Gerardo Muñoz / Americanismo y muerte social: una postal

Filosofía, Política

“¿Hemos llegado?”, preguntaba en voz baja y con algo de inseguridad. “Qué va falta algo, queda cruzar toda Market Street hacia el río, ahí está Doremus, y para allá los contenedores”. Muy cerca de allí Delaney Hall, donde han detenido a cientos de inmigrantes indocumentados. Y hacia el norte en paralelo encontramos la Springfield Ave, la misma que en el verano de 1967 ardía por la notable insurrección afroamericana de Newark que dejó cientos de heridos y una docena de muertos. Hoy la Avenida Springfield corta en diagonal hacia el centro de Newark desde Vauxhall, y desemboca en una tienda de móviles T-Mobile con una horrorosa fachada rosada y negra. En la fría mañana de diciembre estas grandes avenidas siguen siendo pobladas por una alta demografía afroamericana, junto a los caribeños, principalmente dominicanos y puertorriqueños. Según el más reciente censo, alrededor del 57% de la población de Newark es afroamericana y el 47% vive bajo el nivel de pobreza liderando los renglones de la cifra promedio de todos los estados de la región.

A lo largo de la avenida diminutas almas deambulan como si esperaran algo o alguien. Varias pasan y se agarran de los pantalones por los dos costados; otros transitan algo desabrigados, con apenas unas mangas largas, para una mañana que arranca entre cero y dos grados. La supervivencia es el estado natural de la existencia contemporánea de las ciudades, y el fin de la segregación ahora fiscaliza de un modo aún más perverso la separación entre existencia y techo. Los puestos de venta informales erizan toda la avenida, y de ellos se cruzan humaredas de cigarrillos y marihuana y vaping. El tiempo muerto que las mercancías baratas – gorras, bustos de plásticos, bolsos de segunda mano, plásticos de todo tipo, bisuterias domésticas varias – tienden a compensar la densidad que irradia la disponibilidad de que todo sea intercambiable. Así, la vida se experimenta en lapsos de pequeñas transacciones, y a lo alto las cámaras de vigilancia documentan cada pose. Éstas ya no son las calles del mundo combativo y hostil de las novelas de Piri Thomas – esas rudas calles, these mean streets, memoria lejana es el proletariado o los migrantes integrados – sino calles que ya han interiorizado la hostilidad de su inesencia. Una señora blanca con hoodie deportivo me pide unas monedas, y se las doy, y a nuestras espaldas un graffitimuy retocado, obviamente comisionado por la ciudad, deja ver figuras afroamericanas con el puño en alto y poleras a las que han tenido el decoro de escribirles “Power”.

La nueva hostilidad de la ciudad en stagnation se caracteriza por la pauperización de las relaciones. El apocalipsis integrado se amortiza con cuerpos inertes, miradas turbias, gritos de agonía de una supervivencia que se ha visto forzada a aceptar que la única forma de ser es tener. No importa lo que sea, salvo que se “tenga algo”. Y se puede tener de todo, claro, pero a cambio de no tener-se. Uno jamás se tiene, desde luego, caídos como estamos a la impropiedad más radical comenzando con nuestra propia lengua y nuestros muertos que heredamos en el mismo momento en el que aparecemos en el mundo; pero es justo ahí donde realmente comenzamos a vivir. Sólo podemos hablar de “vida” cuando entramos y salimos de una comarca en la estamos viviendo. Si el americanismo supone una revolución antropológica es porque al oscurecer la noción de “tenerse”, arroja al viviente a una celda perpetua desde la cual el lamento del “Yo” busca rentabilizar el afuera a cualquier precio.

Queda claro que la muerte social de esta existencia pueril y ventrílocua se vigoriza en la enterprise que entiende a la vida como un conjunto desperdigado de cuerpos en el vacío. El arcano del americanismo yace en una feroz religión que al atisbar la reproducción de la muerte social, logra, en su efectividad, enarbolar una vieja concupiscencia: hacer del aniquilamiento una figura de la salvación. Por eso la torsión de los cuerpos y de los psiquismos caminan de la mano de una fuerza desatada que se impone sobre todas las relaciones de los vivientes devastando cualquier posibilidad de lugar, de pradera, o rincón. Los rincones van desapareciendo de las ciudades, y en Newark no se dejan ver. (Para rematar el parque que se encuentra a dos cuadras del fin de Springfield Ave es titular de las epopeyas militares con un diseño en forma de espada de guerra).

La osadía generalizada nos da a entrever que la única redención posible se encuentra en el goteo mortífero de una desesperación prorrogada. Y así en casi cada otra calle del centro de Newarkn nos sorprenden los cuerpos arqueados de los adictos. Estos son los adictos del fentanilo y de los opioides que parecieran rendirse a la oración o al trance, cabizbajos encuentran un balance olímpico desde el cual se aclama un dolor enmudecido. En una ciudad sin zonas verdes, estas figuras en su equilibrio liviano tienen algo arbusto o de areca. En realidad, los cuerpos vencidos nos develan el corazón mortífero de estas ciudades. En una esquina una mujer de mediana edad hace su acrobacia bajo el advertisement de bienes raíces: “For Sale. Amazing Opportunity! Call Today!”.

La inexpresividad de sus stasis perturba el orden objetual de la ciudad. Al menos por un instante. El ominoso silencio lo rompe un SUV girando a la derecha con una altisonante canción de Emilio Rojas: “I really like the way she moves / you know what I want to do / have a drink with me, you can dip with me”. El cuerpo estático del adicto de opioide es la consumación de un cuerpo desprovisto de contacto; regresión integral al cuerpo esclavo del comercio atlántico. Pero la ósmosis de una muerte socializada no sólo implica la represión del llamado de la muerte como destino, sino el grado de gratinación de la civilización del progreso como muerte andante; sin nada más que un cuerpo sometido al imperioso vozarrón abstracto: “Es tu oportunidad, tienes que llamarnos!”, como se dejaba leer la plegaria gráfica de bienes raíces.

Los vaivenes políticos, los tableros de la agenda internacional, la aceleración tecnológica, la desesperación de los analistas de turno para maquillar el estancamiento con la palabra chatarra solo puede convencer de alternancia a los que ya han caído o se han doblado – un poco como los mismos adictos del fentanilo y opioides – a la necrosis generalizada del campo de la percepción socializada. Para nosotros, sin embargo, la ardua tarea de mirar nunca acaba si queremos conquistar la muerte para abrir a los lugares. Ya bien que lo decía Giorgio Cesarano: “Como saben desde siempre chamanes y hechiceros, la muerte es un producto social. No hay muerte “natural” o “naturalmente accidental”. La muerte que produce el alambique social no se exorciza con la irrisoria demonización de un molusco: se la desafía atravesándolo, poniendo en juego, ante todo, y con la rabia de la verdadera vida, la existencia misma de la propia presencia, totalmente asumida para que sea posible arriesgar por completo su conquista.

*Fotografías tomadas por el autor en Newark, NJ. Diciembre 2025.

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