El libro
Un libro bellamente realizado, un libro diverso, un libro breve. Una escritura que propone pistas y las sigue, con ayuda de algunos predilectos, Derrida y Deleuze, entre ellos. Un libro sorprendentemente manufacturado en Villa Alegre, según dice su pie de imprenta. ¿Cuándo antes se imprimieron textos en Villa Alegre? Seguramente cuando existiría algún periódico local que hoy nadie recuerda.1 Para mi ese pueblo está asociado a la chicha dulce y a un encuentro fortuito de hace unos treinta años: entré a un negocio y me encontré “a boca de jarro” con la imponente figura de Sergio Onofre Jarpa vestido (disfrazado) de huaso. Fue una imagen luciferina, se los aseguro. Este libro, a su modo, la conjura un tanto. Le agrega matices a la chicha y al diablo de Villa Alegre.
Pero Javier Agüero ha escrito y publicado varios volúmenes con palabras propias y acopiando las de otros en entrevistas, citas, referencias y demás. Y debo decir que publicó un libro que me hubiese gustado hacer a mi: Conversaciones sobre un Chile que no fue. También tiene un programa de radio, escribe columnas en medios diversos y junto con eso lleva adelante un programa de investigación filosófica consistente. Dialoga e intercambia permanentemente con colegas de otros países. Este libro ya ha sido referenciado por varios filósofos y filósofas, al parecer más dialogantes que los cientistas sociales. Todo ello lo ha hecho radicado primero en Maule y ahora en su natal Osorno. Hoy le estreché la mano por primera vez, pero nuestros intercambios virtuales hacen que lo aprecie como una persona amablemente seria, nada grave a pesar de su filosofar ilustrado, nada pretencioso a pesar de su formación académica francófona y deconstructivista, más bien propensa a eso. Y haciendo lo mismo que muestra el libro: proponer pistas tratando de seguirlas. Sin agotarlas. Como invitando a seguir pensando.
Formalmente, el libro tiene tres partes, cada una compuesta de breves ensayos o columnas alargadas: la guerra, la escritura de otros y la Revuelta de 2019 (así, con mayúscula). Acorde a mi vasta ignorancia sobre los “otro/as” de la segunda parte, solo me referiré a la introducción, a la primera parte y a la tercera y también al postfacio de Nelly Richard, que elabora una visión/versión del trabajo de Javier Agüero Águila.2
El ensayo y la escritura
La primera frase de la Introducción dice “este libro pretende, primero, homenajear al ensayo” (11), lo que retoma Richard en su postfacio como “elogio del ensayo” (182). Imposible no reparar en el asunto, que es un modo de apearse a la escritura y a la comunicación de ideas. Dicen que el filósofo renacentista del siglo XVI Michel Eyquem, conocido como Montaigne, fue quien inició la tradición, escribiendo textos breves y diversos en la torre de su propio castillo, que además llevaba su propio nombre.3 Vale decir un género netamente moderno, que fue entusiastamente adoptado por muchos y muchas a lo largo de los recientes siglos.
En Chile, nos recuerda nuestro autor, el ensayo tiene una importante trayectoria, posiblemente desde inicios de mil ochocientos, luego que el breve gobierno de Carrera importara de Boston la primera imprenta, con sus respectivos tipógrafos y el cura Henríquez publicara su primer periódico en 1812. El primer texto impreso, ese mismo año, parece ser precisamente la reimpresión de un ensayo: “Carta de un americano a el español sobre su número XIX”, escrito por Fray Servando Teresa de Mier.4 Los ensayos son generalmente así: toman pie en un hecho o circunstancia, es decir son escritos “a propósito” de algo. Por otra parte, expresan también una cierta posición frente a ese algo. Y, finalmente, el género no tiene normas rígidas y permite una gran variabilidad de estilos y escrituras. Se asume que en los ensayos se argumenta y normalmente suponen un cierto “público lector” al cual van dirigidos, aunque no siempre es así exactamente. Un bello género.
El asunto es que, en este caso, estamos hablando del ensayo “académico”, en el sentido de textos escritos por personas que se dedican profesionalmente a la generación y divulgación del conocimiento. Y la valoración del género corre a la par, nos dice Agüero, con su marginación de la institucionalidad académica universitaria, progresivamente estandarizada en el formato paper. Por razones completamente ajenas al quehacer de la generación de conocimiento, el paper resulta objeto de incentivos, mueve ingentes cantidades de recursos económicos, es objeto de jerarquizaciones y distribuye prestigio, organiza carreras profesionales y autoriza la expansión de las tecnologías administrativas y productivas provenientes de la producción en masa en el ámbito universitario. Pero formatea, encasilla y restringe los modos de escritura y publicación. Un formato apto principalmente para la comunicación de resultados experimentales de estudios empíricos, especialmente provenientes de las ciencias naturales y exactas. Para el ámbito de las artes, la educación, las humanidades y las ciencias sociales esto ha resultado dramáticamente nocivo, por múltiples razones que sería largo explicar aquí.5 Y por eso se agradece la porfía de las y los ensayistas. Simplemente aportan una diferencia cada vez más necesaria, cuando la maquinaria de la producción seriada se vuelve ahogante.
Pero, claro, no es oro todo lo que reluce. Permítanme un par de apuntes críticos sobre el ensayo “realmente existente”. Su virtud es que permite la creatividad de la escritura allí donde se la va ahogando con la estandarización de las normas procedimentales de la industria del paper. Punto ganado. Ahora bien, por esa apertura pasa de todo, del charlatán o charlatana a la pensadora genial, digamos de Saramago a Steve Bannon. Libertad creativa es una condición, pero no es garantía de nada. Si no existe un estatuto objetivo para el ensayo, es necesario crearlo a través de la responsabilidad de la comunicación y crítica intersubjetiva, esa es la cuestión. No es fácil, puesto que los ensayos navegan al interior de la industria editorial, la institucionalidad universitaria, las fundaciones y sus recursos, los medios de comunicación masiva que amplifican voces mientras silencian otras, las modas intelectuales, los círculos políticos e ideológicos. En fin, las relaciones de producción. Todos esos espacios promueven más o menos al ensayo, mientras condicionan, conforman y deforman el pensamiento y su circulación. El ensayo no ha muerto, al contrario, goza de buena salud. Piénsese en revistas como “Santiago”, de la UDP; la colombiana “El Malpensante”, el veterano “The New Yorker”, solo para nombrar tres buenas publicaciones. Mientras la industria editorial se concentra cada vez más en los best sellers, los más vendidos, el pensamiento social sigue siendo guiado por quienes escriben libros y ensayos y no por los papers. Y en Santiago, mientras “La Furia del Libro” ya ocupa con su inmensidad el Centro Cultural Mapocho completo, la comercial Feria del Libro es solo un mal recuerdo.
Richard opone el ensayo a la “funcionalización de los saberes verificables” (183), al optar por “lo menor”, “lo desviado”. No estoy de acuerdo, cada quien aporta lo suyo. El ensayo también puede ser funcionalizado. De otro modo no se explica que nos topemos con los libros del ensayista Axel Kaiser incluso entre los escasos títulos disponibles en los aeropuertos de países de habla española.6 Y “los saberes verificables” no son en absoluto el enemigo del ensayo crítico. Si lo fueran, no estarían siendo atacados con saña por la “ilustración oscura” y las teorías de la conspiración en boga. Por el contrario, al negacionismo, que combina campañas publicitarias e influencers de todo tipo con un sinnúmero de ensayos, requiere también la respuesta del “saber verificable”.
El estallido de las revueltas
La tercera sección del libro se titula “Volver de la Revuelta”. En ella Agüero defiende la imposibilidad de encorsetar el acontecimiento (“Octubre”), fijando y al mismo tiempo cerrando su significado político. Es lo que ocurre con el “octubrismo” como concepto –es un decir– dominante en el discurso público luego de septiembre de 2022, que nunca tensiona el “‘por qué’ de la Revuelta” (151). Recién terminé de leer La vuelta larga de Gonzalo Blumel, protagonista gubernamental de aquellos días. Es un buen libro, sobre todo para observar los entresijos de la derecha y despejar de una vez eso de que “la derecha siempre actúa unida, porque comparte intereses”, como parece creer cierta izquierda. Pero a pesar de sus 380 páginas de apretada letra chica, el autor no nos propone explicación alguna a los acontecimientos que lo llevaron a él y su pequeño partido al corazón del poder ejecutivo (Ministerio del Interior y Ministerio de Hacienda). Justifica el haber dado “la vuelta larga”, la de la política, y no reprimir sin más, pero nunca logró comprender lo que sucedía. Le basta con hablar de “los violentistas”, “el octubrismo”, la “izquierda dura”. Resulta del todo aconsejable la apertura propuesta por No–Literal frente al cierre que busca, como bien lo reconoce Javier Agüero Águila, “(…) hacer de la Revuelta un pasado consumado, sin resonancia” (150), salvo la catastrófico-apocalíptica, conjurada por la históricamente recurrente “vuelta a la normalidad”. ¿Es que el 17 de octubre de 2019 Chile vivía una apacible normalidad?
Si ello es así, si no podemos fijar y cerrar, ¿por qué el libro se refiere a “la Revuelta” en singular y con mayúscula? ¿No contradice su propio postulado? No es solo que el autor prefiera decir revuelta a estallido –yo creo que fueron ambas cosas, la primera después de la segunda– sino que la convierte en nombre propio, vale decir su singularidad se acentúa y se vuelve única. Creo que lo hace para subrayar su carácter inédito e irrepetible, el acontecimiento por definición. Pero, ¿qué hay de su enorme heterogeneidad en todos los planos? ¿por qué no “las revueltas”, la insurrección, el levantamiento, la sublevación, las múltiples y masivas expresiones del descontento u otras denominaciones? ¿No fue acaso la dificultad/imposibilidad de articular le enorme diversidad del fenómeno en un relato, propuesta, proyecto o liderazgo político más o menos acotado, delimitable, una de las razones de su fracaso para lograr transformar la realidad? La inmensa, diversa y abigarrada potencia de la multitud ¿no terminó por disminuir su fuerza? Superar la dificultad implicaba reducir, tensionar y probablemente literalizar para politizar, mucho de lo que sucedía. Y era importante hacerlo, pues la revuelta era también, y sobre todo, un acontecimiento “político”. ¿No? El desafío era hacerlo desde y con los sujetos que nos movilizábamos. Pero ello no ocurrió. Hubo “salida política”, sí, pero con otros actores, en otros espacios y sin diálogo con la movilización. No es primera vez que ocurre.
Y después, en el espacio institucionalizado de la Convención Constitucional, nuevamente se fracasó en articular en palabras más organizadas y sin duda más estrechas –las de una Constitución Política– capaces de suscitar la adhesión no sólo de los movilizados a partir de 2011, que votamos por escribir una nueva, sino también de los cinco millones que solo estaban obligados a marcar una opción binaria sin haber participado en el proceso, ni en el institucional ni en el otro. Si hubiese existido “una” Revuelta con mayúscula, ello habría sido fácilmente codificable en un texto coherente que cada convencional llevase bajo el brazo (otra cosa es que luego la hubiésemos aprobado, pero en fin). Prefiero la expresión de Agüero en el sentido que “Nadie tiene la última palabra de la Revuelta” (157). Por eso tampoco nadie tiene la mayúscula adecuada. Quedó como un significante en busca de significado.
El texto reivindica un tipo de filosofía que se habría intentado en una suerte de alianza completamente desinteresada con lo desmesurado, inédito y desbordado de la revuelta, frente a la sociología que no “entendió” lo que pasaba. Richard lo magnifica diciendo que “las voces más fulgurantes de la filosofía no solo adhirieron incondicionalmente al fervor destituyente de la revuelta, sino que hablaron –en gloria y majestad– en su nombre” (195). Todo ello frente a las “disciplinas” (disciplinantes) que se habrían mantenido relativamente al margen. De nuevo un argumento que supone la singularidad absoluta del hecho, desentendiéndose de sus eventuales consecuencias, causas, proyecciones, continuidades y rupturas, deseadas y no deseadas. Allí residen los asuntos que hay que tratar de comprender. No hacerlo se contradice con los intentos de captar la pluralidad desplegados por los propios Agüero y Richard.
Cuando despertó, el capitalismo seguía allí
En la primera parte del libro se habla sobre la guerra, la muerte, los derechos humanos (que no existen nos dice el autor, así como tampoco la paz) y, sobre todo, acerca del capitalismo. Ese capitalismo es el telón de fondo y la referencia inevitable de todo lo demás, incluidas las resistencias y los intentos por transformarlo. Así pasamos por Gaza, Ucrania, el Estado de Israel, las 150 guerras del siglo XX, asuntos de la mayor actualidad, por cierto. El libro nos propone un pensamiento radical, que le haga justicia a la crueldad, la reiteración, el odio que todo esto conlleva. Por eso contiende con nociones “buenistas” como algunas versiones de la doctrina de los derechos humanos y la lucha por la paz.
En realidad, Javier Agüero está hablando sobre la fase actual del capitalismo y su geopolítica mundial. Al punto que extiende a la democracia (del odio, señala) su crítica que apunta al capitalismo. Claro, la democracia liberal que conocemos coexiste con el capitalismo moderno. Pero no son lo mismo, vaya si lo sabemos los chilenos. Al mismo tiempo hay capitalismo democrático, en parte de Europa, en parte de América Latina, lo había en Estados Unidos. Y también capitalismo no democrático, en China, en Rusia. O semi democrático, como en India. Las tensiones de esta geopolítica del capitalismo del siglo XXI no parecen girar en torno a la democracia, ni siquiera discursivamente como ocurriera antaño, puesto que la deriva autoritaria se manifiesta por doquier. Se refieren a control territorial, a recursos estratégicos, a autonomías nacionales. Así, lo que ocurre es justamente que se desacoplan de manera más evidente capitalismo y democracia, de un modo que recuerda a los años treinta, aunque sin la “amenaza comunista”.
En relación con este capitalismo omnipotente, omnisciente y permanente, aparece una suerte de pensamiento des/esperado de nuestro autor. No desesperanzado, pero sí angustiado y algo fatalista. porque “(…) nada hará que se frene su pulsión configuradora de todos los sentidos habidos y por haber” (26) y “(…) su palabra (será) siempre la última” (28). Pero el texto es tenso, No-Literal. Por eso reaparece la apertura posible: “(…) siempre nos quedará un resto, un margen de resistencia” que nos permita “(…) abrazar el mundo en el corazón de la crueldad” (55). Un “(…) existencialismo de la resistencia, en el que se asuma, como canon principal, la defensa de la vida humana en toda su extensión” (67-68) ¿Será porque “capitalismo” le queda un poco chico –como concepto– a “guerra”, “crueldad”, “odio” y otros atributos tan radicalmente humanos, tan persistentes? ¿Será que la categorías económico-políticas no alcanzan para todo? ¿Qué son demasiado literales para ser comprensivas? Dejemos esa tarea a los libros que vendrán de Javier Agüero Águila.
De vuelta y por fin
Agradezco la aparición de este libro manufacturado en Villa Alegre, hecho de diálogos y para dialogar, que no se omite y por eso se vuelve relevante. Espero que tengamos muchas más oportunidades de seguir escribiendo y pensando.
Para cerrar, vuelvo a la poesía, convocada por Javier en sus epígrafes, la no literal por antonomasia. Dice el poeta Huidobro que “(…) los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte”7.
NOTAS
1 Al parecer hubo uno, La Aurora, entre 1912 y 13.
2 La segunda parte refiere a ocho autores/as, de los cuales he leído sólo al exseminarista, filósofo, devenido luego en asesino, Louis Althusser, hace mucho tiempo y muy parcialmente. Y a la psicoanalista y escudriñadora sagaz de nuestra realidad nacional Constanza Michelson, de quien leo todo lo que encuentro escrito por ella.
3 Estoy a la espera de una edición de sus Ensayos en la colección Clásicos Liberados de Blackie Books, para salir de la duda.
4 Se llama así porque se trata del periódico “El Español” en su número XIX.
5 Ver al respecto Santos-Herceg: La Tiranía del Paper (UACH, 2020); Fardella y Trujillo: Las Trampas en torno al Paper (CIPER Académico, 2021) https://www.ciperchile.cl/2021/01/28/las-trampas-en-torno-al-paper/
6 Entre nuestros compatriotas, sólo Isabel Allende comparte esa inmensa vitrina global.
7 Altazor o el viaje en paracaídas (1931). Parra, que era bueno para el que dije, lo glosó así para la poesía: “Los cuatro grandes poetas de Chile/ son tres/ Alonso de Ercilla y Rubén Darío”, Citado en M. Rodríguez 2018. https://www.elmostrador.cl/cultura/2018/02/09/los-cuatro-puntos-cardinales-son-tres-norte-sur/
Gonzalo Delamaza, Dr. en Sociología. Profesor emérito Universidad de los Lagos

