Dionisio Espejo / En defensa del pacto lingüístico. El pensamiento retórico de David Pujante

Filosofía

Exordio: el relato

Estamos a punto de ser digeridos por una voluntad simbólica que se pretende verdad única entre montañas de mentiras institucionalizadas, por eso es tan importante poner luz en ciertas estrategias discursivas cada vez más difundidas, ellas nos presentan mundos que parecen irremediables, necesarios y únicos, pero solo son las construcciones imaginadas de determinados colectivos cuyo triunfo consiste en hacernos creer que su palabra es el mapa, único y verdadero, de nuestro mundo, y todo lo demás son «relatos». No es nuevo, así fue como Platón se enfrentó, y derrotó, a los Sofistas en Atenas hace dos mil quinientos años. Pero hoy nuestra capacidad discursiva se enfrenta a un verdadero gigante de miles de cabezas productor de discurso en la era de las redes; si nuestra capacidad creadora y argumentativa se ha quedado sin escenarios, sin medios de comunicación y sin interlocutores, peor destino se presenta en el horizonte de nuestra vieja democracia. El sempiterno racionalismo idealista tiene hoy en sus manos el principio de realidad gracias a las tecnologías de la información y la comunicación. Y hoy sus nuevos sacerdotes nos ilustran acerca de lo que es o no real, de lo que debe ser verdad, nos venden sus filosofías, viejas, como si fueran el ultimo descubrimiento.

Emerge en este marco una banal contraposición entre historia y narrativa, entre verdad y mito, y, en consecuencia, un desprestigio de los relatos, de la poesía y del mito. No obstante, sabemos que de alguna manera nos son imprescindibles esas humanidades tan infravaloradas, pues en ello nos va la vida, nuestra humana vida terrestre. Para orientarse entre mareas de noticias y opiniones, multiplicadas gracias a redes sociales y plataformas online, es preciso comprender sus lógicas ocultas, su voluntad de poder, y esa ha sido la tarea de David Pujante en su último libro: «El mundo en la palabra», 2024. No es casual que Pujante posea una solida trayectoria como poeta, como creador de mundos, pues este libro, desde esa perspectiva también nos ofrece una posibilidad de acceder al laboratorio simbólico del poeta, y a él le permite comprender desde una posición privilegiada las fábricas conceptuales que nos inundan a diario. Pujante es un poeta comprometido con el mundo que le ha tocado vivir, un poeta que, en medio de nuestro oscuro panorama, nos ofrece una salida a través de la creación y de la concienciación respecto al fenómeno creativo. Desde la inmensa libertad de quien no tiene que defender otra disciplina ni otra doctrina que la de su propia creatividad en «El mundo en la palabra» nos encontramos diversas tradiciones subterráneas que han vivido desconectadas y en este libro se alían, y nos ofrecen un mapa luminoso, casi diríamos un árbol genealógico de nuestros maestros del pasado, los herederos de aquella antigüedad sofística.

Este libro, en el panorama actual, se presenta como una reflexión imprescindible para poder responder tanto a los nostálgicos del orden racional burgués ilustrado que tan bien describió ya Aristófanes en sus Nubes, o a los enemigos de la sociedad abierta y plural, cada vez más presentes en todos los países del mundo democrático, pues son precisamente estos los que repiten continuamente que estamos siendo manipulados por el consenso ciudadano construido con tanto esfuerzo durante los últimos años, sobre todo referido a conquistas en el ámbito de los derechos humanos, la mujer, los colectivos LGTBI, la naturaleza o la Agenda 2030. Ellos, declaradamente neofascistas, usando perversamente la retórica, apropiándose de ella, insisten en que esos son engaños impuestos por el poder (¿Qué poder?¿Estado?) a unos incautos, manipulados y anestesiados ciudadanos, y repiten continuamente que el poder político, el mismo que votamos, es el que nos censura, o nos «cancela», ignorando y confundiendo el viejo sistema de censura autoritario y policial del Estado totalitario con el sistema de regulación comercial de las empresas editoriales, confundiendo lo político y lo ético, lo privado y lo público, y sobre todo encubriendo sus verdaderas motivaciones y el rostro de los verdaderos amos de los medios productivos. Adorno/Horkheimer llamaba a esta estrategia «falsa proyección» («Elementos del Antisemitismo», en «Dialéctica de la Ilustración») y la identificamos en la mayor parte de los credos y relatos dogmáticos y también en los múltiples rostros del neorrealismo ilustrado kantiano en estos días (De Ferraris a Gabriel).

Ni dogmatismos ni falsas ilusiones racionales. Necesitamos una conciencia del «relato», una visión de la metáfora que no es la que nos proporcionan las ciencias filológicas, desde ahí no descubrimos el ser del lenguaje ni la voluntad discursiva que lo moviliza. Pero mucho menos necesitamos las mismas recetas filosóficas que se vienen repitiendo desde las cumbres de las cátedras de epistemología y metafísica: el alegato a la capacidad salvífica de la razón que hoy es mantra para J.A Marina, Argullol o Savater. «El mundo en la palabra» es un libro exigente, y comprometido, no tanto con las ciencias filológicas o filosóficas, que lo es, sino con «la realidad en la que vivimos», que no tiene que ser la misma que la «realidad objetiva» en perpetuo debate: «Una propuesta a favor de la retórica hoy es una apuesta por la reflexión y el análisis discursivos, por detenernos en ver las estrategias con que otros y nosotros mismos construimos nuestros discursos de entendimiento en la sociedad, buscando nuestro lugar en ella y procurando darle el suyo a los otros para evitar el conflicto y propiciar la convivencia» (Pujante, 2024:16). Ante el avance de esa retórica hostil, belicista, y antidemocrática, este libro resulta necesario para situarnos desde la perspectiva histórica en el marco democrático y dialógico de la tradición retórica. «El mundo en la palabra» nos descubre la profundidad de la tradición sofística desde una perspectiva que Nietzsche, el individualista, el crítico de las mil caras de la hipocresía idealista, racionalista o cientificista, el gran valedor contemporáneos de sofistas y retóricos, no percibió, y se trata de esa voluntad de constituir nexos entre los individuos de un grupo gracias a la comunicación. Quizá fue Marx mucho más sensible a esta necesidad colaborativa que ha sido la que nos ha hecho sobrevivir como especie. Pero antes de las filosofías dialógicas y comunicativas de la segunda mitad del siglo XX, de Marx o de Nietzsche, que siempre se citan con la Ilustración «radical», los sofistas nos ofrecieron un modelo de saber, de conversación y dialogo para la vida cívica, y este libro recurre a ellos a la par que a los humanistas hispanos.

Pasiones

Y como habitualmente comprendemos los problemas en clave emocional, al situarnos en esos marcos culturales, creadores de vida y de cultura, hoy debemos responder, a los profesionales del desprecio, que nuestros discursos feministas, o ecologistas son tan ficcionales como los suyos a diferencia de que los nuestros están construidos desde la voluntad, y la esperanza, de vivir en paz, amigablemente, Rousseau diría desde la Piedad, mientras los suyos están construidos desde el odio y el desprecio, es decir, desde el miedo. Remo Bodei nos recordaba en su «Geometría de las pasiones» que hay dos pasiones políticas dominantes: la esperanza y el miedo, y aunque todo discurso político pretende gestionar ambas, siempre predomina alguno de esos factores emocionales. Y precisamente este libro se construye sobre la esperanza contra los que constantemente, y desde el miedo, sacan al ruedo público el lobo más furioso que llevamos dentro. Claro que conocemos las pulsiones destructivas de los hombres, que sabemos que somos herederos de uno de los más sangrientos siglos de la historia, el siglo XX, y precisamente por eso necesitamos respetar los consensos, alcanzar la maestría en el diálogo. No tiene sentido, si no es que pretendemos una rápida extinción, liberar la agresividad del animal amenazado, no debemos dar pábulo a amenazas creadas por un atajo de ambiciosos sin escrúpulos que nos quieren convertir en corderos intimidados.

Por eso debemos comenzar por lo que resulta evidente para todos: el mundo está en el discurso, en la palabra, como titula Pujante a su último trabajo. Eso significa, como han visto filósofos y psicólogos, que nuestro cerebro procesa nuestras percepciones sensoriales, y las propias producciones de sus facultades internas, a través de un sistema de códigos lingüísticos. Nuestras palabras, que parecen meros designadores, en realidad son las creadoras de nuestras representaciones. La etapa infantil prelinguística tiene la forma del sueño, por eso la primera lengua es mágica, por eso la poesía es el nombrar primitivo que algunos pretender olvidar en su mundo racional y digital (numerique se dice en francés), matemático. La contienda, ese es el territorio en disputa, se presenta a la hora de convertir cierta representación (particular) en la imagen del mundo compartida por la mayoría de la opinión pública (universal). Y son muchos los que quieren que sus particularidades se conviertan en principios universales, no a través de una persuasión dialógica sino de la imposición dogmática, no apelando a los hechos, ni a las emociones con las que los percibimos, sino a los razonamientos.

Todos conocemos las armas discursivas, las estrategias de persuasión que la retórica nos ofrece para comunicarnos, en los últimos dos siglos solo nos ha quedado la cáscara del viejo arte retórico. Abundan los ciclos de debate en los institutos pero en la mayor parte de los casos lo que aprenden son destrezas y razonamientos que tan solo buscan el triunfo independientemente de que lo que se defienda sea justo, injusto, conveniente o perverso, y el que persuade, y vence, es el que convence a los otros de que su argumento es el que corresponde con el asunto, la realidad misma. La diferencia, entre los paladines de la esperanza o los del miedo, está en la importancia dada a los medios y a los fines del instrumental lingüístico y lógico que construye nuestro mundo. Los odiadores modernos y cibernauticos pretenden convencernos de que solo el nuestro, el fruto del consenso ciudadano, es un acuerdo circunstancial, un artificio, y pretenden vendernos su discurso como la verdad, universal, única y exclusiva, que emana de una fuente primigenia ajena a cualquier retórica. Y si bien aquí pretendemos eliminar el velo que cubre y oculta sus retóricas, no podemos dejar de desvelar su engaño retórico y manipulativo, y eso supone evidenciar el alcance del pensamiento retórico y metafórico resistente a la lógica de la voluntad de poder. Una de las cosas que más ofenden a los ocultos creadores de mitologías es mostrar al desnudo su laboratorio discursivo. Los dogmáticos, para que su verdad sea tomada por absoluta, deben buscarle un origen eterno, borrar cualquier autoría o firma, convertir su decir en Ley universal, como hacen las religiones o las ciencias empíricas.

Ya Empédocles, el primer retórico, nos ilustró acerca del valor de el Odio y la Amistad, fuerzas dialécticamente contrapuestas, ambas naturales como la vida y la muerte. La realidad es plural, y está atravesada por opuestos en continua mutación. El bellum, la guerra, es principio de cambio desde Heráclito hasta Plutarco o Hobbes. Y, sin embargo, solo somos comunidad por la amistad, por la cooperación. Leemos en el primer capítulo de «El mundo en la palabra»: «¿Qué se necesita para la convergencia? Seguramente mucha conversación bienintencionada y diálogo con voluntad de eliminar todo conflicto» (17). Para alcanzar la Amistad de Empédocles o la Convergencia de Pujante hace falta tomar conciencia de la propia voluntad como una fuerza constructiva, y ser capaz de que la comunicación, en lugar de ocultar el edificio discursivo, lo transparente, y devuelva a las palabras su carácter balsámico, mágico. Cuando la voluntad se esconde en la comunicación, cuando convierte a la palabra en mero instrumento, es porque esa voluntad solo desea tumbar al contrincante y no pactar dialogicamente con él. Convergencia y Amistad son exigencias éticas que nos llevan al aspecto espiritual de la comunicación: cuando escuchamos a otro su discurso nos posee, por un instante el otro se ha hecho con nosotros, desde esa fusión discursiva es desde donde emerge nuestra respuesta impregnada de esas huellas, y en relación con ellas es como nuestro discurso puede ser comprendido por el otro en tanto en cuando cada uno de los interlocutores sabe ponerse en el lugar del otro. Esta exigencia ética se transforma en íntima introspección. Dice David Pujante que el ciudadano libre nace en el lenguaje (Pujante, 2024: 47), sin esa consideración democrática no es posible esta forma de discurso.

Compañeros de viaje

Por eso valoramos las aportaciones de este libro de Pujante que nos enfrenta a nuestra responsabilidad ética y política, libro cuya lectura parece convertirse en un viaje sin retorno, y por experiencia sabemos que hay itinerarios que nos dejan huellas indelebles. Uno debe cumplir determinados protocolos para comenzar el camino, ya lo sabemos, cada viaje exige atención, revisamos nuestro equipaje, nuestros documentos de identidad, nuestra ruta. Una vez dijo Benjamin que leer era como recorrer un trayecto (Benjamin, «Dirección Unica»), y los tiempos del viaje o el medio empleado, es decir, si se camina o se vuela sobre el texto-territorio, son decisivos para la calidad de esa experiencia viajera y lectora. Las estaciones retóricas de nuestro viaje fueron clausuradas a la par que triunfaban los racionalismos científicos, para estos no es cómodo el tránsito por aquellos destinos poblados de metáforas, ni a los moradores de aquellos lares sofísticos se los recuerda con respeto. No tienen buena reputación aquellos viejos cuarteles, por eso quedaron fuera de las rutas ahora más transitadas. Los que creen en la trascendencia de una verdad única, sea moral, estética, política, física o matemática, no se encontrarán cómodos en este viaje. Pero hay una parte de nosotros, tan escondida y profunda como los referentes centrales de este libro, algo que se parece a los sueños, lo poético, lo metafórico, tan apartados y marginales para la historia del pensamiento, un mundo de pasiones, de oscuridades psíquicas, de poesía y de esperanza, que se alegrará al emprender este viaje a través de los 12 capítulos primorosamente engarzados, parecidos a las etapas de un ritual a través del que se desvela un secreto. Casi como un camino simbólico, como las estaciones de los Misterios del Rosario del Sacromonte (Varese, Italia), pero a la inversa, hacia abajo, a las profundidades, donde viven las fuerzas telúricas y naturales, anteriores a las del ordenado y luminoso Cielo cristiano.

«El mundo en la palabra» se parece a un viaje que se inicia evocando el principio mismo, el Génesis renovado en el nombrar originario de la infancia («Mi papá también se llama Adán») y concluye con la consideración final de nuestra capacidad creativa sistemáticamente cercenada («Tú eres tu estilo», que trata de la quinta operación retórica) y la recuperación de la confianza en «el bien decir». Los capítulos interiores constituyen algo así como un viaje por la historia entera de occidente desde la perspectiva del accidentado tránsito de la retórica por los saberes de Occidente. Su centro, el capítulo 7, que es el eje de todo el libro, es un capítulo sobre la metáfora, el ser, la luz del lenguaje. Después de saber que la metáfora está antes que cualquier operación cognitiva y discursiva, que hubo vida antes del concepto, que el concepto es solo el «nicho mortuorio» (Nietzsche, «Verdad y mentira…») de la metáfora, de la impresión sensible y emocional, no podemos aceptar más la racionalidad convencional, solo nos queda reconocer que nuestro logos es poético, es mítico. No se contraponen poesía y razón, ni mito y logos, esa es una falsa dialéctica. La dialéctica que aquí, en el decir de Pujante, se reivindica no excluye, sino que incluye. Se trata de una dialéctica que recoge la compleja pluralidad de la vida y sus contrarios, que como Eros y Tánatos constituyen la compleja relación entre lo apolíneo y lo dionisíaco o entre el aspecto intuitivo y el racional o entre lo mítico y lo lógico. Cuando se complementan ambos aspectos amanece la vida.

La razón. Esa gran ficción

El pacto lingüístico es un supuesto fundamental del saber retórico, presupone que la palabra de verdad no es la que representa la cosa sino la que conviene al grupo, que llamamos verdad al discurso que fabricamos con voluntad de establecer un acuerdo de paz, por eso verdad y discurso son convenciones retóricas. Y, como Nietzsche recuerda, en el origen no hay un pacto social sino un pacto lingüístico. Lo que nos guía en ese proceso continuamente renovado no es la razón calculadora sino la intuición creativa. La retórica desde su fundación nos ha enseñado que la razón es una herramienta más dentro de la organización discursiva, no es el fundamento de todo orden simbólico. Cuando esto se olvida, cuando la razón, o el sujeto que la habla, se atribuyen el carácter de única fuente discursiva, la vida se reduce a pura abstracción, y es entonces cuando el totalitarismo del concepto quiere aplicarse a las comunidades humanas y olvidamos el pacto lingüístico, y es entonces cuando surgen los monstruos a los que aludía Goya en su famosa alegoría pictográfica: «El sueño de la razón produce monstruos».

La razón, que es solo un aditamento que ha desarrollado el ser humano para sobrevivir, que es la fuente del engaño con la que el humano compensa su fragilidad y su precaria dotación natural (Nietzsche, «Verdad y mentira…») frente a otros animales mejor dotados, no es creadora de verdad, más bien al contrario es su liquidadora. La retórica que nos presenta David Pujante nos enseña que la creatividad humana, la inventio retórica, y sobre todo el consenso (pacto) que esa humana creación genera, es la verdad. Es un proceso que va de unos a los otros, que los une y los disgrega, no es una sustancia o un ser, es verbo más que sustantivo. El hecho de que asumamos el carácter ficcional de todo discurso, que, con Nietzsche, la apariencia y la mentira hayan alcanzado un elevado reconocimiento estético, solo nos descubre que nuestra forma de nombrar más que decir la verdad de la cosa pretendidamente representada dice la verdad de la cosa sensorial y no idealmente percibida por los sujetos en unos contextos determinados. Ni se niegan los hechos ni se niega la verdad, se sitúan ambos, verdad y hechos en el ámbito que les corresponde. Por eso la mentira artística no es la mentira del que atenta contra el pacto lingüístico con sus continuas fake news, que miente no porque su enunciado no se corresponda con los hechos, sino porque su enunciado no se corresponde con la humana perspectiva de lo que acontece, miente porque lo dicho no solo no deriva de los hechos ni de las emociones sino que expresa el programa dogmático que se quiere imponer a los engañados, dicho de otra forma: la percepción responde a una ideología. Muchas veces las mentiras artísticas, la de Duchamp llamando fontana a un urinario o la de Magritte diciendo que la representación de una pipa no es una pipa, son necesarias para que descubramos el carácter de verdad del discurso, para que al cuestionar las similitudes convencionales que rigen nuestros desgastados discursos, nos demos cuenta del verdadero poder de la palabra.

El humano ficciona desde que sale al mundo y lo nombra metaforicamente, pues otra forma de nombrar no es posible. Por eso fuera de la representación, incluso diríamos de la ficción discursiva, no hay mundo. Los más de tres mil años de escritura filosófica y literaria que corren a nuestras espaldas coinciden con la era en la que las invenciones humanas han traspasado las capacidades creativas del universo físico. Por eso decía Cassirer que lo físico retrocede conforme avanza lo simbólico («Antropología filosófica»), y eso queda doblemente confirmado en la era digital. Lo físico deviene sombra, forma y número, y lo corpóreo es un dato que manejan los algoritmos digitales.

Regresando a Platón podríamos decir que la caverna platónica no es un lugar de paso. Los procesos dialécticos con los que se fraguan las «ideas» se realizan dentro de la caverna, no hay ningún cielo eidético universal, trascendente e intemporal.Platón quiso caracterizar el saber del sofista como aquel que tienen los prisioneros, sin considerar que prisioneros eran solo los que convertían al cuerpo y las emociones en cárcel. La verdadera liberación no es la salida de la caverna sino la conciencia del carácter metafórico de nuestros conceptos, liberados estamos cuando vivimos nuestra creatividad y nuestra amistad desatadas. Esa forma de conciencia es el acontecimiento capital. Y dentro de ese hecho de conciencia, Verdad es el nombre que damos a la necesidad que tiene el humano de comunicarse, de comunicar las representaciones que expresan sus emociones ante las cosas (Rousseau, «Discurso sobre el origen de las lenguas»), ese es el acto donde junto a la denominación surgen las cosas para los hombres: «El hombre es la medida de todas las cosas» como decía el gran maestro de la retórica que fue Protágoras. La realidad solo surge al ser representada, o dicho en palabras de Heidegger: no tenemos imágenes del mundo, el mundo es una imagen (Heidegger, «La época de la imagen del mundo»). Sin creación de palabras, imágenes, mapas, sonidos, no hay mundo, y es aquí donde conviene recodar a Gorgias: «nada es», esa nada es la que hay antes de toda creación o bautismo de las impresiones que nos producen de las cosas. Con la palabra surge el mundo, antes de ese hecho fundacional solo hay un conjunto caótico de impresiones sensibles, una nada sin nombre. Y lo que sea, su ser, no depende solo de nuestras percepciones, depende de la forma en la que seamos capaces de nombrarlas, y a eso, nos recuerda David Pujante constantemente, es a lo que se dedica la retórica.

El olvido

Todo recuerdo supone ciertos olvidos, solo olvidando ciertas cosas, o negándolas, podemos recordar. La retórica, hoy, está precisada de una dosis dialéctica de recuerdo y de olvido, pues es más lo oculto de su tradición que lo visible. La dialéctica idealista (platónica, cristiana, racional o hegeliana) es solo ocultamiento de la multiplicidad de los procesos creativos que pueden darse en, y con los individuos, y es ocultamiento de la pluralidad de voces existentes en la polis. La divergencia, que asume toda retórica honesta, no se puede asumir autocráticamente, pues esta fabrica discursos que liquidan el prestigio del contrincante, y por eso siempre es preciso estar reintentando nuevas estrategias de resistencia, nuevos antídotos contra necios autócratas. Precisamente, frente a ella, a la dialéctica idealista, surge una «dialéctica negativa» que cuestiona las falsas identidades que fabrica la razón para clasificar y someter a las multitudes y sus múltiples formas de vida. Es la actitud crítica que presenta la conciencia retórica que defiende Pujante aquí. Esta dialéctica es necesaria, desde ella ofrecemos la oposición a esos poderes impositivos que nos quieren vender su verdad única y abstracta, su sustancia que pretende acabar con nuestra pluralidad y con nuestra creatividad. Para la razón y el idealismo platónico, el universal, entendido como la verdad, la belleza, el bien, o la justicia, identificado con lo Uno, se impone como amo y señor sobre la multitudinaria dispersión y diversidad viva de los súbditos. Al universalizarlos los domina, los borra al quitarles el nombre propio, se llama anonimato. Lo mítico, lo figural, que actuaba alegóricamente, como el espejo en el que se reflejaba el acontecimiento a modo de correspondencia baudeleriana, ha terminado suplantando toda forma de vida, liquidando toda correspondencia. Y ese es el verdadero robo, pues el que nos universaliza y amasa, el que no comprende el fundamento alegórico de la figura, nos quita nuestra capacidad creativa y constructiva, esa por la que nos damos a nosotros mismos arte, leyes o saberes mientras desarrollamos nuestra vida con nuestros vecinos en democrática convivencia. Pero esa abstracción conceptual es la misma que se ejerce, gracias a unión entre la matemática y la ciencia moderna, sobre la naturaleza, y que ha permitido que surja una conciencia de dominación completa del mundo físico que en la práctica ha permitido o está permitiendo su destrucción.

La primera exigencia de este libro, o de este viaje, es saber olvidar. Cuando nos topamos con ciertas palabras, como Retórica o Sofistica, habremos de tomar conciencia de su desprestigio milenario, y hemos de intentar borrar esos condicionantes cognitivos que parten de la propia definición institucional de la RAE, y que proceden, dice Pujante, de aquellos poderes autoritarios que despreciaron cualquier debate que cuestionara su poder. Incluso una escritora tan perspicaz como fue H. Arendt, que rechazó el apelativo de filósofa, emplea, en su primer capítulo de «Los orígenes del totalitarismo», la caracterización platónica («Fedro») sobre la sofística, considerando su arte como un conjunto de opiniones circunstancialmente válidas, y escribe: «la diferencia mayor entre los antiguos y los modernos sofistas está en que los antiguos se mostraban satisfechos con una pasajera victoria del argumento a expensas de la verdad, mientras que los modernos desean una victoria más duradera a expensas de la realidad» (Arendt, 1994:54), Arendt conecta los manipuladores antiguos del pensamiento con los modernos manipuladores de los hechos, y, en esto, acepta sin cuestionarlo el antiguo rechazo del sofista. Pero la propia Arendt se dirige a las formas discursivas del totalitarismo, tanto en este libro como en «Eichmann en Jerusalén», para descubrir y denunciar las estrategias simbólicas totalitarias, centrándose concretamente su uso del lenguaje. Ella explica los fundamentos de lo que denominó «banalidad del mal» basándose en la incapacidad de pensar de algunos (Arendt, «La vida del Espíritu») que se refleja en el uso de clichés, es decir, recurre al lenguaje para comprender los acontecimientos de la misma forma que hicieron los sofistas. Ciertamente el sofista considera verdad la eficacia de un argumento, pero no en tanto otorga una «pasajera victoria» como dice Arendt, sino en función del valor de cohesión que proporcionaba al grupo. Y eso, aunque es cierto que una argumentación antisemita (Eichmann), como la nacionalista o cualquier otra, puede dar cohesión a un colectivo, lo que es una perversión, y eso sucede porque los principios que fundamentan y unen a la comunidad no siempre tienen que ser universales, y en la práctica nunca lo son. Asunto peliagudo. La cuestión entonces es calibrar la capacidad emocional que se implica en el argumentario, el papel del Odio o de la Amistad, que empuja al discurso, y no tanto su aceptación mayoritaria. Es como si el pensar, del que carece Eichmann, no fuera una simple operación racional sino empática. Es algo que parece implícito en el planteamiento de Arendt pero no viene expresamente dicho, para ella el pensar es sociable, es bueno, es como si el pensar, lejos de parecerse el cogito cartesiano fuera una fuerza espiritual amigable y esperanzadora, comprensible desde la sofistica antigua.

Conciencia de los signos, de los hechos

Al asumir el relativismo del discurso sofístico debemos extremar las precauciones, y una de las primeras es no tomar por real ningún elemento identitario (judío, musulmán, heterosexual, catalán, etc.) que separe y enfrente a los miembros de la comunidad. No se trata por lo tanto de endilgar al sofista antiguo o moderno el rasgo de negador de los hechos, de la realidad y la verdad, el sofista no niega los hechos, más bien al contrario afirma que un hecho, el conjunto de la realidad, depende de determinadas circunstancias discursivas. Y este es el centro ontológico desde el que fluye el pensamiento retórico, precisamente lo más in-asumible para las metafísicas racionalistas y las filosofías que se repartieron las migajas del arte de la persuasión que ha acabado por devaluar el término retórica. Y aquí es donde valoramos la posición de David Pujante contra todo un conjunto de prejuicios sedimentados.

Los hechos, que algunos articulan en forma de identidades (metafísica racionalista), siempre son construcciones discursivas, y dependiendo de nuestra honestidad esa construcción será o no fiel con el conjunto de elementos subjetivos y objetivos implicados en este proceso creativo donde nunca se niega la fuente originaria que es la vida. Pero no debemos confundir la vida con las etiquetas que usamos para comunicarnos. Claro, eso quiere decir que ser senegalés o gay, ser mujer o del Real Madrid no son sino categorías confundidas con hechos. Cuando Nietzsche escribe que no existen los hechos morales dice una obviedad, la moral no es un hecho sino una interpretación de los hechos (Algo que muchos postmodernos nietzscheanos no entendieron, y, menos aún, cuando esos mismos postmodernos, por ejemplo Maurizio Ferraris, siguen sin entender ahora, cuando se han convertido en acusadores del postmoderno desde la perspectiva de su nuevo realismo positivo). Y de igual manera que se producen discursos hermenéuticos sobre los hechos, que los moralizan, también sabemos que para que una cosa sea algo, incluso para que sea percibida como tan cosa, debe haber una palabra que la identifique. Los hechos son negados, no por los sofistas o postmodernos, sino por la pléyade de idealistas y racionalistas que anteponen las ideas o ideologías a los acontecimientos históricos, el enemigo de la realidad no es el escéptico o sofista sino el dogmático.

Los extravíos de la razón, no las dudas ni las retóricas, nos han hecho más desconfiados, y a pesar de tanto postmoderno arrepentido, ya no somos modernos. Recordando a Vattimo, Pujante escribe que «La verdad no se encuentra…sino que se construye con el consenso y el respeto a la libertad…»(Pujante, 2024:97), y tan socialmente construido es el discurso antisemita y homófobo como el del respeto y el acuerdo. No puede ser de otra manera, nuestra palabra, nuestro sistema de signos, aunque procede del gruñido, no es una señal de la naturaleza, no somos pura determinación instintual, nuestra humanidad nos ha hecho animales indeterminados dotados de un sistema simbólico. La diferencia entre unas construcciones y otras es que una oculta su procedencia y acusa a la otra de ser mero «relato», y frente a la hipocresía de esa retórica racional se opone la transparencia de la otra retórica poética. No podemos suponer que seamos capaces de representarnos el objeto mundo como si no existiera nuestra mirada, nuestras emociones y nuestro discurso, nada somos, nada hay, que no ya sido metaforizado y conceptualizado. No nos está permitido arrastrar nuestras sensibilidad ni nuestro cerebro sobre la superficie de las cosas, no es posible interactuar instintivamente sin mediaciones conceptuales.

Por eso nos debemos olvidar de las diversas formas de dogmatismo socrático-platónico-aristotélico, cristiano, racionalista, o positivista, nos debemos olvidar de las disciplinas donde aprendimos la tradición filosófica o filológica, nos debemos olvidar de cuanto nos dijeron acerca de la retórica. Incluir alguno de esos conceptos en nuestro equipaje supone iniciar un camino que no es por el que nos lleva este libro. Incluso debemos olvidar los mapas que nos enseñaron desde antiguo, porque este camino retórico y metafórico no es ninguna de las rutas que la Diosa muestra a Parménides: el camino de la opinión o el camino de la verdad, y eso porque, para ellos, Parménides y su Musa, hay una sola ruta verdadera por la que se pueden dirigir miles de destinos, ahí surgió la unión entre concepto y verdad que caracterizó el ser abstracto del racionalismo idealista. Para aquella gran construcción metafísica la palabra era como el cuerpo: particular y perecedero, y el lenguaje, como el cuerpo, era el siervo del concepto universal. La sofistica quiso proponer una alternativa a esa lógica universalista, y era muy antigua, venía de cuando la palabra era sagrada, cuando existía la palabra mágica, y desde allí nos enseñaron que no hay más camino que el del lenguaje, que como recuerda Pujante era «la casa del ser» según esa bella metáfora heideggeriana.

Cuando tomamos conciencia de la situación en la que nos dejó aquella cultura racionalista, y me refiero a la situación en la que quedó nuestra capacidad de crear, nuestros sentidos, nuestras emociones y nuestra humanidad, es cuando se despierta en nosotros la indignación, el pathos de la indignación del que hablaba Marx. Y esa conciencia es fundamental, sobre todo cuando contemplamos la «historia de la humanidad». Si debíamos olvidar para poder leer, debemos ahora saber negar para poder cambiar algo («Dialéctica negativa»). Y ese es uno de los objetivos de este libro de Pujante: que lo que pase en el mundo no nos deje indiferentes. En ese preciso momento cuando emprendemos la lectura del libro es cuando tomamos conciencia de que lo que nos enseñaron, y descubrimos que todos los mapas que aprendimos para circular por el mundo, todos los lenguajes que alumbraban esos mundos, eran los mapas del poder. Occidente generó formas sutiles de alienación gracias a las retóricas del poder que precisamente para ocultarse como verdades incuestionables borraron todas las huellas que descubrieran su procedencia, las de su ascenso a pensamiento único, y eso lo hicieron negando la verdadera capacidad creadora de las retóricas que nos pondrían en disposición de dialogar con los que se pretendían amos indiscutibles de nuestras vidas. No podíamos ser iguales, no debíamos dialogar solo asumir las verdades universales de los amos.

Al salir de la casa familiar, de la protección y los cuidados maternales, es preciso ejercitarnos en la crítica: «Quizá, con la maduración, lo que nos correspondería aprender es que el mundo es una interpretación» (Pujante 2024:14): y ejercitarse en la crítica es el valor de verdad de un discurso en relación con sus marcos referenciales. Por eso debemos olvidar parte de lo aprendido, saber cuestionarlo. También debemos estar dispuestos a seguir el itinerario cargado de explosivos al que el libro apunta cada vez que nos topamos con alguno de los discursos dogmáticos que han recibido los laureles de los distintos órdenes políticos y morales instituidos a lo largo de los siglos. Nietzsche llamó a esa operación nihilismo: los negadores de la vida, que son los mismos que los negadores de la palabra creadora, deben ser negados.

Debemos asumir las consecuencias de este saber retórico con el que aprendimos que lo que se dice del mundo no es simple verdad o mentira sino acuerdo o disconformidad, y este es el «primer espíritu de la retórica». La verdad deriva de ese acuerdo, continuamente variado y renovado, lo contrario es dogmatismo y necedad (precisamente subtítulo del libro: «Retórica como antídoto de necedades»). Y no es una cuestión racional, implica una pulsión, un «notorio deseo de entendimiento» (Pujante 2024:17), es una pulsión erótica que como bien sabemos está acompañada de otra pulsión tanatológica. Ese deseo y esa necesidad de comunicarse y llegar a acuerdos es el motor de la parte práctica de la retórica; «A ello ayuda una seria y sólida preparación en las estrategias de la construcción y el análisis de los discursos: el tener conciencia de cómo hablamos…» (Pujante 2024: 17).

El antídoto retórico

David Pujante sabe mantener el equilibrio entre las funciones ética y política de la retórica. En primer lugar esta conciencia retórica nos recuerda que somos seres sociales, que nos comunicamos, pero no solo es imprescindible para el dialogo esta conciencia, la Democracia precisa de este saber, la Democracia está basada en el consenso, y esa es la forma pública de la retórica. Y no nos basta cualquier ejercicio bélico donde el argumento del orador aplaste al contrincante, es preciso tener claro que la retórica es un bien común y se dirige a ese bien, no es un arma de destrucción, por muy negativa que su dialéctica pueda ser en alguno de sus momentos. No lo es porque tiene como objetivo descubrir el pacto lingüístico originario y las motivaciones cívicas de ese acuerdo que debemos renovar constantemente. Precisamente el libro de Vives, «De las Disciplinas» (Vives, :337) que cita Pujante tiene un título que reza: Libro IV (Vives, :453), «De la corrupción de la Retórica»: Cap. I. — «La sociedad no puede subsistir por sí misma sin la justicia y sin la palabra. Por qué en un imperio democrático tiene ésta mayor influencia, y cómo los sículos fueron los primeros que en ella pusieron adornos y primores. La Retórica salida de sus lindes; todo ello demuestra ser infundada la queja de Quintiliano».

Por eso es tan importante la otra faceta retórica, la psicagógica, esa que es una técnica de purificación del alma, que trata «Del lenguaje in germine, del originario» (Pujante, 2024: 137). Podríamos considerar que esta etapa psicagógica de la praxis retórica es la condición indispensable para que la retórica no se convierta en un filtro envenenado como ha sido en tantas ocasiones. Ese lenguaje original que tantos han llamado mágico o poético, que Walter Benjamin llamó místico, es la etapa donde la palabra es canto tal y como recordaba Rousseau cuando nos decía que toda palabra en su origen es cantada, y por eso toda verdad originaria es musical. Y seguramente eso significa que hay que tener un oído cultivado para la música y para el dialogo, hay que saber escuchar y para eso hay que ejercitarse. Nada hay tan difícil como detenerse, insisto en esa acción temporal: pararse, y escuchar. Ese lenguaje originario está presente en la música, y en ella re descubrimos el poder de la voz, el aire que penetra con sus armónicos nuestras orejas hasta llegar a nuestra intimidad. Para aquellos en los que los tiempos de la atención se aceleran es imposible la escucha.

Precisamente Pujante señala que el lenguaje del que se ocuparon los primeros sofistas es ese lenguaje en el que permanece el misterio y el poder de la palabra originaria, musical, poder que convierte a la retórica en conductora de almas (psicagógica). Todo ello permanece en la palabra poética. Luego el lenguaje fue pasando por varias etapas, metafísica e instrumental, precisamente esa es la faceta del lenguaje que nosotros conocemos, a la que Benjamin consideró como el lenguaje burgués por contraste con la concepción mística del lenguaje, algo a lo que Bataille o Zambrano, y tantos otros que vivieron la crisis del orden burgués ilustrado, quisieron acercarse. Para ellos se trataba de restaurar la antigua convicción oracular restituyendo la fuerza y el poder de las palabras, y lo intentaron desde la oratoria antigua, hasta las Confesiones agustinianas, desde Loyola hasta la terapia basada en la palabra de Freud. Siguiendo la estela de los primeros «sanadores por el decir» (Pujante, 2024:141) encontramos las sendas perdidas de nuestra ruta. Y es aquí donde descubrimos que lo que interesaba a los antiguos sabios, a Pitágoras o a Empédocles, «no era la retórica sino la magia curativa que emanaba de la palabra» (Pujante, 2024:143). Esto recuerda al pitagorismo que permeó al pensamiento platónico, porque, en realidad, los filósofos, Sócrates, Platon o Aristóteles, fueron «sofistas» exclusivamente para los poderosos, sus retóricas no iban dirigidas a todos, no todos salen de la caverna, solo unos pocos, los encaminados a mandar, los otros, incluso las mayorías adineradas son masa y no tienen acceso a este saber exclusivo. Sin embargo, Protágoras o Gorgias parten del hecho plural, el Demos ateniense, su enseñanza se dirige a todos los que puedan pagar no solo a los líderes de la Polis. Por eso para Platón, sabiamente totalitario, solo hay un buen gobierno, la monarquía, la del rey sabio, mientras los sofistas trabajan para aquella comunidad de sabios que discuten en el Demos de la Polis.

Sendas perdidas: la creacion del mundo

Igual que hay un mito bíblico del pecado, también hay un mito para el extravío de Occidente, su origen se encuentra en el «Poema» de Parmenides, lo encontramos en las palabras de la diosa y comienza en una encrucijada de caminos, está el camino de la opinión que es el del no-ser y el camino del ser que es el del pensar. Ahí, en ese camino por el que es conducido el filósofo, es donde el concepto, la abstracción pensante del ser, alcanza su señorío sobre la metáfora, ocultando para siempre la prioridad de esta, y convirtiendo al concepto en la única fuente de sentido de la experiencia. Cada vez que hemos intentado dar marcha atrás, volver a situarnos en aquel cruce imaginario de caminos, donde nos extraviamos como Parménides o como Edipo, nos hemos visto atrapados en la ruta señalada por la diosa, para otros convertida en esfinge, de la que surgía un viento huracanado que nos empujaba, como al Ángel benjaminiano, hacia el insensible desierto de la abstracción. Y así ha sido durante milenios. Toda la Historia es un esfuerzo constante por negar aquella verdad que nos transmitieron nuestros sofistas y trágicos ancestros, y a pesar de que sus discursos han sido sistemáticamente destruidos y vulgarizados, su palabra ha sido restaurada constantemente porque la vida, lo intuitivo, la esperanza, los sueños, no puede ser arrancado del ser humano por un ejercicio racional. Y así sucede también con la naturaleza maltratada, mar, montaña, bosque o cielo, si la dejas una temporada, si dejas de explotarlo, pisarlo, quemarlo o talarlo, rebrota, germina, hasta la capa de ozono del planeta parece que se reconstituyó en parte el año que pasamos encerrados por el Covid.

Desde la perspectiva ontológica es desde donde la sofistica revela su verdadera dimensión, y frente a las aportaciones metafísicas idealistas o racionales, más o menos comunes a otras filosofías orientales, su aportación, la conciencia del pacto lingüístico, es la verdadera fuente del pensamiento occidental. Solo fuimos capaces de crear nuevos mundos desde la experiencia de que nuestro mundo era una construcción. Esa es la ontología sofista que Pujante descubre al recuperar la potencia creadora de la retórica a lo largo de los siglos. Una de las lecciones más importantes que nos proporcionaron los ilustrados radicales, los materialistas franceses, pero también G. Vico, fue que había una realidad cambiante, no sometida a la regularidad física, es cuando aparece la historia, la Scienza Nuova, en el panorama intelectual europeo. Marx galvanizó el viejo materialismo al pensar desde la perspectiva histórica. Si nos detenemos un momento en su propuesta más radical, percibimos que la fuente de su pensamiento es retórica: su materialismo se centra en la historia, en la sociedad y en los procesos en los que se involucran los individuos como sujetos activos y productivos, y la materia, de la que se trata en los textos de Marx, es social y está construida históricamente a través de las relaciones de producción. Ese carácter mutante de lo real, heraclitiano, el hecho que solo se entienda como proceso, es una de las características de la realidad para los antiguos sofistas. Por eso, frente a las dialécticas idealistas, con Marx se nos propone una dialéctica materialista, es decir los acontecimientos en proceso de cambio no son leyes físicas sino factores sociales y económicos. Desde Marx nos hemos acostumbrado a comprender cualquier acontecimiento histórico como una construcción, así sucede con la familia, con la religión, con la moral, con el hecho de ser hombre o mujer. Desde Marx sabemos que no hay ideales sempiternos que desde un cielo platónico alumbren nuestras experiencias. No hay materia sin sujeto, no hay materia no sometida al devenir histórico, y no hay sujeto que no sea capaz de intervenir y cambiar los procesos históricos, es el sujeto revolucionario marxista o el übermensch nietzscheano.

Gracias a Pujante descubrimos rastros del arte retórico por muchas obras capitales del pensamiento. Y así sucede cuando recordamos la perplejidad de tantos lectores de Walter Benjamin al encontrarse con su aparato crítico marxista y su hermenéutica mística, esa contradicción tan al uso, nos hace perder de vista la impostación retórica del pensador berlinés. El marxismo enseñó a Benjamin que la realidad es una construcción social y la mística le llevo a estudiar los fenómenos culturales como expresiones de ese momento creativo, íntimo, del ser humano, por el que el lenguaje, la palabra, como en el Génesis, era dadora de mundo y de vida. La perspectiva poética de Pujante sabe que la construcción, la historia misma, es la expresión de las potencias creativas humanas. Eso apunta tanto a una estrategia de análisis de la superestructura simbólica, como la que ejerció Walter Benjamin, así como a las reivindicaciones de una forma de razón poética que nos llevan a Zambrano o al misticismo de Bataille.

Una poética humanista

El extravío más notable, por cuanto afectó a nuestra capacidad creativa, al ingenio y la Inventio, se cuenta en el capítulo 9: «¿Eres de ciencias o de letras? Tradición humanista frente a tradición racionalista.» (Pujante, 2024:157). Diferenciación más lamentable aún porque con ella la cultura hispánica quedó cercenada; esta dualidad entre ratio y pathos nos ha desconectado de nuestra identidad cultural que se fraguó entre místicos que van desde Ibn al´Arabi hasta Juan de la Cruz, con el humanismo de un J.L. Vives, el poderoso pensamiento de un Gracián o los últimos estertores retóricos en un Antonio Capmany. Con el racionalismo cientificista la palabra fue convertida en «la sierva del ente: la res (la cosa) se sitúa por encima del verbum (la palabra)» (Pujante 2024:162). El amor a la palabra, el amor a la comunicación, a la magia y al sentimiento, la celebración de la comunión social fue sustituido por otros rituales que en la Europa moderna anunciaban la emergencia de un nuevo liderazgo político: la burguesía, clase casi inexistente en la España donde judíos y moriscos habían sido expulsados, y la revolución industrial era incompatible con el feudalismo imperante en la mayor parte de la península.

De nada ha servido la restauración de la retórica y de las humanidades desde una concepción racionalista, dependiente de estudios filológicos y literarios hacia finales del siglo XIX y XX, con Curtius, Kristeller o Jaeger (Pujante 2024:169), ninguno recuerda ni reivindica la fuente original de la retórica como creadora, una retórica que parte de la Inventio, ninguno se molestó en investigar la filosofía retórica que era una verdadera epistemología y ontología que fundamentaba todo el edificio retórico. Esta forma ilustrada de retórica se conformó con su parcela en la división universitaria de los saberes científicos, aquella que ya desde sus «Consideraciones Intempestivas» había denunciado aquel Maestro de Retórica que fue Nietzsche. Junto al desprestigio de la retórica hemos vivido una creciente devaluación de la poesía, claro, ninguna filología apostó por la expresión poética sino que se quiso ciencia, incluso sierva entre las ciencias. Junto a la reivindicación de la retórica no podemos dejar de percibir un intento de situar al discurso poético en el lugar cultural que le corresponde; el poeta David Pujante insinúa en estas páginas que no solo necesitamos de las estrategias y procedimientos retóricos, también necesitamos más poesía, porque si no percibimos la fuente metafórica de nuestro pensamiento nunca podremos librarnos de nuestro extravío conceptual que alimenta constantemente falsas identidades.

Ese mundo humanístico y poético que se desmoronaba viene recogido por Cervantes en su fábula filosófica y alegórica «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha» (Así la considera Pujante 2024:180): Don Quijote el lector, el creador de mundos, el paladín del ingenio. Esa inventiva, esa potencia creadora que estimulaba el saber retórico es indispensable para ser capaces de comunicarnos con los otros, la alienación de nuestras facultades nos reduce y nos incapacita para hablar y comprender a los otros. Al final, Don Quijote se nos revela como el paradigma del consenso dialéctico: «por la predisposición al dialogo con intercambio de visiones del mundo puede darse el milagro del Quijote. Y así don Quijote se hace en mucho, Sancho…» (Pujante 2024:187). Sin embargo, el Quijote es «una gran alegoría del fracaso del humanismo» (Pujante 2024:189). Foucault en «Las palabras y las cosas» lo contó de otra manera, pero consideró al Quijote como el paradigma de la clausura de la cultura antigua finalmente dominada por el paradigma representativo del racionalismo cartesiano. A consecuencia de esta ruptura definitiva con el mundo antiguo, operada por el clasicismo pre ilustrado e ilustrado, hemos olvidado cosas fundamentales, la primera es la prioridad de la dimensión creativa humana, nos hemos desconectado del texto como fuente y origen del pensamiento, nos sentimos ajenos al viejo arte de la memoria como paradigma del saber, como «guardián de todas las operaciones retóricas anteriores» (Pujante 2024:197), y eso, aunque el último vestigio de un culto a la muerte y a los antepasados todavía permanece en la escritura, que es la que fija la memoria. David Pujante contrapone el arte de la memoria frente al modelo enciclopédico la Enciclopedie diderotiana que llega hasta wikipedia, pues uno y otro son paradigmas de saberes completamente opuestos. Lo que perdimos junto al humanismo fue la complejidad y riqueza de la retórica, la sabiduría oral, el valor del diálogo y el valor del libro, del libro, ahora convertido en mera metáfora del mundo con Galileo. Se operó una transformación que acababa con el valor del texto, que en la vieja tradición era interiorizado, memorizado, constituía las imágenes del mundo y las de la propia psique. Es el final de la época de las correspondencias que tantos poetas desde Baudelaire han querido restaurar en sus versos. El nuevo paradigma científico y filosófico ocultó el viejo saber pero este siguió viviendo subterráneamente, sin el reconocimiento que tuvo otrora.

El tiempo de la metáfora

Igual que floreció la palabra-mundo en Empédocles, Protágoras, Gorgias, Vives, Rousseau, Holbach, o Nietzsche, David Pujante lo ha vuelto a intentar, ha pretendido trazar la ruta de nuevo, y recordar que antes que el concepto está la metáfora, antes de la razón está la pasión. No se trata solo de una prioridad categorial de la metáfora sino de una prioridad temporal. Y eso es fundamental para comprender el alcance del problema sofístico. La retórica no solo es un conjunto de estrategias discursivas que organiza la razón, es una ontología, su fuente es la palabra, en tanto que metáfora y no logos pensante, pues es la palabra la que crea la realidad, por eso «nuestros padres cumplen con la misión adánica: nos sitúan en el mundo» (Pujante, 224:12). Sin ninguna duda este es el centro filosófico de la propuesta de Pujante, así leemos que la retórica: «Representa todo un reconocimiento de los límites y de los modos de acceder al conocimiento del mundo que los seres humanos construimos y habitamos» (Pujante 2024:87), por eso «El entendimiento del mundo pasa por la expresión que lo muestra» (Pujante 2024:92). A su manera lo intentaron Heidegger, Wittgenstein o Gadamer, pero no encontraron la fuente originaria de la palabra, solo Nietzsche estuvo a la altura de los maestros de la antigüedad, en Nietzsche la retórica no se resuelve como hermenéutica (De Heidegger a Gadamer) ni como lógica (Wittgenstein), tal y como plantean las filosofías del lenguaje y el sentido en el siglo XX. La retórica rechaza las formas representativas postilustradas, que fueron tan dogmáticas como sus precedentes racionales e idealistas.

La historia del declive de la retórica se inició con el opacamiento de la metáfora, pero a pesar de todo «La luz de la metáfora» (Pujante 2024:119) nos recuerda que el mundo de las correspondencias está tan vivo como siempre, solo hay que descubrirlo allí donde todavía palpita, que «el misterio de la analogía» está abierto para el que quiera penetrarlo: «la primera lengua de los poetas teólogos no ha muerto» (Pujante 2024:123). El poeta David Pujante, aquí, como la Diosa del Poema de Parmenides, nos alumbra su camino, el suyo, el del lento trabajo con las palabras, con el verso que una vez que te posee no te deja hasta que lo conviertes en canto. Si la palabra es metáfora, y las cosas reviven al ser nombradas metafóricamente no nos queda sino regresar a ese volcán que acogió a Empedocles y que se encuentra en la palabra oracular del poema. Sí, hay que renacer una vez más, y debemos hacerlo muchas veces, para reconocer esa llama que brilla en las palabras que vuelan de uno a otro y recorren labios, oídos, ojos, circunvolando cuerpos que cantan al unísono. No, el lenguaje burgués no es ese. Pujante identifica racionalismo cartesiano e ilustración, por eso no toma como paradigma civilizatorio el modelo cultural ilustrado, sino que retrocede históricamente un poco más, y nos ofrece el modelo humanista, donde se produce un florecimiento epigonal de la retórica. Si la Ilustración fue francesa y británica, el humanismo es italiano y español. Aunque, si bien es cierto que el siglo de las luces es racional, esa razón ilustrada no deja de ser un mito, incluso una pulsión, como se expresa en Dialéctica de la Ilustración. Y es cierto que existen otras ilustraciones que no se dejaron arrastrar por el racionalismo y exploraron, entre los que se encuentran aquellos pensadores materialistas franceses como Holbach o Helvetius, incluso Sade o Rousseau, las fuentes volcánicas, sensibles e instintivas del comportamiento y de la razón humana.

Retórica es el nombre que David Pujante ha venido darle a una forma de saber multiforme y multidisciplinar, y como originalmente, también ahora es asunto pedagógico. Precisamente otro de los rasgos característicos de esta forma de saber es el de que es preciso aprenderlo, no es natural, ni depende de ninguna sobredotación de un individuo excepcional (Gracián), el maestro es necesario para la transmisión de estos saberes, de estas técnicas retóricas y dialécticas. El sofista no recurre a ninguna metempsicosis (Platón) ni a ningún innatismo (Descartes) para explicar la forma en la que accedemos al dominio de estas disciplinas. Para ellos la virtud (los llamados maestros de virtud) no es esencia, no es natural, ni las leyes tampoco. Precisamente ahí está la trampa: esa universalidad de la ley o ese innatismo de la virtud es solo la estrategia discursiva que nos pretende convencer de la singularidad de algunos individuos excepcionales, de la Gracia por la que algunos saben y tienen gusto exquisito. Por eso, para ellos, los agraciados platónicos o cristianos, la educación no tiene tanto valor como para los sofistas. Todavía hoy sucede de esa forma: los dogmáticos objetan en la escuela en lo que respecta a valores ciudadanos, presuponen que el Espíritu Santo inspira a sus hijos en los secretos de la sexualidad o la convivencia cívica. Y quizá lo más llamativo es que para ellos, los convencidos por la persuasión doctrinaria, no hay una fractura radical entre el arte y su enseñanza. Sin embargo, la tradición sofística, profundamente escéptica respecto a la universalidad y el innatismo de los principios y de las ideas, sabe que los procesos educativos son decisivos para el desarrollo de las competencias ciudadanas y morales de los individuos. No hay diferencia entre el maestro y su disciplina, Platón, que incluso negando a los sofistas los afirma, lo quiso reflejar el «La República»: el destino de la Polis se traza educando a los ciudadanos. Y en eso se cimentó la «ilustración radical» (J. Israel), condorcetiana, d´holbaciana y roussoniana.

Con este libro de Pujante sabemos que hay retórica allí donde antes no lo parecía. Nos ha permitido encajar piezas descisivas y dispersas del rompecabezas de la vida. Sabemos que devenir ciudadano, ya para el sofista, se trataba de un saber desarrollado en los procesos educativos, primero en la familia y después en todas las relaciones humanas personales, privadas o públicas, pero su centro se encuentra en la capacidad de identificar los contenidos aprióricos de nuestra mente, esos que nos permiten o nos impiden percibir, para ponernos en disposición de crear. Cómo no recordar las palabras de Manuel Frutos Llamazares, artista y profesor de dibujo de Bachillerato, que nos obligaba a dibujar o pintar sin estereotipos (él decía que se sorprendió cuando les pidió a sus alumnos en Canarias que le dibujasen una casa y ellos no dibujaron las casas como las que acostumbraban a ver, con terrazas, sino que dibujaron la típica y estereotipada casa de los libros infantiles) entiendo que la suya era una forma retórica de afrontar la praxis artística, y más todavía porque nos decía que sin creación auténtica nada merecía la pena. En una ocasión lo probé con unos alumnos míos de un curso de antropología, les pedí que me dibujaran una mesa en la pizarra, todos dibujaron la misma mesa en perspectiva excepto una alumna magrebí que dibujó la mesa sin perspectiva como las que aparecen en las tablas de ajedrez de Alfonso X el Sabio, Walter Lippmann tiene un largo listado de ejemplos del tipo en su libro «La Opinión Pública». La Gestalt también nos ofrece interesantes pistas sobre esta particularidad. Pero no solo existen figuras que nos dicen lo que son las cosas, independientemente de nuestra conciencia de ellas porque su sentido brota del inconsciente, a veces esas figuras dotan de sentido a una vida entera, no solo a un objeto o a una situación, así lo reconocí con una mujer de mi familia cuando hablaba de la inocencia de los niños contraponiéndola al carácter culpable y sucio del adulto, en realidad, su prueba empírica nunca pudo percibirla en el mundo sino que era una proyección del mensaje bíblico del pecado original. Platón, el gran enemigo de la sofistica, construye su obra literaria creando metáforas (Derrida lo desvela en La farmacia de Platón, La Diseminación) que nos ilustran acerca de este hecho, de que las ideas son la causa y fin de las cosas, si le quitamos a las ideas el carácter universal y le añadimos el carácter lingüístico vemos cuan poco avanzó respecto a los sofistas. Pues bien, David Pujante nos ofrece esta forma suya de entender la Retórica para comprender todas estas vivencias, también para liberarnos de ellas, y especialmente para despertar nuestras pulsiones creativas que son destacadas por la primera operación retórica: la inventio (Pujante 2024: 63-66).

Para acercarnos a la comprensión de estas experiencias deberíamos situarnos en la casilla de salida, abandonar la senda emprendida por Parménides que tan bien diseñaron Platón o Aristóteles, y regresar más atrás, al mundo de Heráclito, a la retórica que va de Empédocles a Gorgias, y desde allí comprender nuestras experiencias. No desde la perspectiva racional o psicológica de un Kant que nos dice que hay unos sistemas racionales de procesado de lo empírico, eso que para Cassirer fue el sistema simbólico, no desde las filosofías de la Identidad como son todas las metafísicas, y mucho menos desde una dialéctica positiva, bien sea idealista o materialista. Si estamos precisados de la Retórica es para situarnos fuera de todos esos reduccionismos de la experiencia humana que solo son formas de sometimiento, figuras de una oculta voluntad de poder que penetra nuestro mundo y, a la par que la racionalidad, destruye nuestras capacidades perceptivas y creativas.

Se pregunta Pujante: «¿Y cómo fue la primera expresión lingüística del modo de captar la realidad del ser humano? No fue reflexiva, fue poética. Antes de llegar al lenguaje reflexivo, la expresión fue tropológica: el rayo de Zeus precedió a la descripción enciclopédica del meteoro» (Pujante, 2024:125). El discurso mítico aparece así como una forma de decir primigenio, y no ateniéndose a los contenidos o al mensaje de lo que dice, sino a la forma de decirlo. Esas formas expresivas, poéticas, son también formas de expresión de los sentimientos, no descripciones racionales. Es el decir poético que Pujante reivindica con G. Vico, humanista después de los humanismos renacentistas. Entre nuestros más inmediatos precedentes solo el decir genealógico de Nietzsche nos puso sobre la pista: la metáfora está antes del concepto, el sentimiento antes de la razón, el nombre no nombra la cosa sino la impresión que nos ha causado (Esto lo recordaba Rousseau en su «Ensayo sobre el origen de las lenguas») y lo que llamamos verdad es solo consecuencia de un «pacto lingüístico» previo a cualquier pacto social por el que aceptamos nombrar de una determinada manera y llegamos a un consenso, precisamente el consenso retórico al que hace referencia tantas veces David Pujante.

Nada hay antes de la palabra: ¿nominalismo?, ¿escepticismo? sí. La verdad es una construcción social como defendieron desde los sofistas hasta Nietzsche, cada enunciado que llamamos verdad depende de unos marcos discursivos, de unas fidelidades determinadas y de unas finalidades ansiadas. Y aún más, ese elemento discursivo no es racional, lo racional es solo un añadido posterior, viene de un deseo de vivir en paz, de una necesidad de cooperación para la supervivencia, viene del deseo, del sentimiento satisfactorio que nos produce el encuentro con nuestros semejantes, viene de la fascinación que sentimos por la liberación de nuestras capacidades creativas. Y la Retórica nos enseña a comunicarnos, y comunicarse es saber leer las palabras que se han escrito o se han dicho, y escuchar al otro. Escuchar, sobre todo escuchar interiorizando un discurso que al llegar a nosotros germina y nos pone en disposición de responder, Platón, en todo su extravío universalista y racional lo comprendió, por eso quiso enseñarnos a dialogar.

El paradigma sofista supone que nuestros saberes son resultado de un proceso educativo (precisamente los sofistas fueron conocidos como maestros de virtud) pero no solo debemos aprender cosas, es más importante conocer procesos, y sobre todo procesos comunicativos, es imprescindible aprender a dialogar y a debatir. La información y la formación es aquí el territorio en disputa. No fue difícil la contienda cuando había una sola autoridad discursiva, bajo esa forma de enunciación la opinión pública llegaba a creer que el discurso no era discurso sino verdad única y trascendente. La retórica lo tuvo difícil en ese marco dogmático. Pero con nuestra época las fuentes discursivas se han multiplicado, como se han multiplicado los personajes representativos. Y es precisamente en nuestra época cuando la alternativa es o reconocer que todo son construcciones discursivas o nos preparamos para una guerra global sin tregua donde litigan relatos que se consideran verdades universales. Tenemos que elegir: o aprendemos de la retórica, que nos permitirá comunicar la pluralidad discursiva, o nos preparamos para una contienda en donde solo se trata de eliminar la reciprocidad de la comunicación, y donde el otro, su mera posibilidad, desaparece. Una humanidad, un sapiens, que se cimentó en este planeta gracias a su inventiva y a su capacidad de socializarse en virtud de esas creaciones, acabaría solo, incapaz de dialogar, encerrado en un monólogo infinito.

Peroración

Al concluir este recorrido somos más conscientes que nunca de dos conclusiones. En primer lugar estamos ante una nueva sofistica, dejemos de considerar ese calificativo, sofista, un insulto más o menos encubierto, ser sofista es estar de parte del pensamiento metafórico y retórico. Esta tradición ha preservado lo más importante que tenemos los humanos: nuestra capacidad de ayudarnos gracias a la riqueza de nuestra comunicación. En segundo lugar parece evidente que somos herederos de una brillante tradición española que partiendo del humanismo de un Vives (sin olvidarnos del hispano Quintiliano) pasa por las alegorías literarias de Cervantes o Calderón, fructifica en pensamientos y obras como las de Gracián y de ahí llega todavía a Capmany, para atravesar el desierto retórico de la ilustración y el romanticismo, languideciendo para reaparecer con fuerza en Schopenhauer o Nietzsche, que recuperan esta tradición humanista y barroca española, hasta que la encontramos de nuevo en Unamuno o Zambrano, tradición que cristaliza en este hermoso libro de David Pujante, Maestro de retórica y poeta. Y hoy, aquí, continuamos en ruta junto a nuestros maestros, en un dialogo abierto, agradecido, ininterrumpido, que devuelva este tesoro poietico a los que nos sucedan. Así les iluminaremos sobre la fuerza originaria de aquellos ancestros que inventaron ese enjambre de relatos con que los que se convirtieron en pueblo.

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