Miguel Ángel Hermosilla Garrido / Para una aproximación crítica a la historia de la filosofía moderna

Filosofía, Política

En este comentario me interesa interrogar la historia de la filosofía moderna como articulación imperial de lo político, que se expresa como dispositivo proto fascista –orientalista1, al interior de la filosofía de la historia del capital y su configuración onto política moderna, entendiendo que estos, más que conceptos monumentales, son articulaciones o tecnologías inmunitarias que reaccionan ante la emergencia de un singular que desorganiza un cierto “nomos de la tierra”, como esquema de orden en el que se determina la diferencia entre la verdad y el error, entre lo normal y lo patológico, entre lo civilizado y lo barbárico, entre un nosotros y ellos. La historia de la filosofía moderna pone en juego el imaginario imperial de lo político como forma histórica de constitución del poder, en términos de una relación compleja entre soberanía y vida. En ese sentido, la razón imperial es una operación soberana ejercida sobre la vida, para administrarla, productivizarla o, incluso, sacrificarla.2 en este horizonte reflexivo la historia de la filosofía moderna se inserta al interior de esta narrativa soberana- la razón imperial- en articulación con lo que el mismo Sergio Villalobos- Ruminott, denomina, “filosofía de la historia del capital”, aclarando que con este concepto no se hace referencia a un relato o esquema normativo y explicativo que daría cuenta del movimiento de la historia a cabalidad, sino como una narrativa compleja y diversificada que asigna a esta historia una cierta destinalidad, o si se quiere, una cierta estructuración archeó- teleológica que le da sentido y fuerza como relato general y reconstructivo que justifica las derivas de los procesos históricos de las formas de acumulación capitalista3.

John Constantino / Godard más allá de la noche

Arte, Cine, Estética

«El principio del cine: ir hacia la luz y volverla hacia nuestra noche», se escucha en Notre Musique, una obra godardiana de 2004. El mayor cineasta vivo ha muerto hoy en París, con casi 92 años y sobre todo, repito, vivo. Hasta el umbral del final, Jean-Luc Godard no dejó de crear, su Gulliver de brillar, su pupila de tronar. 

Mauro Salazar J. / Revuelta y rechazos. Post-representación y restauración de los expertos

Filosofía, Política

a Carlos Ramírez Vargas

a la internacional de los humillados…

Apruebo-Dignidad (AD) debe abandonar la pereza cognitiva y la “fantasía popular” (resabios del pueblo gramsciano) para explicar su “derrota electoral” -04 de septiembre- bajo la invectiva portaliana. Admitir la derrota del Tík Tok no implica ocultar el déficit pedagógico de los «identitarismos» hacia el polo que inicialmente apoyaba las transformaciones. Según las vocerías del nuevo progresismo se habría impuesto el Rechazo en virtud de una abundancia de fake news («fake new sismo») sin establecer distinciones entre pueblo como categoría política, pueblos post-populares, o bien, una demografía sociológica de consumos culturales que articulan modernización, redes digitales y una subjetividad cuyo reciclaje no reconoce en su cotidianidad las políticas institucionales (mainstream). Bajo el campo post-representacional las fronteras de sentido del mundo popular (distopía o acceso) han mutado en sus múltiples alcances y filiaciones que aún perviven bajo la «economía cultural» de la modernización autoritaria (hegemonía cultural).

Dionisio Espejo Paredes / Apología del sujeto escénico desde la obscenidad: una mirada barroca

Filosofía, Política

1

Hace tiempo que los límites de lo privado se perdieron, hace tiempo que “publicar” se convirtió, en redes sociales, en un gesto banal. Somos espectáculo. No solo como sociedad, sino como individuos, al nivel de la subjetividad, hemos conquistado la escena espectacular mientras abandonábamos la escena política a otros “escénicos”. Las gentes han convertido su vida en un escaparate sometido al eventual “aplauso” de sus amigos virtuales, o supuestos suscriptores. Hacia finales del siglo XX se apuntaba a una era neobarroca, era una forma de declarar el cierre de la “modernidad”, de los viejos proyectos éticos y políticos ilustrados, pero también de caracterizar esa pulsión escénica, escenográfica, que quería presentarse como una novedad frente a los viejos relatos. El fin de la historia, el principio de una nueva era se saludaba con optimismo, nunca antes los divos, grandes personajes escénicos, habían actuado como referentes éticos. Ellos son los que acumulan millones de likes en Twiter o Facebook o Instagram, y ese es el verdadero objeto de deseo, y los que lo han logrado, destacándose, elevándose, por encima de las masas son dioses auténticos. Seguramente la secularización ilustrada, el hecho de que hayamos estado faltos de mitos religiosos, sea una de las razones por las que los fetiches culturales, viejos o nuevos, hayan inundado nuestras representaciones. Y esto se configuraba lejos de la clásica concepción escénica del ritual religioso. De modo que, allí donde hay un Dios trascendente, insustituible, en el moderno ritual, todos son potenciales figuras míticas. La cultura de masas, la que se unió a los mass media, transmitía esa “democrática” imagen de sus rituales. Es bien sabido que el espectador no solo adoraba al escénico, sino que se añoraba esa posición, el lugar, todo individuo soñaba con su propia escenificación, con su tiempo de éxito. Esa convicción fetichista creaba una multitud de obscenos (ob- el que está fuera de escena), los que estando fuera anhelan el aplauso que ellos mismos conceden a los otros, los famosos. La obscenidad misma era el mayor soporte del sistema escénico. El final lo escénico era solo una proyección de deseo de un montón de obscenos. La multiplicación de posibilidades de publicar en redes sociales ha multiplicado las tentativas de salir (imaginariamente) desde la obscenidad multitudinaria hacia la escena. En eso consiste la ilusión de la nueva esfera pública: devenir escénico.

Luis Barrientos Lagos / De poetas y críticos, armados hasta los dientes

Literatura
Sobre Molina, de Guillermo Enrique Fernández, Editorial Desbordes, Santiago, 2022.

Habérselas con “Molina, la literatura chilena soy yo” de Guillermo Enrique Fernández es habérselas con un poema cíclico, signado por un asunto indefectible en una seguidilla de fragmentos o segmentos sobrada y compulsivamente discursivos, esto es, que se configuran al

modo de una peroración o una textualización de cariz raciocinante. El mega/asunto que recorre el rosario de fragmentos aglutinados en esta obra es un personajillo sui generis que los escritores de la generación del 50, entre otros, sindican devocionalmente como un gurú y un admirable adalid. Se trata de Eduardo Molina Ventura, lector voraz e impenitente, de monstruosa erudición, según indican sus testigos y secuaces. Por lo demás, un dandy dedicado sin restricción al diletantismo y al entrometimiento en todo ámbito de la cultura. Últimamente, un hombre de letras hasta el tuétano, al parecer insuflado de una irrestricta disponibilidad de ocio, hablantín comensal y contertulio hechizante de la vinosa y mítica bohemia de la generación ya mencionada.

Tariq Anwar / Recuerdos del cuerpo

Literatura

El recuerdo es borroso, no tan nítido como quisiera, pero quizá más claro de lo que un recuerdo común se asienta. Veo cuerpos, principalmente humanos, pero también formas míticas, perros siendo alzados por miles de brazos. Los cuerpos llevan pañuelos, algunos morados, otros verdes y hay un cetro en torno al cual estos cuerpos giran, se mueven, trepan y se confunden luego con muchos colores. No logro dar con toda la escena. Pareciera haber gases, que hacen del día una mezcla de rojos, amarillos, verdes y mucho gris. Hay sonidos también. Si fuerzo un poco la memoria, aparecen cantos. No parece ser un sueño, porque en ellos, cuando aparece alguien y me dice “despierta” ocurre que ya estoy despertando. Pero aquí los cantos indicaban un despertar y mi propio cuerpo, en vez de levantarse se dejaba llevar por una fuerza gravitatoria. Recuerdo haber sentido picazón en los ojos. Recuerdo haber visto delante de mí, bastante más lejos, otros cuerpos que formaban un muro. Eran cientos y uno solo. Recuerdo haber abrazado sin conocer biografías. Estar en movimiento y luego parado, caminando y luego corriendo. Escucho todavía el sonido de balas que no alcanzaban a quitar la alegría. Golpes de palos sobre los cuerpos que extrañamente creaban rostros sonrientes que en un segundo se mostraban para desaparecer pronto entre rostros indefinibles, rostros humanos, rostros de perros. Recuerdo que la fuerza de atracción me llevó hasta el centro que reunía los cuerpos y se me aparece fugazmente la imagen de un flujo ascendente que terminaba con colores vivos y cambiantes. Recuerdo y a ratos olvido, porque la imagen es borrosa. Quizá el humo no sólo es parte del recuerdo, sino que es la propia memoria difuminándose. Quizá el humo es la fuerza del olvido que habita la memoria cuando esta es melancolía.