Escribe Juan Rulfo en Pedro Páramo, tal vez, uno de los pasajes más tristes de la literatura latinoamericana del siglo XX: “Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo”. Un hombre acostumbrado a mirar el suelo, a la tierra; un hombre cuya visión es siempre vertical-descendente; hombre como Pedro Páramo que en Comala, ese pueblo de espantos plagado de murmullos, alucinaciones y desiertos que matan, supo muy rápido que todo estaba perdido, que cualquier cardinalidad estaba condenada a la deriva y que no había forma de existir sino mirando sus pies, almacenando en su locura porvenir todas las huellas que iba dejando; huellas que no lo eyectaban hacia ningún futuro sino que lo paralizaban en el corazón de una tristeza no solo inmensurable sino que irreversible.
No es el día triste, no es la hora triste, no es el instante triste, es el pueblo triste, el mismo que es el espejismo del mundo. Entonces de una vida entera, de una sola y única vida en la que cabe toda la tristeza posible. Porque su apellido es Páramo, es decir una suerte de tierra yerma, muerta, donde nada florece sino que, más bien, tiende a extinguirse en el devenir secano que no permite mirar hacia arriba y ver, al final, que siempre hubo un cielo que le era extraño, bizarro; mosaico indefinible porque interviene ese otra ciénaga que se regenera en la oscuridad sin tacto, sin otro, sin voces reales; solo susurros de ánimas que festejaban, que iban ebrias, en carnaval y en éxtasis celebrando a la muerte, a la épica de ser muertos. Este es el gran motivo, celebrar que no hay vida, que se evaporó el suspiro y la palabra quemante; que el cuerpo por abrazar de alguien más quedó petrificado, ígneo, habitando una suerte de levedad itinerante en la que todo, de nuevo, desapareció.
Pero, como decíamos, había cielo para Pedro Páramo, solo que el pasado que volvía de la órbita fantasma con el peso feroz de los remordimientos a conmover el presente lo hacía invisible, desatado en las alturas como el reflejo de una blancura absoluta que lo cegaba: “- ¿Quién es? volví a preguntar. – Un rencor vivo – me contestó él” (las cursivas son nuestras). Salvo rencores vivos –¿habrá algo más vivo que un rencor, algo más vital? ¿eterno, tal vez?– todo lo demás restaba inerte, sin capacidad de adherencia a nada. Ahora, inerte pero susurrante, como puede susurrar la muerte, desde un eco mudo; la muerte no tiene vibrato, todo va de un oído en diáspora permanente; nada se espera, no hay mesianismo, menos expectativas. Nunca hubo, para Pedro Páramo, un arriba, un manto gris o celeste que coronara el paso a paso; solo un espacio más allá del espacio en el que cualquier contingencia de vivos resultaba inhallable; una cierta inmanencia de la muerte como la repetición sin diferencia de lo mismo sin saber qué es lo mismo.
Comala: proverbio de lástima, repetición de la ausencia que murmura desde el inframundo, el insoportable pulso silenciado, porque en esta tierra hasta “El infierno está vacío. todos los demonios están aquí” (Shakespeare, La tempestad.).
Pedro Páramo, el libro, es una metáfora soberbia del México que Rulfo vive, al cual resiente como un caleidoscopio de desolaciones, decepción y en el que reina la corrupción y el caciquismo. Pero también, y por qué no (estamos hablando de literatura, no de algoritmos) Comala es el Chile que viene. Chile como un rencor vivo, del pasado; fantasma cristalizado en el retorno de las prédicas fóbicas que se encarnan, hoy, justo hoy, en un presidente que recita de memoria los salmos de Jaime Guzmán y que responde en frecuencia no modulada, cuando le preguntan por su devoción a la dictadura: “ustedes saben lo que pienso”.
No lo sabemos aún pero nos disponemos todos a ser Pedro Páramo; un país Pedro Páramo que no trae a sus muertos de vuelta a modo de “justa memoria”, como diría Paul Ricoeur; para retenerlos con nosotros, para recuperar, en un constante ir amando lo imposible, su respiración perdida en algún campo de tortura o en el fondo del mar; No, no se trata de nuestros seres queridos desaparecidos, y que seguimos amando (amancia, escribirá el poeta marroquí Abdelkebir Khatibi, es la palabra para indicar que sí es posible que un vivo y un muerto se amen) y que nos hablan para decirnos que no dejemos de buscar, de insistir en la ingenua al tiempo que mágica figuración, de que andan por ahí, vivos, esperando por volver al mundo después haber atravesado el infierno. De nuevo, no, no son ellos. Son los emblemas de espectros mercenarios, sanguinarios, recubiertos por una membrana de inquina los que comenzarán a deambular entre nosotros no solo como discurso sino como agencia y gobernanza; fuerzas de un lado oscuro, donde la vida vale solo cuando se trata de defender la ortodoxia de un credo, pero que es capaz de viajar miles de kilómetros para besarle el anillo al amo mientras, ese mismo amo (Trump), es culpable junto con Netanyahu de un genocidio.
No seremos nosotros los que podremos evitar este páramo, este Chile rulfiano que en par de horas entra en régimen y que en el que, al decir de Spinoza, nos haremos conscientes de nuestras “pasiones tristes”, del cotidiano persecutorio, de una “emergencia” cuya temporalidad es aquí y ahora abriendo el pórtico para que circulen libremente todas las repulsiones y las procesiones, y los cánticos, y las alabanzas, y las rodillas en el piso, y las lágrimas en los ojos toda vez que se enuncie y libere el infeccioso significante “Pinochet”.
Pero sí somos responsables de gritar, y hacerlo convencidos aunque el miedo nos embargue y muchas veces la tristeza, como hoy la siento, nos desborde y paralice. Gritar, caminar, marchar, escribir, amar la vida y defenderla porque (…) no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta” (Albert Camus).
Javier Agüero Águila, Universidad de los Lagos, Osorno 11 de Marzo 2026.
