A PROPÓSITO DEL ARTE COMO EXPERIENCIA. TOMÁS SARACENO: IN ORBIT

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Bajo la cúpula de cristal del K21 en Düsseldorf, institución que alberga la colección de arte contemporáneo del estado federal alemán Renania del Norte-Westfalia, se extiende a 25 metros de altura una construcción de cables de acero cual telaraña monumental. La red comprende tres niveles que en total abarcan 2.500 m² de superficie y que en su disposición espacial permiten el desplazamiento humano. El ordenamiento espacial de la red se configura no sólo mediante cuerdas de seguridad de alta tecnología empotradas en el edificio, sino también mediante seis esferas de PVC de gran tamaño – algunas con un diámetro de hasta 8,5 metros – que, dispuestas entre las redes, perfilan el recorrido de sus curvaturas. La carencia evidente de una función arquitectónica en el edificio permite inferir la existencia de una intención estética en la que se haya anclada la razón no obvia de su peculiaridad formal. Se trata de una instalación del artista argentino Tomás Saraceno (San Miguel de Tucumán, 1973) titulada In Orbit, una obra monumental construida especialmente para el lugar y concebida con el propósito explícito de ser experimentada estéticamente no sólo de manera visual, sino en particular mediante el desplazamiento físico a través de su superficie.

La instalación manifiesta plásticamente el programa estético de Saraceno, un artista con una amplia gama de intereses, formado como artista visual y arquitecto, que, además de involucrar en su obra disciplinas como la ingeniería, la física, la aeronáutica y la aracnología, encuentra una directriz conceptual en nociones utópicas respecto a la habitabilidad del aire. Una idea que Saraceno concibe en términos del proyecto ideal denominado Air-Port-City: la realización de una ciudad flotante que responde a las crisis ecológicas y los problemas demográficos del presente. El carácter visionario de su obra encuentra correspondencias tanto en la historia de la arquitectura, en especial en el trabajo del arquitecto, diseñador, inventor y visionario Richard Buckminster Fuller (Massachusetts, Estados Unidos, 1895-1983), así como en el mundo ficcional de Jules Verne (Nantes, Francia, 1828-1905). En materia de posibilidades visionarias, Saraceno encuentra un punto de referencia formal y estético fuera del sistema de producción cultural humano: la estructura, estabilidad, funcionalidad y diseño de las telas de arañas despiertan tal fascinación en el artista que no sólo las toma como punto de referencia para sus instalaciones, sino que también se apropia de las sedas mismas que la especie produce, involucrando arañas vivas en trabajos escultóricos.

Tomás Saraceno : In Orbit, 2013, vista de instalación en Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen, K21, Ständehaus, Düsseldorf. Foto: Studio Tomás Saraceno © 2013

Para Saraceno, el significado de las telas de araña no se reduce a las cualidades propias de su estructura espacial. El artista observa tanto en la flexibilidad como en la estructura reticular de las sedas una posibilidad natural de comunicación e interrelación derivada de las vibraciones, tensiones y oscilaciones que se producen en su superficie. En este sentido, la instalación de una red como plano de desplazamiento implica un sistema de relaciones motrices sintonizadas en virtud del espacio común que las posibilita: en la medida que las redes constituyen superficies no estáticas, sensibles al peso y el movimiento, todo visitante, para desplazarse sin tropiezo, debe coordinar su desplazamiento en función de los demás. En este contexto resulta evidente el interés de Saraceno por las implicaciones de la comunicación no verbal y la proxémica, una disciplina que denota el uso del espacio como elaboración de cultura.

Tomás Saraceno : In Orbit, 2013, vista de instalación en Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen, K21, Ständehaus, Düsseldorf. Foto: Studio Tomás Saraceno © 2013

Tomás Saraceno : In Orbit, 2013, vista de instalación en Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen, K21, Ständehaus, Düsseldorf. Foto: Studio Tomás Saraceno © 2013

In Orbit, el proyecto de mayor envergadura realizado por Saraceno hasta la fecha, fue planeado por el artista bajo la asesoría de biólogos, ingenieros y arquitectos durante un periodo de tres años. Un periodo de tiempo razonable si se consideran las dificultades técnicas y materiales que presupone una instalación de semejantes dimensiones, así como las medidas de seguridad necesarias para evitar cualquier impase a una altura de 25 metros sobre el vacío. La instalación, que inicialmente había sido concebida con una duración de un año desde el momento de su inauguración en junio de 2013, fue prolongada por las directivas de la institución hasta el final de 2015, lo que evidentemente constituye una declaración respecto a su acogida por parte del público. La singularidad de que se trata de un trabajo artístico que apela explícitamente a una forma de experiencia estética que involucra no sólo los sentidos de percepción, sino también el desplazamiento físico evidencia por un lado la inmunidad del arte respecto a la posibilidad de su absoluta digitalización o virtualización; manifiesta por otro lado un fase de producción estética en la que la identidad de una obra trasciende tanto los elementos formales, como los parámetros conceptuales e intelectuales que la posibilitan, como constata el hecho de que uno de los elementos de mayor impacto al momento de experimentar In Orbit es la emocionalidad desencadenada por la percepción inevitable de la altura y el vacío.

Tomás Saraceno : In Orbit, 2013, vista de instalación en Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen, K21, Ständehaus, Düsseldorf. Foto: Studio Tomás Saraceno © 2013

El juego de correspondencias desencadenado entre los parámetros formales y conceptuales que definen la obra, así como entre las expectativas estéticas y la emocionalidad del receptor constituye el fundamento para dilucidar la instalación. En este contexto resulta singular la acogida del trabajo por parte del público que, desprovisto de toda distancia perceptual o conceptual, se ve inmerso en la inmediatez de una experiencia abrumadora que completa la obra. Una circunstancia que en lugar de producir aversión ha conseguido despertar un interés inusitado. Este hecho puede ser interpretado no sólo como la habituación del público contemporáneo a formas de producción estética que prescinden por completo de las categorías objetuales propias de la modernidad, sino también como la consolidación de un sistema de relaciones en la producción de cultura en el que la productividad propia del espectador ha conseguido establecer su propia significancia. Si bien tal significancia no implica necesariamente profundidad o sentido, su posibilidad es la afirmación de la autonomía del arte como colectividad y proceso.

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