El lugar es aquí. Frente a la interrogación del dónde, lo más genuino consiste en responder con otro adverbio, pero ya no espacial, sino de tiempo: el lugar habita el mientras. Porque jamás un lugar podrá quedar apresado en un sustantivo. Más que sustantivos, simples agotadores de espacio en la presunta certeza de creer ser lo que son, el uso de la imaginación reverbera en los modos, en la caricia palmar con la que, de improviso, dicha palma desata la vibración de los entes. Por eso, imaginar nunca puede reducirse a la substancia reproductiva de lo imaginado por la imaginación. Mucho más poliforme que la economía de trasvasije estático -tan propia de la filosofía analítica- entre “objeto de contenido” y “continente subjetivo”, la manera en que habitamos este mundo es adverbial, gerúndica, circunstancial: desde el desde de lo siendo.
Por otro lado, imaginar tampoco resulta reductible a la mera facultad subjetiva de carácter general que permitiría, a modo de condición de posibilidad, poner en ejercicio la acción particular e infinitiva de imaginar. La acción de imaginar (al igual que la de recordar, cuya única diferencia con aquella descansaría en la cualidad iterativa de ésta) poco tiene que ver con una facultad ni con una acción. Imaginar, en contraste, siempre constituye una modificación, una alteración, la superposición del fantasma de otro sobre la supuesta determinación cerrada de un objeto. En efecto, cada acto de imaginación introduce una espectral silueta, una coloratura sobre “lo imaginado”, esto es, una alteración capaz de vivificar la conceptualidad estática del objeto que está siendo imaginado. Se trata de una tonalidad afectiva por medio de la cual refulge, casi imperceptiblemente, el objeto imaginado gracias a la potencia proveniente desde el lugar en que se está imaginando. Imaginamos fantasiosamente, imaginamos ardientemente, imaginamos dolorosamente, imaginamos irremediablemente; nunca imaginamos imaginariamente. Por lo mismo, pensar significa pensar imaginativamente. Así, ni la presunta solidez de los sustantivos, por un lado, ni la perpetua contundencia de las acciones, por otro, alcanzan para sondear la profundidad vitalista del pensamiento, pues, cuan operativa de homogeneización por amputación, sólo describen solamente uno de los múltiples rostros que configuran y alteran el estado de cosas del mundo.
La sutileza de pensar imaginariamente reside en un cosquilleo, en una caricia, en un tibio pero creciente deseo: la imaginación aporta a la raíz del pensamiento aquella porción de afecto que no cesa de atravesarlo en diversas intensidades. Desde allí emana el carácter sintiente del pensamiento: se afecta por una imaginación que lo hace arder o entristecerse, que lo crispa o torna dubitativo en cada uno de sus poros; y -lo más importante- en esa imaginación sintiente, apenas insinuada, se prefigura el gesto que dispone al pensamiento hacia cualquiera de sus inconcebibles derivas. Pensar imaginativamente, por ende, moviliza una actividad creativa sin necesidad de quedar plasmada en obra. Ella es el fruto, siempre a un paso de madurar, que se desprende de los ramajes de un pensamiento diferido consigo mismo e intersticial con respecto a los hombres y al mundo: imaginar significa pensar adverbialmente, pensar mientras se está viviendo.
Para decirlo en términos heideggerianos: “el mundo mundea” únicamente porque nunca deja de mundanear: él, lejos de homologarse a la sustancialidad de un ente más o de quedar afianzado por la contundencia de una acción dada de una vez para siempre, es las circunstancias que está siendo. El mundo es un mientras que tarda en pasar: el perenne intersticio de un siendo.
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Así, los adverbios por un lado, cruzan, estremecen y alteran la sustancial solidez entitativa de los sustantivos, así como, por otro lado, insinúan la inagotable multiplicidad de modos de llevar a cabo una acción. es decir, más que apuntar al qué hacer ahondan en la dimensión del cómo. El pensar intersticial que caracteriza a los adverbios, por lo mismo, permite exhibir los desajustes o recovecos que interrumpen la sistematicidad del pensamiento: el cómo remite al uso no-sistemático, sino siempre creativo, que podemos hacer del qué del sistema, de cada uno de sus elementos, a primera vista, ya predeterminados. El arte es la expresión máxima de tal desajuste: habitar en las fisuras de la máquina para mostrar como el ser de un objeto siempre puede ser de otro modo. Y, paradójicamente, ese habitar intersticial, ese flujo de creatividad vitalista con que el arte interrumpe la funcionalidad de la máquina lingüística y epistémica (y también capitalista), expone el carácter no absoluto de la máquina: la interrupción del sistema, gracias a un acto que es la metáfora de un gesto, permite exhibir que la misma rigurosidad del sistema opera suturando las fisuras que le atraviesas, esto es, buscando presentar esas fisuras en calidad de engranajes.
Así, pese al genocidio, sin embargo, vivimos: porque la resistencia del pueblo palestino contra su transformación en engranaje (“Bajo nuestra administración de la Franja, vamos a convertir a Gaza en Singapur”, dijo Trump), junto con denunciar a la máquina colonial y tecnocapitalista, muestra la naturaleza precaria de ésta: la de fundar un sistema epistémico y colonial de carácter absoluta y empeñado en suturar todas las fisuras que le corroen.
El pensamiento adverbial, sin afirmar nada rotundamente, insinúa lo siguiente: que entre los intersticios siempre proliferarán más y más invisibles intersticios. Sólo en este sentido, la paranoia neofascista y sionista que día a día vomitan profusamente los medios de comunicación hegemónicos esté justificada: al igual que hoy, la resistencia ya es infinita.
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Como sutilmente ha intuido Agamben, reparar en el sentido de las preposiciones y adverbios supone pensar el intersticio desde el intersticio, detener la mirada en aquel lugar casi inmaterial en cuyo irreductible seno nunca dejamos de movernos (Agamben, 2024). Todo siempre es un mientras; el intersticio incapturable entre dos tiempos simultáneos, un casi tiempo dentro del cual, a la vez, no cesa de conjugarse y desanudarse la ritmicidad de la vida.
La proposición “mientras x, y”, advierte acerca del desgarro que recorre a aquella pasajera conjunción. Pero, asimismo, expresa el acto de enunciar dicho desgarro: se evidencia la casi imperceptible temporalidad capaz de hilvanar, como si lo hiciera desde fuera, los tiempos de una hermandad finita y contingente. Porque, dándole una vuelta radical a Descartes, “mientras existimos, pensamos”. Como si el délfico “conócete a ti mismo”, tras emitir su máxima, agregase una cláusula anticartesiana: “pero no te pienses sin sangre; piénsate sangrante, piénsate imaginalmente” En esa variación, al parecer mínima, se juega la anárquica danza de un mundo indistinguible de su mismo y nunca idéntico mundanear.
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Todo pensamiento adverbial abrevia el intersticio que lo forja para derramarse y fundirse en él: lo nombra para, en lugar de representarlo, como si se tratase de un ente sustancial más entre otros, exhibir alguno de sus gestos. Nombrar, en este caso, no conlleva un acto de determinación o claridad conceptual acerca del objeto nombrado, sino la acción, siempre posible de multiplicidad, de abreviar el intersticio para mostrar su profundidad. Pensar los adverbios desde los adverbios, simplemente muestra la infinitud de recovecos tejidos entre el tejido del mundo, la imagen del lugar casi inmaterial que, resistiéndose a toda síntesis conceptual, afán conclusivo o aspiración de consuelo eterno, no deja de derramar pensamiento sobre y contra la inmedible medida de su mostración. Se trata de dar una cálida mirada al abismo. Para exponer o concebir lo infinito es necesario abreviarlo: el infinito resuena en la fugacidad de un gesto, así como en cada grano de arena se refleja el universo. El infinito es la imagen que, atesorándola, la deja ir por un segundo, transitoriamente, entre el mientras del placer, oyendo el anuncio del dolor. El infinito sólo sobreviene bajo la huidiza luz que acoge la finitud como circunstancia. Por eso, la infinitud del pensamiento adverbial jamás podrá quedar capturada por la asepsia absolutista de lo eterno.
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Podríamos señalar que nada de esto es realmente relevante. De hecho, a ojos de muchos, esta reflexión sólo tendría cierto valor en cuanto fuera tomada en calidad de poesía, o bien como un intento de desviación académica, es decir, asociado a la ininteligible y absurda matriz escritural de un paper. Lamentablemente algo de esto es cierto, por lo menos a primera vista. Hablar de un pensamiento adverbial parece una vanidad. Más aún en estos tiempos. ¿Cuáles tiempos? Los tiempos genocidas que, antes de ser atravesados por la humanidad, parecen atravesarnos y desgarrarnos, para bien o para mal, explícita o tácitamente, a cada uno de nosotros. Tiempos de neofascismo, de perverso, impune y cómplice genocidio televisado con efectos de hiperealidad y simultáneidad; tiempos de aceleración tecnocapitalista, de incremento en la acumulación del capital y de abstracción de la propia temporalidad y espacialidad; tiempos de hiperexplotación de los cuerpos, de devastación de la naturaleza y en el cual impera una fatiga tan triste como anestésica, una ira tan xenófoba como impotente. En plena época de empobrecimiento existencial, y mientras nos precipitamos en sentido directo hacia un apocalipsis a cada segundo más próximo e inevitable, hablar de un pensamiento adverbial sería una vanidad: un consuelo escapista que sólo permitiría soportar el sufrimiento y desviar la desolación con la cual se anuncia la catástrofe.
Entonces, si los adverbios fuesen mera consecuencia de la vanidad, sin nunca poder hacer nada más que edulcarar lo irremediable, ¿qué nos quedaría? ¿Acaso sólo la sabiduría sombría e intimista revelada por cada inexorable memento mori? ¿Acaso sólo nos quedaría el carpe diem, esa convicción de cerrar los ojos, apretar los párpados y las manos, mentir, mentirse y reír sin ternura, para terminar arrojado a los últimos placeres del mundo, el cual, dejando de mundanear, nos brinda su amargo elixir minutos antes de su vaticinado colapso?
Nada de eso. Ni cara ni contracara: sólo un entre, un intersticio, un mientras en el mientras. Porque allí donde la miseria del genocidio sionista contra Gaza aparece en toda su bestialidad ante los ojos del mundo, allí donde el cataclismo ecológico amarga los atardeceres, realmente no asistimos únicamente a la contundencia de una impunidad irrefrenable, ni a una criminal y sistemática cadena de complicidad, de estupidez y perversión, cuyos eslabones, en última instancia, conectan directamente la devastación de la naturaleza con la colonización de los pueblos operada por el tecnocapitalismo actual (el mismo capitalismo parece siempre ser sinónimo de tecnocapitalismo).
En esa misma sangre fluyente o reseca, en esas gargantas ahuecadas que sirven de única tumba al cuerpo descuartizado de la madre, en esos huesos de niño que los perros entierran a centímetros de una bomba; en todo ello, surge un intersticio, un adverbio, una suerte de espíritu en resistencia: es el entre la vida y el entre la muerte, el interregno de los fantasmas que nos perturban, que nos hacen llorar, pero también nos llaman a la lucha. La vida es un mientras, el susurro casi inmaterial cuya respiración persiste entre los corazones de los amigos cuando se abrazan. Ninguna política es posible sin una poética. La posibilidad de habitar el mundo, empieza por una relación con el sí mismo: con el reconocimiento de sí mismo como otro irremediablemente mediado. Por eso hoy, allí donde todo destino parece consumado, donde la fatalidad parece haber clausurado toda esperanza, sólo nos queda lo que hemos hecho siempre, y lo que, muchas veces sin notarlo, hacemos cada día: resistir entre ruinas y buscar ese lugar casi inmaterial que, incluso bajo los escombros, en medio de gases tóxicos y enceguecidos por el polvo de muerte, nos permita continuar tejiendo intersticios. Si aún estamos aquí, retardando la locura y combatiendo a la muerte, es porque hemos podido ver tocar las imágenes entre la planicie de las pantallas; es porque, cansados y también rebeldes, hemos escuchado los silencios y las despedidas que entrecortan el enjambre de bombas.
¿Hablamos de romantizar? Sí, de eso se trata. De romantizar allí donde la exactitud técnica del realismo tecnocapitalista, esto es, la univocidad del sustantivo y la contundencia de la acción, han depurado la vida hasta hacerla un dato, un algoritmo, una máquina de bombas, extracción, producción y consumo, siempre mensurable y pronosticable. En este sentido, romantizar significa poetizar, recuperar, siempre por vez primera, la espectralidad de lo real, el entre que respira en el lenguaje, la grieta que fisura la totalidad del sistema, develándolo como sistema. Si hemos podido resistir hasta ahora, ha sido gracias a la imaginación: porque cada día, en cada caricia o asombro, abolimos la fatalidad destinal que impulsa a la máquina tecnocapitalista, la cual, buscando capturar la heterogenidad de los pueblos, no deja de fracasar en su rol de imperio. Si hemos resistido al imperio del capital colonial es porque nunca hemos dejado de hacerlo desde el intersticio del mientras: mientras estamos resistiendo.
Debemos explorar las imágenes con las manos, reposar durante un par de días, de semanas o años, dibujar una pequeña morada con el contorno de nuestra espalda para hospedarnos en su cuidado, como si se tratase de la medialuna del profeta ahora desprovista de toda profecía. Y no sólo debemos hacerlo, pues no se trata de un imperativo categórico ni de un moralismo consecuencialista determinado por el cálculo acerca de las propias acciones. Al contrario, se trata de continuar haciéndolo tal cual lo hacemos todos los días: el deber como hábito que cuida y persiste en el habitar.
Nunca olvidemos que a esto hemos venido: al entretanto, al mientras, a habitar entre los escombros de este intersticio que, imaginal y abreviadamente, no cesa de advenir como adverbio. Nunca olvidemos que nada ha sido consumado. Y que, si hemos venido a esto, también es cierto que jamás terminaremos de llegar a ello. La resistencia y la lucha, como el universo, no tiene fin ni finalidad. Sólo nos queda la infinita música que, indiferente a los cánticos de eternidad, anuncia nuestro pasar de este mundo. Mientras tanto, e incomensurablemente, la música entre la música.
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– Hermano mío, ¿qué quiere decir Cristo cuando, resignado desde su cruz, pronuncia su penúltima palabra, “todo está consumado”?
– Pues, quiere decir lo que dice: que su sacrificio ha sido cumplido.
– Si es así, ¿si todo ha sido cumplido, por qué ha de pronunciarlo, hermano mío?
– ¡Oh! ¡Porque aún no ha sido consumado!
– Así es. Entre la comisura de los labios, el mundo no deja de adherirse al sonido de cada palabra. Mientras tanto, nada está consumado.
Referencias
Agamben, Giorgo (2024): “Mientras”, en Ficción de la Razón, 26 de marzo, 2024. Disponible en: https://ficciondelarazon.org/2024/03/26/giorgio-agamben-mientras/
Imagen principal: Masumi Sakagami, Newborn, 2022

