Aldo Bombardiere Castro / Elaboración. Apuntes sobre la dialéctica negativa de Theodor W. Adorno

Estética, Filosofía

Desde la perspectiva de la lógica de primer orden, cualquier término (“x”) que resulte afectado por un operador de negación, no sólo mantiene vigente su cualidad sustantiva tras haber sido negado, sino también ha de mantener el carácter objetual de sí mismo, fundado en el principio de identidad. Lo único que la negación puede negar comprende al estatuto existencial del término en cuestión: en caso de no existir “x”, sus propiedades estructurantes no se ven cualitativamente afectadas, subsistiendo a la negación misma. En efecto, al ser negado “x” deja de existir, pero sólo en aquel preciso momento propositivo en el que ha sido mentado en la proposición. La negación, por ende, constata y resalta dicha inexistencia, pero no puede destruir la idealidad de lo negado ni alterar ninguno de sus elementos integrales (de lo contrario, “no x” pasaría a ser “y”).

Por lo mismo, la negación lógica nada tiene que ver con el plano ontológico de los objetos: la negación se limita a un instante del conjunto proposicional, formalmente consistente y susceptible de ser sometido a validación. De esta manera, lo que realiza la negación lógica es instanciar formalmente que el término negado no se encuentra instanciado materialmente en la proposición misma. Intentando pensar un poco, podríamos afirmar que, gracias al operador negativo, la lógica insinúa parte de su ideológica tachadura: la compleja relación entre la negación y lo negado gestualizararía una constitutiva incompletud de la ciencia lógica. En efecto, a la lógica esta cuestión no sólo le resulta inadmisible, sino también impensable, puesto que en su fundamento ideativo (permanenetemente reproducido, a modo de un origen y destino) se ancla el principio de identidad.

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Contra esta lógica de la identidad combatirá Theodor W. Adorno. ¿Por qué? Porque su pensamiento cuenta con la virtud de denunciar al principio de identidad como germen de sucesivos regímenes de captura de mundo y de dominación social. En efecto, a partir de dispositivos que van desde las prácticas equivalenciales de orden moral o teológico hasta los mecanismos de canje que atraviesan la totalidad de la sociedad capitalista, pasando por los procesos de abstracción gestional, propios de una vida administrada a manos de una subjetividad burguesa ontologizada, el principio de identidad excede su momento de verdad y no-verdad para, en innombrado nombre suyo, capturar aquello que Adorno busca liberar: la potencia estética y epistemocrítica con que una razón finita se atreve a quedar entramada porvenir de un universo en infatigable apertura.

En cuanto herético heredero de Hegel y gran conocedor de Husserl (abordado en su tesis doctoral), la negatividad, para Adorno, denota el reconocimiento del movimiento conceptual y múltiplemente contradictorio que anida en los objetos. Oponiéndose a los intentos de reducir el ser-ahí material del objeto a la abstracción de un proceso reconciliatorio, integrativo y omniabarcante, bajo el mandato de un subjetivismo hipostasiado en tanto Espíritu Absoluto -como lo haría Hegel-, Adorno enfatiza la relevancia del polo objetivo en el marco de la relación sujeto-objeto (relación donde Husserl resuena con fuerza, aunque a partir de una intencionalidad sui generis). De algún modo, Adorno busca redimir al mundo de los ojos que lo ven, destrabar esa lengua administrativa que, como un hechizo, lo designa, lo engloba, lo domestica y lo oculta al llamarle “mundo”. Porque los artistas lo saben: para que el arte exista, las cosas desde siempre han de ser más de lo que son. La inmediatez y la obviedad laboran contra la crítica y la negación. He ahí, en esa concepción de negatividad, la más importante mediación dialéctica: en lo inclausurable de su movimiento, lo pensado por el pensamiento, el mundo, encarna el porvenir de nuestra esperanza.

El hechizo epistemológico de la modernidad, cuan fetiche cognitivo, nos ha seducido por medio de cierta garantía de apaciguamiento que explota un extensivo deseo de univocidad. Esta operación se efectúa, según Adorno, gracias a la creciente extrapolación del principio de identidad lógico, cuya función constitutiva de conceptos transgrede su propio ámbito formal para absorber la región vivencial, como, por ejemplo, a partir de la legitimación metafísica de filosofías de la historia sostenidas sobre estructuras teológicas secularizadas. En ese caso, el principio de identidad ejerce su hechizo ideológico en cuanto momento de no-verdad: torna equivalente la historia con la trascendencia salvífica, ocultando el espejo teológico donde la una refleja a la otra, haciendo aparecer aquel reflejo en calidad de natural. Porque dicho espejo no sería más que aquella axiomática operación con que el principio de identidad torna equivalente dos ámbitos esencialmente diferentes, el de la historicidad humana con el de la atemporalidad celestial. De ahí que, aunque Adorno no lo explicita, el mismo uso de la hermenéutica filosófica también podría hallarse atravesado por aquel principio de identidad, principalmente gracias a su tendencia a hacer familiar lo extraño, inherente a la categoría (cuando no un a priori) de la precomprensión.

Sin embargo, una vez más, no se trata de mostrar que tal principio no exista o que sea intrínsecamente defectuoso en lo relativo a su aplicabilidad fáctica, sino, por el contrario, de remarcar su existencia, eso sí, en tanto momento dialéctico (ideológico) de no-verdad. Es decir, el dispositivo capaz de ocultar las condiciones de producción de lo producido y, una vez develadas y conocidas, seguir produciéndolo. El pensamiento, entonces, en caso de contentarse y conformarse con este conocimiento, acerca de la baja trama urdida por el principio de identidad, dejaría el estado de cosas intacto y, peor que eso, quedaría adherido a aquel, justificando la dominación epistémica y social preexistente. El pensamiento, por ende, no sería verdadero pensar: aún permanecería en su momento de pensamiento cuajado en función de lo ya pensado, esto es, dicho heideggerianamente, de imagen de mundo. Pero dicho pensamiento tampoco podría ignorar el encanto de aquella seducción, la excitación que le provoca caer en el hechizo: lo reconoce como un momento verdadero de la no-verdad.

La locura es la verdad en la forma en que los hombres la padecen, en cuanto no cejan en ella, en medio de lo no-verdadero. El arte es apariencia aún en sus más altas cimas; pero la apariencia, lo que en él hay de irresistible, lo recibe de algo carente de apariencia. Sobre todo, el tachado de nihilista, al deshacerse del juicio, dice que todo no es solo nada. De lo contrario, sea lo que sea, sería pálido, incoloro, indiferente. No hay ninguna luz sobre los hombres y las cosas en la que no se refleja la trascendencia. En la resistencia al mundo fungible del canje es indeleble la del ojo que no quiere que los colores del mundo sean aniquilados. En lo aparente se promete lo carente de apariencia. (Adorno, 2022, p. 370)

Comparecemos a un fenómeno de consciencia peculiar, el cual sobrepasa el plano de lo inmanentemente dado, como si portara una sombra de sospecha. Nos embarga un pathos de la negación, resistente en sí mismo.

Y tal vez, desde un cierto presente catastrófico, irónico y posmoderno, este mismo pathos podría ser designado con la palabra “constructo”. Pero aquella designación exige un salto negativo sobre sí misma: pasar a tener consciencia de que el constructo es (¿solamente?) un constructo. Ahí se despliega la crítica.

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El pensamiento de Theodor W. Adorno ha logrado congeniar magistralmente la intuición estética con la rigurosidad filosófica, la hibridez con el eclecticismo, tanto a nivel temático como estilístico, espistémico como exploratorio. En su obra Dialéctica Negativa, (publicada en 1966) expone cómo en el movimiento conceptual intrínseco de los objetos, esto es, en su capacidad de negarse a la univocidad de su definición definitiva, ha de quedar manifestada una suerte de potencia anárquica, la cual le permite esquivar la amenaza de captura con que, en nombre de la misma objetividad del objeto, el principio de identidad suele condenarlo a ser concebido a partir de uno solo de sus múltiples rostros, ya sea desde la metafísica idealista como desde el positivismo lógico. Adorno, así, nos enseña que nada es de una vez para siempre; quizás sólo eso: la nada que jamás puede ser objeto de pensamiento. Al igual que sucede en Nietzsche, el pensamiento de Adorno es incesante: no es mero pensamiento acabado en obra, sino infatigable acto de pensar.

Y si nada es para siempre, si el devenir mundano es capaz de reafirmar su transitoriedad y la caducidad de cada acto, si la singularidad ha de volver incesantemente vestida de caótica singularidad, es porque el polo subjetivo del pensamiento queda despojado de su falsaria majestad para liberarse a sí mismo gracias a la primacía ontológica del objeto. Lo pensado siempre corresponde al objeto, el cual tan sólo está siendo sujetado por el pensamiento. En la des-sujeción, se produce la liberación del objeto mismo, implosionando estética, afectiva y conceptualmente con miras al devenir de la vida anudada en la historia. Desencadenar esa movilidad interna de los conceptos arrojados a su externalidad histórica, antaño anquilosada en la metafísica identitaria de su objetivismo objetual, significa concebirlos en calidad de cuerpos: desearlos y temerles, dejarse tocar y constelar, permitirse vibrar y penetrar por y en ellos. Los objetos se elaboran. No puede haber mundo habitable sin la primacía del mundo. Así, la predominancia de la dimensión objetiva con respecto a la subjetiva, trasluce la prelación del pensar con respecto al sujeto moderno, el cual, asistido por la hipóstasis del principio de identidad, le ha usurpado la calidad de objeto digno de ser pensado por el pensamiento para sustituirla por la de un sujeto quien piensa el pensamiento. Forzando la figura, podríamos decir que la modernidad concebiría al mundo como ya pensado: no piensa.

Sin embargo, la empresa epistemocrítica de Adorno no ignora la importancia de la subjetividad. Al contrario, dado que continúa considerando a la relación sujeto-objeto como esencial a la existencia humana, la valora en cuanto razón necesaria del conocimiento dialéctico. Razón necesaria, sí, pero no suficiente (como la ha solido valorar la filosofía moderna). En ese sentido, con Adorno asistimos al rescate de una subjetividad acotada, a la cual le es depuesta su actividad presuntamente constituyente de mundo, para, en ella misma, asumir la prelación del objeto que la arrebata o extasía, y cuyo arrebato y éxtasis también deviene poroso e indiscernible encuentro afectivo con el movimiento de la historia.

Así, dentro de la apodíctica relación sujeto-objeto, es el polo del sujeto el encargado de aportar una posición dialectizante, determinando, en primera instancia, el conocimiento de lo conocido, esto es, el conocimiento mismo de la relación sujeto-objeto y del inagotable pensamiento afectivo desplegado en aquella relación. Justamente gracias a la determinación proveniente desde el polo subjetivo, el objeto, en un segundo momento de negación, puede abrirse a la historia que le habita y en la cual él se inserta, para, con ello, también abrir el pensamiento a un pensar más allá de las identidades ya forjadas, de los pensamientos ya forjados, transgrediendo fronteras disciplinares, deconstruyendo saberes legitimados y perforando con rojiza luz las catacumbas de la metafísica dogmática. Se trata de un encadenamiento de mediaciones negativas, pero donde no existe una figura definitiva, cuya positividad última pueda reunir la completud de la serie de eslabones en una imagen final. Algo misterioso y frenético, abismal palpita en todo esto. Destituir el principio de identidad que, desde sí mismo, bloquea dicho misterioso más allá, implica des-centrar al sujeto, acariciarle la mirada, cerrarle los ojos y ofrendarlo con su propia disposición a la escucha del mundo. En otras palabras, es el sujeto quien estimula al objeto con miras a liberar la potencia relampaguéante de su ardiente clamor. Acudimos al llamado de un corpúsculo de mediaciones que claman por su extensiva liberación. En ese sentido, Adorno rescata el valor de la voluntad y autonomía individual que la Ilustración nos heredó.

Así, en lugar de afirmar o negar la ontología del sujeto, ya sea en cuanto absolutamente verdadero o falso, la dialéctica negativa distiende la premura del juicio y la rotundez del mismo, debido a que consigue destituir la valoración constitutiva y absolutista del sujeto, en tanto fundamento metafísico de lo real. En Adorno, la modernidad es reafirmada a la vez que negada: sin ejercer un movimiento superatorio, la relación sujeto-objeto cambia de signo y coordenadas. Pues, como señalamos antes, dentro de la dinámica del pensamiento, la dolorosa caída del sujeto, lejos de darle muerte, lo desplaza desde el plano constituyente al constitutivo: pasa de ser razón suficiente a razón necesaria de toda ontología de lo porvenir. Un momento de verdad y no-verdad, una mediación capaz de desatar excedentes de gloria y diferidas tempestades. Este tipo de disposición subjetiva, cuya virtud cognitiva, a su vez, consta de problematizar e influir (mas no condicionar) el devenir histórico, material y polimorfo de cada objeto y conjunto conformado por ellos, permite al sujeto acceder a las zonas de movimiento conceptual de lo real, a sus transformaciones significativas y prácticas, a sus sentidos y a sus usos, todo en el marco de una epistemocrítica en plena atención a la praxis que ella misma va generando. En base a lo anterior, es decir, asumiendo la centralidad relativa del objeto por sobre el sujeto, así como las múltiples y multidireccionales mediaciones que han de producirse entre ambos, la tentación metafísica de dejarse seducir por una sistemática reconciliatoria de la totalidad de lo real se revela como simple anhelo de apaciguamiento.

Sin relación alguna con una consciencia empírica, no habría ninguna consciencia trascendental, puramente espiritual. Análogas reflexiones sobre la génesis del concepto serían nulas. Mediación del objeto quiere decir que éste no puede ser hipostasiado estática, dogmáticamente, sino que solo puede ser conocido en su imbricación con la subjetividad; mediación del sujeto, que sin el momento de la objetividad no habría, literalmente, nada. Un indicio de la prelación del objeto es la impotencia del espíritu en todos sus juicios, como, hasta el día de hoy, en la organización de la sociedad. (Adorno, 2022, pp.176-177)

En efecto, la dialéctica negativa se distancia de la dialéctica hegeliana. En lugar de apuntar a la integración final del conjunto de lo real gobernada por el telos de un Espíritu Absoluto subyacente, trascendente en cuanto inmanente y regidor de la historia humana, como lo termina haciendo la dialéctica idealista, la dialéctica negativa hace estallar el conformismo opresor de lo dado y la nostalgia de lo perdido, sin subsumirlo bajo la futura alegría de lo reconciliado. En ese sentido, la esperanza adorniana reside en el mismo acto de elaboración. O sea, ahí donde la savia conceptual de cada fase negativa sería hegelianamente absorbida por una instancia absolutamente superatoria, la dialéctica negativa de Adorno denuncia el falso optimismo procesual con que la integración siempre se las arregla para sobredeterminar a la negatividad. Podríamos afirmar que la valentía y originalidad de Adorno consiste en dialectizar la dialéctica idealista: no negarla, sino, por paradojal que parezca, serle fiel, esto es, negativizarla, manteniéndola a resguardo de su injustificado optimismo positivo, del providencial voluntarismo de un Dios amante de la humanidad. Se trata de derrocar la anquilosada noción de un sistema cerrado. En su lugar, Adorno nos invita a dibujar nuevas constelaciones de objetos, errantes en materialidad, imaginación y afectividad. La negatividad, así, reactiva la danza de los objetos que fue reprimida entre la resquebrajada piel del mundo suturado, mostrando cómo la dimensión metafísica de los sistemas tan sólo corresponde a un instante de no-verdad: un momento más, para nada privilegiado, en el movimiento histórico y epistemocrítico del pensamiento.

De una manera extrañísima, Adorno retoma buena parte de la motivación del espíritu crítico kantiano, pero ahora desprovisto de afanes trascendentales enfocados en deducir, apriorísticamente, los alcances y fronteras de la razón finita. En efecto, con Adorno asistimos a una suerte de combinación entre intuición estética y rigurosidad conceptual, la cual nunca deja de atender a las intensidades racionales y afectivas de los objetos sometidos a trabajo crítico. Busca las condiciones de lo que ha sido incondicionado: las condiciones a posteriori que hacen parecer como incondicionado lo condicionado. En ese sentido, fue capaz de tomar la posta de la crítica kantiana y, lejos de toda pretensión de pureza apodíctica, continuar dándoles curso desde otro extremo: la bendición historicista que Benjamín le donara. Por lo mismo, Adorno encarna la crítica como una guerrilla estética, capaz de dinamitar la tendencia hacia la sistematicidad conceptual de jure que, desde Descartes hasta Husserl, anima a la modernidad. Con aquella dinamitación, abre el mundo en un orgiástico crisol de coloraturas, de esquirlas y estelas, de arreboles y espejismos que distienden y tensan el rostro de cada objeto de cara a otro objeto, de cada hombre a la luz de sus antaño ensombrecidos desvíos. Eso se llama constelar el mundo desde la crítica, como si, en un enigmático sueño de Adorno, Benjamin danzara el baile errado por Kant, ambos bajo la solitaria luna de Königsberg.

Las constelaciones se configuran cuando, acompañados por las irrefutables leyes del cosmos, desdibujamos y multiplicamos los contornos de un solo rostro. Ahí, sólo ahí, como en otro sueño, nos habremos despojado de los sufrimientos.

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Destellar la potencia, dialectizar la dialéctica, negar y negativizar la metafísica de la abstracción que ha desvitalizado tanto los desvaríos como los alzamientos de cada objeto y de las constelaciones que pudieran configurar. La filosofía de Adorno simboliza una lucha de liberación del pensamiento dada desde múltiples trincheras: la música, la teoría social, la epistemología crítica, la historia de la filosofía, la teoría de la historia, la poesía (incluso después de Auschwitz), las pérdidas, las derrotas, y las micrologías de los simples sonidos, todas son posibilidades.

Por eso, en sus micrologías –pseudo género literario o tipo de escritura eminentemente incatalogable-, lejos de cualquier captura antropogénica, Adorno nos expone a admirar con nuestros propios ojos el fulgor que nos irrigan los ojos de las estrellas. El universo se despliega y repliega, fluye y confluye bajo la concavidad de una palma en cierre, subiendo por los vapores del Vesubio, tibiamente entristecido por una sonata de Schubert. En las micrologías palpita el irrefrenable deseo de lo nuevo que aloja, cada cierto tiempo, en nuestra mirada. A la vez, en ellas también resuena la perseverancia de un esfuerzo, de un conatus donde la realidad le opone resistencia al deseo. Es la parpadeante mediación entre deseo de pensamiento y esfuerzo de pensar done las micrologías se tornan necesarias. Tan necesarias que, quizás, ellas sean la única lengua pronunciable por toda la humanidad: la impura y kafkiana lengua de una literatura menor.

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La negatividad adorniana contiene un marcado componente respeccional: el de la singularidad. Ninguna negatividad puede ser evaluada a la luz de sí misma, en cuanto concepto abstracto: ella corresponde a un siempre único automovimiento del concepto, el cual, desde las entrañas de cada objeto expuesto a la historia, se ofrece a y conforma las mediaciones del perpetuo devenir del pensamiento (pensar remite al acto relacional en el que un sujeto piensa la primacía del objeto pensado).

Pero, además de la negatividad, debemos mencionar algo a propósito de la negación, es decir, a la mera forma operativa y abstracta a la que resulta degradada la negatividad al interior del paradigma lógico-analítico. Por cierto, también toda negación, comparte con la negatividad dicha naturaleza respeccional: precisa de un evento material, de una situación real o ideal necesaria de ser negada. Pero la negación de lo negado, en cuanto operadores lógico, no implica negatividad. Como vimos en el primer párrafo, la negación lógica sólo afecta el estatuto existencial de un objeto proposicional, esto es, a un aspecto exterior a él: su instanciación en el seno de la proposición. En cambio, la negatividad, al contrario de la negación, penetra y transforma, horada y trastorna esa presunta solidez que residiría en el núcleo de cada objeto, vulnerándolo a tal grado que logra ponerlo frente a la historia: la transitoriedad de su movimiento conceptual es la huella que deja y anuncia a la historia en cada objeto, la marca que viene a liberarlo de aquello que el principio de identidad le ha forzado, por medio de nuestros ojos, a reprimir. La negatividad irrumpe como un catalizador: exponiendo el trauma que asola a la cosidad del objeto, la represiva reducción a su función instrumental, la dialéctica negativa multiplica sus usos, desgaja y plurifica sus significados, elabora aquello que, denunciando los hechizos, continúa destellando: hace de la crítica a la objetualidad de los objetos no sólo objeto de pensamiento, sino inquebrantable pulsión de pensar, ávida sed de intelectiva creatividad. Así, el objeto resplandece y serpentea en el claroscuro de su parpadear. El objeto es arrojado a la danza histórica, común e imaginal, donde no se cansa de oscilar junto a la materialidad del vivir. Por ende, mucho más importante que el simple sometimiento de una proposición al examen del juicio lógico, como en el veredicto referido a la negación, la negatividad da fruto a una inagotable experiencia de singularidad, en cuya historia se entrelazan y tensan vida, deseo y esfuerzo. Necesario conatus de imaginación.

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La negatividad abre los objetos a la luminosidad de un horizonte en fricción consigo mismo, y cuya horizontalidad, antes reducida a su más pobre, elemental, inmutable y abstracto concepto de identidad, ahora destella al clamor de una extática crispación.

Constelar crispaciones, de eso hablamos y -de vivir- viviremos. Al mismo tiempo, esto no puede dejar de implicar, (ni) más (ni) menos, que un gesto: hacer historia desde la transitoriedad y caducidad de los astros, admirar y liberar la imposible promesa de una galaxia, cobijar y luego deshojar aquella luz que ensombrece el brillo del universo. He ahí la histórica naturalidad de la Historia Natural: en la acción de constelar la esperanza -también perpetua- de su elaboración.

Referencias

Adorno, Theodor W. (2022): Dialéctica negativa. Ediciones Akal, Madrid [Traducción: Alfredo Brotons Muñoz].

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