Hechos
¿Dónde reside la fuerza de los hechos sino en la rigidez de aquella mirada que nosotros, casi sin saberlo y durante siglos, hemos ido proyectando sobre ellos? ¿Acaso aún los hechos son capaces de hablar por sí mismos? ¿Aún son capaces de decir algo diferente de lo que dicen -nunca terminan de decir- las palabras? Y sí, si pudieran aportar algo distinto que las palabras, ¿acaso los hechos no estarían condicionados, desde su inicio, por la experiencia de la primera persona que los vivencia, ejecuta o padece? Y en ese mismo sentido, ceñido a la vivencia en primera persona, ¿acaso no sería más apropiado hablar de la singularidad de la experiencia antes que de la fuerza demostrativa, y hasta probatoria, de un hecho? Pero, al contrario, si los hechos nunca pudiesen decir con claridad algo distintos a lo que dicen las palabras, entonces ¿para qué hablar de hechos, por un lado, y de palabras, por otro? Tal vez en la misma noción de “hecho”, y sobre todo de “hecho histórico”, siempre esté existiendo de antemano una configuración lingüística, una suerte de a priori hermenéutico: como si cuando afirmamos que “los hechos históricos nos han dado la razón”, tal razón, en realidad, no estuviese siendo dirimida por un supuesto tribunal de los hechos, sino por el de una razón en sombras, solapada y hasta siniestra, la cual, incluso sin proponérselo, ha forjado el concepto de “hecho” bajo el inadmisible criterio de su propio interés y beneficio, de su propia imagen en difusa semejanza.
Por lo mismo, ¿qué es un “hecho” sino, antes que todo, una palabra, o la validación anticipada de un conjunto de palabras que, en la densidad y presunta solidez de su superioridad, de su contundencia significativa, pretende ostentar un estatuto de irrefutabilidad dentro de la trama de un discurso? ¿Qué es un hecho sino siempre algo que tiene que ser dicho con la pretensión de lo conclusivo: “eso es un hecho”? Y, cuando contestamos, a veces a nuestro pesar, “sí, es un hecho” ¿acaso no estamos recurriendo a aquella supuesta dimensión irrefutable como un criterio de legitimación suficiente para cualquier tipo de argumento susceptible de ser juzgado y zanjado empíricamente? Incluso más: ¿por qué un filósofo como Kant, tan formalista, tan alejado de la materia y tan devoto de los argumentos de jure, sostiene buena parte de la racionalidad práctica en una “razón de facto”, esto es, en el fáctum de la razón, en el hecho -por cierto incuestionable- de la facultad de la razón como disposición válida para todo ser racional finito?
Por ahora, centrémonos en esto: todo hecho es dicho; y, en ese decir, se jacta de haber sido reconstruido por el discurso que lo enuncia. Más específicamente, el hecho sólo puede ser presentado en segunda instancia, en la narración que comunica, y por tanto mediatiza, un determinado hecho. Así, todo hecho es, en última instancia, un testimonio que intenta pasar por experiencia en primera persona: incluso quien vivió una experiencia fáctica, sólo puede transmitirla a otros sujetos, narrarla, abrir el acceso a ella, en calidad de hecho. Por ende, la fuerza de los hechos no se sostiene a sí misma; más bien, se justifica en la significación o cadena de significaciones que ellos pueden generar, retratar o alterar: en su irrepetibilidad; en su representabilidad irrepetible y desde siempre desviada de cualquier origen y facticidad más que el de la significación.
Así como el sentido común nunca resulta universal, los hechos tampoco cuentan con una significación intrínseca a ellos mismos. Al ser siempre un elemento dependiente de una narración histórica, los hechos sólo pueden decir o contradecir, reforzar o refutar, aquello que las distintas culturas han depositado en el mismo concepto de “hecho”: el entramado y la acumulación de sentido que, al otro polo de la flexibilidad poética o de la creatividad ficcional, le hemos asignado a tales nociones: la intensidad y la tangibilidad. Como si cada vez nos autoengañáramos sin siquiera sospecharlo, y como si en ese autoengaño le concediéramos a los hechos una suerte de seriedad irreversible, ellos parecen pesar más que el deseo sobre el cuerpo o que la reflexión en el discurso. En efecto, quizás la única diferencia entre los hechos narrados por la disciplina histórica y aquellos narrados por las obras de ficción radique en la asunción o negación de un estado previo de consciencia, de una intencionalidad: por un lado, tomamos a los hechos históricos en cuanto datos de rigor, detentores de la seriedad de lo unívoco y de lo tangible; por otro, le otorgamos a las escenas ficticias un cierto principio de ligereza, flexibilidad y simultaneidad, el cual dotaría a las novelas, por ejemplo, de una virtud imaginativa que les permitiría mutar en infinitos mundos posibles.
Como sea, y contra todo buen pensamiento, tal vez la realidad y la ficción, los hechos y las palabras, no ostenten una diferencia de clase o eminente, sino solamente una diferencia de grado: en última instancia, los hechos históricos podrían ser palabras y significados, intuiciones y sentidos insaciablemente repetidos, reiterados hasta la obviedad y el hastío, los cuales, por eso mismo, se han consolidado, se han sedimentado hasta tal extremo que su significatividad parece haberse hecho tangible e incuestionable. Pero, cuando acusamos la existencia de tal proceso de tangibilidad, de un momento a otro, este mismo es susceptible de ser derogado. La significación de los hechos, unidades discursivas tan sólo existentes dentro del multiforme taller de la narración, taller dentro del cual suelen ser (re)presentados en cuanto provenientes de una presunta dimensión originaria y externa a tal taller narrativo, únicamente han de ser dichos y pensados a partir del tejido de significatividad lingüística y hermenéutica que los constituyen y al cual se hilvanan. En una palabra: los hechos no se bastan a sí mismo; están hechos de materia imaginal.
Posmodernidad
Como se sabe, tras la caída del muro de Berlín y del consecuente colapso de los socialismos reales y extensión del capitalismo a nivel mundial-imperial, la filosofía de Lyotard tuvo una justificación empírica gracias a la inclusión en la historia de la muerte de los grandes metarrelatos unificadores de sentido. El “hecho histórico” y el diagnóstico filosófico se encuentra íntimamente emparentado con la condición posmoderna, así como con la performática que atraviesa y disuelve la demarcación de los órdenes de la teoría, la práctica y la praxis destinada a articular a ambas. Por cierto, la muerte de los metarrelatos no tuvo por causa el fracaso de la efectuación utópica, sino algo mucho más trágico: la misma constitución de la empresa utópica se revelaba en cuanto des-fundada. O, si se quiere, fundada en un tejido discursivo y significativo, al mismo tiempo falso y real, que, una vez caído, dejaba en evidencia, por así decirlo, su naturaleza cultural, constructiva o ficticia, lingüística y siempre derivada de un origen inexistente.
La caída de los metarrelatos, así, transparentaba la condición propiamente posmoderna: el concebir la realidad ya no sólo a partir de la desmitificación propia del proceso de secularización moderno, sino por medio de la constatación de, por así decirlo, un inexorable nihilismo disolvente. En efecto, expresaba una súbita y radical crisis de la razón que, perpleja y sin saber si algún día podría dejar de engañarse a sí misma, reconocía su incapacidad de acceso al fundamento ontológico de lo real. Por ende, la concepción posmoderna fue sinónimo de un ataque contra la inmutabilidad y universalidad de los valores y estructuras teóricas sobre las cuales, durante la modernidad, aún descansaba el conocimiento de lo real (en un abanico de paradigmas que iba desde el racionalismo cartesiano hasta el empirismo británico), la virtud de lo moral (desde formalismo kantiano hasta el más pedestre utilitarismo anglosajón) y la belleza de lo estético (que hasta la irrupción de las vanguardias en el siglo XX, mantuvo su cándido entusiasmo por encarnar una diversidad de formas siempre al amparo de una única e incognoscible idea de belleza).
Así, en plena década de los 90´ la asonada posmoderna venía a confirmar una corazonada que, desde hacía década, atormentaba a la modernidad: la liquidez nihilista en la cual los valores modernos yacían, tan endeble como arbitrariamente, tan ficticia como reductivamente, instalados (¿por quién?). En suma, se terminaba por diluir el optimismo de la empresa moderna avocada, ya desde Descartes, en justificar su autofundación en el punto arquimideo de un principio originario y legitimado de jure. En su lugar (lugar sin lugar; khorá, intersticio platónico cuya virtud consta de abrir lugares imposibles y de destituir representaciones desgastadas), la asonada posmoderna exponía la potencia de las actitudes y expresiones, la significatividad, fluidez y mutabilidad de los gestos, los ademanes hiperbólicos de una razón irónica, crítica y al mismo tiempo débil, metafísica y falaz, y siempre arropada en una omnisciente disposición a un tipo de sospecha que la destinaba a converger con el escepticismo epistemológico y el relativismo moral. La constitución de lo real, en efecto, se presentaba como atravesada por la variabilidad del lenguaje, modulada por la fuerza de significativa de la interpretación y sobreinterpretación (pues, toda interpretación parecería ser, desde siempre, una sobreinterpretación) y articulada en función de los giros que una voluntad ligera y creatividad, líquida, nihilista y socarrona, fuese capaz de engendrar desde su impropia mismidad y perpetua inmanencia del lenguaje.
Si quisiéramos resumir lo anterior, y a riesgo de parecer groseros, podríamos decir que la irrupción posmoderna implicó que las nociones de origen, en cuanto fundamento, y de verdad, en tanto finalidad que guía toda metodología del conocimiento, perdieran su fuerza, esto es, su valor normativo e ideal. Dado este escenario, llegaría hora de introducir la molesta sentencia que Nietzsche activa en el Crespúsculo de los ídolos: “Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparente?… ¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente! (Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto culminante de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA” (Nietzsche, 2001, p.58).
Pues bien, actualmente el debate en torno a la posmodernidad parece haberse pasado por alto dentro del mundo de las humanidades y ciencias sociales. Como si la crítica, avizorando su amenazante nihilismo y habiendo detectado un punto de disolución de sí misma, hubiese optado por sostenerse a los postreros ámbitos de estabilidad que, pese a su erosión, aún le brindaban sustento: la mera institucionalidad del pensar academizante.
Sin embargo, ya sea desde fuera o desde dentro de tal institucionalidad, hemos ido asumiendo, tal vez incluso sin saberlo y obturando la etiquetación, gran parte de los predicamentos posmodernos. Otro sector, principalmente asociado a las ciencias sociales, se ha mostrado más reticente. Por su parte, las ciencias exactas, las ingenierías y las áreas de la gobernabilidad y finanzas, jamás se interesaron seriamente en el debate. Y este es un indicio importante: el retroceso de las humanidades en el seno de la sociedad, de la educación y Universidad neoliberal, va de la mano no sólo con una anti-intelectualidad y auge de la hiper-especialización disciplinar, sino también con un criterio de operatividad, explotación, rendimiento e hiperproductividad mercantil al cual le sentó muy bien la esterilidad del discurso posmoderno, así como la condición posmoderna que tal discurso -en un irónico acto de honestidad intelectual- venía a constatar.
Como sea, si bien la crítica posmoderna, es decir, la crítica de la crítica ante una razón asombrada y aquejada por su misma fragilidad y nihilismo constitutivo, resultó afín con muchísimas teorías emancipadoras de grupos socialmente excluidos, principalmente en lo vinculado con la deconstrucción de la naturalización sexualizante de los géneros, así como en ciertos alcances de movimientos decoloniales capaces de articularse a nivel intercultural y en oposición a una “historia oficial-universal”, también reveló el extravío de las antiguas identidades políticas y del debilitamiento de la consciencia de clase (ése “para-sí” por medio del cual el proletariado asume su rol histórico), otrora requisito indispensable para realizar toda revolución marxista.
En efecto, pareciera ser que, al recalcar la muerte del sujeto y la ubicuidad de los constructos lingüísticos, lejos de poner en jaque al dominio del poder ya establecido, se generó el efecto contrario: debilitar los contrapesos que se oponía a tal poder ya establecido. La hegemonía que hoy detentan los flujos de capital descentralizado, las concepciones cibernéticas de una vida sin mundo, los dispositivos de control algorítmicos, o la intensificación del individualismo consumista como sinónimo de libertad subjetiva, tienen mucho que ver con la utilización y captura de aquel afán propio del nihilismo posmoderno. Por eso vale insistir en la pregunta. Así, tal nihilismo, ¿se trató de un afán, de un capricho, de un libre juego de la imaginación, de una voluntad hastiada de modernidad y arrojada al irresponsable y gozoso delirio de la razón? O, en contraste, ¿se trató la constatación del signo de los tiempos, de una empresa comandada por la honestidad intelectual, pero cuya consecuencia redundó en que, al mostrar el carácter ficticio de los principios detentados, tanto por las fuerzas conservadoras como transformadoras, la misma posmodernidad deviniera funcional a los poderes hegemónicamente ya establecidos? En esta doble pregunta, en esta encrucijada, se juega el carácter trágico de la posmodernidad; y con ello, también se juega su fracaso, sus encantadoras y desilusionantes enseñanzas.
Si bien hoy en día esta encrucijada pareciera extemporánea, más temprano que tarde, será necesario pensar una estrategia de resistencia mundial y popular a estos tiempos de retroceso de derechos civiles, dictadura del capital cibernético, deriva neofascista de las democracias liberales, devastación de la naturaleza y, en síntesis, de guerra civil planetaria Y cuando llegue ese momento, también será necesario acudir a esta discusión sobre la posmodernidad ¿Por qué? Porque en ella también se juega el valor de la historia, la relación que toda concepción y estrategia emancipatoria ha de mantener, desde su presente, con el pasado.
Historiografía
En 1973, con Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, Hayden White remeció los pilares de la teoría de la historia. Sin requerir apelar a los elementos multiplicidades que desde siempre han cruzado a la disciplina histórica, White se enfoca, primero, en resaltar la constitución narrativa de la disciplina historiogtáfica; y segundo, realiza un riguroso análisis lingüístico-literario de aquellas narrativas. De ahí, que las obras historiográficas siempre puedan ser leídas como textos narrativos e, incluso más, resulten susceptibles de ser analizadas, y hasta de constituirse, a partir de ciertos tropos lingüísticos, figuras retóricas y géneros literarios.
Pues bien, lo que aquí queremos destacar consiste en cómo este tipo de mirada pudo diluir la fuerza decisiva de los hechos, en cuanto garantía de la verdad histórica, a la hora de relativizar su valor y, con ello, el estatuto científico de la disciplina. En efecto, la obra de White revela que, a la base de la historia, no está ni el pasado ni los hechos, sino el modo de presentación, es decir, la forma narrativa en la cual yace circunscrita la labor de reconstrucción de tales hechos. El elemento determinanate de la historiografía reside en el contenido de la forma. He ahí la relevancia de la forma, el contenido tácito que, desde la literatura, va representando los hechos reconstruidos y, por cierto, intencionalmente seleccionados por el historiador.
Sólo para dar cuenta de tres casos de corrientes historiográficas que resultan tan influyente como emblemáticas, podríamos decir lo siguiente. Tanto el positivismo historiográfico de Ranke, que buscaba “conocer los hechos tal cual ocurrieron”, eligiendo para ello concentrarse en los acontecimientos de los grandes héroes; la solidez estructural de la Escuela de los Annales, que, de manera multidisciplinaria, se enfocó en estudiar grandes procesos históricos de larga data, estableciendo unidades de sentido subtanciales y extensiva; así como la historia social, cuyo auge en la segunda mitad del siglo pasado vino a poner de relieve el rol agencial, movilizador y transformador de las clases oprimidas y subalternas; son corrientes historiográficas que comparten la valoración decisiva y absoluta, esto es, la veneración (que ellas mismas le asignan) a los hechos históricos.
En efecto, independientemente de la metodología historiográfica y del paradigma teórico que ejerza el historiador, del estándar de exigencia para seleccionar sus fuentes primarias y secundarias o de las disciplinas auxiliares que le asistirán, una vez teniendo en mano la reconstrucción de los hechos, el historiador, al parecer, sólo debería disponerse a narrarlos. Sin embargo, tras leer a Hayden White, el historiador, antaño científico social, despierta de su sueño dogmático, dándose cuenta de dos cosas: primero, que toda representación de los hechos reconstruidos dependerá de un gesto de arbitrariedad literaria, de una línea narrativa central, marcada por el orden y las secuencias, de otras líneas secundarias colindantes con dicha línea principal, marcadas por otros órdenes y secuencias, así como de asimetrías valorativas destinadas a validar su hipótesis, de hechos que, en función de esa hipótesis, también habrá de destacar, de otros hechos que, también en función de tal hipótesis, habrá de minimizar u omitir, de hechos que no puede ni debe nombrar, de hechos que no pudo reconstruir, que ignora o que ignora que ignora, pero los cuales, seguramente, acontecieron; de descripciones detalladas y de creación de espacios literarios y reconstrucción de personas-personajes; en suma, primero, el historiador que leyó a Hyden White percibe con perplejidad que su obra estará atravesada por la arbitrariedad erótica, ya sea exuberante o sobria, del estilo y la estructura literarios.
Pero no sólo lo impresionará esto. Si el historiador es perspicaz, también quedará devastado por un segundo saber, más súbito y oscuro que el primero: los mismos hechos que, luego de reconstruirlos, ya parecía amasar entre sus manos, no cuentan con ninguna significación intrínseca, es decir, son incapaces de hablar por sí mismos; más bien, dependen del sentido previo e indiscerniblemente constitutivo de esos hechos, entre los cuales habría que mencionar: la cultura que preservó las fuentes, la intención que tuvieron los miembros de esa cultura para preservarlas, las creencias de los protagonistas y observadores a la hora de narrar los eventos, las especificidades del tipo de fuente, el desgaste y las distorsiones tácitas o explícitas de aquellas fuentes, los propios prejuicios que él mismo, el historiador, tenga sobre dichos desgastes y distorsiones… Y, por cierto, el sentido también dependerá también de los principios que estructuren a la teoría historiográfica, así como a su correspondiente metodología, a la cual el mismo historiador adhiere y bajo la que, sin poder verlo nunca con transparencia, ha subsumido a aquellas fuentes y ha podido interpretar y (re)construir tales hechos históricos. Es todo aquello, y mucho más, lo que otorga significación a los hechos.
Como si habitáramos un universo post-hermenéutico, la historia posmoderna, en última instancia, deviene pura historiografía: modos de representación y construcción narrativa que tiene por objetivo presentar lo narrado “como si no” fuese ficción.
Pregunta y Afectos
No obstante, si bien desde una vertiente disciplinar la historia estaría condenada a la historiografía, a nivel existencial, la historia abriría espacio para el despliegue de la historicidad. Dicho heideggerianamente, ella constituiría la posibilidad de acceso a una situación temporal, esto es, la facticidad de un encuentro experiencial con el problema del tiempo y de lo otro-a-este-tiempo. Así, renegando de cualquier impulso destinado a agotar el sentido de los hechos reconstruidos en determinado tiempo pretérito o de obligarlos a recitar los irrefutables cánticos de la verdad, la historicidad de la historia podría proveernos de un encuentro con algo distinto a nuestro tiempo, con un horizonte afectivo que se nos escapa y el cual, pese o debido a ello, nos interpela. He ahí una cierta posibilidad y politicidad de la historia. Pues se trataría del desafío ético de habitar una existencia común, pero asumiendo una doble e insuperable certeza afectiva: tanto de aquella existencia en común, por un lado, como de la problematicidad disolvente y nihilista que la teoría impone, por otro.
Pronto habrá que contestar a lo siguiente: ¿cómo luchar contra la dominación del capital cibernético y descentrado, libertario en su aniquilación de la vida, asumiendo las enseñanzas de la posmodernidad, pero, a la vez, sin tener que recurrir al gesto reaccionario de restituir la autoridad de los hechos históricos en cuanto verdades decisivas? No lo sabemos.
Quizás, para saberlo, primero tengamos que empezar por lo más cercano; por lo más cercano que es siempre lo más lejano. Es decir, con aquello que nos toca y altera cada vez que leemos una narración, ya sea ficticia o histórica: empezar a relacionarnos con la historia por la antesala de la imaginación. Así, al igual como en un universo topológico toda separación no deja de ser nunca un modo de relación, en un universo narrativo (literario e histórico) la imaginación no deja de ser un modo de afección (y no simplemente de autoafección). En los afectos, como lejana e imprecisa resonancia de algún irrelevante hecho, tal vez, resida buena parte del sentido de la historia.
Lecturas
Lyotard, J. F. (1991): La condición postmoderna. Ediciones Cátedra: Madrid.
Nietzsche, F. (2001): Crepúsculo de los ídolos o Cómo se filosofa con el martillo. Alianza Editorial: Madrid.
White, H. (1992): Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. Fondo de Cultura Económica: México D.F.

