Evocación
En el número 141 de Ciudad de los Césares -revista estrechamente vinculada con cierta corriente mística del fascismo histórico- figura una entrevista realizada a Jaqueline de Roux, esposa y editora del novelista y cronista y editor francés Dominique de Roux, a cargo de Frederic Andreu. En ésta se recorren testimonios de vida acerca de los tiempos en los cuales el matrimonio, habiendo fundado la editorial Cahiers de l´Herne, primero, y los Dossiers H, después, difundieron en la Francia de los años 60 las obras de autores como Julius Evola, Ernst Jünger, Louis-Ferdinand Celine, Giuseppe Ungaretti, Jorge Luis Borges y Ezra Pound, entre otros.
A poco andar, la entrevista pasa a ser una reseña y, casi inmediatamente después, una conversación poética. Al interior de una atmósfera mística, casi sagrada, y al mismo tiempo de enorme familiaridad, Jacqueline de Roux refiere a su marido de manera sentida, pero reposada, dejando aflorar ese tono de elegíaca paz cuya manifestación sólo podemos experimentar en compañía de nuestras más hondas certidumbres.
Hacia el final, Jacqueline, valiéndose de una sensibilidad e imaginación privilegiadas, evoca los ambientes aledaños e interiores de su hogar familiar, destacando el pausado camino que, hasta el día de hoy, le ha de llevar a casa:
Siempre había habido allí mensajes de infancia caballeresca. Luego, la casa respiraba, calmadamente, a la altura de mis pulmones, olor de tilo esparcido sobre los diarios, en la buhardilla sobrecalentada, mezcla sutil de cera y de libros húmedos hasta el verano.
Y, tras recordar el temple meditativo de sus siestas de madurez, Jacqueline expresa el modo cómo el retorno de la infancia solía embargar sus evocaciones, justo antes del amanecer, trayendo a la experiencia una sobreposición de temporalidades pasadas y presentes, memorables y vivenciables, todas animadas por un deseo de atesoramiento.
Al alba, en mi lecho, estaba todo allí, sobre las almohadas, rostros reconocibles, extendidos en cuadros de familia. Las voces se elevaban, soplos ligeros en las escaleras, comedor, cocina. No era necesario seguir las voces, demasiado peligrosas, ellas circulaban en la sangre, movimiento del corazón, bum, bum. No habían perdido nada de sus presencias, más dulces tal vez, en una tonalidad más baja, pero las risas brotaban. (Andreu, F, 2024, p.27)
Ahora bien, habría que preguntarse lo siguiente. ¿Cómo una sensibilidad poética tal, capaz de entrelazar las ocres fragancias de la nostalgia con aquella serena jovialidad y certidumbre, gracias a las cuales el alma ha de encontrarse a la pacífica espera de lo esperado, puede portar el signo del fascismo? ¿A través de cuál espuria mutación, por medio de qué tipo de depravado desvío, dicha sensibilidad convive o resuena al compás de un cuerpo entregado al fascismo? ¿Hasta dónde en este juego de cosas y escenas descritas, hasta dónde en el constelar narrativo y en la pulsación con que estas cosas y escenas se conjugan, respiran y reposan, podemos detectar, cuan se tratase de una trampa criminal más que de un acertijo, la exaltación del necrótico paganismo fascista? ¿Qué germen maligno anidaría en esta suerte de cuidado familiar, en esta suerte de familiaridad del cuidado, para volver la escritura y la vida una mitología de la devastación, así como para hacer caer la vida en aquel arrebato delirante que alza la espada de toda voluntad de (dar) muerte?
Fascismo: parasitismo y familia
Una de las características centrales de los fascismos clásicos o históricos consiste en su operativa parasitaria. Dicha característica la comparten con los neofascismos actuales. Sin embargo, los primeros cuentan con una dimensión mítico-estética mucho más consistente que los segundos.
En efecto, al contrario de los neofascismos de hoy, los cuales carecen de todo refinamiento estético, pues su superficialidad individualista apenas los hace añorar un capitalismo tecnológico en cuanto funcional o un nacionalismo reducido a los emblemas nacionales, los fascismos clásicos traen consigo una promesa ancestral: el resurgimiento del mito y, a la vez, el cumplimiento presente que el fascismo tiende a realizar de aquel. Es decir, ellos poseen una dimensión estética, cuyo refinamiento cultural o contra-cultural configura, al menos, un momento en su dinámica política. En ese sentido, estos movimientos totalizadores, al mismo tiempo revolucionarios y reaccionarios, apelan a una profundidad de sentido metafísico y cultural del cual carece la lógica neoliberal y neofascista.
Por lo mismo, los fascismos -el italiano y el nazismo alemán- han de ser susceptibles al llamado de la belleza, o de un cierto tipo de belleza. Una belleza monumentalista o neopagana, una belleza románica o católica, nórdico-germánica o helénica, futurista o mística. En algún minuto fieles a la alta cultura, creían que no podía existir violencia imperial sin discurso imperial. Y no sólo lo creían, sino que creían que no era una creencia, sino un destino histórico: el privilegio y la tarea que es, al mismo tiempo, regalado e impuesto por la certidumbre de una onto-teo-teleología. Para ellos, los símbolos -como para los católicos es el sacramento de la eucaristía- constituyen presencia en acto: ritual capaz de encarnar la conexión entre la historia y la región sagrada en la cual reside el relato mítico; ritual donde lo histórico se halla subordinado a lo sagrado. Todo esto, en función de la restitución y futura consumación de un orden asegurador de la historia. Por ende, si bien podemos aborrecer al fascismo, sería un error banalizarlo sin más. El fascismo, como todo discurso monumentalista, cuenta con la virtud de movilizar cuerpos por vicio de los afectos.
A nivel simbólico, una de las expresiones por la cual se orienta el carácter parasitario del fascismo histórico obedece a un impulso, a la vez, regenerativo y asegurador: la idea de retorno hacia el mito de lo familiar. Así, la familia, en cuanto extensión de la matriz individualista y personalista, queda forjada en la severa transparencia del nosotros, en el adusto cercamiento centrado en la mismidad, en la reproducción infinita de la hegemónica figura del padre, en nombre del cual la familia retoma un linaje y custodia fieramente la vigencia de su límite. La hermandad fascista, los hijos del ducce, en cuanto pater familia del pueblo fascista, bebe del previo concepto de familia, proyectando en el plano social los elementos de jerarquía, ancestralidad originaria y límites sanguíneos que, ahora, habrán de cobrar realidad en la identidad del “nosotros” que adopta el gran pueblo fascista.
Así, dicho principio de familiaridad ofrece los insumos culturales para afianzar una de las máximas fascistas: la plasmación en una comunidad de hermanos, inmunizada frente a la alteridad. Es decir, el fascismo enfatiza la idea de una santa comunidad de hermanos. La cual se encontraría en lucha contra las fuerzas que, distinguiéndose de sí, son concebidas como amenazas contra sí. La guerra defensiva es esencial a la noción de familia; el fascismo hace de esa guerra defensiva una guerra preventiva contra las fuerzas que amenazan la identidad (y no necesariamente la existencia) de ese gran “nosotros” en que ha derivado el gran pueblo fascista. Y sólo podemos ir a la guerra movidos por un discurso, por un mito, por una gloria que lo sustente.
Ahora bien, volviendo a las palabras de Roux, debemos decir que en ellas se transparenta una belleza que combina lo prístino con lo espectral, la ternura con la promesa, la nostalgia con la belleza de lo presente. Asistimos a un texto que resplandece por sí mismo.
No obstante, es aquí donde el fascismo evidencia la operación parasitaria. Pues, captura la espectral nostalgia de la reminiscencia estética para desplazarla, casi naturalmente, hacia la monumentalización de la seguridad familiar y, allí, recluirla y tornarla funcional, cuan engranaje privilegiado de la maquinaria fascista. Dicho de manera filosófica: el fascismo logra confundir las posibilidades afectivas que abre la estética espectral por medio de un proceso de ontologización histórico-monumental; esto es, por medio, primeramente, de la univocidad de una captura que amputa la pluralidad de horizontes de sentido y, después, con el consecuente acto de inserción de aquella imagen estética dentro de un supuesto telos histórico, todo fruto de una hermenéutica ontologizadora.
En suma, el fascismo expresa una pulsión de dominio sobre el elixir vital, una irrefrenable sed de administración y dosificación del asombro, en vistas de establecer una lógica y una mecánica de mismidad, del nosotros familiar. En oposición a cualquier metafísica de la alteridad, de la diferencia o del devenir, el fascismo diseña una ontología burda, pero seductora. En él, la gramática de la violencia sólo puede resultar obliterada y, al mismo tiempo, legitimada en virtud de un ideal mayor: el de la familia.
Desde el plano del contenido histórico, la maquinaria familiar a la luz del fascismo -y en este ámbito también de los neofascismos- posee un marcado componente securitario. En efecto, cuan hipertrofia del principio de cuidado, la pulsión preventiva exacerbada por el fascismo adquiere un tono destructivo, donde la preservación de lo originario, propio de la ancestralidad del linaje familiar, llega a coincidir con el placer por la aniquilación de aquella otredad, que, presuntamente, amenaza el espíritu del mito originario, en el caso de nosotros fascista. La identidad del pueblo debe ser regenerada en pro del cumplimiento del mito. Por cierto, es en este nivel del contenido, en cuanto pulsión securitaria y placer destructivo de lo amenazante, donde caben tanto hoy como ayer, las figuras ejemplares del “negro”, que ensucia la pureza de la patria; del “indio salvaje”, el cual, producto de su kantiana “ignorancia culpable”, no reconoce los principios del orden civilizatorio, estructurado en base a la razón y, por ende, lo amenaza; de los “maricones”, quienes se han desviado del destino de prosecución familiar, monumentalidad cultural y expansión del espíritu vitalista demandado por el mito fascista. A su vez, tanto los roles de clase como los femeninos suelen mantenerse determinados en base a la función que la estructura jerárquica familiar, inherente al desplazamiento de su forma a la esfera social del nosotros fascista, les asigna de manera previa, predefiniendo su actuar.
En suma, el imaginario en torno a la familia, tanto en lo que respecta a la descendencia a partir de un origen de linaje ancestral, como en su contenido histórico, es decir, en su hipertrofia securitaria del principio de cuidado y placer de la pulsión aniquiladora, consiste en una extrapolación que el fascismo logra insertar en el imaginario del gran y verdadero pueblo. Ese gran pueblo, es el “nosotros”: la gran familia cuyo origen, ahora, se encuentra fundado en la simbiosis entre biología y cultura, tal cual la sostienen los darwinismos sociales.
Fascismo y belleza
Tras este recorrido, hemos de retornar a las palabras de Jacqueline de Roux.
En ellas, apreciamos la sutil sensibilidad de la mágica calidez familiar. Allí nos deleitamos con un verano de infancia que reemerge casi espontáneamente. Nuestro ánimo, a su vez, se solaza en la subyacente certidumbre con que la hacienda familiar ha de ofrecerse siempre disponible de ser visitada, pues radica parece residir en nuestra alma. Los padres, los abuelos, la madre no mencionada, la tierra, las flores y fragancias, los caminos, la cara de los dedos acariciando las paredes… todo se ha presentificado en el mismo aura del relato e, incluso, de nuestra lectura. La belleza estética del pasaje arroba a cualquier lector sensible. Su luz vale por sí misma, reverbera desde su propio resplandor, flota, con sereno verdor, entre la calidez y el cuidado de nuestros vapores imaginarios. Las cosas descritas, el aura con que ellas nos deleitan, el modo cómo se manifiesta lo ausente, nos ofrendan la angélica danza de un constelar narrativo.
Por cierto, nada de esta narración es eminentemente fascista; ninguna de las cosas que danzan en su interior lo es. Pero, no obstante, esa danza, como todo lo mágico, resulta susceptible de ser capturada por el fascismo, de ser retenida, monumentalizada, securatizada y, finalmente, bajo el paranoico torbellino de la amenaza y la aniquilación de quien amenaza lo familiar, caer en su mínima expresión: transformarse en un eslabón mítico en esa cadena de voluntad y devastación que, girando en torno a la retórica del nosotros, ha recanalizado y exprimido, sin negarla, la peor versión de la savia de la vida.
En efecto, nada de esto significa que los fascistas se hallen incapacitados de experimentar la belleza, los arrobamientos y asombros. Más bien, lo que hace el fascismo es capturar esa experiencia, buscar enclaustrarla entre sus coordenadas, reducirla al museo de una memoria permanente y siempre disponible a su reproducción: petrificarla y monumentalizarla para seguro goce de la propia voluntad del hombre a dejarse hechizar. Para el fascista el vigor y la desbordante intensidad que palpita en la pulsión securitaria del nosotros, a la cual entrega su voluntad, constituyen los máximos valores. He ahí que no exista espacio para el devenir otro de sí, ni para la desapropiación de sí mismo: la rostralidad de la identidad fascista se proyecta como irrefrenable fuerza reafirmativa de la propia voluntad. Se trata de la exaltación de la personalidad de la persona, de la expansiva avaricia del poder de la propia voluntad. De ahí que, en la evocación de Roux, lo evocado se valore en calidad de presentificación de la infancia familiar. Así, entre todos los resplandores que de tal texto puedan emanar, ese aura familiar representa el punto débil por el cual el fascismo perfila su movimiento de captura.
Desfascistización
Sin embargo, nada de lo señalado anteriormente cuenta con un carácter conclusivo. Pues, ¿acaso existe una persona fascista, acaso existe “el fascista”? O para decirlo de manera más polémica y radical, ¿acaso no representa ya un ademán protofascista -quizás cristianamente protofascista- el mismo hecho de seguir creyendo en la personalidad de la persona, en ese espejismo de un rostro inmutable, el cual, simplemente, no es más que la reiterativa aparición y desaparición de una diversidad de máscaras? En cada persona, los rasgos, como si estuviéramos ante el resplandor de una constelación de cosas narradas, danzan en su devenir. Como lo ha señalado Adorno, el principio de identidad, conlleva una violencia afin al fascismo. Por lo mismo, y rigurosamente hablando, no existe “el fascista”.
Es más: quiero creer que en el momento que de Roux pone en movimiento el encanto de su narración, ella misma se ha desfascistizado: su narración destella por sí misma, liberada del sujeto y del destino, increada por persona u hommo sapiens que la deba enunciar para hacerla existir, de Roux, al menos en ese momento, no es fascista. De ser así, ello implicaría que los supuestos “fascistas” o el fascismo mismo serían sensibles a la belleza. Tal vez, justamente por eso, tras un gesto casi imperceptible, el fascismo valora, secuestra y explota a su propia voluntad dicha belleza. De algún modo irónico y hasta psicótico, el fascista amaría tanto ese tipo de belleza que la captura para no perderla, la cosifica y recluta, la debilita y reduce, con la ilusión de tenerla siempre allí, cuan amada reliquia familiar atesorada en la calidez del hogar.
Ahora bien, si, dada su conducta parasitaria, el fascismo resulta sensible a la belleza, entonces, restando el componente de la captura securitaria, sería plausible pensar en su desfascitación. Las palabras de Jacqueline de Roux así lo constatan: con su mágica sensibilidad, ellas dibujan la alegoría de la desfascistización.
Quizás todo esto se trate de dejarse encantar por los resplandores poéticos del mundo, mientras resistimos tanto a la tentación de su encapsulamiento, como a nuestro propio orgullo de apropiación y reafirmación personal.
Tal vez, tal como lo hacen las espigadoras de Millet, debemos aprender -pese al cansancio y a la rabia con que nos carcome esta época genocida y neofascista- a usar la finura de los dedos. Porque cuando irrumpa el asombro, precisaremos saber separar el dorado trigo de la maleza y espinos.
Referencias
Andreu, Frederic (2024): Entrevista “Una aventura editorial. Jaqueline de Roux, guardiana de la palabra viviente” en Ciudad de los Césares, N°141, septiembre-noviembre, 2024, pp. 24-27. Santiago de Chile.
Imagen principal: Negin Mahzoun, Untitled, from the «Destruction» Project, 2023

