Miguel Ruiz Stull / Hay, efectivamente, un materialismo de lo incorporal. Reseña a Políticas de la excarnación de Rodrigo Karmy Bolton

Filosofía

Hay, efectivamente, un materialismo de lo incorporal. Reseña a Políticas de la excarnación de Rodrigo Karmy Bolton

Quisiera iniciar esta reseña, lo creo más que pertinente, con una cita del artista Francis Bacon, una reflexión de un artista visual realmente notable sobre el procedimiento que despliega en su obra pictórica:

Pensando en ellas como esculturas, la manera como podría hacerlo en pintura, y hacerlos mucho mejor en pintura, se me ha ocurrido de repente. Sería una especie de pintura estructurada, en la cual las imágenes surgirían, por así decirlo, de un río de carne. Esta idea suena terriblemente romántica, pero la veo de manera muy formal – ¿y cuál forma es la que tendría? – ellas se dirigen ciertamente sobre las estructuras materiales – ¿Muchas figuras? – Sí, y habría sin duda una plataforma que se elevaría más alto que en la realidad, y sobre la cual ellas podrían moverse como si fuera de tiras de carne que se elevan las imágenes, tanto como es posible, de gente determinada haciendo su recorrido cotidiano. Yo espero ser capaz de hacer las figuras surgiendo de su propia carne con sus sombreros de hongo y sus paraguas, y hacer las figuras tan desgarradoras como una Crucifixión

Pienso que este espléndido libro de Rodrigo Karmy, en el cuadro reflexivo que abre Bacon, instala una nuevo procedimiento de comprensión de la carne. Esto es más o menos evidente solo leyendo la superficie del título, Políticas de la excarnación. Al igual que Bacon, otra vez, Karmy piensa la carne a partir de una constante de movimiento, facticidad del movimiento que logra en el diseño del argumento del libro dona por efecto una especie de deconstrucción radical de todos aquellos otros mecanismos que intentan detener el flujo de la carne, llevándolos, como cuestión naturalizada, a la encarnación. Digo deconstrucción radical, pues creo leer que la salida de la carne, la excarnación para seguir el vocabulario de esta obra, no presenta los rasgos aporéticos que Derrida exhibe en el diseño de uno de sus tantos estilos filosóficos. Habría que leer este libro, en este sentido, como una especie de programa, una variedad de una nueva forma de articulación o de derrotero para la filosofía, que quizá roce y aluda a una compleja noción de acontecimiento. Pero no vayamos tan rápido, pues la escansión misma del texto de Karmy, su estilo y su escritura, en fin su pensamiento, nos obliga a ir más lento en nuestra calidad de lector.

Políticas de la encarnación es un libro de filosofía. Por cierto, esto es muy, e incluso demasiado, evidente, pero debo explicar en qué sentido me atrevo a decir algo tan obvio. En este contexto actual, de tan alta especialización y profesionalización de la disciplina filosófica, existen, se promueven y se alienta a escribir muchos textos sobre filosofía, quizá otra vez demasiados. Sean estos desarrollados por vía de una historia de esta disciplina, o bien, sea por una cada vez más compleja filología de los textos, acaso tomados estos por fundamentales, del discurso filosófico. El autor, Karmy, pese a las apariencias de una primera lectura, no ha escrito un libro sobre filosofía, ha escrito un libro de filosofía, que pertenece a la filosofía, o mejor, a una filosofía: este es a mi juicio todo el caso. Y es por ello que pienso, además, que al lector de este libro habría que indicar que no lea o entienda la primera parte de esta obra como un puro, preciso y minucioso, que lo es, no hay duda en ello, como un mero trabajo académico, de lo más regular, de lo más habitual. Es cierto que esta sección del libro se presenta visto solo en su superficie como un detallado análisis de las diversas nociones que pueblan las investigaciones en torno a la biopolítica y la teología política. Se convocan las fuentes más relevantes, se las sopesa en su mérito y se las expone con una claridad que daría evidencia de una amplia erudición por parte del autor y que sería sin duda celebrada, con relativa justicia, por buena parte de una academia que goza de este estado de cosas. Una suerte de espectáculo intelectual tal que, como si hubiese la necesidad de realizar un nuevo comentario que intentase, otra vez, inscribir, situar y controlar el sentido, lo no dicho por el texto mismo, de aquella multiplicidad de obras que se consignan bajo el rótulo básico de biopolítica y teología política.

Si mi lectura acierta, tengo la convicción de que lo que Karmy efectivamente hace en esta primera parte es, paulatinamente, por medio de la economía de su tono, una verdadera revuelta del sentido, del reparto y de las operaciones que las nociones claves de la biopolítica y la teología política han impuesto hasta ahora bajo una guisa de artificial debate de estas mismas nociones. Esta revuelta tiene su núcleo de una articulación o introducción específica en la intervención sutil y llena de matices de una noción fuerte de potencia que Rodrigo Karmy extiende a partir del averroísmo. Esta torsión de sentido de nociones capitales tales como soberanía, gobierno, poder, excepción, cristianismo, por nombrar las más recurrentes para esta línea siempre abierta de indagación, en y con el estilo de Karmy, son radicalmente transformadas en sus relaciones y más íntimas imbricaciones. Por ello creo relevante señalar que hay que leer con mucha atención la vuelta, o mejor revuelta, lectiva de la noción de homo sacer y como todo ello se conecta con la noción de potencia de Averroes que desmantela el tradicional esquema de entender la naturaleza lo humano como animal racional. Por ello, no haga caso al autor de la introducción de este libro, es decir, Rodrigo Karmy: esta primera parte, Double bind, no tiene nada de expositivo, he de insistir, pese a las apariencias y lo efectivamente dicho por su autor; lo que se exhibe acá, en esta porción de texto, es una verdadera revuelta de los conceptos biopolíticos y teológico-políticos que hace un rato han poblado nuestra escena universitaria.

Sin embargo, es cierto cuando se dice en la introducción que el núcleo de este libro es la segunda parte, bajo esta nueva concepción del antiguo concepto de potencia y la introducción eficiente de la infancia que es la carne misma del argumento en torno a la carne. Por una mera cuestión de extensión en esta ocasión solo puedo dar razón del esquema fundamental de esta propuesta teórica, y por ello solo intentaré dar cuenta de los ejes estructurales del paso, traspaso, o mejor transformación y alteración me gustaría decir, que va de la encarnación a la excarnación. La articulación del argumento diseñado por Karmy pareciera ser este: la figura responde a la máquina; el proceso de la cura sui enfrenta al carácter kerigmático que constituye la proclama pastoral del cristianismo; la infancia desarticula las determinaciones somatotécnicas que apresan todo cuerpo; el animote derridariano expropia la operación katechóntica que inquiere por apropiar todo cuerpo. En fin, las aporías de la encarnación son resueltas por la irrupción, emergencia e insurrección del poder extensivo, estas son en definitiva las políticas, de la excarnación. Ya no más cuerpo individuado, sino más bien la apertura de la carne como materia no formada, como materia en proceso de formación y transformación y deformación tal como lo recordábamos desde nuestra apertura con Bacon. Hay algo sin duda subversivo en esta nueva otra revuelta que Rodrigo Karmy llama la resurrección de la carne. O dicho con Balibar en un más o menos reciente texto, que recuerdo se titula Ciudadanía, hay una especie de insurrección de la carne, tal como lo entiende Karmy, en la justa medida en que una política de la excarnación agrega peligro, incertidumbre, algo además de creación que emancipa la potencia de lo colectivo de toda aquella máquina institucional que impera por asignarle un orden determinado o régimen de significación que impera por darle no solo un diseño definido, sino más profundamente un comportamiento previsible.

Entonces, ¿qué es la carne para Karmy? ¿Cómo se deviene carne? ¿Qué procedimiento implica devenir carne? Puede sonar esto una torsión delezeana de mi parte, que sin duda está implicado en el argumento hacia el final de este libro, esta es al final mi apuesta. La carne se consigna como un medio, un límite, un umbral, en fin, en una especie de intermezzo y un entre. Al final la carne es una prótesis que abre al cuerpo cerrado, clausurado y, especulo, vacío de la maquinaria de la encarnación hacia las potencias de excarnación de la misma carne puesta en una constante de variación. Entonces la carne no puede ser ni sustancia ni accidente, ni sujeto ni objeto, tampoco pensamiento y extensión. La carne ha de ser, por la potencia disruptiva que expresa, un acaecer simplemente. Ya se está en medio de la carne, a través de sus figuraciones múltiples que toman por asalto las formas del cuerpo transformándolas y haciéndolas devenir en nuevas formas imprevistas e inciertas. La carne debe ser algo así como un acontecimiento, como ya lo había aludido en el comienzo de esta reseña. Entonces, tras la prótesis de la carne, que supera el cuerpo tanto de Abraham y de Prometeo, puede haber algo así como un nuevo Proteo: un ser de alteración, la carne, un ser sujeto al devenir de sus propias formas, deformación y transformación del ser, una actualidad de la potencia en cuanto tal, que hace indiscernible, en efecto, las fuerzas activas y pasivas que trastocan y conmocionan cada vez la fisonomía múltiple de su tan simple e inmediato acaecer. Y de nuevo aparece Bacon, este libro clama por una pietas de la carne, del mismo modo que la naturaleza en cuanto carne clama para un Lucrecio o un ser que siempre clama para Deleuze.

En fin, quizá haya que comprender a este libro de filosofía como una pieza, sorprendentemente para nuestra comunidad, consistente con aquel proyecto, solamente esbozado en sus grandes líneas alguna vez por Foucault según recuerdo, de una filosofía del acontecimiento que se hace extensiva, de una manera para nada paradójica a mi juicio, bajo la cifra de un materialismo de lo incorporal. Y Karmy, pienso lo confirma, y su libro lo hace consistente estructuralmente: esta obra no desea esquivar de tomar en serio la materialidad sin forma, por el contrario, la afirma; y no le interesa controlar el acontecimiento, acaso por venir, sino liberarlo de toda figura de control y, por en ende, de trascendencia. Quisiéramos, en fin, que esto fuera una excarnación.

Miguel Ruiz Stull

Ξ

Imagen principal: Lorenzo Costa, The Nativity, 1490.

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