Federico Galende / Migraciones

Filosofía

El otro día (fue en el muro de facebook de una amiga) me encontré con uno de esos típicos cortos de Scola que tienen siempre algo de simplón o emotivo, un aire sentimental que juega a ser deliberadamente anticuado y que en efecto parece venir de otra era del cine. En la primera escena del film se ve a un grupo de soldados nazis armados hasta los dientes, se ven camiones, se ve a los soldados subiendo a culatazos a esos camiones a varias familias de judíos que acaban de ser desalojadas del barrio en el que viven. Luego hay un cambio de plano: un niño pequeño está escondido al interior de un colchón doblado, los soldados lo sorprenden, el niño corre a toda velocidad y los soldados lo pierden de vista. El niño se refugia en un cine en el que están pasando alguna película, está agitado, transpira, el corazón golpea con fuerza detrás de su polera, respira con dificultad en medio de la indiferencia de los espectadores que siguen la trama. Un primer plano muestra de inmediato su rostro temeroso, asustadizo; es el rostro indefenso de quien acaba de perderlo todo: su casa, sus amigos, su familia. No tiene nada ni tampoco tiene a dónde ir. Scola utiliza las imágenes que los espectadores contemplan para alegorizar el paso del tiempo, en la pantalla se van sucediendo películas que avanzan hacia el presente, motivo por el que cuando la cámara vuelve al niño éste es ya un hombre mayor que sigue sentado en la misma butaca. De pronto siente una agitación detrás suyo, se da vuelta y se encuentra de frente con un niño africano que respira con intranquilidad, asustado, seguramente después de huir como él mismo de alguna guardia civil en manos de la cual lo ha perdido todo también. Entonces el hombre adulto lo mira, mira ese rostro inocente y oscuro y le dedica una sonrisa, una sonrisa de hospitalidad, de complicidad. The end.

Es un film muy breve, sin ninguna pretensión, similar a uno de esos spots con los que Amnistía Internacional llama a tomar consciencia sobre alguna desdicha humana en particular. En el caso de Scola, se entiende que la película está dedicada a sensibilizar al distraído ciudadano europeo respecto al enorme sufrimiento que padecen los inmigrantes pobres que arañan las costas del mediterráneo después de un largo via crucis. Scola seguramente supone que estos espectadores distraídos simplemente ignoran que en sus comienzos Europa no fue el continente blanco que imaginamos cuando leemos libros sobre la cultura micénica, sino una tierra forjada por africanos y asiáticos que traspasaban el mediterráneo en el caso de los primeros o el trazado imaginario del Bósforo y el curso del Don –en el de los segundos. Tras la invención de los bárbaros, una invención que debemos a los griegos, muy pocos recuerdan que la primera población de Europa estuvo formada por esos hombres que llegaron allí hace más de treinta mil años.

Es cierto, han pasado muchos años, pero el historiador Josep Fontana nos recuerda en un libro ineludible, Europa ante el espejo, cómo el mito de una Europa jerárquica y blanca se construyó simplemente haciendo a un lado su génesis mestiza y milenaria. Prusia y Gran Bretaña diseñaron y difundieron a partir del Siglo XVIII una educación basada en el estudio de la Antigüedad clásica desde la perspectiva de una Grecia idealizada que designó como “cultura” la coraza con la que alejó, entre otros, el peligro Persa, esto a pesar de que a los griegos los unía apenas una lengua en común que, por lo demás, no era tan en común en virtud de que estaba habitada por una infinidad de dialectos. “Griego” y “bárbaro” son términos que nacieron juntos, en un efecto de contraste: “bárbaro” fue el nombre que los griegos ocuparon para designar a todos aquellos que presentaban alguna dificultad para hablar su lengua.

Por esto mismo no es extraño que desde las mismas tierras que redujeron los inicios de la cultura occidental a una Antigüedad esbozada por los caprichos de la imaginación retrospectiva, las del Reino Unido, Dan Cameron se refiera a los inmigrantes como “plagas” –fue la expresión abyecta que empleó- con las que promete acabar. Sus vecinos franceses no lo hacen mucho mejor: envían día tras día camiones repletos de policías hacia la zona de Calais para detener el paso de los inmigrantes por el llamado Eurotúnel, hacia donde los ricos del país se dirigen con sus flamantes cuatro por cuatro a atropellar negros como si se tratase de un hobby sin que nadie les diga nada ni les abra juicio alguno. Mientras tanto los dueños de los restaurantes caros de Lampedusa se quejan de que estos mismos ricos ya no quieren comer allí porque los pescados se alimentan con carne humana, con mujeres, niños, jóvenes o ancianos de Eritrea, Sudán o Etiopía, que flotan en el mar mientras las guardias costeras hacen la vista gorda o los dejan morir ahogados.

Estos gobiernos de salvajes nos enseñan al menos que la civilización está en los pueblos y que la barbarie, como decía Godard, está en ellos, que toda esta crueldad y toda esta destrucción es vergonzosa. Cinco niños sirios acaban de aparecer muertos esta madrugada en la costa griega de Kos, uno de ellos está boca abajo, viste muy lindo, con un bluejean, su camiseta roja, sus impecables zapatillitas negras. El agua del mar lame su rostro, un soldado lo recoge, trata de ocultarlo, mientras los gobernantes se incomodan, se ordenan el cuello de la corbata, carraspean, disimulan sus caras de asesinos esperando que los días pasen, que el mundo vuelva a su trajín, que todos olvidemos. Foucault estaba en lo cierto: el agua que lame el rostro de ese niño, la humanidad que se va borrando de la tierra como se borra en los límites del mar esa cara de arena.

Federico Galende es escritor y profesor Universidad de Chile.

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Fuente: El Desconcierto

Imagen principal: varvara stylidou, Refugee Boat

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