Gerardo Muñoz / Existencia contra cibernética. La hipótesis cibernética veinte años después

Filosofía

En estos días he recibido la edición norteamericana de The Cybernetic Hypothesis (Semiotexte, 2020), publicada justo veinte años después de su aparición en la mítica Tiqqun 2 (2001). Es curioso el destino que a veces suelen tener algunos libros. Y no lo digo por aquello de que algunos libros se escriben para lectores póstumos. Hay textos que atraviesan la oscuridad del presente para salvarse de un naufragio. Una empresa difícil en una época como la nuestra, carente de orientación y formas generales. Los autores de La hipótesis cibernética – si es que, en efecto, podemos hablar de ellos como “autores” – pudieron abrir los “miles de ojos” de los que hablaba un poeta norteamericano para adentrarse al despliegue del poder en el momento en que este auto-abdicaba hacia una indiferenciación entre sociedad y estado. El paso quedaba muy claro: la exigencia era entender la nueva física del poder. La pregunta ya no era ¿qué hacer?, sino ¿cómo despejar otras zonas de opacidad? Evitando las salidas falsas y claramente arcaicas (“restituir” al hegelo-marxismo universalista, el Partido, la política de los fines, la “Revolución”, etc.), la hipótesis cibernética venía a mostrar cómo la nueva eficacia del poder transitaba por los entramados de la informática, sus nodos semióticos, y la producción habitual en una gigantomaquia de administración sobre los estímulos poblacionales.

Ya en un ensayo decisivo de 1966, Martin Heidegger refería la Cibernética como una “nueva ciencia fundamental…en la cual el destino del hombre como ser activo y social, pues es la teoría para dirigir la posible planificación y organización del trabajo humano”[1]. El destino del hombre era reducible a una Humanidad planificada y panificable, que hoy en día, en la era del big-data, ha encontrado su máximo rendimiento en toda la praxis espaciotemporal del humano. Primero, espacio: la cibernética ya no es un modelo ajeno a la organización de “cómo” se vive, sino que es la matriz misma de lo que llamamos metrópoli. Y la metrópoli, como sabemos, no es una mera organización urbanística o topológica, sino que es la totalidad integradora que sostiene una “vida sin mundo”. Y segundo, lo temporal: la cibernética aquí es el patrón que legisla la totalidad del tiempo de vida en función de los mecanismos de la economía en su fase de subsunción real. Solo basta ver en estas semanas consulting corporations como McKinsey: la prolongación de los horarios de sus “asesores” es proporcional a la extensión de sus prácticas en toda la fábrica operativa de lo social. Ya no podemos decir de manera abstracta que la técnica sea una praxis de lo humano, es también algo más: el avatar que tiene una extensión de correspondencia total con la realidad.

La cibernética en tanto que kubernesis a finales del milenio afloraba como una nueva lógica del gobierno, justo en el momento en que todas las categorías políticas parecían como pequeñas mudas de ropa de nuestra infancia. ¿Qué nos puede decir hoy “sociedad civil” o “ciudadano”, el “estado” o la “libertad”, salvo motes recursivos de una compensación lingüística? Que la política haya terminado en una ciencia del lenguaje, tanto en la derecha como en la izquierda (Laclau con Habermas), solo puede confirmarse con el hecho de que la cibernética ha triunfado en su naturalización gramática. Esto explicaría el impasse de una izquierda que cree mucho en las dispensas de la “política” para una época que ya no puede organizarse desde ninguna hegemonía. Tal vez ahí encontramos el primer paso decisivo de la hipótesis cibernética; esto es, el fin de la política es el triunfo de los aparatos metafísicos de una ciencia sin afuera. Según Tiqqun, el poder ya no ni trataría de “ordenar” lo social, pues ahora se busca “dominar la incertidumbre”.

Una vez que el ciudadano pierde su facultad de “distancia”, la metrópolis deviene como la sistematización práctica de todos los cuerpos en un sistema de flujo comunicacional. Por eso, que un profesor de Stanford University haya escrito un libro sobre el “Espíritu Mundial” en Silicón Valley – donde los futuros multimillonarios del high-tech practican sesiones de relajamiento para sus manos y hombros en compañía de lecturas del Zen y Heidegger – pone en evidencia la eficacia de una maquinación que tiene al sujeto como lienzo de su coreografía[2]. Tiqqun no lo dice en estos términos, pero podemos definir la cibernética como el sistema total de las compensaciones entre la intensidad de los flujos y la descarga sensible. La compensación atenúa el déficit de la experiencia y el peso abominable de lo ya siempre predecible. Pero ¿cómo hemos podido caer en un dominio de este estilo?

Tiqqun escribe: “el motor del despliegue de la cibernética es la difusión para luego ser interiorizado” (107) Es el problema por el control del medio, y en particular, de la infinitización de los medios a través de superficies lisas, transparentes, empalmadas a escala planetaria. Todo ente quiere lucir ante todos los demás entes. Pero esto implica que ya estamos deshabitados de experiencias posibles ante la irreductibilidad. Y es en este sentido que se abate la latencia de destino. Sabemos que solo se puede encontrar lo que nunca buscamos. Y eso que encontramos es una estría en el mundo, ajena a las recursividades posthumanistas que hoy son la materia prima del Capital y de la fuerza imperial[3]. Hacia el final de La hipótesis cibernética, leemos una cita de Giorgio Cesarano al respecto:

“Nada ni nadie ofrece como regalo una aventura alternativa: no existe más aventura posible que la de conquista de un destino. No podrás llevara cabo esta aventura si no partes del emplazamiento espaciotemporal de “tus” cosas te marcan como una de las suyas”[4]

En efecto, ya no hay cosas cuando el mundo ha pasado por una transformación del globo, como le gusta decir al pensador Rodrigo Karmy. En este pasaje encontramos la devastación de toda la fenomenología del mundo de la vida en su integración vital al gobierno de las cosas (Economía). La cibernética hace posible elucidar lo que de otra manera parecía un misterio: el hecho de que la economía no es económica, sino el ensamblaje de todos sus compuestos maquínicos” (123). De ahí que el curioso manierismo de una “ecología sustentable” sea el proyecto afectivo y antro-potécnico de todas las grandes metrópolis. Pocas cosas se toma en serio lo burguesía neoyorquina como la metodología del recycling cada martes.

Escrito al interior del interregnum del 2001, La hipótesis cibernética recogía la tonalidad de “pánico” de su momento. El 2001 fue la instancia del war against terror, un frenesí gubernamental por la reactivación de una guerra civil que busca a toda costa aplanar los agujeros que iban saliendo en las superficies de lo Social. ¿Qué podemos decir hoy, a veinte años de distancia de aquel suceso, y ahora inmersos en una fase de confinamiento ante una pandemia planetaria? Es obvio que en el presente se abre una nueva fase para la hipótesis cibernética, ya no entregada al esquema bélico de la stasis difusa. El nuevo plano estratégico incorpora los “cuidados” y la “vida” al centro de una operación compensatoria. Incluso, que el polo médico ahora es el atenuante de una pacificación contra-económica. Ahora la dominación busca regular la reproducción de la vida de la especie contra las posibles sublevaciones de la antropofagia financiera. De ahí que las figuras que aparecen al final de La hipótesis cibernética – “la revuelta invisible”, “la interferencia en el sistema”, el “ritmo de la desconexión” – hoy solo tienen sentido si logran transfigurar la vida en otra cosa. Llamémosle a esa transfiguración existencia. Y es la existencia justo lo que puede establecer un corte en lo real, ya que, como veía Heidegger: “la cibernética se ve obligada a reconocer que hasta el momento no es posible elevar a cabo un control general de la existencia”[5]. Esta región irreductible a los aparatos metafísicos del imperio ahora se encuentra en un punto excéntrico, esto es, como posibilidad de habitar en cualquier punto del mundo.

Este punto sin locación es el paisaje, o lo que quisiera llamar extática paisajística. Le debo a José Miguel Burgos Mazas haberme recomendado ver en estos días Copia conforme (Dir. Kiarostami, 2010), un filme donde ocurre muy poco, o donde solo ocurre lo esencial. Hay un encuentro luego un éxodo de la metrópoli, y un merodeo por el paisaje toscano. El director sabe que no puede darnos el fondo como referencia. En realidad, es lo inaparente durante todo el filme, porque el paisaje, como la brisa en el pasto, o es solo insinuación de un tono. En la extática del paisaje la realidad se disuelve. La vibración del fondo recoge la indeterminación irreductible de las cosas. El inmemorial previo al talar del bosque civilizacional regresa de manera nítida. Se abre una ventana. Y esto quiere decir que hay un paso atrás necesario. ¿Hacia dónde? Al establecer un límite reaparece la posibilidad del afuera de la civilización. El hyle del límite no es asumido como retención de lo expuesto, sino como el despeje de la existencia entre el afuera y el adentro en la duración de la physis. En su muy atendible ensayo Talar madera (La Oficina, 2017), Aída Míguez Barciela pone en escena lo que está en juego:

Para fundar la ciudad se tiene que talar el bosque. La tala, la destrucción del bosque es necesaria para las fundaciones…Y si la politización del bosque por parte de figuras masculinas consiste, según ciertos relatos en tomar posesión de, o, incluso, en desfigurar o mutilar ciertas figuras femeninas, entonces no puede sorprender que también figuras femeninas en cuyo campo de acción se incluye el hacer respetar ciertos limites, el poner cierto freno a la dinámica interna de los proyectos masculinos. No hay pues pura polis, sino la contraposición polis-hyle[6].

Nos separan veinte años de las tesis de Tiqqun. En el umbral del 2001 los amigos franceses apostaban por dar riendas a una “zona de opacidad” como éxodo general del sol cibernético. Hoy, ante la tercera transformación de la cibernética en “cuidado de sí” y despliegue médico en nombre de la vida y sus declinaciones vitales, la exigencia es redimir la existencia en el paisaje como posibilidad transfigurada del mundo contra la reducción objetual de la metrópolis. Aquí ya no podemos hablar de una res extensa “vital”, sino de una existencia que se mide por un “recorrido” que sobrepasa lo alienable de la especie por fuera de las máquinas bélicas y sus subterfugios. Y así, en la exposición extática del paisaje, dispongo de mis posibilidades suspendiendo la caída al hostis. Estas nuevas posibilidades le devuelven a la existencia el brillo de sus mundos.

NOTAS

[1] Martin Heidegger. “El final de la filosofía y la tarea del pensar», en ¿Qué es la filosofía? (Narcea, 1980).

[2] Hans Gumbrecht. Weltgeist im Silicon Valley: Leben und Denken im Zukunftsmodus (NZZ Libro, 2018).

[3] Yuk Hui articula el proyecto de la cibernética con los presupuestos de la recursividad con mirada al pensamiento chino en Recursivity and Contigency (Rowman & Littlefield Publishers, 2019). La recursividad como modelo matemático [a_0=1, a_n=a_(n-1)-1] se usan para describir y predecir la secuencia de un proceso. La recursividad aparece como el suplemento habitual de lo que Ettore Majorana llamaría en su último ensayo «El valor de las leyes estadísticas en la física y en las ciencias sociales» (1938), un nuevo «arte del gobierno».

[4] Giorgio Cesarano. Manuale di sopravvivenza (Bollati Boringhieri, 2000).

[5] Martin Heidegger. “La provenencia del arte y la determinación del pensar” (1967).

[6]  Aída Míguez Barciela. Talar madera (La Oficina, 2017).

Imagen principal: Georges Mathieu, Cybernetics, 1957

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