Prologo al libro “El día después de la Revuelta. Una respuesta anárquica a Revoluciones de nuestro tiempo”. Libro que será próximamente liberado digitalmente en el blog de Colapso y Desvío y posteriormente publicado en formato físico.
Aun cuando tratemos de rehuir del pesimismo, no se puede hacer un balance del periodo actual sin caer de lleno en la maraña de catástrofes, guerras y masacres que engullen el presente. Así, en vez de apartar la vista de la barbarie, nuestra actitud debe ser la de aceptar este hecho: el mundo-capitalista está en medio de un largo proceso de descomposición y crisis, el cual ya no puede deshacer ni esconder. Al mismo tiempo, el capitalismo lleva a cabo una serie de contra-medidas por las que trata de continuar su expansión y revitalizarse en su edición tecno-imperialista, con Estados Unidos como frente militar y China y otras regiones de Asia como el corazón manufacturero que lo sostiene. Por esto mismo, toda proposición revolucionaria que surja en este tiempo debe de partir de la comprensión de la crisis y la guerra como elementos del escenario en que la lucha se desarrollará hoy y a futuro.
La contrarrevolución está varios pasos por delante de nosotres en este aspecto. El auge de figuras como Trump, Bukele, Milei, Kast o Eduardo Verástegui, el ataque sistemático a las mujeres, disidencias sexuales y el aumento generalizado de la violencia racializada, no se pueden separar de la profundización de la crisis del capital y la generalización de la guerra en sus distintas modalidades a lo largo del planeta. Estos fenómenos son la expresión política del actual estadio de psicosis autodestructiva del sistema y el fundamento por el que las diversas formas en las que se configura la contrarrevolución comparten una base común, pese a la flexibilidad de formas e ideologías eclécticas por las que se expresa.
Una de las facetas nodales de este sistema de muerte que toca directamente a nuestros territorios es la fabricación estadounidense de enemigos ficticios, una operación de contrainsurgencia que le ayuda a mantener su existencia y sus poderes vampíricos desde 1945. Ayer fue el comunista, hoy es el narcotraficante (entiéndase presidente o presidenta de país progresista que habla con una lengua afilada pero en la práctica está alineada a los intereses militares del imperio) y el terrorista (entiéndase aquel que se defiende con la fuerza de aquello que lo oprime). En este trance, el imperio yanki profundiza en nuestros territorios lo que comenzó con la Doctrina Monroe y continuó con la Operación Cóndor y el hoy llamado Escudo de las Américas, que conllevan la ambivalencia de hacer agonizar a los mundos que azotan teniendo el cuidado de no terminar de desangrarlos del todo para seguirlos explotando con cada cambio de moda, abriendo nuevas rutas de extractivismo alineadas a las siempre cambiantes e incontrolables fluctuaciones de la cadena del valor. Amén de los países socialdemócratas, Estados Unidos necesita de países como Cuba, Nicaragua y Venezuela, necesita de falsos enemigos para apropiarse de distintos territorios, usufructuarles y mantener, así, su cuerpo zombie.
Producto de este millonario programa de contrainsurgencia —y a pesar de la sobredosis de historicismo de todas las ramas de la izquierda—, la generación que nacimos a finales del siglo XX y principios del XXI no hemos sabido heredar de manera clara e imaginativa los aportes radicales de los anticapitalistas y antiestatistas que nos precedieron.
En la medida en que esas experiencias no logran ser recuperadas ni entretejidas con el hilo negro de la revolución, según su diferencia específica, podemos decir que hay historias de mundos en resistencia hechas jirones cuya potencia nos es desconocida, limitando trágicamente nuestra práctica y nuestros horizontes de lucha y entendimiento mutuo. Bajo la perspectiva de la dominación es como si absolutamente todo lo que hicieron nuestros antecesores hubiera sido inútil y como si nosotres no tuviéramos genealogía ni origen y estuviéramos atrapades en un sueño de vanguardismo juvenil, es decir, en una generación que viene, que una vez más puede llegar a sentir que su lucha es nueva e inédita. El panorama, claro está, es más complejo, hay que destotalizar todo diagnóstico que diga: “no hay salida”, “no hay historia”. En vez de dejarnos arrinconar en el presentismo, recuperar nuestras historias quiere decir comprender el tiempo como no lineal. Que en el ahora sobreviven, en conflicto, los espectros de mundos borrados y por hacer. En cada plaza, cada edificio y cada grieta en el asfalto se inscriben despojos, tragedias y luchas milenarias cuyos fragmentos perduran en un intento de reclamar la carne y habitar la tierra.
Pero es debido a este contexto que la revolución como posibilidad real ha desaparecido momentáneamente del imaginario colectivo. Que la imposibilidad de imaginar el fin del capitalismo tenga lugar al mismo tiempo que la ausencia de un modelo inalterable de revolución1, no es, así, una coincidencia. Tal y como leemos en el texto de les compas del territorio ocupado por el estado colombiano, hubo y hay una constante expropiación de la revolución que la mutila una y otra vez como un proceso que atañe al encuentro entre diferentes mundos y la compartición de sus experiencias concretas. Pero la situación también nos revela que no existe una lista de pasos a seguir o un proyecto ideal a replicar, que el capitalismo y su movimiento histórico contradictorio ha sepultado la potencia sacralizada de todos los programas teleológicos habidos y por haber. La cuestión, empero, parece de cierta manera positiva cuando se trata de romper con el lado negativo de las viejas modalidades de lucha y las estructuras organizativas del pasado que no pudieron más que realizar proyectos de actualización del capitalismo en vez de acabar con él.
Sin embargo, mientras la revolución como tal se vuelve improbable en el plano racional, —quizás porque la revolución tiene mucho de irracional y en realidad no puede ser capturada por el concepto—, los ciclos de lucha de este siglo fortalecen su existencia a modo de una necesidad extremadamente urgente a la que aún no se ha podido responder del todo. En efecto, no es únicamente la especie humana en abstracto a la que le urge la destrucción de la totalidad de las relaciones sociales que constituyen el sistema de dominación, es a todo el planeta tierra, al que cabe pensar no como una madre amorosa que es, al mismo tiempo, una víctima sin agencia y un agente sin conflicto, sino como un mundo de mundos habitado de muchas maneras diferentes. Así, en la medida en que el sistema pone en riesgo al planeta tierra y a sus habitantes, pensamos que la conceptualización pragmática de la revolución debe ampliarse más allá del monocultivo del ser humano hacia la naturaleza, que también nos incluye. En definitiva, esta urgencia, que ya hace implosionar el pensamiento metropolitano y su reducción del mundo al modelo de la ciudad, es la que hace que las luchas de nuestro tiempo estén tan necesariamente ancladas al territorio2 y a todas a las formas que existen de habitarlo y defenderlo, humanas y no-humanas.
En vista de esto, diremos que a lo largo de estas páginas reside una comprensión compartida de la urgencia y seriedad que requerimos para hacer frente al presente. Los textos reunidos aquí buscan propiciar un proceso de discusión y aprendizajes entre los pueblos, con centralidad en el encuentro y los cuidados, que hasta el momento se ha dado de manera dispersa y discontinua. El manifiesto de Los Pueblos Quieren escrito por compañeres de distintos territorios que llegó a nosotres en el verano de 2025 sirvió como una guía y sobre todo como un pretexto para iniciar este esfuerzo colectivo por pensar la revolución en las términos de nuestro sur, de nuestras tradiciones y de nuestras contradicciones en Abya Yala. Este texto también es un primer mapa que, por necesidad, resulta local y planetario, singular y común. La voz que usamos es, por supuesto, polifónica, y cuenta historias para la lucha, para el cuidado, para lo que se proyecta en nuestra “memoria del futuro”, desde el día posterior a nuestras revueltas.
En esta tarea, nos hemos enfrentado a un obstáculo clave: a las diferencias en los contextos y experiencias por un lado, y a los purismos ideológicos por otro. Trazar conexiones sólidas entre los pueblos requiere abrirnos hacia un proceso de crítica y auto-transformación por el que se desborden las ideologías estáticas y los modelos ideales para la revolución. Como bien comprenden les compañeres de LPQ: “Ninguna de las ideologías, ninguna de las hojas de rutas políticas que hemos heredado, es capaz de captar sola el tumulto de nuestro tiempo”. Y por ello, también dicen que hay que trazar nuestros planes con “lápiz grafito”, acumulando percepciones que nos permitan agrandar las grietas de los diferentes mundos insurrectos en los que, de una u otra manera, ya experimentamos la revolución, haciéndola existir como lo que nos hace existir, como dice Josep Rafanell i Orra a su vez.
En sintonía con les compañeres de LPQ, Moses Dobruška, en el prefacio de Fragmentar el mundo de Orra, también escribe: “No hay movimiento revolucionario en una época de simplificación violenta sin un enriquecimiento masivo de las percepciones”3. A este elogio del fragmento frente a la totalidad, que Dobruška trata en términos de una anarquía fenoménica, Orra agrega: “El anarquismo será cosmológico o no será”4. En suma, para Orra se trata de generar una suerte de compromiso de tipo cosmopolítico con el fondo anárquico del cosmos, o sea, con la pluralidad de mundos llenos de seres-otros que rechazan la reproducción de lo mismo desde su diferencia común y, por lo mismo, de llevar a cabo una traducción interplanetaria en la que podamos compartir nuestras mencionadas percepciones y, con ellas, nuestras prácticas, sueños e historias.
Por ello, en lugar de apostar por las formas monorevolucionarias del pasado, todavía muy apegadas al fraccionalismo, el antropocentrismo, el racismo y el patriarcado, necesitamos cultivar un comunismo profano e insubordinado, anárquico y anti-campista que se produzca desde la heterogeneidad de nuestras experiencias y de nuestros contextos distintos pero indudablemente entrelazados. Un comunismo que conecte las expresiones de solidaridad, apoyo mutuo, relaciones no-autoritarias y la conflictividad inmanentes a la especie y la naturaleza, que se han presentado de forma fragmentada a lo largo de su historia a modo de potencia, junto a la multiplicidad de gestos aislados, movimientos insurreccionales e individualidades dispersas en los que se ha personificado el proyecto revolucionario. Enhebrados por este largo hilo negro de la revolución, podemos reconstruir nuestras historias para finalmente dar respeto fúnebre a nuestros muertos y ritmarnos amorosamente con su lucha, con su fuego creativo, con su olla común, con su modo de compartir la palabra, de cultivar; en fin, con su forma profana de vivir que fue y sigue siendo una grieta en el muro del sistema. Que el micelio nos sea espejo: hay que organizarnos desde lo subterráneo, en la oscuridad y fertilidad de la diferencia y lo común. Allí nuestra lucha se extenderá entre las fisuras del sistema hasta devorar su cadáver.
Hic Rhodus, hic salta
Otoño del 2026.
Notas
1 Nos referimos a un modelo vanguardista/pastoral de la revolución, que se limita a la mera replicación descontextualizada de una práctica en particular. Sea este el golpe de Estado, el foquismo o el electoralismo. Éstas serán profundizadas más adelante en los escritos que integran el micelio de este zine, pero adelantamos que la revolución no tiene para nosotros al tan ansiado “comunismo” como resultado final, sino que como su contenido llevado a la práctica.
2 El comunismo marxiano ya contenía en su interior una importante preocupación por la tierra y la especie, pero que fue conscientemente olvidado por sus representantes más populares. «Marx se ocupa de la relación entre el hombre y la tierra. Para nosotros, el hombre es la especie; para los caballeros burgueses, el hombre es el individuo» Amadeo Bordiga, Specie umana e crosta terrestre, en Il Programma Comunista #6, 1952.
3 M. Dobruška, Prefacio para Fragmentar el mundo de Josep Rafanell I Orra, 2018.
4 J. Rafanell I Orra, Pequeño tratado de Cosmo-anarquismo, 2023.
Sobre Micelio Anárquico. Es una ecología internacionalista conformada por colectivos e individualidades que pasan, pero no se detienen: Colapso y Desvío, Coordinadora Anarquista Tejiendo Libertad, Comunidad Alumbre, Los Pueblos Quieren, Un sueño largo, ancho y hondo, La Jardinera.
