Mauro Salazar J. / Mercados del no ver. Oligopolio medial

Filosofía, Política, Sin categoría

«Si acabamos todos ciegos, como parece que va a ocurrir, ¿para qué queremos la estética, y en cuanto la higiene, y dígame Doctor, qué higiene hay aquí. Probablemente, solo en un mundo de ciegos serán realmente las cosas lo que realmente son». José Saramago, Ensayo sobre la ceguera

En Ensayo sobre la ceguera (1995), todo empieza en una esquina sin nombre. Un chofer se detiene ante un semáforo y de pronto no ve: el rojo deja de significar, el blanco lo ocupa todo. No hay diagnóstico, no hay enemigo con rostro. La tragedia de Saramago no tiene frente ni retaguardia, y es precisamente eso lo que el lenguaje bélico, con su deleite por los sustantivos de guerra, no puede nombrar. Lo que sí tiene es una lógica: quienes resistieron fueron los que construyeron entre sí una forma precaria de comunidad, algo parecido a la comprensión mutua. En Chile, ese lugar ha sido reemplazado. No por la pandemia sino por algo anterior y más duradero: la «fosa común» que el aparato mediático concentrado cava cada día, confinando la experiencia de quienes no caben en el relato hasta volverla invisible para quienes sí caben.

No es una metáfora: es una descripción. Cuando más del noventa por ciento de los nodos de producción informativa pertenecen a grupos económicos con intereses directos en los sectores que deberían cubrir—minería, banca, retail, agroindustria—, lo que existe no es un sistema de información: es una trama de encuadre. Una trama que administra qué hechos alcanzan estatuto de problema público y cuáles se disuelven en el ruido de fondo. Que no requiere censura para operar: le basta la rutina.

Cuando llegó la democracia (1990), no tuvo con los nodos críticos la misma generosidad que el régimen había tenido con sus aliados: los artefactos alternativos que nacieron al calor de la resistencia contra Pinochet, quedaron librados a un mercado constitutivamente hostil, mientras el nuevo oligopolio (ajustado) heredaba sus posiciones sin disputa. Lo que hoy llamamos concentración es el sedimento de esa primera concesión democrática. Octubre de 2019 amenazó (en su latencia) con interrumpir esa herencia. Algo se rompió en las calles que el aparato dominante no supo, o no quiso, leer. La revuelta del 2019 no fue una anomalía en el relato de un país modelo: fue la irrupción de lo que ese relato había metódicamente silenciado. Las demandas que lo producían, pensiones, salud, agua, dignidad, no cabían en la gramática de los noticieros que dedican más de un quinto de su tiempo a la crónica policial. La cobertura fue, en sus primeras semanas, cobertura de la violencia sin contexto: encuadre puro, sin historia. Lo que ese momento reveló es algo más grave que un sesgo editorial: el «pacto democrático» incluía también un pacto epistemológico. La democracia pactó con cierto régimen de lo visible, con ciertos nombres que podían nombrarse y otros que no, y ese pacto, en octubre de 2019, quedó al descubierto.

Ese pacto no se reparó. Se reconfiguró en una capa más profunda y más opaca: la intensificación del capitalismo tecnológico. La plataformización del campo informativo, las redes superan hoy a la televisión abierta como fuente de noticias en Chile, no disolvió la concentración propietaria: la desplazó hacia una arquitectura transnacional sobre la que ningún marco regulatorio local tiene jurisdicción efectiva. Meta, Google y TikTok deciden qué circula y con qué alcance, amplificando lo que provoca reacción emocional inmediata por sobre lo que exige atención sostenida. La desinformación llega más lejos porque es más rentable: así de simple, así de grave.

A esa trama se añade la dimensión de los bots: no producen efectos nuevos, amplifican la concentración estructural ya generada, a mayor velocidad, menor costo y con menor probabilidad de detección. Lo que circula no es lo plural, sino lo que quienes logran poner la facticidad en movimiento. La propaganda computacional no es una anomalía de la trama concentrada: es su lógica más sofisticada, porque opera sin autor visible, sin instrucción rastreable, con la misma opacidad silenciosa que el encuadre noticioso del duopolio impreso. El aparato mediático concentrado no suprime el sonido; administra qué voces se vuelven audibles para sí mismas: quien gobierna el territorio gobierna lo escuchable. El algoritmo no es información sino el exceso que destruye la posibilidad de toda escucha crítica. Cabría consignar que los estudios de comunicación de la plaza (tan diestros en mapas de propiedad, tan sordos ante la materialidad del sonido) nunca se han formulado esta pregunta: el sonido no es representación. Un flujo continuo, inmemorial, que precede al lenguaje y lo excede (Sonic Flux, 2018). Desde ahí, su pregunta al texto sería ésta: ¿dónde están los cuerpos sónicos que la trama concentrada suprime? No las voces, las voces son ya semiótica, ya significado administrable, sino el ruido anterior a la palabra, el zumbido del territorio antes de que El Mercurio le pusiera nombre. Lo que el epistemicidio del artefacto medial destruye no es solo un corpus de saberes: destruye la posibilidad misma de que el sonido bruto, el de la marcha, el del cuerpo en la calle, el del tambor mapuche que no pide permiso para existir, irrumpa en el espacio del contramano sin pasar por el filtro semiótico de la noticia. Los comunicólogos de la plaza han estudiado durante décadas la concentración propietaria sin preguntarse qué formas de experiencia sonora quedan fuera del encuadre antes de que el encuadre se active

II. La ceguera tiene nombre

La ceguera que todo esto produce es metódica. Pero el caso chileno exige una precisión: lo que opera aquí no es solo la supresión del saber disidente. Es el «epistemicidio del artefacto medial» —la operación activa del aparato sobre la cognición misma. La trama concentrada no solo decide qué hechos circulan: produce ciertos tipos de percepción y destruye otros. Construye un sujeto que ve mucho y comprende poco, que recibe imágenes sin historia y datos sin contexto. Los nodos indígenas que sostienen otras formas de nombrar el territorio existen en el margen técnico mientras El Mercurio y Copesa concentran el avisaje estatal sin criterios públicos de asignación. Lo que no circula no es solo mentira: es la posibilidad de ver de otro modo.

Saramago anotó: «No nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven». La correlación negativa entre el índice de concentración mediática experta y la percepción ciudadana de esa concentración —documentada para Chile por el CIMA/NED en 2024— es la traducción empírica de esa sentencia. Los chilenos perciben menos concentración de la que existe. El aparato concentrado produce personas que no pueden reconocer su propia situación como anómala. El monopolio opera también sobre la percepción del monopolio: eso es, en su sentido más preciso, la «ceguera blanca». Vendita sea tu ceguera: no se trata de la ausencia de información, sino de la imposibilidad de ver que se está viendo mal.

En este escenario se instala el gobierno de José Antonio Kast, inaugurado el 11 de marzo de 2026. Sus primeros meses no representan una ruptura con la arquitectura descrita: son su profundización más consecuente. El recorte a los programas de fomento de culturas indígenas golpea directamente a los únicos nodos que hacen audible lo que el duopolio Edwards-Saieh silencia. La reproducción del patrón histórico de avisaje estatal, concentrado en los mismos grupos, sin publicar criterios de asignación, pese a lo que la ley ordena, convierte al Estado en el financista opaco de su propio sistema de encuadre. La omisión total de gobernanza sobre plataformas digitales, mientras Brasil regula y la Unión Europea aplica el Digital Services Act, deja a Meta, Google y TikTok operar sin ningún marco de responsabilidad pública. No hay aquí negligencia: hay coherencia. Un gobierno que proviene del bloque que históricamente se benefició de la concentración informativa no tiene incentivo para desarticular el sistema que lo produjo.

Y ante la pregunta de salón ¿puede subsistir la agónica democracia en estas condiciones? No como ritual electoral, que se cumple con regularidad y merece ese reconocimiento mínimo, sino la democracia como régimen donde la formación pública de juicios es posible, donde el disenso tiene condiciones reales de circulación, donde lo que las mayorías callan puede llegar a ser oído. En el ensayo, la secuela de Saramago, la ciudadanía vota masivamente en blanco: ha comprendido que el sistema no procesa su experiencia real. El gobierno declara eso una conspiración. Esa es la respuesta que no sabe leer otro idioma que el del orden corporativo.

Chile no tiene aún ese porcentaje de votos en blanco. Tiene algo quizás más revelador: una de las tasas más altas de América Latina de personas que evitan activamente las noticias —por fatiga, por hartazgo, por la percepción de que lo que ese aparato ofrece no les habla. Es el reverso exacto de la lucidez saramaguiana: la respuesta de quienes han comprendido, sin palabras teóricas, que lo que esos nodos ofrecen no es información sino «administración del sentido». Que la ceguera, en este país, es el régimen. Y que ver, en estas condiciones, exige primero negarse a ver con los ojos que el mercado puso.

III. La palabra pública y el deslumbramiento

Hay una pregunta que la modernización chilena elude con notable constancia: ¿qué ocurre con la experiencia de quienes no caben en el relato que ella produce sobre sí misma? Walter Benjamin advirtió que la modernidad industrial había arrasado la experiencia transmisible —aquella que podía ser narrada, sedimentada en memoria colectiva— y la había sustituido por la vivencia muda del shock, el estímulo sin historia. La modernización chilena realizó su propia versión de esa sustitución: entregó pantallas sin herramientas de lectura, conectividad sin capacidad crítica, acceso sin comprensión. No distribuyó igualdad cognitiva: distribuyó «desigualdad cognitiva» con apariencia de inclusión. Gente con pantalla que no puede procesar lo que la pantalla le entrega. Ciudadanos con acceso a la información que el epistemicidio del artefacto mediático ya preseleccionó. La plataformización no destruye la experiencia mediante la violencia explícita: la satura. El exceso de imagen, de dato, de notificación abole la distancia necesaria para que lo vivido se convierta en palabra. La ceguera no es aquí oscuridad: es deslumbramiento permanente.

Lo que está en juego no es solo el pluralismo de fuentes: es la posibilidad de que exista una palabra pública que no haya sido capturada previamente por el mercado. Una palabra capaz de nombrar el daño sin que el aparato la devuelva traducida al idioma de la gestión o del espectáculo. Nunca antes tanta gente tuvo acceso técnico a la expresión pública. Nunca antes esa expresión estuvo tan despojada de su capacidad de incidir. (Porque la desigualdad cognitiva no se resuelve con más pantallas: se profundiza con ellas, cuando lo que las pantallas ofrecen es «administración del sentido» y no las condiciones para producirlo.) ¿Y si la ceguera —preguntaba el delirio— fuera también una forma de protección? Porque hay algo que el ojo, cuando por fin cae la venda, no puede no ver: que aquello que sostenía el «orden» era cartón.

Lo que el aparato mediático ha administrado en Chile no es solo información: es la ilusión de que existe un orden que merece ser visto y reproducido. Cuando esa ilusión se rompe —y se rompe, siempre se rompe, en las calles, en el blanco de las papeletas, en el silencio de quien apaga la pantalla y no la vuelve a encender— lo que queda no es la nada sino algo más perturbador: la nitidez. Esa náusea del reconocimiento tardío es, quizás, el único punto desde el cual todavía puede pensarse una política que no haya sido previamente digerida por el mercado. Es la venda que cae no restituye la vista sino que inaugura el ruido de lo que nunca pudo ser oído (Szendy, 2017).

Ciego, bendita sea tu ceguera…

Referencias

1. Cox, C. (2011). Beyond Representation and Signification: Toward a Sonic Materialism. Journal of Visual Culture, 10(2), 145–161.

2. Sunkel, G. y Geoffroy, E. (2001). Concentración económica de los medios de comunicación en Chile. LOM Ediciones.

3. Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power. PublicAffairs.

4. Szendy, All Ears: The Aesthetics of Espionage (2017), sobre la escucha como tecnología de poder y administración del sentido audible.

Dr. Mauro Salazar J. UFRO/Sapienza

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