En la tradición islámica, Adán ocupa un lugar preponderante. El filósofo y místico de Murcia, Ibn ‘Arabi, en su libro Los engarces de las sabidurías [fusus al hikam] lo vincula con el «humano perfecto» [insan al kamil], lugar de encuentro entre lo divino y el mundo, un istmo [barzaj] que es también un espejo en dos sentidos, en el que Dios ve su revelación y la revelación descubre su pertenencia a Dios. Representante de lo humano en sí mismo, Adán es el padre de toda la especie, convertida a través de él, en regente [khalifa] de la tierra. De acuerdo al Corán su llegada al paraíso es por lo menos escandalosa. Los ángeles dijeron a Dios “¿Pondrás en ella –la tierra – quien la corrompa [desbastándola] y derrame sangre siendo que nosotros te alabamos y santificamos?”, frente a lo cuál Dios dijo “En verdad Yo sé lo que vosotros ignoráis” (Corán, 2, 30). Si ponemos atención a esto, en el misterio divino Dios no tiene sólo un propósito para el humano. No está determinado a cometer el bien pero, por cierto, tampoco el mal. Es un ser que se sitúa también como un barzaj, más acá del bien y del mal. Es un ser cuya naturaleza es la apertura, la potencia expuesta por su posición límite.
Esta potencia se funda sobre todo en una cualidad, el lenguaje. Dios vuelve a refutar a los ángeles, remarcando esta capacidad del humano, una vez que le ha enseñado el mundo a través de sus nombres. Sólo el humano posee conocimiento sobre las cosas del mundo y en eso se distancia profundamente de los ángeles. “Y enseñó a Adán los nombres de todas las cosas, luego se las expuso a los Ángeles y dijo: Decidme sus nombres, si es que decís la verdad […] Dijeron: ¡Glorificado seas! No tenemos más conocimiento que el que Tú nos has concedido, Tú eres Omnisciente, Sabio. […] Dijo: ¡Oh Adán! Infórmales sus nombres. Y cuando les hubo informado sus nombres, Allah dijo: ¿Acaso no os he dicho que conozco lo oculto de los cielos y de la Tierra, y sé lo que manifestáis y lo que ocultáis?” (Corán, 2, 31-33).
Significativo es, sin embargo –y siguiendo otras fuentes – que Adán este marcado por una característica determinante, el olvido. Como sabemos, hay un primer olvido que es el del mandato divino de no acercarse al árbol prohibido, hecho por el cual es castigado severamente, nada menos que perdiendo su lugar en el paraíso y descendiendo a la tierra. Dice el Corán “Por cierto que Adán tomó un compromiso con Nosotros [de no prestarse a los susurros de Satanás], pero luego se olvidó [y comió del árbol prohibido]; y no vimos en él una firme resolución” (Corán, 20, 115). Un segundo olvido, quizá tan impactante como el anterior, es el olvido de la lengua. Según los estudiosos medievales del Corán, en el paraíso la lengua de Adán era el árabe. Esto significa que el árabe es nada menos que la lengua del edén, iniciada por el primer humano que, también, será el primero en olvidarla. Una vez arrojado –y aunque perdonado por Dios – Adán continuará su vida habitando el siríaco, lo que podría ser entendido como la lengua del exilio. Mientras el árabe se encuentra lejos, en espera del último de los profetas, Adán está signado por una pérdida de la lengua materna. De alguna manera, ser humano significa, desde Adán, haber perdido el habla y errar sin un destino claro en una lengua protésica.
Que el exilio de la lengua es, sin embargo, todavía parte del plan divino sobre el humano, lo testifica la enorme obra de al-Ma’arri, La epístola del perdón [risalat al-ghufran], donde el poeta Ibn al-Qarih se encuentra en el paraíso con Adán. La intención del poeta es verificar si Adán ha pronunciado efectivamente unos versos atribuidos a él por la tradición. Los versos rezan: “Somos hijos de la tierra y sus residentes / Fuimos creados de la tierra y a la tierra volveremos / La buena fortuna nunca dura mucho para la humanidad / Y la mala fortuna se deshace con noches de felicidad”. El primer humano no lo recuerda. No sabe si ha dicho esos versos, pero concuerda en que son correctos, que expresan una verdad aplicable a toda la humanidad. Al-Ma’arri recuerda, en otro texto, que el problema del olvido les es caro a Adán citando un verso de Abu Tammam que vale la pena exponer: “No olvides tus obligaciones: porque es cierto / Se te llama hombre (insan) porque eres olvidadizo (nasi)”.
Aunque la etimología de Abu Tammam puede ser dudosa, hay aquí una característica del humano que parecería ser parte de su naturaleza. Olvido de la prohibición paradisíaca, olvido de la lengua, olvido de sus propios versos.
Habría que volver al inicio. A ese momento de la creación que enfrenta a Dios con los ángeles. “En verdad Yo sé lo que vosotros ignoráis” podría significar “Yo, el lenguaje, no pertenezco nadie. Habito en Adán y me escurro de él, desciendo del paraíso a la tierra, pero cambio, muto a siríaco. Siempre hay un costo en no poseer. Siempre hay un hiato entre Yo y el humano. Ahí se cuela el olvido. Sin él no hay lengua”. Pero nuestra blasfemia de poner palabras en boca de Dios puede continuar con mayor temblor: “El paraíso del que has sido expulsado es la lengua, esa que hablas ahora mismo, esa que has recuperado. Pero recuperar una lengua no significa entrar en el paraíso, porque este hay que saber habitarlo. Una lengua paradisíaca te ha sido entregada en el exilio. Tómala, habítala. Crea el paraíso”.
Lecturas:
Abu al-’Ala’ al-Ma´arri, The Epistle of Forgiveness, Library of Arabic Literature – New Yor University Press, New York, 2016.
Adbdelfattah Kilito, La langue d’Adam: et autres essais, Toubkal, Casablanca, 1999.
El Sagrado Corán en Línea. URL: https://www.nurelislam.com/El-Sagrado-Cor%C3%A1n-En-L%C3%ADnea
Ibn Árabi, Los engarces de las sabidurías, Edaf, Madrid, 2009.

