Carolina Castro J. / ON KAWARA: LA ILUSIÓN DE DECIRLO TODO (29.771 DÍAS)

Arte

Fuente: Artishock

“Nuestra vida ordinaria solamente toca el borde de nuestra personalidad, lo que no causa ninguna conmoción en las partes más profundas del alma”

D.T. Suzuki

Cuando On Kawara murió el año pasado preparaba Silence, la gran retrospectiva que se pudo ver durante los últimos meses en el Guggenheim de Nueva York. Entonces, la crítica Roberta Smith escribió en el New York Times: “On Kawara, un artista conceptual que dedicó su carrera a registrar el paso del tiempo, murió a finales de junio en la ciudad de Nueva York, donde había trabajado durante 50 años. Tenía 81. (…) Trabajando desde la pintura, el dibujo y el performance, el Sr. Kawara se mantuvo siempre en segundo plano y casi nunca dio entrevistas.

Las raras  fotografías en las que apareció, le mostraron siempre de espaldas. Para el final de sus días, dejó de asistir a sus inauguraciones”. [1]

La primera impresión que nos da esta descripción es que Kawara era un tipo poco sociable, retraído y con un claro interés por apartar el ego del artista de la obra misma. Sin embargo, al hacer un repaso por algunas de sus obras más conocidas nos encontramos con que toda la información que estas reúnen es ampliamente personal, compuestas gramaticalmente en primera persona: el momento en el cual el artista comenzaba el día (I Got Up); lo que leía en la prensa diaria (I Read); dónde iba (I Went); las personas que veía (I Met). Si bien los registros son neutros o dicen muy poco en su forma, todos implican un registro cotidiano. Entre 1968 y 1979, tres de estas cuatro actividades fueron realizadas meticulosamente. I Read, por ejemplo,  comprendía la acción de recortar un trozo del periódico del día, montarlo y ponerlo en un álbum. Paralelamente, durante esos años, una pintura era producida cada día (Date Paintings). En Palabras de Jeffrey Weiss, comisario de la exposición en el Guggenheim, es importante ver el trabajo de On Kawara como una práctica, entendida como un “campo de operaciones” o procedimientos donde los objetos -como artefactos- motivan y representan. En el caso de Kawara, estas operaciones comprometen sistemas públicos básicos de comunicación, navegación y mantenimiento de registros, intensificados por ser peculiarmente personales, pero no por eso privados.

On Kawara, JUN. 10 1975, de la serie I Got Up, 1968–79. Tinta estampada sobre postal, 8.9 x 4 cm. Colección de Keiji y Sawako Usami

On Kawara, DEC. 29, 1977, Thursday. New York, de la serie Today (1966–2013), acrílico sobre tela, 20.3 x 25.4 cm. Caja de almacenaje: 26.8 x 27.2 x 5 cm. Colección privada. Cortesía: David Zwirner, Nueva York/Londres

Esos sistemas están hoy agrupados en un sistema aún mayor que llamamos redes sociales, algo posiblemente inimaginable por los años en que Kawara comenzó con sus ejercicios cotidianos. Si nos detenemos un poco a pensar la nueva significación del “compartir” podremos retrospectivamente mirar el trabajo de este artista como un archivo analógico de las acciones entendidas como básicas para “estar en el mundo”. Facebook ofrece a cada usuario la posibilidad de compartir a diario, o más de una vez al día, un pensamiento, su estado anímico, el lugar donde está, las personas que conoce, sus libros o discos de interés. Una biografía pública “colgada del muro” con la cual las redes sociales crean la idea de que somos eso que posteamos allí. Esto me hace pensar cuán paradójica es la obra de On Kawara, no sólo en torno a la temporalidad -ya que podemos ver cómo su obsesión por el presente reveló en su momento una realidad futura que luego mantuvo de manera analógica a la realidad virtual-, sino  también respecto a lo que él nos revela a nosotros de sí mismo, haciéndonos creer que sabemos quién es porque comparte con nosotros su práctica diaria. Pero, ¿no es acaso su práctica sólo la ilusión de decirlo todo?, y como toda ilusión, una imagen sugerida por nuestros sentidos que carece de verdadera realidad. Hoy la sociedad no sólo está determinada a reducir el arte a otro ordinario tipo de comunicación, sino que también existe la inconsciente inclinación de la mayor parte del arte a tomar el camino de menos resistencia a la sociedad materialista, volviéndose también un tipo de comunicación superficial, ligeramente poco convencional. Mucho se habla de la dificultad para el arte de hoy de sostener su estado de ánimo de cara a una sociedad centrada en sistemas de comunicaciones que operan más en el campo de la razón que de las emociones.

Tenemos una cultura en la que los críticos, profesionales y auto-nombrados miden su mérito por la forma inteligente en que pueden encasillar una idea, una obra de arte, o, cada vez más y de manera alarmante, una persona. Kawara comenzó su trabajo cuando aún la definición de arte conceptual era difusa, también la de minimalismo; sin embargo, fue testigo de cómo la historia del arte fue enmarcando su trabajo en unas corrientes que todos conocemos por excluir del arte la emoción personal, reduciéndolo a su casi pura información o idea, y en gran medida frivolizando el objeto de arte. Pero con los años nuevas lecturas han aparecido. Nick Currie escribió el pasado mes de abril un artículo titulado Minimalism as Pathos, en el que comenta que su interés por esta idea surgió con la muerte de On Kawara. Dice: “Cuando vi por primera vez sus pinturas pensé que eran las menos emocionales, más objetivas y minimalistas obras de arte en el mundo. Parecían, en el mejor caso, ‘curiosamente aburridas’. Fue sólo al ver sus fechas de nacimiento y muerte en mis redes sociales (“On Kawara, 1933-2014″) cuando me di cuenta de que eran quizás las pinturas más existenciales que se habían hecho nunca”. [2]

Es cierto que la obra de Kawara estaba especialmente anclada a la fecha de su muerte, ya que declaró que seguiría pintando las Date Paintings hasta morir. Pero especialmente con el arte conceptual y el minimalismo tendemos, como dice Currie, a confundir la información biográfica con la obra artística (al individuo con lo que cuelga en su muro). Incluso, aunque no respondamos a la obra en sí misma, responderemos poderosamente a su biografía. Irónicamente, concluye, lo que el minimalismo puede hacer ahora es precisamente lo que afirmó sería lo último que haría. Nos puede emocionar, ya que descubrimos que cuando On Kawara murió nuestras redes sociales fueron obstruidas con sus Date Paintings.

On Kawara, Pure Consciuosness, Brooklyn, 1997. On Kawara—Silence, Solomon R. Guggenheim Museum, Nueva York.  © Solomon R. Guggenheim Foundation

Las opuestas interpretaciones del trabajo de On Kawara son inevitables y al mismo tiempo útiles. Pensando en el trabajo de cualquier artista, como en la información que compartimos en nuestras redes sociales, las cosas que escogemos decir están siempre presas de las que dejamos fuera. De manera constante nos construimos a nosotros mismos en una estructura de comunicación en la que es, cuanto menos fácil, manipular nuestra imagen y nuestras emociones. Fundamos constantemente las ilusiones de los campos de interpretación existentes para presentarnos al mundo. En Kawara, sin embargo, este aspecto de la interpretación está específicamente, sino es que estratégicamente, comprendido por el estado evasivo de la obra. El énfasis del trabajo en sí mismo es difuso. Precisamente porque el artista propone que la obra sea una puerta de entrada a la naturaleza evasiva del yo.

Si quisiéramos establecer una biografía de On Kawara podríamos sin dificultad escribirla basándonos en la enorme “base de datos” que tenemos a nuestra disposición. En ciertos años podemos saber específicamente la hora en la que se levantó, los recorridos que hizo por Manhattan, a las personas que encontró ese día y lo que leyó en los periódicos, sin embargo hay algo que nunca podremos contar: lo que sintió durante esas caminatas, esas lecturas, esos encuentros; lo que pensó sobre su infancia o sobre su educación -aunque podemos intuir ciertos aspectos de la serie Pure Consciousness, donde colgó 7 Date Paintings en las salas del kindergarden de diferentes escuelas del mundo solo con la intención de “fundirse en la existencia cotidiana de los niños”. Kawara dejó algunas pistas relacionadas a sus motivaciones y sus intenciones, pero si la vida fuera definida en lo que se muestra, estaremos solo accediendo a la superficie de ella. La vida está hecha de momentos que marcamos como significativos en el desarrollo de nuestra existencia, específicamente porque esos momentos implican emociones, crecimiento y el desarrollo de una mejor perspectiva de quiénes somos.

Silence, el título, aparece acompañado de una espiral que primeramente asociamos con la forma del edificio del Guggenheim; en el fondo es el símbolo del eterno retorno, de la temporalidad infinita. La obra de Kawara cobra una especial dimensión al ser exhibida en este recorrido ascendente y descendente como metáfora de una revelación y una negación de la vida, de un hombre del que sólo nos queda este cuidado y atención a la cotidianeidad del día, al día en su forma humana, donde la conciencia surge de la inconsciencia, donde hay siempre un logro a mantener vivo. Kawara decía “hacer el amor a los días”. Un amor a la cotidianeidad en sí misma. Hacer el amor con los días significa liberarlos de la preocupación plena de los medios de comunicación para lanzarlos a dimensiones temporales diferentes.

NOTAS

[1] Smith, Roberta, On Kawara, Artist Who Found Elegance in Every Day, Dies at 81. New York Times, 15 de julio, 2014

[2] Currie, Nick, Minimalism as Pathos. Mousse Magazine, N° 45

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