Mauro Salazar J. / Discépolo. Un presente de Grottos. Comicidad de Palacio

Estética, Filosofía, Política

Cesura. Texto de crisis: País como «modelo» significaba, y aquí está la trampa, que los habitantes mismos del país, Chile, comenzarían a mirarse desde fuera, como observados, como ejemplares, como destinados a demostrar algo a la posteridad. Cuando un país se vuelve modelo, deja en cierto modo de habitarse a sí mismo: se exhibe. Y la exhibición, ya se sabe, es siempre la antesala del derrumbe.

Escribir sobre Discépolo, digámoslo con la lentitud que exige el duelo, es escribir sobre el momento en que una palabra (¿País?) pierde su origen y empieza a sobrevivirse a sí misma, sin si quiera nombrar su decadencia. Es cuando su sobrevivencia espectral se ha engrillado. Sobrevivencia que es, exactamente, lo contrario de la vida. Hay un verso, un solo verso, que merece detenerse: «se nos fue la mina». Dicho así, sin énfasis, sin retórica, en la austeridad brutal del lunfardo que nombra mediante una metáfora minera (década perdida) aquello que no puede nombrarse de otro modo: la pérdida. No una pérdida entre otras, no una pérdida; la pérdida en cuanto tal, la pérdida que precede y excede todas las pérdidas particulares. La mina, yacimiento, mujer, patria, fe, sentido, se fue. Y con ella se fue, también, la posibilidad misma de seguir diciendo País. Porque ¿qué queda cuando se va la mina? Queda el vacío y la galería vacía. Queda —y esto es lo terrible— la voz que debe seguir cantando en el vacío, la voz que debe prestar su garganta al silencio de la mina ida. Me detengo aquí. Hay que detenerse. La filosofía universitaria no se detiene nunca: avanza, concluye, sistematiza, pontifica.

Un dramaturgo del Trecento —aquel que descendió por los círculos concéntricos de un abismo que era, también, el abismo de su propia lengua materna— escribió en el umbral de la selva oscura: «nel mezzo del cammin di nostra vita». Discépolo escribe, él también, desde un mezzo del cammin: desde la mitad de un camino que es el camino de una modernidad descarriada, una modernidad que en los años treinta argentinos toma la forma precisa del pacto con la piratería inglesa, del conservadurismo oligárquico, de la llamada —nombre exacto, nombre que es ya todo un diagnóstico— década infame. Discepolo dice Infamia, Infame: in-fama, sin fama, sin nombre, sin memoria. La década que no merece ser nombrada y que, sin embargo, debe ser nombrada porque constituye el territorio desde el cual el poeta habla (Teatro Cómico: Palacio).

Allí, en esa selva oscura donde la vía recta estaba perdida, Discépolo compone «Cambalache»; y conviene leer «Cambalache» no como letra de tango, no como pieza popular, no como curiosidad rioplatense del archivo folclórico, sino como lo que verdaderamente es: un tratado teológico. Lejos del vitriól (Industria cultural) una teología sin Dios y, por eso mismo, desesperadamente teológica. «En el quinientos diez y en el dos mil también»: fórmula que abole el tiempo lineal del progreso y que instala, en su lugar, una temporalidad circular, donde todos los siglos son contemporáneos en la misma medida en que todos son idénticamente podridos. El tiempo de «Cambalache» es el tiempo sin redención, sin éxodo, tiempo en el que la Biblia convive con el calefón no por ironía, sino porque ya no hay jerarquía posible entre lo sagrado y lo profano. Todo ha sido nivelado. Todo ha sido cambalacheado. Esta nivelación —esta imposibilidad de que algo se destaque, de que algo valga más que otra cosa, de que algo merezca el nombre de bien— es la forma moderna del infierno. El poeta del Trecento ordenaba sus círculos: cada pecado en su lugar, cada alma en su castigo proporcionado. Discépolo, en cambio, escribe en una época en la que los círculos se han derrumbado y todos los lodos conviven en el mismo nivel: el ladrón junto al honesto, el asesino junto al santo, la Biblia junto al calefón. Ya no hay cornisa, ya no hay girone. Hay un solo plano horizontal donde flota, nombre preciso, nombre que no debe traducirse, el cambalache.

Permítaseme otra desviación. La desviación es la siguiente: hay en el tango «Tormenta» (1939) un versículo que podría, sin violencia alguna, ser leído como una traducción rioplatense del Libro de Job. «Yo siento que mi fe se tambalea, que la gente mala vive, ¡Dios!, mejor que yo». ¿No es esto, acaso, el grito exacto del hombre de Uz? ¿No es este el reclamo que se eleva desde el estiércol donde Job se rasca con un tiesto? La diferencia, y conviene ser puntilloso, es que a Job aún le respondía una voz desde el torbellino. A Discépolo no le responde nadie. El torbellino tanguero es un torbellino sin voz. Un torbellino administrativo, oficinesco, radial, burocrático. Un torbellino peronista, para decirlo sin eufemismos. Porque aquí es donde la cuestión se vuelve dolorosa —y conviene afrontar el dolor, no rehuirlo: el mismo poeta que había sido capaz de escribir la teología negativa de «Cambalache», el mismo que había sentenciado la irreversible podredumbre moral de Occidente con la precisión seca de un profeta menor, ese mismo poeta termina, en los años dorados (nombre funesto: ¡dorados!, ¡como si el oro alguna vez hubiera sido otra cosa que la forma más refinada del cambalache!), escribiendo «Cafetín de Buenos Aires» desde el expediente —exacto, exacto: exacto es el término— de la nostalgia. Nostalgia: nostos-algos, el dolor del regreso. Pero regreso ¿a dónde? Al cafetín, es decir, a un lugar que ya no es, a un lugar que sólo puede ser amado porque ha sido perdido, a un lugar que se inventa retrospectivamente desde la pérdida. La nostalgia es la forma degradada del duelo: allí donde el duelo trabaja la pérdida sin disimularla, la nostalgia la disimula bajo la figura del lugar dorado (de nuevo el oro, de nuevo el cambalache dorado). Y aquí está la crisis: no una crisis psicológica, no una crisis biográfica, sino una crisis de la lengua misma de un País que no sabe cómo aprender de su perdida. La lengua que había aprendido a nombrar la pérdida en el léxico brutal del lunfardo arrabalero, es ahora forzada a decorarla para que pueda bailarse en salones, en estadios, en transmisiones radiales que se convierten en fiesta nacional-popular.

Y he aquí la paradoja que debe ser formulada con todo el rigor posible: el tango institucionalizado es el tango muerto. Conviene recordar que la palabra entretenimiento significa, etimológicamente, mantener entre, mantener al sujeto suspendido entre dos nadas, en ese entre que es el lugar propio de la distracción. Entretener es distraer. Y distraer es —lo dijo ya la tradición pascaliana— evitar el pensamiento del abismo. El tango del inmigrante que llora en el prostíbulo, el tango del tano desarraigado y del compadrito bisexual que danza con otro varón en la pieza mal iluminada del conventillo, ese tango era pensamiento del abismo. Era el abismo mismo haciéndose lengua. Era la voz de aquellos que no tenían patria sino sólo el recuerdo de otra patria, que no tenían mujer sino sólo el recuerdo de otra mujer, que no tenían Dios sino sólo la ausencia punzante de otro Dios. Esa voz —esa voz— era intolerable para la maquinaria estatal. Porque la maquinaria estatal necesita voces cantables, voces festivas, voces que puedan ser transmitidas por radio y bailadas en los salones oficiales. De allí la virilización heterosexual del género, expresión justa, expresión que debe subrayarse: el malevo bisexual del veinte debe ser reemplazado por el varón heterosexual del cincuenta, el conventillo debe ser reemplazado por el estadio, el desarraigo debe ser reemplazado por la pertenencia nacional. Y con ello —con esta operación que es inseparablemente estética, política, sexual y teológica— se consuma la pérdida definitiva: se pierde la mina por segunda vez. La primera pérdida había sido el objeto del duelo discepoleano de los años treinta; la segunda pérdida es la pérdida de la pérdida misma, es decir, el olvido de que alguna vez hubo pérdida. Y esta segunda pérdida es peor que la primera. Porque la primera aún permitía el grito, el tango desgarrado, el Job rioplatense. La segunda sólo permite la nostalgia decorativa, el cafetín dorado, el recuerdo administrado.

Y Discépolo, sin haber leído, quizás, el Trecento, aunque qué importa leerlo cuando se ha vivido en él, escribió algo equivalente al poner en boca de su voz cantante la pregunta que no tiene respuesta: «¿cuál es el bien…del que lucha en nombre tuyo, limpio, puro?… ¿para qué?». La pregunta para qué, tan sencilla, tan desnuda, es la pregunta del umbral. Es la pregunta que hace, ante sí, todo aquel que ha entendido que la lengua ya no tiene hacia dónde. Es la pregunta que no espera respuesta porque sabe que la respuesta ha sido cambalachada, que el para qué mismo ha sido puesto en venta en el mercado general donde conviven la Biblia y el calefón. Y sin embargo, éste es el punto que debe subrayarse con toda la fuerza del subrayado, la pregunta sigue siendo formulada. Discépolo la formula. Y al formularla, al pronunciar la pregunta que no tiene respuesta, hace algo que la maquinaria cultural peronista, con todo su aparato de difusión radial, con toda su industria cultural, con todos sus Gardel for export, no podrá jamás hacer: sostiene el duelo. Sostener el duelo: mantener abierta la herida, no permitir que cicatrice, no permitir que la pérdida sea olvidada en nombre de la salud cultural del pueblo. Sostener el duelo es resistir al cambalache incluso cuando el cambalache ha triunfado.

¿Y hoy? Porque un ensayo sobre Discépolo que no preguntara ¿y hoy? sería un ensayo arqueológico, un ejercicio de erudición, un entretenimiento académico. Ya hemos dicho qué es el entretenimiento. Hoy: es decir, en este presente donde la acumulación de capital (grottescos de Palacio) ha alcanzado un grado de sofisticación que el poeta no habría podido siquiera imaginar, donde las palabras se han vaciado hasta el punto de que ya ni siquiera es necesario el cambalache porque el cambalache ha sido sustituido por algo aún peor: la pura equivalencia digital, la experiencia alogaritmica, el presente perpetuo sin memoria y sin porvenir. Hoy se nos fue la mina de un modo más radical que en los años treinta. No sólo se nos fue la patria, la mujer, Dios, el sentido. Se nos fue también la posibilidad misma de lamentar que se nos fueran. Porque para lamentar hace falta una lengua, y la lengua del lamento —la lengua tanguera, la lengua bíblica, la lengua del Trecento descendiendo por los círculos— ha sido clausurada, archivada, convertida en espectáculo. Vivimos en el cambalache del cambalache: un cambalache de segundo grado donde ni siquiera la denuncia del cambalache es ya posible, porque la denuncia misma ha sido absorbida por el mercado de denuncias. Sin embargo: palabra obstinada, palabra que resiste, palabra que se niega a aceptar que la última palabra haya sido dicha. Sin embargo, sigue siendo posible leer «Cambalache». Sigue siendo posible detenerse ante el verso «se nos fue la mina» y sentir —sentir, no analizar— que esas tres palabras dicen algo que ninguna teoría contemporánea, ningún tratado de filosofía política, ninguna antropología cultural, ha logrado decir con semejante economía. Tres palabras. Una pérdida. Un duelo que aún espera su trabajo. Quizás el último oficio del pensamiento, si es que al pensamiento le queda algún oficio, sea este: sostener la posibilidad de que aún pueda formularse la pregunta «¿cuál es el bien?», incluso sabiendo que no hay respuesta, incluso sabiendo que el tiempo del sentido ha pasado, incluso sabiendo que la mina se fue y no volverá. Sostener la pregunta es sostener el duelo. Y sostener el duelo es, quizás, la única forma contemporánea posible de la fidelidad. Fidelidad a qué: a una lengua que murió cantando, a un compadrito que bailó con otro compadrito en la pieza mal iluminada, a una voz que gritó ¡Dios, cuál es el bien! sabiendo que nadie respondería, a un poeta que comprendió, antes que nadie, que el infierno no tenía nueve círculos sino uno solo, infinitamente plano, infinitamente dorado. Una fenomenología crítica del actual gobierno devela un repertorio de gestos hiperbólicos, lapsus migratorios, lenguas twitteras y folletinescas. Vidas voluptuosas de la república. Un hervidero de bufones, esta mezcla de improvisación, ínfulas tecnocráticas y vulgaridad letrada, precipitó una desilusión estética expresada en personajes incognoscibles, aun cuando profesan idéntica fe. Y «Cambalache»: tango, tratado, testamento, es su nombre exacto.

Al Cierre: ¿Qué es, pues, este país hoy? Es un país que aún no ha aprendido a perder, porque optimizo todo subdesarrollo. Que aún no ha hecho de su pérdida un saber. Que aún cree que basta con un nuevo gobierno, con una nueva ley de reconstrucción, con una nueva miscelánea legislativa, para que la mina vuelva. La mina no vuelve (Discépolo). La mina nunca vuelve. Y la única dignidad posible —la única, conviene subrayarlo— consiste en escribir, en algún rincón aún no colonizado por la consigna ni por el cálculo, el largo y paciente libro de la pérdida. Ese libro es lo único que un país puede legar, en su crepúsculo, a los que vendrán después. Si es que vendrán. Si es que, después de todo esto, todavía vendrá alguien.

Dr. Mauro Salazar J.

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