Guadalupe Santa Cruz / La ciudad archipiélago

Filosofía

El intenso organismo de un recinto hospitalario está cogido del suelo como pocos otros espacios, aunque todo en su porte y en su compás parezcan desmentirlo. El muro de silencio que instaura en su perímetro inmediato, junto con la intensidad que desborda fuera de sí, construyen barreras materiales y umbrales imaginarios, haciéndolo parecer enclavado en una suerte de tierra de nadie, fuera de lugar, ausente a la ciudad.

Si supiera decir lo que queremos decir con Santiago (lo que buscaré, aquí, recorrer, desentrañar), diría que el Hospital del Salvador pertenece a la ciudad de Santiago. No a los organigramas de la capital, no a la red pública de administración de los cuidados ciudadanos, sino a lo indefinible, al acertijo que es para nosotros, sus habitantes, esta urbe.

Leer la ciudad

Las calles que transitamos y las páginas que escribimos en Santiago pertenecen a una ciudad desmembrada. Por ello, tal vez, nuestros cuerpos y nuestras plumas viven este obsesivo afán de levantarle mapas, estos repetidos intentos de ofrecerle itinerarios (de hacerse puente de carne), de componerle atajos con la argamasa de las palabras (de hacerse texto con ella). Buscamos distanciarnos y reconocer en ella el paisaje advertido por otros lectores urbanos: de reconocer en su diseño el sueño de alguna razón (como lo hace Angel Rama en la ciudad letrada de América Latina), de percibirla como un relieve vuelto orden moral (Richard Sennett), de descifrar las frases de un texto que leemos sin distinguirlo, callado silabario que forman entre sí los espacios de lo lleno y lo vacío (Roland Barthes). Sabemos que en tanto ciudad latinoamericana, Santiago no se rige por un principio de continuidad, sino de vecindad (Joaquín Velasco), de disparatada contigüidad de los espacios. Que conviven distintos tiempos productivos, en una suerte de arritmia entre la carretela y el internet. Que sus políticas de la memoria se hallan constantemente en disputa, ajenas a un principio patrimonial (disputa que, por ejemplo, ha sido relativamente dirimida en países europeos, según Jean-Louis Déotte, a través del museismo estatal). Las huellas de su historia se superponen, entonces, en diversas capas y su centro simbólico, a pesar de algunos hitos, es redefinido constantemente por los avatares de cada época. La ciudad avanza y borra, incluso, sus paradojas: no deja siquiera latir, detrás o por debajo de la coreografía visible y protocolar de la ciudad, las desencajadas escenas que marcaran sus hitos históricos, esperando su propicia repetición (como la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México, leída por Octavio Paz en su “Crítica a la pirámide”[1]).

Y, sin embargo, me gusta pensar las palabras desde esta ciudad escurridiza, escribir e inscribir los espacios en la abigarrada figura de Santiago, por devolverles su emplazamiento, construirlo a pesar de la corriente que nos empuja, de manera imperceptible, hacia los soliloquios o, con igual fuerza, hacia un principio ordenador único. Precisamente, adivino que esta ciudad esquiva vive en este inter-regno, el cual no habría que importunar. No hacer de Santiago un blanco (sabemos que cuando es materia de intervenciones, su porosidad traga, desvía, reescribe el gesto, la política que lo desea como objeto), sino conservar la equidistancia que ocupa una urbe respecto de los cuerpos y los discursos. En este juego de dobleces, se trata también de no remedar la frontalidad de la violencia a la cual esta ciudad, nosotros en esta ciudad, fuimos sometidos; de evitar, bajo todas las formas posibles, la repetición de aquellos gestos reductores, aniquiladores, que hacen del otro una presa.

Para abordar la ciudad, entonces, para acceder a las formas singulares de ocupación del espacio en Santiago, tal vez haya que medirse no sólo con las estructuras presentes en ella, sino también con las superficies [2]. Los usos y los decires, como tantas pieles de la ciudad, construyen territorios con igual fuerza que los proyectos urbanísticos y las ordenanzas político-administrativas (las que configurarían proyecciones de “la Idea”, en la forma en que Severo Sarduy la opone a lo epidérmico y a lo envolvente del disfraz, del travestismo [3]). Se puede sorprender algo de Santiago aguzando el oído y la vista en los ritmos temporales que se hayan en obra en sus diversos espacios. Estos ritmos proponen una trama descifrable en términos del sentido que opera allí de manera no manifiesta. Se los puede escuchar en el retumbe callejero y, también, se puede leer estos compases en los distintos modos con que esta urbe ha sido escrita.

Santiago no es uno

Se han sucedido los intentos de hacer de Santiago uno, por creación de fronteras, físicas y simbólicas, que la segregan socialmente, impidiendo el roce, el choque de las diferencias. Esta voluntad ha actuado sobre los territorios urbanos, pero lo ha hecho también, en forma paralela, sobre los campos de la lengua. Podríamos, por ejemplo, leer como dos vertientes de una misma tenaza higienista y “unificadora” el proyecto histórico del cordón sanitario con que Benjamín Vicuña Mackenna recortara a Santiago y el proyecto uniformizador de la lengua ciudadana pensado por La Gramática de Andrés Bello.

Las operaciones sobre lengua y ciudad serán extremadas bajo la dictadura militar, diversificando las estrategias de dispersión de los elementos considerados contaminantes. A las políticas policiales de la censura abierta, al totalitarismo de la versión única de los hechos, habría que sumar, leyéndolas como arremetidas contra la posibilidad misma de lenguaje, las innumerables intervenciones urbanas: poblaciones populares erradicadas en su totalidad de un sitio a otro, o de un sitio a ningún sitio –como los habitantes de la paradigmática Población San Luis [4]–; zanjamiento y división de poblaciones unidas por una historia común (muchas veces, la toma de aquellos mismos terrenos y su posterior organización) por el nuevo recorte administrativo de la política municipal; allanamientos masivos cuya espectacularidad los tornaba en acción ejemplificadora –como aquel, histórico por su centralidad en la ciudad de Santiago, de las Torres San Borja [5], o como todos aquellos campamentos o poblaciones de alta movilización política que fueron reprimidos y saqueados hasta en su nombre (Nueva La Habana tornándose Nuevo Amanecer)–, repetidas operaciones rastrillo en los sectores populares –sobre todo luego de las Protestas–, y permanente ronda de la ciudad; asignación a domicilio y a inmovilidad provocado por el prolongado Toque de Queda, desterritorialización de las deportaciones a regiones distantes de la propia, de las penas de extrañamiento hacia otros países; captura física en centros de reclusión; inmersión en las zonas blancas del mapa que constituían las casas de tortura clandestinas; tachadura en el mapa que significaban las desapariciones

Dislocación, entonces, del suelo. Incisión del olvido, desde entonces, en la carne de la ciudad. Las palabras, entendidas como secreción de los cuerpos, fueron erradicadas, zanjadas, allanadas, saqueadas, domiciliadas y extrañadas, capturadas, blanqueadas, tachadas. En el plano de lo visible, uno de los efectos sobre el relato de la memoria en la ciudad de Santiago fue la desaparición, en el lenguaje común, de los nombres históricos de las poblaciones (y, tal vez, junto con aquellos apelativos, la desaparición de la noción misma de pobladores), y su reemplazo por disimuladas coordenadas geográficas: vecinos del Paradero X, de tal Avenida (del mismo modo que las cifras, a modo de nomenclatura geopolítica, han reemplazado los nombres de las regiones del país).

El tiempo y las ciudades del archipiélago

Hoy, entonces, vivimos esta ciudad como un cuerpo disgregado, como un texto recorrido por viejas lagunas, armado sobre lagunas recientes. Y, como tal, nos importa, no la genealogía de su trizadura, no ensamblar una hipotética unidad que daría con la Historia, sino pronunciar esas fallas, nombrar las distancias, para romper con el futuro que se presenta como ineludible fatalidad sin dueño, sin forma: como lengua de precisión (que no precisa forma), de intercambio mercantil.

Podemos imaginar otro mapa que permita, si no relaciones, al menos pasarelas entre estas manchas aparentes. Podemos imaginar que nos asimos de ellas a través de la percepción del gasto del tiempo. Que hay regímenes, distintos modos de vivirse el tiempo en este gran tiempo social que es una ciudad. Que hay disputa, subjetiva, colectiva, por el sentido dominante que desea imponerle la ciudad a los cuerpos a través del recorte del tiempo. Que hay resistencias: otros ritmos que balbucean o declaran territorios alternos, la existencia de tiempos espaciales que escapan a la cadena inapelable de significados. De esta escucha de los diferentes pliegues del tiempo, del ritmo que producen ciertos enclaves o zonas enteras –esquina, barrio, edificio o box– propongo desprender algunas de las ciudades que conviven en la ciudad de Santiago, ya sea sin jamás tocarse, sobrepuestas, o articuladas (por conflicto, traducción, contagio o continuidad), con fronteras variables (a modo de islas de un archipiélago móvil.

Ellas son muchas, las ciudades de Santiago, y de ellas voy a recorrer sólo cuatro, tal vez para subrayar, una vez más, la idea de un mapa, con lo irrisorio que posee un mapa y sus cuatro esquinas, que son las mismas de una página: una composición): éstas son la ciudad de los extramuros y su tiempo suspendido, la ciudad-satélite y la velocidad, la ciudad de las casas y el tiempo serial, la ciudad del deseo y el derroche de tiempo.

La ciudad de los extramuros y el tiempo suspendido

El tiempo suspendido se habría descarrilado respecto del sordo tambor de fondo de la actualidad (tiempo que aparece como dominante). El espacio de este tiempo, que parece no avanzar, escribiría una frase rayada, una frase que se ha fugado de la sintaxis común, por una suerte de ensimismamiento –voluntario o forzado– de los cuerpos que lo habitan. Los muros que contienen a esta ciudad no son aquellos, unívocos, que podrían dividirla en un binomio entre centro y periferia. Se trata de multiplicados muros que se enclavan, a modo de bolsones, a lo ancho del plano oficial de Santiago. Muros materiales –una cárcel, un convento, un cementerio –¿un museo?– y muros intangibles: la barrera de un habla, de una lengua (el coa lumpen de los habitantes del lecho del Mapocho en El río, de Alfredo Gómez Morel; los territorios de los garabatos, que se construyen en distintas franjas de Santiago, que invitan a unos y repelen a otros); de un olor, de una temperatura; la delimitación de ciertas tonalidades de color (como la graduación decreciente en la pigmentación de las flores, según Sergio Fernández [6], en los Cementerios, desde el fulgor que presentan en las pérgolas a la entrada del recinto, su lento desvanecimiento por los senderos internos, hasta volverse apagados y mustios junto a las tumbas). Que se franquean, o que permanecen inalterables, haciendo de amortiguadores del otro tiempo que rige en las afueras del muro (según el cual serían estos espacios que se encuentran fuera de lugar).

Una piscina temperada –en pleno barrio de la Vega Central, aquella de la Universidad de Chile, con el segundo muro de resguardo que es la muralla costana del río Mapocho–, el zambullido tras la frontera de cloro y tibieza, las monosílabas de las instrucciones de natación [7]; los baños turcos –descritos por Pedro Lemebel en sus crónicas urbanas–; el barrio Exposición, contenido en la cortina sonora del cacareo de los animales y el olor a desposte de la Central de Cueros de aquel Terminal del Sur, rural, pre-moderno, cuyo tiempo se suspende en la posible conversación, medida en botellas de vino, desplegada en el Bar Los Compadres.

Pediré prestada la voz extrema de Doris Ojeda [8], exdetenida en la Sección Especial de Alta Seguridad (S.E.A.S.) en tiempos de la Transición, que habla del padecimiento de una impecable “tecnología de poder” cuyo dispositivo de vigilancia levanta muros de tal eficacia que logran implantar un no-tiempo y volver transparentes los cuerpos. Escribe Doris Ojeda: (…) Se trata de un cubo cerrado (…) que por su forma impide pensar el exterior. (…) Cuando recién llegamos, el lugar nos provocaba mareos y problemas físicos, como ocurría por ejemplo con la electricidad que cargaba nuestros cuerpos en esos corredores repletos de cámaras y micrófonos. La técnica que instaló múltiples juguetes sin ninguna tierra (…) desemboca en la armazón de cuerpos eléctricos. (…) Se acaba el rincón, todo se hace redondo y vigilable. (…) No soy más de mí, ya no me pertenezco, me vuelvo parte de una máquina que me come por dentro y por fuera. La curvatura del espacio y del tiempo –el tiempo de la cárcel es caprichoso, es como un elástico que se alarga y se acorta– parecen ser el modo radical de capturar, de ausentar estos cuerpos respecto de un presente, de una playa de tiempo concebida por ellos como histórica, como campo de acción. Los pocos “afueras” nombrados en este relato minimalista llaman la atención, las determinantes visitas –ellas traen el tiempo hasta el relo–-, y, sobre todo, dos horizontes, apenas esbozados, impactan por la trilogía que establecen con el lugar: la estructura de las casas básicas que rodean al Gran Santiago, sugeridas por la similitud que guarda con ella un ala de la S.E.A.S. observable desde una escalera, y el Metro que adivinan –sin conocerlo– en una calle aledaña al centro de reclusión.

¿Es el Metro de Santiago –perforado durante el período de la Unidad Popular, lo que volvía en aquel entonces a la ciudad, principalmente su avenida principal, la Alameda, una mezcla de arteria, trinchera y bache; realizada su obra bajo la dictadura y, luego, ampliado y extendido durante la Transición– un circuito cerrado que carga los cuerpos con el ensimismamiento obediente necesario para difuminar la ausencia requerida de los ciudadanos por la ciudad?

De algún modo, el tiempo aquí suspendido por captura remite a otros espacios que, aunque con menor concentración [9], remedan sus efectos.

Para no fijar aquel tiempo detenido tan sólo en muros tangibles, escogeré otra escritura que, a mis ojos, podría hacer parte de la Ciudad de los Extramuros. Se trata del loco cuyo texto, esparcido gráficamente por la ciudad de Santiago, fuera interceptado y consignado por la poeta Isabel Larraín en su poemario El camino más alto [10]. El loco, desde otro tiempo –tal vez el tiempo descarrilado del trauma– encierra los espacios en sus ecuaciones, círculos y semi-lunas.
OJO
DIOS
FIERRO

DOCTORA BOX
……..I
……..S
……..U
……..L
….YOANA

DEPARTAMENTO DE LA CONCIENCIA
PEÑAFLOR  JOSÉ ORTIZ DE FIERRO
……………………….FIRMA DIOS

MIREN EL SOL YO LO DIRIJO  DIOS

El tiempo suspendido en el cual se repliegan ciertos cuerpos, y cuyo desacompasado rumor es legible en las quebradizas palabras de una frase marcada, aquí, en el pizarrón de la ciudad, es, a veces, el paredón contra el cual se estrellara una subjetividad: un sentido fijado, una imagen que rebota, que se repite, sin cauce en el diálogo social contingente. (Podríamos pensar que este texto, este disco rayado, esta suerte de corredor de soliloquios, intercepta a su vez el muro de tiempo que corre por el Metro, bajo sus pies).

La ciudad-satélite y la velocidad que suprime los trayectos

Confundimos Santiago con ésta su ciudad hegemónica, regida por una velocidad que suprime los trayectos –que anula conflictos– y cuyo tiempo intensivo conduce, en palabras de Paul Virilio, a una alucinación de historia. Tiempo que prima sobre el espacio, velocidad para acortar distancias, para evacuar los medios que llevan al fin (que no es otra cosa sino restar toda pregunta ética) y velocidad de la sintaxis en aquello que se vuelve su valor dominante: la precisión. Esta ciudad acelera para sintetizar, comprime sus espacios, objetos y cuerpos a fin de simular un estado de completud. Ciudad de los bulldozers y de los tajos urbanos –el hacha de carnicero con que afirmara abrir las ciudades estadounidenses el urbanista Moses [11] llegando décadas más tarde a Santiago, hacha cuya posibilidad fuera a su vez apurada por los Hawker Haunter, las ametralladores y los fusiles–, de las apretadas redes comunicacionales –incluida la captura de los cuerpos por la intensa telefonía móvil– y, también, ciudad farmacéutica: no sólo por el discurso médico dominante que se ciñó sobre esta gran ciudad enferma, por su manera de recoger y capitalizar su disgregación en la soledad de los cuerpos desvinculados de una historia, y luego su disgregación en presas, sino por la primacía del cálculo, de la dosis, de la noción de tratamiento. En Santiago, son las estratégicas esquinas que han sido lentamente tomadas por las cadenas de farmacias, desplazando las Fuentes de Soda, restoranes y otros sitios de convivialidad que hacían de faros urbanos.

La lengua de esta ciudad es aquella de las palabras tratadas como comprimidos (y de los comprimidos farmacéuticos, que de alguna forma comprimen, asimismo, el tiempo): las palabras son sometidas a la exigencia de ser asertivas, certeras. Transacciones que miman la solitaria manipulación de datos en las asépticas cápsulas de los Cajeros Automáticos, como ínfimos no-lugares [12] que puntúan, aquí y allá, el circuito de la ciudad-satélite, la alucinación de sujeto (Carlos Ossa [13]) que produce el Mall, el Metro, el libreto dominante de la pantalla chica.

La ciudad-satélite hace sistema con algunos extramuros: la sobreiluminación, encandiladora de la palabra publicitaria guarda turbadoras relaciones con el laboratorio represivo de las técnicas de privación sensorial: se sustrae los cuerpos de su capacidad de observación, o se satura los cuerpos de visión, hasta volver blanco el espacio. Es bajo esta luz mortecina que ubico la Ciudad cercada de María Isabel Amor [14], y bajo el influjo de una incomprensible y arrasadora velocidad que ha paralizado las subjetividades, como bajo el efecto de la inercia polar (Paul Virilio). La ciudad –el sentido, las palabras– se halla presa de una implosión, en la cual la memoria parece disgregarse espacialmente.

Nadie nos dice nada, pero hay palabra ¿oyes lo que dicen? Dicen mi nombre como en un idioma desconocido, extraño. Dicen tu voz, mi destino. ¿Los oyes? Dicen tu voz pero no la mía, dicen tu destino. Cruzamos la calle, nos parece caminar sobre el agua. Después vino el bus y partimos enseguida ¿te acuerdas? ¿Recuerdas cuando corríamos por las calles y se quebraban los vidrios? (…) No, no me acuerdo del azúcar cuando se derramaba en la calle desde un camión, antes del amanecer. Me reventaron los oídos. Había mucha gente recogiendo azúcar mezclada con gasolina. No veo nada. No escucho lo que otros gritan. ¿Los oyes?
Nos despedimos; era la última vez. Allí quedaron sentados rompiendo vidrios. Era la última operación, la mejor.

La ciudad-satélite es también aquella del imperio de las listas, en su lógica serializada: de las listas veloces, que aplanan para ganar tiempo, o para la ganancia, a secas. Que desprenden los nombres que integran las listas de sus respectivas biografías, en la misma operación obscena con que la publicidad de punta trata sus objetos, vidas y herramientas revueltas y, por sobre todo, carentes de escena, del paisaje mayor que les otorga sentido. Espacio de implantación de los simulacros, aglomeración más que ciudad, cuyo núcleo es el hipermercado (Jean Baudrillard [15]).

La Ciudad de las Casas y el tiempo normativo

Hemos convivido largo tiempo con la ficción dominante (como llama Suzanne Jacob a las ficciones que organizan lo real, triunfando sobre otras ficciones posibles [16]) de que las casas, entendidas como hogares, no conforman las ciudades. Incluso, casa y ciudad parecen carearse desde espacios opuestos. Aquello que se llama “ciudad” excluiría a las casas y aquello que se llama “casa” se situaría en un espacio pre-social, retirado o inmune respecto de lo urbano. No es azaroso: el pensamiento de los diversos feminismos ha puesto de manifiesto los vínculos que unen lo que tradicionalmente fue escindido como público y privado, resquebrajando este abismo y demostrando que esta separación responde a un código valórico [17] –el cual ubica las actividades prestigiosas en un área–, y a una división del trabajo, desigualmente reconocida, entre mujeres y hombres. Autores como Marc Wigley recogen esta frontera instalada por la noción misma de “casa”, que no es otra, según él, que la repartición entre lo doméstico (lo conocido, lo civilizado) y lo extraño (lo bárbaro, lo infamiliar). Este violento deslinde erige un adentro y un afuera. Por ello, dice este autor, esta noción de casa es un paradigma occidental que precede a la comprensión de los espacios y los reduce a estas categorías.

Es éste el orden que preside a la Ciudad de las Casas, orquestado por el tic-tac del reloj, por su compás regular y binario: adentro-afuera, femenino-masculino, mando-obediencia, arriba-abajo, ingreso-gasto, integrar-excluir. Los cuerpos, en esta ciudad, son disciplinados a través de normas que obedecen al principio de lo interior, respecto del cual corren siempre el riesgo de ser expulsados (de ser devueltos a la intemperie, abandonados a su suerte). Hogares, empresas, escuelas se mueven a este ritmo de fondo, doméstico o corporativo. Casas de estudio, internados. Como lo señala Verónica Petrowitch [18], este tiempo industrial se corresponde en el espacio con el orden recto, de aquello que puede ser sometido a unidades. En nuestras ciudades podemos leer las declinaciones de este orden casero en las nombradías oficiales y populares: Casa de Estudios (que producen egresadas y egresados), Casa de cambio (que trabaja sobre las equivalencias), Casa de reposo, Casa matriz (donde se asientan las administraciones), la Casa del Perno, la Casa de la Enceradora. Y los reinos que le están asociados, desde la reina del hogar hasta mi rey, desde El Palacio del Escape hasta La reina del Pastel de Choclo. Y si el espacio casero ha sido privilegiadamente asociado a las mujeres, diversas pensadoras latinoamericanas han puesto a la luz los vínculos históricos de este confinamiento con las exigencias específicas del orden social en una época determinada. En Chile, Alejandra Brito [19] demostrará, para las mujeres populares, que es el resultado de una operación de retorno al hogar, llevada a cabo por las clases dominantes y por el Estado, en el cambio del siglo XX, para domesticarlas y disciplinar, en un mismo gesto, a la mano de obra masculina por ser proletarizada (los hombres sueltos, en la figura de los lachos, andariegos, vagamundos, torrantes, y otros). Marcia Stephenson [20] hablará de la casa normativa cuya madre prototípica (en la mañosa metonimia entre casa y madre) es, en Bolivia, blanca y de clase alta, y debe ordenar y disciplinar un cuerpo social racialmente heterogéneo. En Limpias y modernas [21] María Emma Mannarelli estudiará las formas en que el discurso ginecológico (junto con la producción literaria y ensayística de mujeres intelectuales de la época) intentará moldear a las mujeres limeñas a principios del siglo XX para domesticarlas e introducir el modelo dominante de familia nuclear, que, basado en la maternidad científica, acompaña las necesidades de modernización urbana.

En nuestra ciudad, son –o fueron– las interminables colas de mujeres esperando sacar número para que los miembros de sus familias sean atendidos en los Consultorios.

Son los Blocks o villas para trabajar estoicamente: cajas/más o menos grandes que interrumpen el crepúsculo/con sus estructuras de República del Este (Germán Carrasco [22]). La cultura de los Condominios con su amor a la semejanza y su imaginario de seguridad (en circunstancias de que sabemos –por la magnitud y las características de la violencia doméstica y sexual sobre las mujeres y aquella de los malos tratos infantiles– que esta seguridad se distribuye desigualmente entre quienes componen el hogar.

Es la pasión por la vida social en interiores. Es, como lo ha demostrado José Donoso a lo largo de su narrativa, el intenso tumulto y trueque que sucede en aquellos interiores, entre aquellos interiores –de patio trasero a patio trasero–, mientras se mantiene la apariencia, la fachada.

La ciudad del deseo y el derroche de tiempo

De todo el archipiélago, diríamos que esta es la ciudad más móvil, más impredecible, que no se deja fijar. Casi por definición, no existe en el mapa: surge y se desvanece, se arma y se desarma, al filo de un carrete, de una cita, de una coincidencia efímera. Son los cuerpos que la convocan, ellos son los articuladores de los espacios, abren la ciudad en direcciones inéditas, regalándole atajos, líneas de fuga. Es el cuerpo plural (Pedro Lemebel) que ocupa esta isla, alejado de las escenografías que le asignan a cada cuerpo un lugar determinado, según sus condiciones sociales, genéricas y según los protocolos de la jerarquía. Es la ciudad, diría María Inés García Canal, de las heterotopías [23], del placer de no coincidir con el lugar asignado por las estrechas coreografías de género. El hombre adecuado ya no está en el lugar adecuado (Taylor), sino que cada cual busca la diferencia y, por sobre todo, busca ser diferente, salir de sí, en lo que Barthes visualiza como vocación erótica del “centro” de la ciudad (erotismo más centrado en la promesa que guarda lo desconocido, que en alguna oferta comercial). El tiempo es curvo, expansivo, sin medida. Se vuelve puro gasto, arrojo. Es la ciudad que deja como huellas los papeles brillantes (envoltorios de plástico, celofán o papel metálico) recogidos por Nahim Wigolorchew [24], glamour de los envases de las tarjetas telefónicas, de los paquetes de cigarrillos, de las papas fritas, de las calugas de trago, del ramo de flores, esparcidos en una invisible pista por las veredas santiaguinas, antes, durante o después de la espera, de la fiesta, del encuentro. Es la ornamentación cabaretera (los flecos de las cortinas, el pluch atigrado, el lucimiento de los metales), las luces escarlata, acardenaladas o color verde de Lucrecia (en homenaje a Juan Emar), la estrepitosa música, la coincidencia efímera de los roces corporales en una micro, que la vuelven, por un instante, zona incandescente, de impredecible destino.

Contradiciendo la ubiquidad de esta isla, Lorena Moraga y Francisca Morales anotaron las tenues fronteras de un territorio del anonimato [25] en Santiago, que respira en este ritmo, aunque con las intermitencias que le impone el hecho de tener suelo fijo: las manzanas entre Parque Bustamante y Vicuña Mackenna, con los números gigantes que anuncian un hotel parejero, las frondosas y bajas arboledas de las calles que protegen a los paseantes y, por sobre todo, la seña en la cual no reparan las y los habitantes de las otras islas: el aviso luminoso del champaña (Valdivieso) que se vierte por espasmos en una copa y el aviso luminoso de las medias (Monarch) que son deslizadas en las piernas (con los mismos espasmos).

Es la ciudad de la errancia, sin domicilio.

Por paradójico que parezca, la memoria, como fuerza irruptora que cuestiona el presente, tendría mayor lugar en esta ciudad errática, en que nada está en su lugar. Juan José Seoane propone puentes entre la memoria y el erotismo [26]: si éste pone en duda la estructura básica de las creencias, la memoria transgrede aquellas reglas y valores que siempre han estabilizado los recuerdos. Su explosión anula los referentes intactos. La memoria recrea el tiempo de la creación, el placer del exceso.

En nuestra ciudad archipiélago, la memoria boga, incrustándose temporalmente y, podríamos decir, le hace obstáculo al patrimonio. De este modo, vive.

El hospital en el cruce del archipiélago

1º acto: 4:00 AM Valeska entra
Aquí nació la hija del impacto Peñalolén  Felisidades
SIN PALABRAS
Llevo 5 hrs esperando que nazca mi hija.

Los muros en los pasillos de la Maternidad del Salvador (hoy deshabitada) son pizarrones de la espera masculina. Al otro lado de las puertas, de los box, de las cortinas, las mujeres. (Hoy, sólo catres médicos, veladores, carritos y camillas ginecológicas de metal. En los camarines del personal, un pequeño montón de zapatos rojos de matrona –de diversos modelos y diversamente desgastados– y algunas cofias usadas. Afiches de promoción de la lactancia materna. Un número sobre cada cama. Al fondo de un corredor, el Registro Civil.

Todo hospital es, en sí, una ciudadela: sólo sus habitantes más antiguos conocen el secreto de sus laberínticos espacios, las jerarquías que los organizan –según el prestigio de los saberes, el grado contaminante de ciertas sustancias o de ciertas dolencias, las exigencias higiénicas, la intensidad de los cuidados requeridos, la cercanía a la gestación o a los terminales de la vida–, los organigramas y las redes informales, los vasos comunicantes entre un servicio y otro, las economías (oficiales e informales) que van desde el Banco de Sangre hasta el mobiliario, pasando por los sueldos del personal, las recaudaciones por atención a los pacientes, el mantenimiento de la infraestructura, las farmacias internas, las cocinerías. Todo hospital es, en sí, un organismo complejo, atravesado por diversos flujos (las alambicadas tuberías que aparecen y desaparecen por las diferentes salas hospitalarias parecen su síntoma, su disimulada conexión). Pero ¿cuál es el tiempo que los rige? ¿cuál el tiempo que rige al Salvador?

Diría que éste se encuentra en la intersección de dos ciudades, en los cruces entre el tiempo serial de la ciudad de las casas y el tiempo suspendido de la ciudad de los extramuros. Tensado entre, por un lado, las normas que establecen el goteo repetitivo de los sueros, el ahilamiento de las camas, su numeración, el orden de las fichas médicas, los turnos, el horario de los medicamentos, la dieta de los alimentos, la especialización y la atomización de los espacios (para los hospitalizados) y, por otro, la suspensión del tiempo en lo indefinido de la espera, en la paciencia de los pacientes, de los padecientes.

Es un hueco o bolsón dentro de Santiago por los muros visibles –por lo general, imponentes y demarcados del horizonte urbano, al igual que las antiguas torres de iglesia en los pueblos– y por los muros intangibles [27] que se levanten en torno a él y que conforman una zona, percibida diferentemente por los paseantes: territorio de lo acromático, para Loreto Valdivia y Falconery Oliveros (Batas, doctores y ambulancias crean colores que entran y salen a distintas velocidades, constituyendo un órgano que bombea el flujo de acromatismo, que arroja y succiona el blanco, mezclándolo con los colores propios del barrio. El deslavado del propio hospital hace presenciar vivamente esta agonía del color), de lo gérmico, para Francisca Morales (que ocupa todo el entorno, desde el Hospital del Salvador, que es boca de origen de los gérmenes, boca abierta, hasta las farmacias, lo anti-gérmico, pasando por los edificios médicos –de gérmenes ambulantes–, los laboratorios –lo gérmico encerrado–, las consultas dentales –lo gérmico localizado–, las ópticas y los centros oftalmológicos –lo gérmico empático, contagioso sólo por vía psíquica– y las importadoras de instrumental médico); de lo temible, de lo quejoso (este territorio, señalado por Margarita del Río, posee un radio particularmente extenso en la ciudad). El verde éter (en la paleta de los verdes de Juan Emar) también señala un muro simbólico del hospital: desde el color de la Estación de metro Salvador –su límite norte– hasta la pintura con que está recubierta la Posta de urgencias que da a Avenida Rancagua, hacia el sur. Estos muros son experimentados de manera radicalmente distinta por quienes pueden traspasarlos habitualmente (el cuerpo médico y el variado personal, de planta –como los porteros– o ambulante, como los proveedores), aquellos que realizan sólo breves incursiones –como las visitas, los familiares– y por quienes se alojan allí.

Y, también, un lugar de internación por excelencia, del cual se es dado de alta. Que amenaza con engullir en un adentro imaginariamente laberíntico, cuyas razones se desconocen (muchas veces incluso por los auxiliares, paramédicos y enfermeras, la decisión sobre los tiempos de estadía en este recinto hallándose en manos del jefe o la jefa de servicio). A la vez que, una vez adentro, se instaura un tiempo casero: el de la alimentación, de los cuidados, de los afectos. Se crean relaciones filiales y fraternales. (No podríamos referirnos al hospital del Salvador en específico, pero sabemos que los servicios de salud son productores de mamitas, del discurso de lo materno, que asimila a las mujeres exclusivamente con la maternidad, con la asexuación de los cuerpos y el servicio a los otros que le están vinculados. Que allí donde coinciden las llamadas prestadoras de servicios y usuarias, las exigencias respecto del cumplimiento de este modelo y las sanciones de su transgresión son mayores [28] (por ejemplo, en las reacciones de las matronas a la manifestación de la vida sexual de las mujeres). Que algunas pacientes que rompen con aquel mandato de docilidad son categorizadas como VDM [29] en las fichas clínicas. Del mismo modo que las y los pacientes mayores se vuelven abuelitos. El imaginario familiar atraviesa las instituciones de salud, sosteniendo las relaciones primarias que acompañan el cuidado de los cuerpos. Más aún cuando el organismo que los prodiga es público, apelando simbólicamente a un padre protector [30] y a mujeres que interceden y median en este vínculo problemático. Más aún si las condiciones de vida de las y los pacientes que confluyen en un hospital público santiaguino se ubican en la intemperie, no poseen la inmunidad de clase para quedar al resguardo de la mirada ajena, ni inscrita en sus cuerpos la noción de derechos que conlleva una ciudadanía de iguales. (En la salud privada –que marca a la ciudad con sus propios templos: la arquitectura monumental de las isapres– estas carencias son soslayadas a través de la figura del o la cliente, a la vez que se encubren con la hotelería de las clínicas que obedecen al imperio del cálculo en la ciudad-satélite).

La soledad que emana de estas condiciones –que responden a la historia de abandono y abandonos de nuestro cuerpo social– y la multiplicidad de relatos posibles que surgen de lo ingobernable de aquellos cuerpos, de aquellas vidas expuestas, es lo que no escribo hoy, es lo que se está escribiendo a diario en este gran recinto donde se cruzan lenguas hospitalarias y lenguas callejeras, lenguas dosificadas y lenguas de trapo, seguramente atravesadas, también, por el tiempo líquido que se derrama en los partos, las camas y las cocinerías del hospital público del Salvador.

NOTAS

Texto publicado en el catálogo de la exposición colectiva “Intervenciones de Utilidad Pública” de los artistas Patricio Castro, Gisela Munita, Macarena Oñate, Jorge Opazo, Andrés Pizolti y Sebastián Preece, Hospital del Salvador, Santiago, 2002, y en Escribir la ciudad, Ortiz, Maribel y Vilches, Vanesa editoras, Fragmentoimán, San Juan, Puerto Rico, 2009.

[1] Octavio Paz, “Crítica de la pirámide”, en El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, 1981.

[2] Ver Guadalupe Santa Cruz, “Las ciudades literarias. Por una arquitectura de superficie”, en Otras miradas sobre la arquitectura y la ciudad, Mirta Halpert ed., Universidad Central, Santiago, 2001.

[3] Severo Sarduy, Ensayos generales sobre el barroco, Fondo de Cultura Económica, 1987.

[4] cuyos propietarios, legales, habían sido habitantes de las riberas del Mapocho y mano de obra para las casas burguesas de Las Condes, lugar donde se enclavó este proyecto urbanístico y social, durante el gobierno de la Unidad Popular, los cuales fueron violentamente desalojados después del Golpe militar, repartidos en camiones de basura hacia destinos tan individuales como improvisados. Ver Hernán Millas, “La demolición de un pedazo de historia/La Villa San Luis, en las tres últimas décadas”, diario La Época, 27 de julio de 1997.

[5] Ver el pormenorizado relato que hacen de la historia de estas torres Silvia Hidalgo y Juan Vera (presidenta de la Torre 3 y expresidente de la Torre 7) en “Las Torres San Borja: una Ciudad dentro de la Ciudad”, Cuaderno Mujer y Límites, Serie Espacio y Territorio, Guadalupe Santa Cruz, edit., Cuarto Propio, Santiago, 1990.

[6] Sergio Fernández en Territorios sin medida, Gustavo Boldrini y Guadalupe Santa Cruz (ed.), Escuela de Arquitectura, ARCIS, en prensa.

[7] Claudia Moreno, en Territorios sin medida, op. cit

[8] Doris Ojeda, “La Sección de alta Seguridad, SEAS/Un relato desde el afuera, después del adentro”, Santiago, Abril 1999.

[9] el extremo en intensidad de este tiempo suspendido (arrebatado, en este caso, o cancelado) se hallaría en los campos de concentración.

[10] Isabel Larraín, El camino más alto, LOM. Santiago, 1999

[11] citado por Marshal Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire/La experiencia de la modernidad, Siglo Veintiuno Editores, México, 1988

[12] Marc Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato, Gedisa, Madrid, 2000.

[13] Carlos Ossa, “La desaparición del narrador”, en Revista de Crítica Cultural Nº14, Santiago, 1997.

[14] María Isabel Amor, Ciudad Cercada, Documentas, Santiago, 1993.

[15] Jean Baudrillard, Las estrategias fatales; Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1978.

[16] Suzanne Jacob, La bulle d’encre, Boréal, Montreal, 2001.

[17] Cristina Molina, Dialéctica Feminista de la Ilustración, Anthropos, Barcelona, 1994.

[18] Verónica Petrowisch, “El hombre, esclavo o dueño del tiempo”, “El Gallo Ilustrado” Nº1160, México, 1984.

[19] Alejandra Brito, “La construcción histórica de las mentalidades de género en la sociedad popular chilena 1900-1930” en Monográficas 1, Nomadías, Programa Género y Cultura en América Latina, Universidad de Chile, Ed. Cuarto Propio, Santiago, 1999.

[20]Marcia Stephenson, “Hacia un análisis de la relación arquitectónica entre el género femenino y la raza en Bolivia”, en Debate Feminista Nº17, México, abril 1998.

[21] María Emma Mannarelli, Limpias y modernas/Género, higiene y cultura en la Lima del novecientos, Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, Lima, 1999.

[22] Germán Carrasco, La insidia del sol sobre las cosas, Dolmen, Santiago, 1998.

[23] María Inés García Canal, “Espacio y diferenciación de género (Hacia la configuración de heterotopías de placer)”, en Debate Feminista Nº17, México, abril 1998.

[24] Nahim Wigolorchew, “Los papeles brillantes”, en Territorios sin medida, op. cit

[25] Lorena Moraga y Francisca Morales, “Las manzanas del anonimato”, en Territorios sin medida, op. cit.

[26] Juan José Seoane, “El miedo a la memoria”, en Territorios sin medida, op. cit

[27] Las citas a continuación pertenecen a Territorios sin medida, op. cit.

[28] Ver Fanny Berlagoscky, María Isabel Matamala, Lorena Nuñez y Gloria Salazar, Calidad de atención. Género ¿Salud Reproductiva de las Mujeres?, Ed COMUSAMS-ACHNU, Santiago, 1996.

[29] VDM: abreviación de “vieja de mierda”, citado por Juanita Kovalskys, “Resemantizar el acto de enfermar de las mujeres” en Samaritanas, mediadoras y guardianas. Poder y ciudadanía de las mujeres en la salud, Guadalupe Santa Cruz y Victoria Hurtado ed., Instituto de la Mujer, Santiago, 1995.

[30] María Angélica Illanes. En el Nombre del Pueblo, del Estado y de la Ciencia, (…) Historia Social de la Salud Pública. Chile 1880-1973 (Hacia una historia Social del Siglo XX), Colectivo de Atención Primaria, Santiago, 1993, y “Cuerpo y cultura. El caso chileno”, en este mismo catálogo.

Fuente: Web de Guadalupe Santa Cruz

Imagen principal: Edward Paulus, Direcciones.

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