En la pista nietzscheana Bernard Stiegler nos regala un pasaje que no escapa, que no se detiene en la búsqueda por restituir lo humano; lo humano en la mira, bajo amenaza, a la intemperie pero que resguarda una trinchera: “¿Qué es el ser inhumano? Es el que no es capaz de prometer —no el que no es capaz de sostener su promesa sino el que es incapaz de prometer esta humanidad que no existe aún.” (Lo que hace que la vida merezca ser vivida, 2015, 262).
Pensamos en la Inteligencia Artificial (IA) como la creación humana de algo no-humano; es decir y aunque –por ahora– la sigamos comprendiendo como una suerte de apéndice eléctrico que está al borde de sentir, lo cierto que es que casi todo lo puede. La IA es un abismo insondable, prácticamente infinito, en el que parece no haber ausencia de respuestas. Deviene entonces como una cierta trama lateral a la que cada vez, más y más, acudimos restaurando el oráculo, uno posmoderno, pero oráculo al fin. Me atrevería a decir que nadie duda de la IA porque nadie le teme; ella es amistosa, proverbial, serena y paciente de cara a la (también) infinita saga de dudas que el mundo le impone.
La IA es un destino cotidiano vuelto rito en el corazón de nuestras prácticas, de nuestra acumulación de tiempo. Y es justo eso, un nuevo tiempo en que la respuesta no se demora; no hay dilación ni espaciamiento, nada es en diferido, sino que todo son láminas de inmediatez; una rapsodia interminable de respuestas útiles, tal vez, pero vaciadas de sentido: un mosaico del discurso inhumano.
Ahora, si volvemos al pasaje de Stiegler, sabremos que hay algo que la máquina no puede hacer; diríamos su tabú, lo que le resta prohibido porque no tiene el algoritmo sugerido para volverse realmente humana. Lo inhumano puede hablar, indicarnos mapas, construir textos o incluso elaborar una trama psicoanalítica y volvernos pacientes esperando que la nada capture algo de nuestro inconsciente; todo, casi todo, le está permitido, menos prometer, luego, traicionar.
Si pensamos en lo que Jacques Derrida piensa y escribe sobre la promesa, sabremos que ésta solo es posible en la medida que puede ser corrompida en el tiempo, rota, quebrada, expropiada, en fin. La promesa solo es promesa porque se transparenta en ella, siempre, la posibilidad de traicionar. Y la traición es demasiado humana, y lo inhumano, la máquina, no puede alcanzar tales niveles de humanización; no puede codificar eso que nos lleva en espiral interminable a prometer, traicionar y mentir:
Desde que me dirijo al otro, desde que le digo «yo te hablo», estoy ya en el orden de la promesa. Yo te hablo, eso quiere decir «prometo continuar, ir hasta el final de la frase, prometo decirte la verdad incluso si miento» -y para mentir es preciso, por otra parte, prometer decir la verdad- (Derrida, Decir el acontecimiento, ¿es posible?, 2006, 103)
El pulso de la historia podría resumirse en estas dos fuerzas que entran en el espacio de una aparente dialéctica, mas son una sola y misma cosa; ya al prometer se traiciona y no hay traición que no sea la consecuencia de una promesa. Así como decir una mentira pensando en que se dice la verdad no sería, necesariamente, una mentira, sino otra verdad.
Hoy somos devotos de la IA, sus más fieles seguidores, sus zelotas. Pero midamos el riesgo, evaluemos la rúbrica y no nos ecologicemos del peligro como si no lo hubiera. Quizás lo inhumano, como lo escribe Stiegler, no puede prometer y así traicionar pero, y es lo que pienso, puede “fingir”; esto es blufear, usar máscaras y, de este modo, hacernos entrar en la dinámica del taumaturgo maligno que en una alquimia radicalmente artificial genera la caída en la creencia; en la fe de que lo inhumano puede lanzarse a la promesa y a la traición. Y de esta zona no se vuelve.
Escuchemos, cuando menos, esta alerta de Rilke: “[…] lo bello no es más que el comienzo de lo terrible –lo que apenas podemos soportar– y lo admiramos porque, sereno, desdeña destruirnos” (Primera elegía de Duino, 1912).
Apuesto porque eso bello de lo que nos habla Rilke sea amar, prometer, traicionar, decir la verdad y volver a la mentira; corrompernos por completo en el pulso de una experiencia terrible y llorar, claro, llorar. Tocar(se).
La Inteligencia Artificial, a pesar de toda su enorme potencia de inhumanidad, hasta ahora, no ha dado noticias de sentir ni celos, ni angustia, ni dolor por el amor de amores.
