preludio
Maninfecsto es un texto fragmentario, susurrante, tartamudo, desviado y testarudo. Los márgenes vibran y estallan. Los contornos de las letras se contonean, se desnudan y desaparecen. Emergen líneas después, de improviso. La raíz de manifestar alude a golpear (festus) con la mano (manus). Como cuando alguien golpea la mesa y manda callar. El sentido clásico del manifiesto supone precisamente eso, un golpe en la mesa-mundo, una llamada de atención y, en muchos casos, cierta amenaza. Pero no basta con mandar callar, evidentemente, pues ese es también ser el punto de inflexión hacia un nuevo orden autoritario. ¿Qué se quiere conseguir? ¿En qué sentido se pretende transformar el mundo? Alejándonos de cualquier forma de sistematización cerrada y opresiva, nos-otras hemos incluido ciertas anomalías. En primer lugar, en el propio término maninfecsto que trastorna el manifiesto clásico, una “n” para que pueda irrumpir el verbo infecstar, compuesto por infectar e infestar. La diferencia semántica entre estas dos acciones se basa en el criterio humano de la visibilidad. Infectan microorganismos como virus o bacterias, infestan macroorganismos como ratas. El primero sugiere una amenaza permanente, pues, a causa de los clásicos umbrales sensoriales humanos, no podemos percibir directamente estos seres minúsculos. El segundo resulta más evidente, salta a la vista, como es el caso de una plaga de langostas. “Este lugar está infestado de ratas”, decían los nazis. “Este lugar está infestado de palestinos”, dicen los sionistas. “Este lugar está infestado de inmigrantes, negros, transexuales…”, dicen Trump y sus esbirros. Sin embargo, no pueden decir, por lo menos todavía, que cierto lugar esté infestado de virus o bacterias. Por ello, convertirnos en estos seres minúsculos es clave. Devenir-minoritarios, en el sentido de Deleuze y Guattari. Debemos poder infectar el Sistema para que nuestros efectos devengan observables (mayúsculos), de ahí la importancia de la invisibilidad y el anonimato. Ahora bien, no solicitaremos derechos de propiedad de los logros obtenidos. Estos no son más que brechas, goteras, grietas, agujeros. No formaremos parte del espectáculo, no nos convertiremos en partido político. La impureza, la hibridación y la imperfección son nuestras señas no identitarias.
Causar estragos en la normalidad dogmática. Destruir los cimientos que sustentan el sistema-mundo (Wallerstein) actual. Evidentemente, sin propósitos mayoritarios, sin políticas masivas. Lejos de Revoluciones, no se trata de generar otro nuevo orden sino de convertir el universo en un lugar poroso donde todo muro se convierta, básicamente, en un juguete. Anarquía, en un palabra. Pero como principio cósmico-caótico, no como un cúmulo de deseos individuales (caprichalismo liberal). Hoy en día, diríamos, con la pléyade de corrientes subversivas que recorren, entre otros, ámbitos tan aparentemente lejanos de la política como la física (Karen Barad) o la biología (Donna Haraway): queerizar1 el mundo, desestabilizar todo canon, transgredir, desobedecer.
Sentimos un profundo respeto –no solo– hacia aquellos seres que son (han sido y serán) señalados y etiquetados con algún trastorno. Transexuales, kurdos, plagas de animales, pobres, meteoritos, palestinos, hongos, indígenas, mujeres, negros. Qué largo y desquiciante etcétera. ¿Estos seres son o están trastornados per se (en sí) o más bien suponen un trastorno para ciertos intereses humanos? Deseamos ampliar los colectivos extraños, heterodoxos y monstruosos, no solo en número, sino también en potencia: en capacidad para resistir a la autoridad de cualquier tipo (clínica, política, educativa…) y luchar por construir otros mundos.
Nuestra propuesta, aquí, es la siguiente: configurar un tipo de monstruosidad, la monstruosidad autista. El monstruo es un relámpago que revela el orden impuesto para subvertirlo. Como todo monstruo, es ingobernable e indefinible.
Somos conscientes de que, al acecho, a la caza de cualquier clase de monstruo, el actual sistema holístico capitalista, cuyo ADN se compone de especismo, racismo, machismo y colonialismo, entre otros, cual camarero súper atento, ofrece carnets de socio (usuario-consumidor) en su límpida bandeja a un módico precio. Capitalismo rosa, capitalismo verde, capitalismo arcoíris, capitalismo monstruoso… Lo que sea con tal de que las monstruos se conviertan al credo imperante. O, simplemente, se cansen de luchar. Por ello, es crucial rechazar de plano cualquier registro e ingreso en la Gran Horma.
La monstruosidad autista no (solo) se manifiesta: infecta e infesta. Las exigencias solicitadas en las manifestaciones (autorizadas) comportan que las propias manifestaciones sean solícitas y educadas y respetuosas. ¿Ante quién! Manifestaciones limpiabotas. Unas cuantas encapuchadas violentas aprovechan el magnífico ambiente festivo y pacífico de la manifestación para… ¿para qué? ¿Alguien les iba a dejar hablar? Además, no quieren hablar, o no con ese lenguaje, en ese lenguaje, quieren poder hablar y vivir de otra manera, solo eso. Es simple. ¡Los violentos no nos representan!, claman los manifestantes. Son señalados y expulsados de la manifestación como señalaron y detuvieron a aquel que trató de asesinar al zar y sucedáneos. Por supuesto que no os representan. De eso se trata, por cierto, de ser irrepresentables. Por eso carecen de rostro, son manada, como apuntaban Deleuze y Guattari. Pero no una masa uniforme de estúpidos, idiotas, idólatras o súbditos sino un amasijo de lobos, vientres y dientes. Monstruos. Más monstruos. Más y más monstruos.
Trastornar la propia concepción de trastorno. Evitar cualquier dependencia tóxica. No rogar. No solicitar derechos ni subvenciones ni limosnas ni siquiera aceptación, empatía o cariño. Aunque el término “trastornado” no comporte necesariamente minusvaloración, sí suele implicar subsunción. Tildar a alguien de “trastornada” puede suponer un insulto o una mofa. Desde la perspectiva de quien emite (o calla) el calificativo, fruto de un juicio racional, la “trastornada” no vale tanto (minus-valor: valor de menos) como la que no lo es. Sin embargo, el término “trastornada” puede (y suele, por ejemplo, en el ámbito del estudio del autismo en el siglo XXI) venir acompañado de buenas intenciones. Estas abogan por eliminar la palabra en cuestión, al considerarla ciertamente denigrante. En este caso, evidentemente, no existe minusvaloración porque se trata a la (ya no) trastornada como una igual, tan valiosa y tan válida2 como cualquiera. No obstante, incluso las buenas intenciones comportan (mayoritariamente) cierto proceso de subsunción a los paradigmas imperantes: modo de vida occidental, economicismo, propiedad privada, trabajo asalariado, etc. Entendemos “subsumir” como un modo de incluir que provoca reducción del potencial del agente al que se incluye.
En el contexto autista, eje de dislocación del presente texto náufrago y nómada, cientos de artículos científicos hacen prevalecer una u otra dimensión inclusiva. Por ejemplo: “la integración y la inclusión no pueden terminar con la incorporación del individuo en un programa ocupacional”3. Inclusión laboral,4 escolar o incluso integral –para toda la vida– para que, en última instancia, el trastorno que sufre autista no trastorne la sociedad. De ese modo ambos ganan. La sociedad puede usarlos como trabajadores precarios y estos, a su vez, beneficiarse tanto económica como emocionalmente. En otras palabras: “es imprescindible un cambio social en los colegios y en la vida social de los adolescentes, adultos y jóvenes para que las personas con autismo se sientan aceptados, respetados y valorados tal como son”5. El problema es la procedencia de este vector: ¿quién adjudica esa aceptación, respeto o valor? ¿Qué son los autistas? En este punto quebramos su discurso al contestar: monstruos que convocan a otros monstruos6.
Gracias al sustrato humanista (de corte analgésico y aséptico y frecuentemente al servicio de algún poder instituido) florecen en la actualidad reiterados discursos benévolos sobre el trastorno del espectro autista. Mas la subsunción subsiste. Nuestro objetivo –tan especulativo como político– es llevar al paroxismo la singularidad de cada autista. Aunando el leitmotiv del “todo autista es único” ya que “no existen dos casos idénticos” y el marco del cambio de paradigma –no sólo neurológico7 sino también ontológico8–, haremos estallar el clásico concepto de autista para producir monstruoautistas. De hecho, en cierto modo, los casi cien aforismos del presente manifiesto se componen de la metralla de esta explosión.
Un esfuerzo para no pensar exclusivamente desde el lado no monstruoso. Hemos escuchado y leído discursos de cientos de víctimas de toda clase. Compartimos rabia. La rabia es deseo libertario subversivo. Es una línea de fuerza que no pertenece a nadie. Atraviesa alegremente los cuerpos y algunos conectamos con ella. No hay peaje. Concibamos un mundo rabioso autista entrelazado –enmarañado– con miríadas de otros mundos monstruosos. Dejemos de asimilar, integrar, incluir. Invirtamos y subvirtamos las fórmulas de poder. Jugando con el término en cuestión (trastorno), las autistas se van a tornar demasiado diferentes. Exceso singular9 autista. Queerizar toda normatividad imperial que adapta, lima y moldea (sea violenta, sea cariñosamente) a las autistas para que no puedan crear cierta comunidad.
La monstruosa comunidad autista puede construirse de todas las formas imaginables. No es asunto humano, ni de animales o cosas. Los monstruos están siempre haciéndose, no son definibles ni definitivos. No son sustancias primeras o segundas. No son sustancias. Su hacerse es, a su vez, deshacer el ordenamiento limitante. Una y otra vez. Un comunismo monstruoso nada tiene que ver con propuestas programáticas. No es un comunismo humanista ni economicista ni estatal. Un comunismo donde lo común no indica propiedad comunal ni bienes materiales sino más bien ciertas funciones insurreccionales. Este suigéneris comunismo monstruoso autista posee un carácter estrictamente formal. Las funciones Dédalo y Minotauro componen la lógica monstruosa autista. Dado que todo monstruoautista las expresa (aunque no es sencillo ni siquiera posible de un modo determinante, como se expondrá después, desde un afuera no-autista, poder dilucidarlo), las funciones son comunes. De ahí el comunismo, nada más y nada menos. Comunismo autista, comonstruosismo autista, comunismo formal monstruoso comunismo minoritario.
En esta comunidad monstruosa predominará la incomunicación. O, por lo menos, no la comunicación que transcurre por los canales oficiales10, donde la exigencia de hablar asfixia a quienes prefieren comunicarse de otros modos, sea de manera gestual, sea en silencio.
El problema fundamental de la existencia humana está arraigado en una incapacidad inherente para comunicar. Esto no significa que las personas sean incapaces de hablar entre sí. De hecho, las personas se dicen mucho unas a otras a lo largo del día: palabras en su mayoría vacías, carentes de significado, que se desvanecen al instante.11
Las redes del poder saben bien que la gente puede opinar casi lo que quiera, ya que las palabras no son, per se, armas políticas subversivas. Eso dicen. Porque no han visto, todavía, las calles anegadas de páginas arrancadas de diarios suicidas y homicidas y registros de mutilaciones y adhesiones de muñones con hilo y aguja. A veces nos censuran para hacernos creer que servirían para algo nuestras palabras y así nos animan a seguir hablando… naderías. No tenemos que hablar en su lenguaje sino quebrar su lógica. Al monstruo autista no le hace falta hablar para desobedecer. Lo hace y punto: gritando, susurrando, gesticulando, en silencio o incluso hablando. Pero en ningún caso formando parte de un diálogo cuyo objetivo es lograr algún tipo de consenso que pueda ser absorbido por alguna autoridad. Las autistas no son títeres (Sócrates) del Poder (Platón). Nadie habla por nosotras. No hay mediadores ni representantes acreditados. Solo ausencia y presencia amenazante. Zarpazos relámpagos. “Lo que aquí se propone es una resistencia a la comunicación en forma de palabra activa bajo un modo que podría llamarse de poética productiva”12. Resistencia en forma de retirada13. Mas no es necesario marchar a ningún sitio. Se trata, simplemente, de no participar del pan y el circo.
Configurado por la relación productiva Dédalo-Minotauro, la monstruoautista no es una, es decir, no es una identidad14 sino siempre doble. Mediante las funciones Dédalo y Minotauro, la monstruosidad autista genera redes políticas sin nombre y sin programa, harto efectivas pero difícilmente perceptibles. Infección. La monstruosa inmediatez es clave en el ser autista:
Símbolos de la fuerza cósmica en estado inmediato al caótico, al de las “potencias no formales”. En el plano psicológico aluden a las potencias inferiores que constituyen los estratos más profundos de la geología espiritual, desde donde pueden reactivarse —como el volcán en erupción— y surgir por la imagen o la acción monstruosa. Simbolizan también, según Diel, una función psíquica en cuanto trastornada: la exaltación afectiva de los deseos, la exaltación imaginativa en su paroxismo, las intenciones impuras.15
La cursiva es nuestra: destacamos la inmediatez y el trastorno. Los monstruos (repárese en el plural que también se encuentra en la definición de Cirlot y que remite a la diversidad de estos seres) preservan su autonomía y su cercanía con un estado salvaje lejos de cualquier lógica formal instituida. Cabe reseñar, asimismo, en la definición de Cirlot, por un lado, el carácter profundo y la amenaza de la erupción –irrupción– y, por otro, el trastorno, que remite a exaltación e impureza. Las monstruastornadas son exaltadas e impuras. Los discursos de la pureza eugenésica, como en el caso nazi, son, por desgracia, archiconocidos… así como archiactuales. La impureza del monstruo significa hibridación y comporta la imposibilidad de identificación. Exaltación, subversión, insurgencia. Esta es la faceta minotáurica del autista, bailando a horca(rca)jadas entre el caos y la amenaza.
Resta la otra dimensión, la dedálica, la otra cara del monstruoautista. En la mitología griega, Minotauro es el célebre monstruo que habita el laberinto de Creta, construido por Dédalo precisamente para que aquel no pudiese escapar. Dédalo es el famoso arquitecto e inventor. El autista-Dédalo se encarga de mantener al autista-Minotauro a resguardo. El laberinto que construye no tiene otro cometido. Recalando de nuevo en el diccionario de símbolos de Cirlot, el laberinto es
una construcción arquitectónica, sin aparente finalidad, de complicada estructura y de la cual, una vez en su interior, es imposible o muy difícil encontrar la salida […] Eliade señala que la misión esencial del laberinto era defender el centro.16
De nuevo la cursiva es nuestra. Sin aparente finalidad: ¿cuál es el objetivo? ¿Por qué el autista-Dédalo construye para sí (autista-Minotauro) un laberinto? La respuesta aparece al final de la cita: para defender el centro, lugar en el que se encuentra el monstruo. Es decir, para salvaguardar a Minotauro, para mantener el carácter amenazante. Así pues, en cada autista distinguimos un creador o constructor y un monstruo, a los que llamamos Dédalo y Minotauro, respectivamente. Cosmos y caos. Apolo y Dionisos o bien Dionisos desmembrando a Apolo y creando un nuevo ser ultrabello a partir de los trozos y otros objetos encontrados como el caso de Dalí crucificado y desangrado.
Deficiencias en la reciprocidad socioemocional; deficiencias en las conductas comunicativas no verbales; deficiencias en el desarrollo, mantenimiento y comprensión de la relaciones; movimientos, utilización de objetos o habla estereotipados o repetitivos; insistencia en la monotonía; excesiva inflexibilidad de rutinas o patrones ritualizados de comportamiento verbal o no verbal; intereses muy restringidos y físicos que son anormales en cuanto a su identidad y foco de interés; e hiper o hiporreactividad a los estímulos sensoriales o interés inhabitual por aspectos sensoriales del entorno.17
Conozco a una niña [autista] de cuatro años que se puso unas gafas de sol que sus padres habían comprado en Disneylandia, y pasó de poder tolerar cinco minutos en Walmart a poder estar una hora. Para los padres es una gran diferencia poder llevar de compras a su hijo.18
La primera de las citas anteriores habla de deficiencia y anomalía; la segunda, de alegría capital por disfrutar de la normalidad. Ambas promueven (más o menos veladamente) la superación de las deficiencias (autistas) con el objetivo de mejorar nuestras vidas (autistas) y, de paso, las de nuestros seres queridos y, al fin y al cabo, las de toda la sociedad. El prejuicio reduccionista aquí, entre otros, es definir ciertos modos de vida normales, que suelen asociarse a modos de vida occidentales-civilizados, y no a las vidas de algunas tribus de la Amazonía o Madagascar, por ejemplo. No obstante, de acuerdo con lo que el sentido común dicta, los discursos en los que se enmarca esta cita, configuran un amplio acuerdo, un sustrato común sobre la realidad del autismo, sus problemas y sus posibles soluciones.
Sin embargo, como avanzábamos líneas arriba, este texto no tirará del hilo humanista neutro-aséptico-conformista-conformador sino que lanzará directamente al humanismo por la borda. A la contra, tratará de eliminar cualquier lastre que juzgue y sentencie el autismo según sus fundamentos de derecho (no autistas). Y es que, sin necesidad de despreciarlo, dada la estrechísima imbricación entre independencia e indiferencia, el monstruoautismo obvia tanto cualquier fundamento como el derecho que establece. El monstruo funciona o no, nada más que eso. No funda nada ni se funda sobre nada que funcione como engranaje de un sistema dado. Simplemente no encaja en otra lógica que no sea la que constituye para sí. Una lógica, por otro lado, para la que no existe libro de instrucciones. Una lógica, en definitiva, poética.
Sus tratados les retratan. Para los no autistas es cuestión de adopción y adaptación. “Entended a los autistas”, rezan. ¡Imposible! El autista monstruo es sólido y firme dado de impuro azar. Dado su continuo carácter amenazante, no se adaptará jamás. La alta presión del exterior, el ruido excesivo, la capital contaminación semántica… no impiden al monstruoautista crear su mundo. Mundos no hechos a imagen y semejanza. Mundos otros. Seres libres dentro de la Gran Horma. ¿Cómo puede(n) ser?
NOTAS
1 Lo queer, como acción, remite a esta resistencia frente a toda normalización. “Lo queer no tiene nada que ver con la identidad, pero sí lo tiene todo que ver con la acción […] Lo queer no es nunca individual; no reconoce jerarquías ni taxonomías de especie (Patricia MacCormack, El manifiesto ahumano, Segovia, Materia Oscura, 2025, p. 71). En este sentido, la acción autista es queer.
2 En el Diccionario Capitalista de Sinónimos, “válido” equivale a eficaz y “valioso” a eficiente.
3 Santiago López y Rosa M. Rivas, “El trastorno del espectro del autismo: Retos, oportunidades y necesidades”, Informes Psicológicos, 2014, 14(2), p. 29.
4 Es, cuando menos, curioso, que una guía de orientación vocacional para personas con TEA inicie las conclusiones ¡con una cita de Henry Ford!: “No hay nadie que sepa lo suficiente como para decir qué es y qué no es posible”. Consultado en: < https://recursos.autismosevilla.org/documentos>. En definitiva: incluir para concluir como siervo o incluir para servir con la lógica capitalista del trabajo asalariado.
5 Hervás, A. (2024). Comprendiendo la complejidad del autismo. Revista De Psiquiatría Infanto-Juvenil, 41(2), p. 3. https://doi.org/10.31766/revpsij.v41n2a1
6 Un precioso ejemplo de monstruosidad, sobre la línea de la rabia trans, es la carta de Susan Stryker a Víctor Frankenstein: Susan Stryker, Cuando hablan los monstruos. Una antología, Barcelona, Bellaterra, 2025, pp. 163-174.
7 Véase: Steve Silberman, NeuroTribes. The Legacy of Autism and the Future of Neurodiversity, Nueva York, Penguin Random House, 2015; Sonya Freeman Loftis, “Critical Autism Studies: The State of the Field”, Ought: The Journal of Autistic Culture, 2023, Vol. 5: Iss. 1, pp. 10-17, DOI: 10.9707/2833-1508.1147
8 Nicholas Chown, “More on the ontological status of autism and double empathy”, Disability & Society, 2014, 29(10), 1672–1676. https://doi.org/10.1080/09687599.2014.949625. El problema de la doble empatía formulado por Damian Milton hace hincapié en la necesidad de no juzgar al autismo desde el púlpito del no autismo. Véase: Damian E. M. Milton, “On the ontological status of autism: the ‘double empathy problema,’” Disability & Society, 2012, 27(6), 883–887. https://doi.org/10.1080/09687599.2012.710008
9 Singularidad como sinónimo de excepcionalidad o unicidad. Singularidad como zona espacio-temporal que escapa de las garras de la definición identitaria.
10 Antonio Valdecantos, Signos de contrabando. Informe sobre la idea de comunicación, Madrid, Underwood, 2019.
11 David Peak, El espectáculo del vacío, Segovia, Materia Oscura, 2025, p. 11.
12 Ibidem, p. 177.
13 Véase la teoría del éxodo revolucionario, que “propone que la forma más efectiva de oponerse al capitalismo y al Estado liberal no es a través de la confrontación directa sino a través de lo que Paolo Virno ha llamado una retirada emprendedora” (David Graeber, Fragmentos de antropología anarquista, Barcelona, Virus, 2019, p. 93). Entiéndase “emprendedora” como poética productiva, no en el sentido común del término castellano “emprendedor” que los poderes fácticos han promovido sustituyendo (ladinamente) a “empresario” con el objetivo de acentuar el sentido activo (con el sufijo –or) y enmascarar los matices negativos y pasivos (–ario) en “empresario”.
14 “La noción de la enfermedad mental como un problema químico o biológico individual posee ventajas enormes para el capitalismo […] Es una idea que refuerza el impulso del sistema hacia el sujeto aislado” (Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Buenos Aires, Caja Negra, 2018, p. 25)
15 Juan-Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona, Labor, p. 306.
16 Juan-Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona, Labor, pp. 265-266.
17 Características del trastorno autista según DSM5 (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition (2013). En: Isabel Paula, El trauma complejo en el autismo. La urgencia de una intervención sensible, Madrid, Alianza, 2023, p. 265.
18 Temple Gardin y Richard Panek, El cerebro autista. El poder de una mente distinta, Barcelona, RBA, 2023, p. 126.
