Mauro Salazar J. / Exequias de Hayek. Gobierno de la emergencia

Filosofía, Política

Escena de escenas; 24 de abril de 1981, Jaime Guzmán entrevista a Friedrich Hayek en Santiago, con Hernán Larraín y Ernesto Illanes como testigos. Aquí se registra el momento inaugural de un malentendido productivo. Guzmán insiste en la redistribución frente al 20% de pobreza extrema documentado en 1973; Hayek desestima el rol redistributivo del Estado. El subsidiarismo gremialista quería una mediación católico-conservadora que el liberalismo hayekiano nunca le concedió. Lo que el gobierno Kast hereda y lleva al límite sería, en apariencia, la versión estallada del polo hayekiano sobre el polo guzmaniano. El barrido de los programas sociales, oficio del 24 de abril de 2026, no cumple, con cuarenta y cinco años de retraso; la redistribución que Hayek le devolvió al líder gremialista en aquel salón santiaguino, se cumple sin cumplirlo, lo ejecuta sin invocarlo. Aquí la paradoja del presente, que estas páginas habrán de articular en tres tesis sucesivas y solidarias. Primero: el kastismo opera como hayekismo en acto, dispositivo antiestatal montado sobre la superficie misma de las decisiones, sin que medie genealogía textual ni confesión doctrinal. Segundo: ese hayekismo operacional no es, sin embargo, consumación del pinochetismo originario sino postpinochetismo híbrido, citacional y sin proyecto: la matriz teológico-doctrinaria del 81 ya no comparece como referente estructurante, comparece como repertorio simbólico disponible para usos discrecionales del presente. Tercero: lo que ocupa el lugar vaciado por esa matriz no es ya Chicago, esa élite tecnocrática con ambición civilizatoria, sino libertarianismo digital austriaco, remasterización de Mises que el gabinete acoge sin nombrarla. El deja vu no entra en escena porque ya no hay escena: solo queda el gesto, sin el ritual que alguna vez le dio fundamento.

Mauro Salazar J. / Ultraderecha. Emergencia post mortem

Política
  1. La «emergencia» como concepto estratificado

Antes de trazar las escenas del desplome narrativo (gubernamental), es necesario detenerse en la arquitectura del término mismo. La «emergencia» que el Partido Republicano instaló como eje de su programa de gobierno no es una palabra: es una construcción de cuatro pisos (heterogéneos) que el uso político aplana en uno solo, confundiendo deliberadamente sus niveles para que cada uno refuerce a los otros sin que ninguno deba responder por lo que los otros no pueden sostener.

La primera dimensión es global. Más allá de lo provinciano, en su plano más abstracto y más real, la «emergencia» nombra una condición estructural del capitalismo financiero contemporáneo: la tendencia a gobernar mediante la excepción, a transformar la crisis en modo de administración permanente y a extraer de la urgencia declarada las condiciones que el debate ordinario no toleraría. No es una invención del Partido Republicano ni una ocurrencia chilena. Es el script disponible globalmente para sistemas políticos que ya no pueden producir consenso mediante la deliberación y que encuentran en la amenaza —el migrante, el terrorista, el gasto descontrolado, el caos institucional— el sustituto de la legitimidad que la promesa redistributiva ya no puede ofrecer. El Democracy Index 2024 del EIU registra el mínimo histórico del índice democrático mundial —5,17 sobre 10—, con sesenta regímenes autoritarios, ocho más que una década atrás, y apenas el 6,6% de la población mundial bajo democracia plena. La investigación comparada documenta cómo Orbán, Milei, Bukele y Modi son capítulos nacionales del mismo texto político que el capital financiero transnacional encuentra más manejable que las democracias de masas con sus costosas exigencias redistributivas. La teoría de la securitización —de Schmitt a Wæver— describe el mecanismo: el discurso de excepción convierte demandas sociales en problemas de orden, instala la gobernanza extraordinaria como forma permanente de administración de lo ordinario y produce la suspensión del debate sobre las causas estructurales de lo que se declara amenaza. Este primer nivel no tiene caducidad interna: no expira porque no promete acabar. Muta bajo otros nombres, en otros gobiernos, con otros enemigos disponibles.