«El concurso no financia proyectos de creación artística, recopilaciones, catálogos, impresión de libros, ensayos, traducciones, audiovisuales». ANID, Bases del Concurso Nacional de Proyectos Fondecyt Regular 2024.
Introducción
El exilio del libro de la universidad contemporánea no es asunto de elegía humanista sino problema material e histórico. El libro como género del pensar prolongado, quedó desalojado del campo universitario nacional por una unidad textual menor, el artículo indexado, cuya gramática evaluativa reorganiza el oficio académico bajo la lógica del cómputo planetario y la captura editorial anglófona. Cabe llamarlo exilio porque prolonga, en otro registro, la mutilación bibliográfica que la dictadura inauguró sobre el patrimonio de la universidad pública chilena: lo que ayer se quemó en los zócalos universitarios hoy deviene invisible y, por esa vía, profesionalmente inviable, sin requerir violencia política directa. La firma Pinochet sobre la universidad postdictatorial se reactualiza bajo régimen evaluativo planetario.
Tres registros se entrelazan en un mismo proceso: a) el desplazamiento del libro hacia formatos breves bajo productividad anglófona; b) la baja lectoría universitaria como herencia material previa al ingreso estudiantil, no como déficit pedagógico remediable con intervenciones focalizadas; y c) la mutación del libro en hito de visibilidad performativa para circuitos de extensión y plataforma, donde la presentación pública sustituye a la lectura efectiva. No se trata aquí de restaurar ningún eco humboldtiano ni el lector clásico, sino de nombrar el cierre infraestructural que el discurso humanístico convencional no logra capturar, y de abrir la pregunta por formas inéditas de concentración cognitiva en la universidad neoliberal chilena.
Tres archivos se anudan en lo que sigue, sin que su coincidencia sea casual: el destino contemporáneo de la edición académica anglófona; el campo nacional chileno bajo régimen de evaluación cuantitativa; y el calendario de presentaciones de libros académicos en los repositorios institucionales de las principales universidades chilenas. La triangulación no se sustrae de su objeto: no hay crítica del régimen evaluativo planetario que opere íntegramente por fuera de los protocolos que impugna. Cualquier crítica que aspire a algo más que el gesto retórico trabaja desde dentro de la captura, sin garantía exterior; desde esa interioridad inhóspita se despliega lo que aquí sigue.
I. La productividad WoS como gramática de la legitimidad
Chile es uno de los casos paradigmáticos del despliegue de esta gramática evaluativa. Los datos de CONICYT registran que entre 2000 y 2014 la afiliación chilena produjo 74.441 publicaciones indexadas en Web of Science y 762.899 citas acumuladas. La pregunta no es cuántos papers se produjeron sino qué configuración del campo intelectual los produjo: un sistema universitario que opera bajo alto privatismo, con financiamiento estatal sujeto a indicadores de productividad, y con un Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico de más de quinientos millones de dólares anuales asignado por concursos donde el currículum WoS-Scopus opera como gramática efectiva de selección.
Una crítica radical del «capitalismo académico» exige ir más allá del recibo descriptivo. El planteo original de Sheila Slaughter y Larry Leslie en Academic Capitalism, extendida con Gary Rhoades, sirvió como diagnóstico; su traslado al campo chileno exige asumir la torsión política que esa categoría disimula: el capitalismo académico no es desvío respecto de la universidad pública sino su mutación constitutiva bajo el orden neoliberal. Como ha escrito Willy Thayer, «el clima neoliberal chileno lleva la firma Pinochet; y bajo esa firma, corroborando, Aylwin, Frei y Lagos». La universidad chilena postdictatorial no es versión disminuida de la universidad moderna sino institución de otro orden, organizada bajo esa firma como matriz mercantil: desde su fundación normativa habita ya el código que la teoría anglófona vendría a denominar, tardíamente, capitalismo académico.
El académico chileno hoy no elige entre escribir un libro o un paper; elige entre conservar su cargo o perder el financiamiento concursable. Adrián Acosta Silva ha documentado el correlato mexicano en Príncipes, burócratas y gerentes y en «La épica de los indicadores»: la revolución gerencial sustituye la deliberación colegial por la métrica computable. El incentivo arrastra la monografía hacia la fragmentación productivista del artículo indexado, mientras el libro humanístico enfrenta condiciones terminales: tiraje pequeño, ausencia de DOI estandarizado, exclusión de las métricas WoS, lectura algorítmica como inexistencia. El régimen del incentivo desplaza el género, del libro al paper; el idioma, del español al inglés; el territorio editorial, del sello latinoamericano al consorcio anglófono Elsevier-Springer-Wiley. Esa gramática evaluativa, sin embargo, no es flotante. Tiene anclaje institucional concreto, fechado, codificado en documentos administrativos cuya literalidad merece ser leída despacio. La pieza decisiva no proviene del mercado editorial transnacional ni del aparato bibliométrico anglófono, sino del propio Estado chileno: una cláusula breve, redactada en el lenguaje neutro del decreto técnico, que declara al libro humanístico fuera del horizonte financiable de la investigación nacional.
II. La regresión ANID: cuando el Estado decreta la exclusión del libro
La operación administrativa que materializa el exilio del libro en la universidad chilena contemporánea no se encuentra en el mercado editorial transnacional, ni en las plataformas de visibilidad académica, ni siquiera en las bases anglófonas que indexan de modo diferencial la producción humanística. Se encuentra inscrita, sin atenuante ni eufemismo, en el documento técnico que regula el principal concurso de investigación científica del Estado chileno. Las bases del Concurso Fondecyt Regular 2024, bajo el rótulo «Proyectos que financia Fondecyt», declaran textualmente: «el concurso no financia proyectos de creación artística, recopilaciones, confección de catálogos o inventarios, impresión de libros, ensayos, traducciones, audiovisuales, textos de enseñanza, proyectos de mejoramiento institucional u otras actividades análogas». Las exclusiones nombradas son diez. Entre ellas figuran, sin perífrasis, dos términos decisivos: «libros» y «ensayos». La regresión no consiste en disminución presupuestaria ni en cambio de prioridades coyunturales: consiste en exclusión nominativa, codificada en la regla del juego.
Allí se enciende la paradoja en toda su crudeza. El Estado que en cada septiembre rememora la quema de libros del 73, restaura bibliotecas universitarias e inscribe el patrimonio bibliográfico en su memoria democrática, declara en sus bases concursales que el libro y el ensayo no son objeto financiable de la investigación nacional. La universidad postdictatorial dice custodiar una memoria crítica que el mismo aparato administrativo cortocircuita en su raíz material. Lo que la dictadura suprimió por la fuerza —los libros quemados en los zócalos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, las bibliotecas depuradas por intervención militar, los académicos exonerados de sus cátedras— la democracia neoliberal lo desfinancia por decreto técnico.
La regresión opera bajo una sintaxis institucional que se presenta a sí misma como neutralidad técnica, y ese travestismo es su operación política decisiva. La cláusula no formula juicio de valor sobre el libro; declara que ciertos «productos» no son elegibles. La economía política del eufemismo funciona: el decreto no prohíbe escribir libros, no censura ensayos, no cierra editoriales universitarias. Solo declara que el Estado no los financia. Pero esa declaración produce, sin que nadie deba asumir su autoría, el efecto que tres décadas de violencia política no lograron sostener: la desaparición progresiva del libro humanístico como inversión profesional razonable. El aparato ANID, presentándose como administrador imparcial de la ciencia chilena, ejecuta lo que ningún decreto autoritario podría hoy promulgar sin escándalo. La firma técnica completa el trabajo que la firma violenta inauguró, ahora bajo el rostro civilizado del concurso público y la evaluación por pares.
La consulta ciudadana sobre Fondecyt convocada por Minciencia y ANID en enero de 2026 reabrió tibiamente la discusión sobre indicadores y criterios sin desactivar el sesgo estructural que la categoría de «productividad científica» impone al campo humanístico: operó como dispositivo de legitimación participativa sin transformación material de las bases excluyentes. El régimen evaluativo permanece anclado en Web of Science y Scopus, donde las humanidades en español ocupan posiciones marginales por diseño técnico del propio sistema. Nombrarlo como estructura, no como defecto subsanable mediante inclusión cosmética, es lo mínimo exigible a cualquier crítica que aspire a algo más que la inclusión decorativa.
La cláusula no surge del aire ni constituye decisión técnica aislada: es síntoma codificado de una transformación trazable del aparato de fomento chileno. La Ley 19.227, sancionada en 1993, declaró al libro como bien cultural prioritario del Estado. La creación operativa de ANID en 2020, en el marco del Ministerio de Ciencia que la Ley 21.105 de 2018 había establecido, fusionó CONICYT bajo una arquitectura cuyo lenguaje rector pasó a ser, sin disimulo, el de la «gestión bibliométrica de la producción científica». Entre 1993 y 2024, sin gran debate público, el Estado chileno transitó de declarar al libro como bien cultural prioritario a declararlo no financiable bajo concurso. La regresión no es accidente administrativo: es saldo de una transición política completada, donde la firma técnica consuma lo que la firma violenta inauguró. Esa firma técnica, lejos de ser anomalía contemporánea, prolonga un linaje. Reconocerla como tal exige volver atrás, a la escena fundante donde el libro fue suprimido por intervención directa, y leer en paralelo ambas figuras del exilio. Una procedió por fuego sobre los anaqueles universitarios; la otra procede por decreto sobre las bases concursales. Una operó en septiembre de 1973; la otra opera hoy. El mismo dispositivo, la biblioteca como matriz formativa, recibe el golpe.
III. Dos figuras del exilio: del fuego al decreto
Dos figuras del exilio del libro atraviesan, a la vez, a la universidad chilena y exigen pensarse juntas. La primera es el exilio histórico, documentado por el seminario sobre la censura en bibliotecas universitarias entre 1973 y 1981 publicado por Ediciones UTEM: la quema de libros en los zócalos de Medicina, la depuración bibliotecaria, la exoneración de funcionarios y académicos cuyos testimonios el seminario rescata, son intervención estatal directa que mutiló el patrimonio bibliográfico de la universidad pública chilena. La segunda figura es el exilio infraestructural contemporáneo: no requiere quemar libros porque procede por desplazamiento del incentivo institucional; el libro humanístico no se quema, deviene biblioficaficamente invisible y, por esa vía, profesionalmente inviable como inversión de tiempo académico.
La continuidad entre ambas figuras excede la metáfora. Operan sobre idéntico dispositivo —la biblioteca universitaria como matriz formativa— y producen el efecto convergente del adelgazamiento del horizonte de lectura disponible. Sus sintaxis difieren: la primera por violencia política directa, la segunda por incentivo evaluativo planetario. La universidad postdictadura no restauró el libro como matriz de su trabajo; mutó hacia un régimen donde el libro pervive como género simbólicamente prestigioso pero infraestructuralmente residual.
La baja lectoría universitaria no se explica por un plano único: la atraviesan tres registros que conviene nombrar sin coartadas. El primero es tecno-atencional, y opera como matriz infraestructural de los otros: el estudiante chileno arriba a la formación superior tras atravesar la secundaria bajo régimen de pantalla algorítmica, expuesto durante una década o más a dispositivos optimizados para el fragmento breve —feed, scroll, notificación, recompensa intermitente—. La universidad contemporánea no recibe lectores formados que perdieron el hábito sino sujetos cuya economía atencional fue configurada por una arquitectura técnica anterior a cualquier intervención formativa universitaria. La aplicación, el algoritmo y la plataforma son hoy los verdaderos pedagogos de la atención. El segundo registro es económico y bibliotecario: el libro académico chileno tiene precios desproporcionados respecto del ingreso estudiantil promedio, agudizados por el régimen de endeudamiento educativo postpinochetista, mientras las bibliotecas universitarias, empobrecidas por décadas de subinversión, se han desplazado hacia la suscripción a bases de datos digitales internacionales a expensas de la adquisición de monografías en español, reproduciendo internamente el sesgo bibliométrico global. El tercero es pedagógico: la carga curricular contemporánea, sobre todo en los programas profesionalizantes, no contempla el tiempo material que la lectura prolongada exige como inversión cognitiva legítima, y opera sobre fragmentos en PDF, capítulos sueltos y papers de revista. Los tres registros se anudan en una misma trama tecno-atencional que produce el exilio del libro como condición material, no como déficit subjetivo del estudiantado.
Si el estudiantado llega a la universidad capturado por una economía atencional ajena a la lectura prolongada, el cuerpo académico no permanece intacto frente a ese hecho. La trama del exilio se prolonga sobre el oficio docente y sobre la circulación del libro como género universitario. Lo que se modifica entonces no es solo el sujeto lector, sino la figura misma del académico, que deviene otra cosa: actor de plataforma, productor de eventos, gestor de visibilidad. La paradoja se invierte allí en su forma más visible.
IV. Del académico-lector al académico-influencer: la paradoja performativa
Los efectos de la baja lectoría universitaria se prolongan sobre el cuerpo académico mismo. El exilio del libro no queda confinado al estudiantado: muta el oficio docente. Ante la certeza de que su estudiantado no leerá los textos asignados, el profesor desplaza paulatinamente su trabajo desde animar la discusión textual hacia suplir la lectura mediante exposición magistral. La sala universitaria contemporánea es, con frecuencia, espacio donde el libro se discute sin haber sido leído por la mayoría del aula. La forma seminario, asentada en el supuesto de la lectura previa, queda inviable: las universidades chilenas conservan el nombre, pero su práctica real se ha corrido hacia un modelo expositivo donde la lectura figura como apéndice. El saldo político es la imposibilidad material de articular el pensamiento crítico que las tradiciones ilustrada, marxista, postestructuralista, decolonial y feminista cifraron sobre el libro como dispositivo de concentración prolongada.
La paradoja constitutiva debe ser nombrada sin disimulo: mientras la lectoría efectiva decae, el libro como evento se multiplica en la universidad chilena contemporánea, y el académico institucionalizado abraza esa multiplicación sin reserva crítica. El recorrido por los repositorios de extensión de las principales casas entre marzo y noviembre de 2024 muestra un patrón sostenido: las facultades de Filosofía y Humanidades, Ciencias Sociales, Derecho y Comunicaciones concentran la mayor densidad de lanzamientos, con paneles, radio universitaria, registro fotográfico, viralización en redes y comparecencia ritual del cuerpo académico ante la cámara. El exilio infraestructural coexiste, sin contradicción aparente, con la inflación performativa del acto público. El libro académico opera entonces como aparato de pasarelas: ocasión material que convoca el desfile, escenografía donde el autor comparece, mientras la lectura efectiva del texto se difiere sin plazo. La política del reconocimiento sustituye a la práctica del leer, y la economía simbólica del campo recompensa, sin disimulo, al académico que sabe escenificar su presencia ante el evento, ante la fotografía, ante el ciclo recurrente de los lanzamientos. El capital simbólico ya no se acumula por la densidad del texto producido sino por la frecuencia del rostro propio en el circuito de la visibilidad institucional.
La condición performativa se reparte de modo desigual y convive con figuras híbridas: cuatro perfiles dominantes, recurrentes en la escena chilena reciente, ordenan el espectro sin agotarlo. Primero, el académico-curador, que articula libros propios y ajenos con participación frecuente como presentador o comentarista, y cuyo capital simbólico se acumula por presencia ritual sostenida más que por producción libresca propia. Segundo, el académico-autor de presentaciones múltiples, que publica un libro y despliega una serie sostenida de lanzamientos en universidades distintas, donde cada acto funciona como hito de visibilidad y el libro opera, sin disimulo, como pretexto recurrente. Tercero, el académico-influencer y columnista, que despliega su práctica desde plataformas digitales o desde columnas regulares en medios masivos —La Tercera, El Mostrador, CIPER—, ajustando su trabajo al ritmo del medio y no al tempo prolongado de la monografía. Cuarto, el académico-WoS, cuya práctica se reduce al paper indexado con publicación libresca residual, exhibiendo densidad de artículos Q1-Q2 en revistas internacionales y reservando para el circuito bibliométrico anglófono una visibilidad intra-pares. Los cuatro perfiles convergen en un mismo desplazamiento del libro como práctica intelectual sustantiva, reemplazado por su inscripción performativa.
Nunca antes en la historia de la universidad chilena se presentaron, anunciaron, fotografiaron y debatieron en paneles tantos libros académicos como hoy; nunca antes, a la vez, la lectura efectiva de esos libros fue tan baja. La paradoja no es figura retórica sino realidad estructural: bajo plataformización, visibilidad y lectura devinieron variables inversamente correlacionadas. La inflación visible del libro coincide con su deflación cognitiva, y el rito circense del lanzamiento —la sala iluminada, los comentaristas comparecientes, la cámara que registra, la red social que viraliza— sustituye al acto de leer como dispositivo simbólico dominante del campo universitario. El libro deviene aparato de pasarelas y la academia, sin reconocerlo, se entrega al espectáculo de su propia visibilidad. Quien trabaja el libro como hito performativo no comete falta moral individual: usa el único código que el régimen actual de su campo le reconoce. La crítica aquí no apunta contra los académicos uno a uno sino contra la infraestructura tecno-atencional que captura al estudiantado, al cuerpo docente, al mundo editorial y a la extensión bajo una misma lógica algorítmica de visibilidad fragmentada, donde la política del reconocimiento ha consumado su victoria precisamente al volverse invisible como política. Acumulados los cuatro registros, el cuadro pide proyección. Lo que está en juego excede la queja sobre el descenso de la lectoría o el lamento por el libro impreso. Lo que está en juego es la pregunta por el sujeto que el régimen produce y por las condiciones materiales en que aún sería posible un pensar prolongado, allí donde el aparato evaluativo, la cláusula administrativa y la plataforma convergen.
Conclusión. Proyecciones del usuario desprovisto de lectura
Las consecuencias del cuadro piden proyección. En efecto, el sujeto desprovisto de lectura queda imposibilitado para articular el pensamiento crítico que las tradiciones ilustrada y críticas cifraron sobre el libro como dispositivo de concentración: la tarea no es aumentar el acceso a la información sino restituir las condiciones materiales para su elaboración prolongada, sea bajo forma impresa o bajo formatos infraestructurales nuevos, pues una crítica meramente humanística que no se materialice técnicamente reproduce, sin advertirlo, la matriz atencional corporativa que pretende impugnar. La universidad chilena enfrenta, por esa vía, el cierre de un ciclo histórico: la institución construida sobre el supuesto del estudiante lector debe reformularse ante un estudiantado cuya formación atencional opera bajo gramática distinta, mientras la nostalgia por el lector clásico funciona como elegía organizada que el momento histórico vuelve inhabitable; la acreditación, la indexación bibliométrica y la productividad docente bajo régimen Web of Science son dispositivos cuyo lenguaje atencional ya no encuentra correspondencia material en los cuerpos estudiantiles concretos.
La inteligencia artificial generativa profundiza esta condición, y aquí una objeción que en parte conviene aceptar proviene del análisis de Benjamin Bratton (The Stack) sobre los «cinco estadios del duelo por la IA»: la crítica humanística quedaría atrapada en una oscilación entre depresión melancólica y negociación nostálgica con el libro impreso, allí donde la pregunta material ya no es cómo restituir condiciones de lectura prolongada sino qué nueva capa cognitiva diseñar dentro del Stack. La objeción es operativa hasta cierto punto «nombra la fisura del lamento humanístico autocomplaciente», pero su aceptación no puede ser total: el estudiante chileno que delega en los modelos generativos la lectura de Marx o Bourdieu no incurre en falta moral, trabaja con la única gramática atencional que el régimen le ofrece como horizonte plausible, y esa constatación no clausura la pregunta sobre las condiciones materiales del pensar prolongado en el sur académico. La tentación inmediata sería formular una operación política regional «bibliotecas digitales soberanas, redes universitarias sur-sur, plataformas no extractivas»; la fórmula tranquiliza pero reinscribe la matriz westfaliana: gramática del Estado Nación denunciada por Bratton. Si la captura es planetaria, la composición también lo es; conviene admitir, sin elegía, una fisura que estas páginas no clausuran: hablar de «composición computacional alternativa» sin nombrar una operación material concreta «un repositorio cooperativo, una capa de indexación humanística técnicamente especificada, un protocolo de evaluación no bibliométrico» reproduce el gesto declarativo cuya impotencia aquí se denuncia. La fisura queda registrada como tarea programática.
El exilio del libro, la regresión administrativa que el decreto ANID consagra, la baja lectoría universitaria y la performatividad académica componen un mismo dispositivo planetario operando en cuatro registros articulados, y su crítica no admite disociación: la defensa de la monografía sin política contra el régimen WoS-Scopus es nostalgia ineficaz, la política contra el régimen evaluativo sin transformación material de la formación lectora es voluntarismo desactivado, y la crítica de la performatividad sin composición alternativa para la circulación del pensamiento reproduce el cinismo melancólico que satura el campo. Sostener la pregunta por el libro hoy es, ante todo, sostener la pregunta por las condiciones materiales de un pensar que todavía no sabe cuál será su próxima morada.
Referencias
Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID). Bases del Concurso Nacional de Proyectos Fondecyt Regular 2024, sección «Proyectos que financia Fondecyt». Santiago: Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, 2023. Disponible en: https://anid.cl/concursos/concurso-de-proyectos-fondecyt-regular-2024/
Bratton, Benjamin H. «The Five Stages of AI Grief». Noema Magazine, 20 de junio de 2024.
Ediciones UTEM. El golpe al libro y a las bibliotecas de la Universidad de Chile: limpieza y censura en el corazón de la universidad. Santiago: Universidad Tecnológica Metropolitana, 2020.
Slaughter, Sheila y Gary Rhoades. Academic Capitalism and the New Economy: Markets, State, and Higher Education. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2004.
Thayer, Willy. La crisis no moderna de la universidad moderna. Epílogo de El conflicto de las Facultades. Santiago: Ediciones Mimesis, 2019 [edición revisada y ampliada de Cuarto Propio, 1996].
