VANITAS: CHRISTIAN BOLTANSKI EN LA LONJA DE MALLORCA

Arte

Fuente: Revista ARTISHOCK

Un mercado siempre ha sido un teatro. Comprar y vender cualquier cosa por un determinado valor requiere una convincente representación de los papeles de todas las partes que intervienen, así como un lugar adecuado para tal fin. El valor de cambio también es un valor de representación acordado en un juego social determinado. El teatro y el comercio siempre han sido actividades concomitantes en una sociedad, desde la Antigüedad clásica hasta las ciudades italianas del Renacimiento, los cuentacuentos de Yamaa el Fna o los brókeres de la City o de Wall Street.

Por ello no es de extrañar que la Lonja de Mallorca, al ser un mercado, constituya también un espacio de representación. En cierto modo se trata de uno de los primeros lugares que ensalzan el mercado a través de una arquitectura evocadora de la catedral y el palacio. Es un espacio laico que, en su arquitectura gótica, representa la ambición de un nuevo poder económico emergente, el deseo de una nueva Historia, que se narrará en nuevos espacios cerrados cuyas proporciones amplían la casa burguesa y reducen las incertidumbres climáticas y sociales del espacio público abierto, en correspondencia con el progreso de una nueva economía, ya alejada de los espacios al aire libre de los puertos y las medinas del Mediterráneo. Esos serán los nuevos espacios de una nueva burguesía que en esta Lonja empieza a proyectar su propia expansión: fábricas, bolsas de valores, cámaras de comercio… En el interior de la Lonja de Mallorca se encuentra un ángel, identificado como «el ángel de la mercancía», un nuevo ángel sin correspondencia bíblica, pero con dotes de guardián del nuevo comercio, algunas de cuyas posibilidades luciferinas, cada vez más notorias y modernizadas en nuestros mercados contemporáneos, se desconocían por aquel entonces…

Christian Boltanski, Sombras, La Lonja, Palma de Mallorca, 2015. Cortesía: Kewenig Berlín | Palma de Mallorca © foto: Stefan Müller, Berlín

Ese es el contexto donde Christian Boltanski presenta ahora una nueva obra, hecha de sombras y susurros, en la línea de sus teatros de sombras, una serie que ha desarrollado en diversos momentos a partir de 1984. Cada teatro de sombras de Boltanski es una fantasmagoría. Pequeñas figuras metálicas recortadas se amplían en las paredes del lugar donde se proyectan. Su dimensión espectral se materializa en el engrandecimiento de las figuras, en su movimiento coreografiado mediante diversos efectos de enfoque, como si el espacio de la exposición se transfigurase en un inesperado ritual onírico y expresionista. Se advierte una dimensión carnavalesca en el mundo de sombras que nos representa Boltanski, un mundo que recuerda las alegorías de la danza macabra medieval, esa celebración libre e igualitaria de la vida a partir de la ostensible omnipresencia de la muerte, con sus máscaras, esqueletos y aderezos.

Christian Boltanski, Sombras, La Lonja, Palma de Mallorca, 2015. Cortesía: Kewenig Berlín | Palma de Mallorca © foto: Stefan Müller, Berlín

Christian Boltanski, Sombras, La Lonja, Palma de Mallorca, 2015. Cortesía: Kewenig Berlín | Palma de Mallorca © foto: Stefan Müller, Berlín

En el mundo de sombras creado en las paredes de la Lonja habitan ángeles que blanden guadañas junto a esqueletos y otras formas fantásticas, mientras se oyen los susurros que interpelan a la «vanidad», a propósito de la vida y la muerte. Como suele suceder en la obra de Boltanski, el espectador se encuentra en un teatro, pero un teatro en el que protagoniza el papel de invitado sorpresa durante una inesperada Noche de Walpurgis que lo enfrenta con la fugacidad de la vida, enalteciendo el momento festivo que surge de la conciencia de esa misma fugacidad. Las imágenes y el sonido le invitan a absorber un lugar transfigurado, desde su pasado conocido hasta su oscuro devenir. La sinestesia se manifiesta como una guía del viaje a través del tiempo que se propone al visitante para impulsar una conciencia más aguda del presente, del aquí y el ahora en el que se redefine el yo, desde los ecos de todas las conversaciones mantenidas en un lugar cuya arquitectura gótica entrecruza lo mundano con lo celestial, lo material con el deseo de espiritualidad, lo conocido con lo misterioso, hasta los reflejos de la luz y las sombras que en estas figuras condensan una alegoría de la vida y la muerte más allá de la tristeza o la alegría, del castigo o la recompensa prometidos por los infiernos y paraísos de una religión.

Si bien en la tradición occidental heredamos el concepto del arte como representación de la vida, Boltanski siempre ha trasladado este tema al ámbito de la invocación de la vida a partir del arte, más allá de su mera representación. ¿Podrá el arte representar una vida? ¿Cómo representar la singularidad de cada uno y la esencia común a todos en una traducción diferente de la condición humana? Tal como ha señalado el artista en otros momentos, «el arte sólo es arte» y «es necesario que la gente reconozca en el arte algún elemento de la vida, porque la vida es más conmovedora que el arte».[1] La vida que vivimos es lo que nos hace humanos o nos muestra que somos humanos dentro y fuera de la vida que compartimos con los demás, en un viaje permanente de ida y vuelta entre el individuo y el grupo, entre lo singular y lo universal. Estos son algunos dilemas habitualmente reconocibles en la obra de Boltanski. Lo que nos hace humanos en la disparidad de nuestros recuerdos y en la parte de la memoria que dedicamos a los demás pueden ser nuestros nombres, los objetos que utilizamos, la ropa que vestimos, las conversaciones que mantenemos, la percepción del latido de nuestros corazones, los momentos que recordamos y los que no recordamos. La memoria recorre siempre la experiencia de la singularidad con los arquetipos que categorizan la expresión de la individualidad. Entre el recuerdo y la memoria, la obra de arte en Boltanski siempre trata sobre el factor humano de la humanidad, al tiempo que alerta a la conciencia sobre una historia que también pone de manifiesto los elementos deshumanos que han existido y persisten en la misma humanidad.

Christian Boltanski, Sombras, La Lonja, Palma de Mallorca, 2015. Cortesía: Kewenig Berlín | Palma de Mallorca © foto: Stefan Müller, Berlín

En la Lonja de Mallorca podrán evocarse (como ya se ha hecho anteriormente…) varios arquetipos culturales concebidos como referencias asociadas a los teatros de sombras: la caverna de Platón, los misterios medievales, las danzas de la muerte, el golem de la tradición judaica, los monstruos de los relatos chinos o de los teatros del sudeste asiático, las fiestas de los muertos en México, el Halloween, las catacumbas de Palermo… No obstante, la percepción del espectador se libera de tales intertextos cuando se somete al prodigio de la percepción lúdica, casi infantil, de estas sombras que Boltanski coreografía danzando por las paredes como imágenes de una linterna mágica, acompañadas por el susurro misterioso de las voces que oye el espectador. En el intersticio del encantamiento es donde la «pequeña memoria» de cada cual, por utilizar otra expresión del artista, se asocia a las impresiones del lugar y de su historia, así como a las impresiones de la propia teatralidad evocada. Un gran teatro se diluye en una constelación de pequeños teatros íntimos, del mismo modo que el espacio monumental de la Lonja, con todos sus antecedentes de actividad comercial, poder económico y político, se diluye en la atenuación del lugar a través de su reinvención mágica en un caleidoscopio de luz, sombras y sonidos. La inmaterialidad de sonidos e imágenes acompaña la desmaterialización del lugar que lleva a cabo el artista, oscureciéndolo en la coreografía de sus proyecciones.

La figura del esqueleto o la calavera siempre ha simbolizado la vanitas, a través de la cual los artistas representaban el carácter efímero y fugaz de los bienes materiales. En el tránsito entre la vida y la muerte, la figura humana se reconfigura y la conciencia de tal metamorfosis constituye un símbolo moral de la sabiduría. Ejemplo de ello era la calavera representada junto a San Jerónimo. La calavera y el esqueleto intimidan y asustan, aunque también divierten y fascinan. La moralidad de la reconfiguración de la figura humana en su esqueleto animado se pierde en el mundo de las transacciones que, por lo menos desde el Romanticismo y la Revolución Industrial, venden tanto almas como cuerpos y bienes… La primitiva historia de la fotografía aspira a fotografiar espectros fantasmagóricos y no esqueletos en movimiento… Así lo entendía Adelbert von Chamisso cuando describió, en su Historia de Peter Schlemihl (1814), un nuevo contrato fáustico en el que el protagonista vende su alma, pero no a cambio de conocimiento sino de una bolsa de oro inagotable…

Christian Boltanski, Sombras, La Lonja, Palma de Mallorca, 2015. Cortesía: Kewenig Berlín | Palma de Mallorca © foto: Stefan Müller, Berlín

Christian Boltanski, Sombras, La Lonja, Palma de Mallorca, 2015. Cortesía: Kewenig Berlín | Palma de Mallorca © foto: Stefan Müller, Berlín

Christian Boltanski, Sombras, La Lonja, Palma de Mallorca, 2015. Cortesía: Kewenig Berlín | Palma de Mallorca © foto: Stefan Müller, Berlín

Christian Boltanski, Sombras, La Lonja, Palma de Mallorca, 2015. Cortesía: Kewenig Berlín | Palma de Mallorca © foto: Stefan Müller, Berlín

Hoy distamos mucho de los tiempos en que la relación entre la vida y la muerte se concebía como una reconfiguración de una materia en otra, o incluso de una materia en sí misma (polvo eres y en polvo te convertirás…). Uno de los primeros que detectaron la sustitución de la reconfiguración por una desmaterialización que se produce en los objetos, en las mercancías, y se hace extensible a los cuerpos y las almas fue Marx, cuando afirmó que, en la economía de su tiempo, «todo lo que es sólido se disuelve en el aire»… Por ello resulta especialmente simbólica la coreografía de ángeles, calaveras y esqueletos que animan las paredes de la antigua Lonja de Mallorca. Boltanski forma parte de la antigua tradición que encarga al artista la ornamentación de las paredes palaciegas o sacras con una danza macabra que recuerda en la vacuidad de la vanitas la fugacidad de la vida, con la diferencia de que quien escoge el tema es, en este caso, el artista y no los poderes fácticos de su tiempo. Para ello se vale también de la imagen proyectada que posibilitan el cine y el vídeo de la época en la que vive, integrando sensorialmente al espectador en la situación teatral presentada. La propia exposición tiene carácter temporal: el encargo aceptado por Boltanski forma parte de una economía de lo efímero, en la que la obra de arte se integra, se asimila y se desmaterializa como proyección y sonido, lejos de los tiempos en que las danzas macabras eran fruto del encargo de un fresco, una tabla o un lienzo. En cuanto finalice la exposición, todo se desmontará y de los espectros de Boltanski solo quedará nuestra memoria. Que todo ello suceda en uno de los primeros mercados de la Europa mediterránea no deja de resultar interesante en un momento en el que estas sombras, estos espectros, esta danza macabra también se enfrentan a los nuevos mercados del arte de una economía globalizada, donde el arte actual se cuestiona y redefine ante el consumo de su propia fugacidad.

Siempre que veo los teatros de sombras de Christian Boltanski los asocio con la fuerte impresión que me causó la visita a una pequeña iglesia de Évora, una ciudad del sur de Portugal. Las paredes del interior de la iglesia están absolutamente cubiertas de calaveras, fémures, tibias y peronés, en conjuntos ordenados de categorías. A la entrada se puede leer una inscripción de marcada sonoridad en portugués, por la rima que contiene:

Nós, ossos que aqui estamos, esperamos pelos vossos…*

Vanitas.

A cada uno la suya…

João Fernandes

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[1] Christian Boltanski en conversación con João Fernandes, «Dança Macabra», Guimarães, Portugal, 2012, folleto de la exposición.

* Los huesos que aquí yacemos aguardamos los vuestros… [N. de la t.]

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