Pregunta geopolítica y existencial: ¿En qué sentido se dice que vivimos en un mundo multipolar?
sólo veo puntos, líneas, marcas
sólo siento intensidades, velocidades, punciones, martilleos
sólo veo niños gritando antes de caerles una bomba
antes de que su carne quede chamuscada y olvidada.
Esto se parece más a una mansión del terror, que antes fue de misterio y antes sólo una casa
que a la promesa de un jardín a cielo abierto.
No hay palabras lo suficientemente crudas para decir hoy
ya todas las dijeron los drones.
No hay tampoco misterios, sino pornografía, zoom, carne chamuscada de un niño al que le caerá una bomba.
Este es el nuevo orden, el nuevo mundo. Bienvenidos a la mansión del terror.
Aquí todo será gore, sangre en las paredes, cuerpos partidos a la mitad.
Bienvenidos. Bienvenidos. Pasen. Pasen.
Recuerdo cuando Winston tocó su cintura. Parecía rígida, ya no era la misma. Nunca más. Julia ya no existía. Winston tampoco. No es que se haya anulado el deseo, sino que todo ahora es deseo de muerte, sangre, sacrificio sin trascendencia.
Y ahora, por una vez, la muerte no parece tan mala. Después de tantas operaciones, deformaciones, rostros de botox, ni siquiera moriremos riendo. Es que no se puede. El rostro está rígido. Ya no existe. Por tanto, el alma tampoco.
No, pero no te pongas así. Mañana será otro día. Bueno, pasado mañana, si es que no aparece el ICE en tu puerta, en tu escuela, en el parque de diversiones. Otro día para cantar ¿que cosa? Un himno, algo que deje orgulloso a los patrones. Mano derecha alzada, dedos rígidos en el extremo. Cara con botox, que ya ha muerto, que ya no existe, que ya no tiene alma. Eso puede servir. La muerte me da otro día.
Pienso en los niños con las bombas apunto de quemarles, de romperles. Y esto parece una mansión del terror. Gore. Gramsci dijo que ahora era el tiempo de los monstruos, pero en realidad lo dijo hace mucho tiempo. Ahora es el tiempo de los monstruos. Lo diría de nuevo, estoy seguro. Tiempo aniquilado. Tiempo sordo. Tiempo consumido en el porno. Ese es el tiempo de los monstruos que se las arreglan una y otra vez para volver. Entran por la ventana de la mansión del terror. Pero una vez que entran se parecen mucho a quienes ya la habitaban. No hay distinción. Ellos mismos somos nosotros. Entraron por la ventana. El umbral no aristocrático que indistinguió la casa y el mundo. Ahora ya no hay límite. ¿Mundo multipolar? Yo veo líneas, marcas, trazas, puntos. Aquí se saca gas. Aquí petróleo. Allá se extrae agua pura. Más allá tierras raras. Esto es de Shell, esto otro de Coca-cola, lo otro de Nestlé. Aquí se instalan los servidores de Amazon. ¿Esa es la multipolaridad? Que muchas corporaciones plastifiquen el mundo de manera descentralizada?
No soy un pesimista. Soy un hijo del tiempo de los monstruos. Ese tiempo de caras rígidas y mucha sangre derramada. Hay que ver que deseo puedo tener después de esto. En qué velocidades, punciones, ritmos e intensidades podré desear ahora cuando lo que he visto sé que no se borrará. No me digas que haga algo. Sólo déjame parar el mundo. Buscar una salida alternativa de la mansión del terror. Una cañería por la que meterme. Una canaleta al borde de la ventana desde donde deslizarme. Para hacerlo, necesito parar el mundo. Parar y luego, cuando el horror crea que me tiene en sus garras, saltar al vacío.
