El tema del ecofascismo tiene una larguísima data, puesto que las preocupaciones conservacionistas y llamadas a un “retorno a la naturaleza” eran bastante usuales hace un siglo en diversos entornos, incluida la izquierda del movimiento obrero.
En ese contexto, varios fascismos, entre ellos el alemán, se caracterizaron precisamente por desarrollar una serie de rituales, discursos y prácticas ligados a su idea de “suelo y sangre”1.
Como ha explicado Mario Sobarzo en base a los trabajos de Adorno y Fromm, la nostalgia por la vieja comunidad perdida es parte importante de la ideología fascista, pues “la tendencia al sometimiento y aceptación del sadismo y otras formas de violencia física y psicológica que el fascismo habría incoado como doctrina y práctica social, tienen su origen en el temor del hombre moderno a la soledad e inseguridad que se habrían producido por las transformaciones socioeconómicas del capitalismo y el abandono del esquema de solidaridad medieval”. A su vez, Sobarzo identifica en esta “imagen idealizada de una comunidad perdida -el estado paradisíaco-” la base de “la aceptación burguesa de un sistema tan crítico a la burguesía misma, como es el fascismo”2.
