empresario obligado a declarar su propia quiebra. Puesto que es cierto que ella ya no es capaz de hacer frente a las deudas que ha ido asumiendo progresivamente respecto a la tierra en que vive (incluyendo en ella también la atmósfera, no menos contaminada que el suelo). El comité de acreedores comprendería, además de los representantes de la tierra y del aire en todos sus aspectos, también los de las especies vivientes desaparecidas o amenazadas de desaparición. En cuanto a los curadores, estos podrían formar un comité, del que formarían parte sabios nombrados por cada nación, con el fin de satisfacer los intereses de los acreedores, procurando al mismo tiempo asegurar la supervivencia de la humanidad quebrada. Cabe preguntarse si este procedimiento lograría alcanzar los fines que se propone, pero es cierto que representa la única posibilidad concreta de salvación para una humanidad en estado de completa ruina espiritual (que, como siempre, se traduce en ruina en todos los ámbitos de su vida). Creer, como hoy se finge a menudo creer, que los Estados singulares y las organizaciones internacionales pueden conciliar sus intereses económicos y políticos con su propia supervivencia, sin tomar radicalmente conciencia de su estado de quiebra e insolvencia respecto a la tierra en que viven, es una ilusión, a menudo mantenida de mala fe.
Fuente: Quodlibet.it
