Elena Lo Giudice / Cuando el yo se convierte en dato. Visibilidad, ansiedad y subjetividad en la era digital

Estética, Filosofía, Política

Vivimos en un tiempo en el que el sufrimiento psíquico se manifiesta como una epidemia silenciosa y difusa, sobre todo entre las nuevas generaciones. Ansiedad, pánico, depresión, soledad y dependencia de las redes sociales ya no son vivencias marginales o puramente clínicas, sino experiencias generalizadas que revelan un malestar sistémico, profundamente arraigado en las estructuras económicas, culturales y tecnológicas de nuestra época.

Quisiéramos aquí analizar críticamente el entrelazamiento entre capitalismo neoliberal, sociedad del rendimiento y crisis de la subjetividad contemporánea, con especial atención a los efectos sobre la salud mental de los jóvenes. Se trata también de dar voz a preguntas nacidas de una experiencia generacional compartida: la de una generación por un lado solicitada incesantemente al rendimiento, y por otro a la que se le ofrecen cada vez menos espacios reales de sentido, solidaridad y cuidado.

Con este propósito es necesario dar un paso atrás y aclarar qué se entiende por neoliberalismo. Con este término se hace referencia al modelo político y económico dominante en las sociedades contemporáneas, desarrollado a partir de los años ochenta, que extiende la lógica del mercado a todos los ámbitos de la vida social.

Entre sus principales matrices teóricas pueden rastrearse los escritos de los economistas austríacos Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek, para quienes toda forma de organización colectiva representa un obstáculo al desarrollo del libre mercado, entendido como orden social espontáneo y superior a cualquier proyecto político. Desde esta perspectiva, no existiría ningún bien colectivo que perseguir fuera de las leyes del mercado mismo.

Por este motivo, el neoliberalismo no es reducible al solo ámbito económico, sino que adquiere cualidades antropológicas, capaces de modelar de manera invasiva la subjetividad y los modos de vida. En este marco, el valor económico del individuo se mide a través de su capital humano, entendido como el conjunto de competencias, disposiciones y capacidades que determinan su productividad y posicionamiento en el mercado laboral.

El neoliberalismo se traduce así en una sociedad de tipo prestacional, en la que el rendimiento se convierte en una verdadera norma interiorizada. En la llamada sociedad del rendimiento, en efecto, el sujeto es llamado a vivirse a sí mismo como un proyecto a optimizar constantemente, dentro de una lógica de competencia permanente y autovigilancia que produce fragilidades difusas y sensación de inadecuación.

Como muestra Byung-Chul Han, siguiendo la estela de las reflexiones de Marcuse y Foucault, la opresión ya no proviene de una autoridad externa que impone órdenes y límites, sino de una presión interna que empuja al individuo a rendir continuamente. El yo asume así la forma de «emprendedor de sí mismo», perdiendo la estabilidad del sujeto moderno y percibiéndose como un «proyecto abierto» en continua redefinición.

El sujeto prestacional está convencido de ser libre, pero en realidad es más esclavo que nunca, puesto que es al mismo tiempo siervo y amo de sí mismo. Es aquí donde reside la astucia del régimen neoliberal: ejerce un poder que no reprime mediante prohibiciones, sino que «activa» a los individuos, transformando la precariedad y la inseguridad en dispositivos que descargan sobre el sujeto la responsabilidad exclusiva de su propio éxito o fracaso.

La sensación de inseguridad y precariedad heredada de la sociedad del riesgo se transforma así en un dispositivo funcional al discurso del rendimiento: «el único modo admisible de reaccionar ante tal desconcierto es competir», afanarse por mantenerse en primera fila en una carrera infinita y sin meta. Errores, incertidumbres y debilidades no están permitidos a lo largo del camino: hay que realizar nuestros sueños, hacer de nuestra vida una obra maestra y, finalmente —exhaustos— ser los únicos responsables de nuestro destino.

Este cambio de paradigma deriva de un traspaso de responsabilidad impuesto por el discurso neoliberal dominante: una responsabilidad de tipo existencial que cada individuo es empujado a interiorizar como una apelación moral. Como observan Chicchi y Simone en su volumen La società della prestazione (2024), allí donde en el pasado la responsabilidad era compartida a nivel colectivo e institucional, hoy se traslada enteramente al individuo, mientras que la ausencia de protecciones sociales se justifica como condición necesaria para la plena expresión de la libertad económica.

Las redes sociales como infraestructura del rendimiento

Hoy la sociedad del rendimiento encuentra en las redes sociales su propia infraestructura digital: un entorno tecnológico que estructura las interacciones cotidianas, estableciendo qué es visible, socialmente relevante y, por tanto, medible. Si la ideología restringe el campo de lo pensable, la infraestructura organiza materialmente el campo de lo posible.

A través de las plataformas, la exigencia neoliberal de ser productivos, competitivos y eficientes deja de ser una simple norma cultural y se convierte en una condición técnica permanente de la existencia social. Exponerse se convierte en la única condición para existir; no rendir equivale a desaparecer. Los likes, las visualizaciones y los seguidores hacen que el rendimiento de los usuarios sea continuo, medible y comparable, transformando la expresión de uno mismo en una actuación registrada y evaluada según métricas de visibilidad y engagement.

Obligados a estar a la altura de una imagen inalcanzable, consultamos cotidiana y compulsivamente nuestros perfiles en redes sociales, en el intento de definir —y redefinir— constantemente los contornos de una identidad imaginaria.

No es casualidad que Instagram y TikTok sean hoy las redes más extendidas entre las nuevas generaciones, al estar basadas en la compartición visual del yo: una puesta en escena constante de la propia identidad en relación con ideales de éxito, belleza y reconocimiento que colonizan el deseo, volviendo cada vez más opaca la frontera entre lo que deseamos ser y lo que aprendemos a desear porque está socialmente impuesto. Como observa el psicólogo social Jonathan Haidt, el uso de las redes sociales es causa de ansiedad, depresión y otros trastornos, y no una simple correlación (Haidt, 2024).

Del capital humano al capital comportamental

Si las redes sociales convierten el rendimiento en una condición técnica permanente, es necesario preguntarse qué forma de capitalismo hace posible —y rentable— esta infraestructuración digital de la vida. Es en este paso donde el neoliberalismo conoce una mutación decisiva.

Como muestra Shoshana Zuboff en su volumen El capitalismo de la vigilancia (2019), el capitalismo contemporáneo ya no se limita a valorizar al individuo como capital humano, sino que transforma la experiencia humana en datos comportamentales producidos por nuestras actividades en línea. Estos datos son elaborados mediante sistemas de inteligencia artificial y transformados en productos predictivos destinados a mercados que comercian con predicciones sobre los comportamientos futuros de los usuarios.

Con el tiempo, la competencia ha empujado a estos sistemas a no limitarse a la predicción, sino a intervenir activamente sobre los comportamientos, orientándolos y modelándolos en función del beneficio. El control ya no se ejerce únicamente a través del conocimiento, sino a través de la capacidad de influir en las conductas, reduciendo progresivamente los espacios de autodeterminación.

¿Qué ocurre, entonces, con la subjetividad cuando el yo se convierte en dato? ¿Y qué tipo de sujeto produce un ecosistema digital fundado en la predicción, la optimización y la monetización del comportamiento humano?

Si el capitalismo de la vigilancia describe la transformación económica de la experiencia en materia prima, es en el plano de la subjetividad donde esta transformación muestra sus efectos más profundos.

Efectos psíquicos y comparación social

Durante gran parte de la historia de la humanidad, los individuos han vivido dentro de comunidades reducidas, en las que la comparación social difícilmente exponía a riesgos psicológicos relevantes. Las redes sociales, por el contrario, exponen a los individuos a una comparación continua, extendida e innatural, particularmente peligrosa para los más jóvenes, quienes pasan gran parte de su tiempo en línea en fases cruciales de construcción identitaria.

Esta comparación puede asumir formas particularmente violentas en el caso de las personalidades públicas, expuestas a un régimen de visibilidad permanente: las llamadas shitstorms representan la manifestación extrema de una lógica más general.

Si el riesgo de desvalorización acompaña desde siempre la exposición del yo en la vida social, en el ecosistema digital este riesgo se radicaliza: la exposición se vuelve permanente, el público indeterminado y el juicio continuamente medible y amplificable.

Ante perfiles bien confeccionados en los que datos personales, fotografías y actualizaciones constantes están minuciosamente escenificados para parecer mejores ante la mirada de los demás, cada persona —confrontada incesantemente con una medida idealizada del yo— no puede más que valorarse negativamente. Esta desvalorización empuja a una intensificación de la puesta en escena personal, en el intento de demostrar a los demás y sobre todo a nosotros mismos que sí, también nosotros valemos algo. Sin embargo, este mecanismo alimenta un círculo vicioso fundamentalmente basado en una mentira, porque nada de lo que vemos en nuestras pantallas corresponde a la realidad, sino más bien a una versión mediada, edulcorada y escenificada de la misma.

No sorprende, entonces, la difusión de fenómenos como el FOMO (Fear of Missing Out, miedo a perderse algo), ni el papel central de los mecanismos de recompensa dopaminérgica integrados en el diseño de las plataformas. Como explica Haidt, estas dinámicas favorecen formas de uso compulsivo que hacen cada vez más difícil interrumpir el desplazamiento, sustraerse a la plataforma y reapropiarse conscientemente de la propia atención —y del propio tiempo.

Las redes sociales se han convertido así en el instrumento privilegiado del capitalismo de la atención y de la extracción de datos comportamentales, contribuyendo a construir un contexto dominado por el culto a la apariencia y la confusión creciente entre valor y visibilidad.

Llama la atención la convicción difundida de que el propio punto de vista, la propia imagen y la propia presencia en línea son socialmente indispensables. Y sin embargo, esta percepción es en gran parte ilusoria: somos gotas en el océano que es la red, pero si una gota desaparece, al océano no le falta absolutamente nada. Quizás lo que da miedo es la posibilidad de descubrir que desaparecer sin dejar rastro no marca la más mínima diferencia para nadie.

Con el tiempo he constatado que el uso de las redes sociales no tiene en absoluto un buen efecto sobre mi salud mental y, tras numerosas conversaciones con personas de mi generación a lo largo de los años —si las investigaciones científicas antes citadas no son suficientes— sé ya bien que no soy la única. Utilizadas como escaparates de la existencia, en efecto, las miserias quedan olvidadas, así como las biografías complejas, dolorosas, destructivas e imperfectas que caracterizan íntimamente la realidad de cada uno. Una contradicción evidente: racionalmente sabemos que la vida es imperfecta, pero seguimos sufriendo porque la comparación performativa actúa en otro nivel: el afectivo y el de la autovaloración.

Es triste, en efecto, competir con la humanidad para ser vistos y apreciados pasivamente. Hay desesperación en esto, una desesperación interiorizada que no creo que nos pertenezca verdaderamente como generación y como individuos.

Dado que todos somos dependientes de ellas, las redes sociales también se han convertido en un medio funcional para compartir con millones de personas desconocidas ideas no convencionales y proyectos de todo tipo, seleccionados a medida de los propios intereses por un algoritmo constantemente actualizado sobre el tema. Sin embargo, los contenidos publicados son siempre censurables, por lo tanto censurados y nunca profundamente disidentes.

Queda entonces una pregunta abierta: ¿es aún posible imaginar una carrera profesional, un rol social y formas de reconocimiento que no pasen por una presencia digital constantemente escenificada como garantía del propio capital humano? Y sobre todo, en un sistema que funda su beneficio en la dependencia, la extracción de datos y la manipulación del comportamiento, ¿puede realmente existir un espacio para una escucha auténtica del otro?

Del discurso al cuerpo: crónicas de una insomne

Me siento muy responsable del imaginario que produzco, porque estoy generando un mundo que alguien va a habitar. (Michela Murgia, 2018).

Tomarse en serio la responsabilidad del imaginario que producimos significa interrogarse no solo sobre lo que mostramos, sino también sobre lo que permanece oculto porque es doloroso, incómodo, no rendidor. Solo así seremos capaces de redefinir sin vergüenza el imaginario común de una existencia normal, es decir, imperfecta.

Por este motivo, concluyo este artículo con algunas páginas extraídas de un diario personal mío, escrito durante un período nada fácil, donde el insomnio, la ansiedad y las crisis de pánico no se hacían precisamente desear. Esto no para ofrecer al lector un relato representativo o resolutivo de estos problemas, sino para testimoniar cómo las lógicas del rendimiento se arraigan en la subjetividad y en nuestro cuerpo.

*

26 de enero de 2024, 3:36

Querido diario, te escribo porque es noche cerrada y, como me sucede a menudo desde hace meses, no consigo dormir a pesar de estar agotada. Estoy agitada, como un ruido de fondo permanente. Quién sabe qué me agita… ¿las expectativas? ¿La ansiedad de tener que terminar pronto la universidad? ¿La sensación de no tener ninguna red que me sostenga desde que me fui de casa? ¿La ausencia de confianza, de apoyo en los compañeros de generación a mi alrededor que se me escapan de las manos sin tiempo siquiera de haberlas estrechado? ¿La ausencia de confianza en el futuro?

¿Qué es lo que no funciona en mí? He apagado la luz a medianoche y cuarto. Han pasado horas. Cuando cierro los ojos tengo miedo de ser absorbida por el vacío de mi vida.

No consigo pensar en nada dulce. Nada, no tengo un pensamiento que me acune; tengo la cabeza al mismo tiempo vacía y al mismo tiempo llena solo de preocupaciones. Preocupaciones sobre cuánto no me siento a la altura de las cosas, o sobre el poco tiempo que me queda para dormir antes de que mi jornada ya arruinada empiece, o sobre la soledad que siento, sobre la aridez de todo; hace mucho que no lloro.

Y me digo que estoy haciendo algo mal, que mi punto de vista está torcido, que no es verdad que todo sea árido, pero yo me siento mutilada, que fue hace doce años y estoy saltando en los saltadores de un parque infantil, pero aquí ahora falta la red: «¡Eh, vosotros! ¿Me oís? ¡Aquí falta la red! ¿Lo habéis entendido?».

Ahora caigo al vacío y nadie me recoge. La superficie helada y dura de la puerta del coche se lanza contra la parte izquierda de mi cuerpo, que va lanzado sobre mi bici en movimiento. Miércoles 24 de enero, 12:45, mi rostro a un milímetro del asfalto. La gente a mi alrededor, la bici en el suelo un metro más adelante. Este fue mi primer brusco choque con la realidad.

Soy anhedónica. Los soportales, las pintadas en los muros —leo mientras camino—, la ciudad me dice: «Abre de par en par las puertas de tu percepción».

Anoche, para dormirme, intenté hacer un juego, el juego de los deseos, porque he comprendido que estoy guiada por el miedo, y que siempre me olvido de que puedo desear algo. Se juega así: pones la cabeza en la almohada y te dices: «Querida almohada, deseo tal y cual cosa».

«Deseo que alguien me abrace de verdad; deseo que mi hermana sea feliz; deseo el granizado de melón recién hecho por la abuela; deseo unos noodles bien calentitos; deseo encontrar una casa; deseo vestirme así mañana; deseo… dese… de…».

*

6 de marzo de 2024, 5:23

Solo quisiera dormir. No consigo ni siquiera estar de pie, pero tengo que levantarme de la cama. Siento frío, y luego calor, y luego frío de nuevo. Tengo la impresión de que ni siquiera mi estómago funciona ya bien. Me da vueltas la cabeza. El corazón me late con fuerza. Tengo ganas de vomitar. Me siento un fracaso. Todo en mi vida ha empezado a girar alrededor del miedo a no dormir, a derrumbarme, a no poder «funcionar» más. Todo se ha vuelto inmanejable y estoy exhausta. Si tan solo pudiera soltar las riendas. Ya no tengo fuerzas para programar, para intentar mantener el control de este engranaje enloquecido que son mi mente y mi cuerpo. El corazón me late demasiado fuerte, y sin embargo estoy tan cansada. Sinceramente me siento ridícula; me resulta muy difícil en este momento no juzgarme ferozmente. Paciencia, durante este período no funcionaré, estaré fea, y no funcionaré, hasta que se me pase.

Referencias bibliográficas

Chicchi, F.; Simone, A. (2024) La società della prestazione, Futura, Roma.

Haidt, J. (2024), La generación ansiosa. Cómo las redes sociales han arruinado a nuestros hijos, Rizzoli (ed. ebook), Milán (2024, The Anxious Generation: How the Great Rewriting of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness, Penguin Press, Nueva York).

Murgia, M.; Tagliaferri, C. (2018–), Morgana [Podcast], Storie libere FM, en línea (primer episodio: 17 de junio de 2018), consultado el 25 de enero de 2026.

Zuboff, S. (2023), El capitalismo de la vigilancia. El futuro de la humanidad en la era de los nuevos poderes, Luiss University Press (ed. ebook), Roma (2019, The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power, PublicAffairs, Nueva York).

Elena Lo Giudice nació en Palermo (2002) y se licenció en Bolonia en Ciencias de la Comunicación (2025). Escribe a partir del entrelazamiento entre experiencia generacional y análisis crítico del presente, ocupándose de cultura digital, sociedad del rendimiento y sufrimiento psíquico.

Fuente: Machina Rivista

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.