Aldo Bombardiere Castro / Ocasos

Filosofía, Política

1

A pies descalzos, los niños juegan sobre la arena gris y gastada. Las madres mantienen sus imágenes al interior de las pupilas, a una distancia incierta tanto de los niños como de los hombres. Los padres y los padres de los padres florecen en el cóncavo pecho de los niños. Anochece. Y a la luz de los venideros espectros, los nombres empiezan a desdibujar los contornos de las sonrisas: la cifra, el número, las bombas, son implacables.

2

Los niños juegan y se agitan entre la arena, mientras, aún con los pies descalzos, sienten cómo la aspereza y la humedad oxidan sus huesudas rodillas. Las madres, desde sus hogares, sueñan la estela que los niños han dejado en sus faldas durante años; estelas lejanas, cuan estrellas fugaces e incumplidos deseos idos con ellas, pero, así y todo, estelas capaces de evaporar ira cuando roza convertirse en odio. Los padres han perdido a sus padres, y el corazón de los niños huérfanos lleva a hermanos y hermanas a las entrañas de otros cielos. Anochece y un ángel anaranjado se anuncia desde lo alto. El rojo de la sangre es más veloz que la luz, pues, incluso antes de dejar de palpitar, arde desde dentro.

3

Los niños corren como si jugaran; entre crecientes escombros de arena y ya sin pies, gritan en su lengua inimitable; otros, han perdido la cabeza a la altura de la garganta (antes de conferirles digna sepultura, los familiares no sabrán si abrazar su cuerpo decapitado o besar lo que quede de su cabeza). Agónicas, apresadas entre las paredes y los indescifrables fragmentos que las inmoviliza, las madres bajan sus párpados para buscar acunar el martirio de los niños, pero no pueden dejar de oír sus llantos y sus súplicas: una única muerte genocida envuelve este instante, este irremediable pliegue de la historia. Los padres y los abuelos, los profetas y sus prédicas, los espectros han hecho espíritu y carne en las caricias y las armas de cada tejido, brazo y cartílago: resistir consiste en amar y en luchar, en dolerse y en ser (un ser) desgarrado. Ahora que la noche explota, la ira de dios -cataclismo de hierro fundido- desborda de éxtasis en la lujuria del sacrificio: por un segundo, la sangre de Amalek logra saciar su sed con argollas de sal. Al fin, cuan diluvio de infierno, el pueblo elegido avanza hacia la consumación de aquella irrefutable promesa: el dios de la muerte ha sido su dios elegido.

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Los niños (ya) no son de este mundo: aunque no las veamos, sus sonrisas musitan desde las profundidades del cosmos. Las madres, enloquecidas bajo los escombros, parpadean por última vez para respirar una oración de despedida: entonces, soñándose a sí mismas, extienden las faldas, acomodan en ellas los infinitos rostros de todos sus hijos y, liberadas de cualquier falso deber de la voluntad, ascienden a un lugar sin lugar, a un lugar cuyo único -pero suficiente- anuncio discurre en aquel vendaval que, día a día, no cesa de dorar la cúpula de Al Aqsa. Los padres y los abuelos, privados de eternidad y sacrílegos frente al minucioso tremendismo de los Requiem, reconstruyen su hogar piedra por piedra, dando curso, así, a un habitar siempre nuevo; habitar siempre nuevo, como un Dios que, sin corresponder exclusivamente a los nombres de Cristo, Yahvé o Alá, responde a todos los nombres. Desde el río hasta el mar, la noche amanece, cuan sol y días solidarios con el trigo y el pan, cuan solidarios planetas que resisten y espejean alrededor del fuego; desde el río hasta el mar, la noche amanece entre los pies de los niños y contra los arsenales de escombros. Ocaso de un miserable ocaso, la galaxia se constela para atesorar a las madres asesinadas, para hermanar a cadáveres de padres y abuelos, para acompañar hasta el alba la rebelde ternura que resoplan los pueblos. Porque, intocables por el odio, los olivares han ramificado sus raíces.

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