Palantir ha lanzado un manifiesto y el mundo queda estupefacto ante lo que ya era evidente. Quizá lo que resulta terrorífico para la mayoría es que aquello que está inscrito en la cibernética desde su origen se vuelva nuevamente, esta vez con el objetivo específico de desarrollar la Inteligencia Artificial, autoconsciente. De pronto la estupidez y vulgaridad de Trump se evidencian como adornos superfluos de un poder soberano que entiende que el circo de los deseos más básicos debe seguir funcionando, pase lo que pase, para asegurar la distracción. Ahora, bajo esta capa se asoma abiertamente la otra, que convence a los idiotas más sofisticados, que ya desde hace tiempo venían alegando la degradación del proyecto imperial estadounidense a causa de la introducción de una cultura moralmente liberal. Pero Palantir, con su falsa intelectualidad, llega tarde. Estados Unidos ha entrado en una fase de decadencia irrefrenable y la causa– cosa que el sionista Alex Karp jamás entenderá– no es la cultura Woke, la teoría de la deconstrucción o la crítica del orientalismo, sino la destrucción del propio capitalismo industrial por el neoliberalismo. La paradoja es que Palantir no es hijo del capitalismo industrial, que fue el marco en el que se dio el proyecto Manhattan, tan nostálgico para Karp, sino de su teoría económica destructiva que ha hecho surgir, incluso, una subjetividad macabra como las de estos CEO’s autodenominados filósofos.
Es en el neoliberalismo como horizonte de mundo en el que se ha podido desarrollar una forma de vida en la que cada individuo se rige por una burbuja algorítmica, donde la proliferación de humanos atomizados da lugar a «verdades» reivindicadas por subjetividades que creen alcanzarlas en soledad, cuando en realidad hay un algoritmo que permite su repetición. Karp y Peter Thiel, los principales accionistas de Palantir, no son, en este sentido, distintos a los terraplanistas o los antivacunas, pues su mundo se ha construido en las burbujas recursivas de la información posibilitadas por el neoliberalismo que aspiran en parte a superar. Y por cierto, si estos idiotas sofisticados ganaran el mundo, aunque fuese para destruirlo, habrían sobrepasado el neoliberalismo para instituir un gobierno global tecno-fascista. Ya han conquistado las bases de datos de los estadounidenses y han participado activamente en el genocidio en Palestina, haciendo que en el sionismo –si lo entendemos como un sistema ideológico imperial que enlaza a Estados Unidos, Israel y parte del mundo árabe– se vuelvan indistinguibles la biopolítica (el control de las poblaciones) y la necropolítica (su destrucción).
Por cierto Palantir, como capa profunda y fundamental de la política imperial de Estados Unidos, se rebela en parte contra la extrema individualización que deriva en mero consumo y dedicación de los ingenieros de Silicon Valley a la insulsa publicidad. En esta rebeldía llaman a todos los estadounidenses a ser parte del proyecto, a morir por la patria contando con las mejores tecnologías a su alcance. Pero esto no es nada diferente a lo que el fascismo ha hecho siempre, develando solamente la deriva fascista del neoliberalismo. Y como tal, el llamado a las masas a morir por los ideales de la clase dominante, no es otra cosa que el resguardo de esa línea que, podríamos decir, siguió uniendo al fascismo tradicional, al capitalismo industrial con el neoliberalismo y ahora el tecno-fascismo: la acumulación de capital fundada en la destrucción de la naturaleza comandada por las corporaciones. Karp ve rupturas donde en realidad hay continuidades y continuidades donde hay rupturas, lo que le hace totalmente inconsciente del trayecto histórico del que él mismo es producto y de la decadencia irreversible del imperio que es condición de posibilidad de su discurso. En esta realidad espeluznante, Palantir ha gozado de una época anti-intelectual que les permitiría a ellos ser los tuertos entre ciegos. Pero lo que la piedra «que ve a lo lejos» no alcanza a distinguir es su propio lugar en el mundo.
La gran cuestión no es si Palantir gana una jugada y luego otra, sino cómo el mundo que intenta imponer como horizonte absoluto comienza a volverse sentido común al punto que no veamos algo más allá. Esa es su gran apuesta, en tanto parte integral del capitalismo tardío y, por supuesto, la de sus expresiones más violentas como el fascismo. Pero en este momento en que vemos la feroz decadencia imperial es donde podemos apreciar el florecimiento de nuevas resistencias, nuevas formas de vida que anuncian sin someter, que abren no un horizonte, sino una pluralidad de mundos. Estas formas no están en los adversarios de guerra de Estados Unidos, ni en sus amenazas geopolíticas que en gran medida se han sumado al proyecto cibernético desde hace mucho tiempo. Estas formas están en las vidas que resisten al genocidio, que se levantan una y otra vez para llorar y cantar a los muertos mientras juran venganza. Están en los estibadores italianos que paralizaron su país bloqueando los barcos en dirección a la entidad sionista. Están en los iraníes que se dan las manos entre miles frente a las bombas estadounidenses. Están en los yemeníes que llenan las calles exigiendo la libertad de Palestina. Están en los judíos anti-sionistas que han evidenciado, poniendo su integridad en peligro, la falsedad de la relación judaísmo-sionismo. Están en los jóvenes del mundo que actúan cada vez que descubren injusticias.
Palantir es la farsa de lo que el proyecto Manhattan fue la tragedia. A veces las farsas se mantienen un tiempo y engañan con un poder que no tienen. Así creen ganar en el póquer. Nuestra tarea, en cambio, no es aspirar a la idiotez sofisticada, sino al desmantelamiento de una forma de vida maquinal fundada en el control y la alienación. Para ello, nuestra herramienta más importante sigue siendo la solidaridad y el cuidado. Siempre lo han sido y todavía son posibles, urgentes.
