Nota
Amo la madrugada, sus traiciones, sus promesas. Sus ruidos sencillos, sus silencios de perro. Amo la madrugada que es desesperación, noche azul y turbia. Amo la madrugada que se esconde en susurros, en poemas que van por la yugular y dejan la carne suspirando. Amo la madrugada que tiembla en los párpados, la que arde en las manos. Amo la madrugada que pega un tiro por la espalda, la que besa con una idea. No sé qué sería de mí sin la madrugada. Probablemente un planeta de puro sol, triste y en el que nunca anochece, envenenado de luz. Una nota musical echada a la tormenta de la memoria, un vacío inmoral donde se repiten descarados amaneceres. Amo la madrugada porque en ella me regreso y sobrevivo; porque soy un loco vampiro, soberbio y deshecho.
El dios rebajado
El amor y el mundo son trama indescifrable. No hay narrativa, ni día, ni fecha. Nada más se reúnen en la disparatada temporalidad de lo incalculable. Tal vez el “flechazo” como metáfora de lo inesperado tenga algún sentido; el que no vimos venir y que fue disparado por un dios rebajado a ser un querubín desnudo y alado, armado con arco y flecha que jamás tuvo consciencia de nada, menos del dolor: un flechazo hiere, hace sangrar, mata, también.
En este sentido, por ejemplo, no podríamos estar de acuerdo con la filósofa Aïcha Messina cuando sostiene que “El amor no es para siempre, lo que es para siempre es la posibilidad de su reinicio. ‘¿Me amas?’ sería, de este modo, solicitar un nuevo comienzo. O sería una intuición, un miedo. Después de todo, no sabemos si este nuevo comienzo ocurrirá”1. El pasaje es sensible, pero indica dos indeterminaciones que operan como determinaciones. A la vez que indica que el amor es para siempre también señala que para siempre es su “posibilidad” de reiniciarse, una y otra vez en un espiral interminable de sujeciones y caídas que se suceden aleatoriamente sosteniendo nuestro ser-amor en el mundo ¿Puede el amor no ser para siempre? Sí, puede no ser para siempre, si es que entendemos el “para siempre” al interior de una línea temporal clásica, es decir, desde que conocemos a alguien, sentimos amor y éste va durar lo que dura una vida. El amor “no” dura para siempre, es lo más probable, si es que lo proyectamos hacia la muerte. Si se entiende el amor con la muerte éste sí entrevé su final y entraría a circular, así, en la órbita de un cierto Heidegger. Hay tiempo porque hay muerte, el amor es finito porque hay muerte; hay muerte, entonces el amor será desde siempre su propia finitud.
¿Pero no puede el amor ser uno con el acontecimiento absolutamente singular e irrepetible? ¿Podemos entender, de nuevo, el “para siempre” como un instante cuya temporalidad no es otra que la que se disemina en el impacto justo de sentir amor en ese total momento? El amor sería infinito, sin tiempo, si lo resentimos en su singularidad acontecimental en donde todo pasa; en el instante en que el infinito se extiende y se nos revela sin rostro, ni forma, ni ceremonias culturales de ningún orden; aquí habitamos, por ese instante, en una suerte de eternidad a la que le amor nos lanza, y así podríamos decir no que el amor es para siempre, sino que fue para siempre. Fue lo que duró en el caudaloso devenir del acontecimiento y su irreversible impacto que nos abre a la destinerrancia de un amor sin plan. El amor es cada vez una única vez, aunque me suceda e impacte repetidamente; su flujo es desajuste radical respecto de la repetición. Este amor-acontecimiento es lo que podemos llamar, también, lo otro, lo que supone algo más.
Lo digo y lo escribo y en este preciso instante veo evaporarse toda definición o palabra que lo atrape en su incesante imprevisibilidad ¿Cómo atrapar lo que no tiene momento? ¿De qué alucinante forma sería posible enclaustrar lo que no es sino desborde irreversible? ¿Quién define el ahora de lo que no tiene sustancia y cuyo juego se juega en el juego de lo imposible?
Jean Luc Nancy expresa esta angustia cuando escribe de cara a la imposibilidad de una alteridad que nunca podremos abrazar:
Por favor, ¡que llegue lo otro! Y cuando lo otro llega, cuando se hace presente […] la presencia es precisamente esto: que ella es lo otro, siempre infinitamente improbable, inalcanzable, lo que podría haber sido capaz de no haber venido, haber sido capaz de romper la promesa, de incumplir el amor2
Ella es lo otro
Ella es lo otro pero pueden ser todas ellas, o ella, o él o ellos. Mas, solo podrían serlo en el inciso que se revela en el coyuntura de su imposible presentación, por más que el grito de Nancy cimbre las expectativas de nuestro ser tan histórico, tan densamente poblado de eventos y tiempos ajustados a la orden del día; lo otro no se hará presente como no lo hará el comienzo. Solo será posible, embriagados de río, sentir la fantasía de esa aparición y quizás, solo quizás y en el mejor de los casos, alucinar y hacernos uno con ese amor que se deslizó por el pliegue de nuestros delirios, seduciendo con la falsa promesa de que alguna vez podríamos atraparlo; promesa que es irrealizable porque no es de este mundo, así como el amor tampoco lo es. Va y quedamos capturados en las láminas de un espacio sobrenatural del que solo somos nimios espectadores, breves receptores, insignificantes testigos.
Ven aquí
Por esto, tal vez, la querella de Safo de Lesbos:
Desde Creta ven, Afrodita, aquí
a este sacro templo […]Ven, chipriota, aquí…3
Es el “aquí” que no será, la unión imposible de un amor que sabe Safo que está destinado a no ser. La invitación es al templo sagrado, como si quisiera seducir a Afrodita prometiendo un encuentro místico, psicodélico, fuera de este mundo. “Ven aquí, chipriota”, es la evidencia de que la invocación no será respondida. Y Safo puede gritar una y otra vez porque en el estremecimiento de su alma poética ya percibe que ese amor sin cuerpo estará siempre por llegar, siempre viniendo y anunciándose desde su propia angustia y desolación erótica. Amor que jamás se realizará por más que la invoque una y otra vez hasta el final del tiempo porque, justo, Afrodita no tiene tiempo y el amor no podrá comenzar salvo en la inconmensurable y asíntota especulación poética. El fuego permanecerá encendido, el aullido será incesante, pero Afrodita solo se entreverá como lo imposible, sin comienzo en el comienzo. Sin embargo, habitando el instante-fisura en el que la flama de un amor sin esperanzas permanecerá encendida entre la vida y la muerte.
Esto sería el mundo cuando el amor destituye su lógica y abraza el devenir.
NOTAS
1 A. Messina. “Te amo”, en Santiago. Ideas, crítica, debate, diciembre, 2023.
2 J-L. Nancy, The Birth to Presence, Stanford University Press, Stanford, 1993, p. 357 (la traducción es nuestra)
3 “Desde Creta ven, Afrodita”. Son múltiples los estudios y antologías que se han hecho a lo largo de siglos y que reúnen la poesía de Safo de Lesbos. Este verso, puntual, lo recogimos el texto “Antología de Safo”, en Literatura: teoría, historia, crítica, n° 11, 2009. Traducción, edición y notas de Rónald Forero Álvarez, 2009, p. 437.
