Nuestras sociedades están preparadas para la guerra. Nuestros hijos desde la edad más temprana han podido asesinar de manera virtual, haciendo de la guerra no solo algo cotidiano, sino situada al interior de los espacios y tiempos comprendidos como privados. La guerra ha sido un juego tal como lo es para el soldado sionista que aprieta botones desde un lugar muy lejano, con total indiferencia a si su objetivo es un colegio de niñas, un hospital o una avenida. Ante el horror, surge la diversión. «Grok, es verdad o no que mentiste sobre el bombardeo israelí?». En la televisión los generales parecen masturbarse con operaciones a las que adosan racionalidad. «Una operación impecable la de Estados Unidos». Entretenimiento puro, mientras cientos de familias lloran frente a los cuerpos destruidos de sus hijas, mientras miles se agolpan en los hospitales para ser atendidos.
La preparación no ha sido sutil, pues nada hay en este trabajo de estético, sino al contrario, la anestesia del espectáculo aparece como la condición para que podamos recibir la información. Personas muy informadas sobre lo que ocurre en el mundo, que no sienten nada frente al dolor de los otros, porque ese mundo no es otro que el de la indiferencia. La anestesia promovida por la proliferación de imágenes desde los videojuegos a la espectacularización de las masacres, a la los videos de la IA, no sólo captura la imaginación, adormeciéndola, sino que impiden cualquier tipo de analogía con el que sufre.
Sólo el retorno de la imaginación podrá permitirnos abrir el mundo anestesiado para volver a ver las analogías entre aquellos que sufren de forma extrema y nosotros. Probablemente, cuando volvamos a imaginar, mejorará nuestra posición frente al fascismo.
