Javier Agüero Águila / Hoy Chile: Pedro Páramo y el grito

Filosofía, Política

Escribe Juan Rulfo en Pedro Páramo, tal vez, uno de los pasajes más tristes de la literatura latinoamericana del siglo XX: “Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo”. Un hombre acostumbrado a mirar el suelo, a la tierra; un hombre cuya visión es siempre vertical-descendente; hombre como Pedro Páramo que en Comala, ese pueblo de espantos plagado de murmullos, alucinaciones y desiertos que matan, supo muy rápido que todo estaba perdido, que cualquier cardinalidad estaba condenada a la deriva y que no había forma de existir sino mirando sus pies, almacenando en su locura porvenir todas las huellas que iba dejando; huellas que no lo eyectaban hacia ningún futuro sino que lo paralizaban en el corazón de una tristeza no solo inmensurable sino que irreversible.

No es el día triste, no es la hora triste, no es el instante triste, es el pueblo triste, el mismo que es el espejismo del mundo. Entonces de una vida entera, de una sola y única vida en la que cabe toda la tristeza posible. Porque su apellido es Páramo, es decir una suerte de tierra yerma, muerta, donde nada florece sino que, más bien, tiende a extinguirse en el devenir secano que no permite mirar hacia arriba y ver, al final, que siempre hubo un cielo que le era extraño, bizarro; mosaico indefinible porque interviene ese otra ciénaga que se regenera en la oscuridad sin tacto, sin otro, sin voces reales; solo susurros de ánimas que festejaban, que iban ebrias, en carnaval y en éxtasis celebrando a la muerte, a la épica de ser muertos. Este es el gran motivo, celebrar que no hay vida, que se evaporó el suspiro y la palabra quemante; que el cuerpo por abrazar de alguien más quedó petrificado, ígneo, habitando una suerte de levedad itinerante en la que todo, de nuevo, desapareció.