Mauro Salazar J. / ‘Transhumanismo y revolución. ¿Nunca fuimos humanos?’ Flavia Costa. Una glosa

Filosofía, Política

Sinopsis

El transhumanismo se presenta como inevitable evolución de la humanidad. Quien depone interviene críticamente, argumenta que es un proyecto privatizado por elites libertarias, y no una promesa universal. La paradoja es feroz: una ideología que prometía liberación informacional global se convirtió en máquina de vigilancia. Su ensayo pregunta cómo la promesa de los años sesenta fue capturada por el libertarianismo anarco-ciber-capitalista en 2009, transformando redención colectiva en salvación individual de ricos.

Lo que persiste en el cambio

Flavia Costa comienza con una pregunta arqueológica que es también genealógica: ¿cómo el transhumanismo, inicialmente promesa de evolución colectiva, devino en proyecto de salvación individual para elites? Documenta un momento preciso. En 1998 se funda la Asociación Transhumanista Mundial (WTA) con intención de ser «académicamente respetable y políticamente inclusiva». Pero en 2009, con precisión documentada, Peter Thiel y los singularitaristas ejecutan lo que denomina una captura: el ala democrática bajo liderazgo de James Hughes es expulsada. Los libertarios toman control absoluto. Primer aporte: historiografía clara de cómo una promesa fue privatizada.

No simplemente constata este cambio político. Profundiza genealógicamente. La ideología anarco-ciber-capitalista fue motor del desarrollo de Google, Windows y Meta. Estas plataformas prometían romper jerarquías académicas, políticas, religiosas. Y era verdad: la información fue liberada. Pero subraya lo crucial que muchos no ven: esa información liberada fue simultáneamente recolectada, clasificada, vendida. Las máquinas de libertad son simultáneamente máquinas de vigilancia. Su aporte es desnudar que esto no es corrupción accidental sino arquitectura fundamental. La tecnología libertaria estaba ya orientada hacia la acumulación de datos. No hay redención tecnológica sin rendición de privacidad.

Ahora quien depone hace algo extraordinario con Nick Bostrom. El futurólogo sueco dirige el Instituto de Estudios del Futuro en Oxford e ideologiza el transhumanismo académico. Su libro Superinteligencia (2014) advierte sobre riesgos de inteligencia artificial, pero presupone que la mejora humana mediante tecnología es deseable. Cita a Bostrom diciendo que las tecnologías de eliminación del envejecimiento deben ser «ampliamente disponibles». Pero con precisión quirúrgica observa algo que Bostrom omite: crecimiento demográfico, recursos limitados, desigualdades disparadas. Identifica la ceguera política constitutiva del transhumanismo. Esta omisión no es negligencia corregible educando a Bostrom. Es que el transhumanismo debe callar ante estas preguntas porque responderlas lo destruiría.

Luego defiende el cuerpo mortal citando a Hannah Arendt. La filósofa afirmaba que mortalidad, la imposibilidad de estar en dos lugares a la vez, y la incapacidad de retroceder en el tiempo son tres limitaciones fundamentales del viviente humano. Lo que subraya es que los animales existen como miembros de especie, pero los hombres como individuos mortales. Aquí está la verdadera diferencia. La mortalidad individual nos obliga a la responsabilidad. Cita la fórmula de Esfandiary que retoma Stelarc: «El cuerpo es un dispositivo obsoleto». Y rechaza esto no románticamente sino éticamente. La mortalidad no es defecto sino condición de la responsabilidad política. Analiza entonces el transhumanismo democrático de James Hughes. Su libro Citizen Cyborg buscaba democratizar el acceso a tecnologías de mejoramiento. Parece solución. Pero ve el error fundamental: presupone que la justicia es problema de distribución equitativa de tecnología. Cita a Vaccari: «una vez que aceptamos que no hay nada intrínsecamente objetable sobre la modificación humana, el transhumanismo parece no saber qué hacer a continuación». Sin respuesta a preguntas sobre equidad global, sustentabilidad planetaria, prevención del colonialismo tecnológico. El transhumanismo democrático reproduce la lógica neoliberal de individualización: el cambio es presentado como técnico, nunca como político.

Ray Kurzweil, ingeniero y futurólogo norteamericano en Google desde 2012, propone en La Singularidad está cerca (2005) la «Ley de los Retornos Acelerados»: la tecnología avanza exponencialmente. Promete Singularidad hacia 2045 cuando fusionemos cerebro con nube, logrando superinteligencia. Pero observa algo sutil pero devastador: esta promesa es siempre desplazada hacia futuro. Publicó en 2024 «La Singularidad está más cerca» aunque en 2005 había prometido 2045. La estructura temporal del transhumanismo es religiosa: la promesa debe mantener distancia del presente para funcionar. El transhumanismo vive de la brecha entre lo prometido y lo actual.

Analiza el experimento de Rafael Yuste con claridad casi piadosa. Yuste logró controlar la percepción visual de un ratón mediante estimulación neural. Lo relevante es que Yuste experimentó su «momento Oppenheimer»: reconoció que lo posible hoy en ratones será posible mañana en humanos. Propuso neuroderechos: privacidad mental, integridad mental, libertad de decisión, acceso equitativo, protección frente a sesgos. Pero ve algo crucial: incluso esta defensa presupone que la neurotecnología es inevitable, que solo preguntamos cómo regularla. La pregunta política verdadera no es cómo regularemos estas tecnologías sino si vamos a permitir que sean desarrolladas. Hay decisiones que aún podemos tomar.

Cita a Rosi Braidotti observando que el giro posantropocéntrico también puede ser neoliberal: la economía global es posantropocéntrica porque unifica todas las especies bajo imperativo del mercado. Esto exige vigilancia de la crítica, pues no hay garantía de que el posthumanismo crítico no sea absorbido. El posthumanismo crítico (Haraway, Braidotti, Hayles) cuestiona nociones tradicionales de lo humano, pero esta crítica está expuesta a cooptación neoliberal. La diferencia debe ser practicada continuamente, no está garantizada.

Aquí la argumentación bifurca. Quien depone distingue con precisión política: el posthumanismo crítico no es aliado automático del transhumanismo democrático. Mientras el segundo cree en la distribución equitativa de mejoras, el primero cuestiona la categoría misma de «humano» que debe ser mejorado. Son dos proyectos que pueden converger tácitamente, pero cuya diferencia política es fundamental. El posthumanismo crítico interroga la ontología; el transhumanismo democrático redistribuye. No es lo mismo.

Flavia Costa escribió en contexto del Tecnoceno —época donde la tecnología funda nuevo tiempo—, intensificado por la pandemia de 2020, bautismo de fuego del siglo xxi. La pregunta por «cómo gestionar la coexistencia de humanos, posthumanos y pre-posthumanos» en un planeta común no es especulativa sino urgente. ¿Hay algún plan transhumanista para el diseño sustentable? ¿Para evitar que la posthumanidad en su faceta tecnocolonial subalternice a las poblaciones pre-posthumanas? No. Por el momento no lo hay. La revolución infotecnológica, sin embargo, está en marcha.

Esta omisión de respuesta es sintomática. El cosmismo ruso del siglo xix —Nikolái Fiódorov y sus herederos— planteó preguntas similares sobre la inmortalidad, la resurrección, la transformación tecnológica de la humanidad. Pero lo hizo con una pregunta política central: ¿para quién? ¿Redención universal o privilegio de elites? El transhumanismo occidental moderno ha olvidado esa pregunta. Quien depone apunta que el divorcio de casi setenta años entre el pensamiento emancipatorio de izquierda y los desarrollos tecnocientíficos de punta produjo este olvido. El cosmismo ruso fue rechazado. El transhumanismo fue colonizado por libertarios. Quien depone termina con una pregunta final que es también testimonio: ¿serán capaces el posthumanismo crítico y el transhumanismo democrático de trabajar teórica y prácticamente para reorientar el rumbo? Deja la respuesta abierta. Sabiendo que ha perdido. Pero escribe de todas formas.

La palabra es materia que resiste

Lo que nombra entonces —con precisión quirúrgica, con esa sobriedad que corta— es lo que se rehúsa al olvido. La captura de 2009 documentada, fechada, innegable. La transformación de libertad digital en máquina de vigilancia: no corrupción accidental sino arquitectura fundamental. La ceguera política constitutiva del transhumanismo que debe callar ante ciertas preguntas porque responderlas lo destruiría. La defensa del cuerpo mortal como base ética de la responsabilidad. La trampa del transhumanismo democrático reproduciendo la lógica neoliberal donde el cambio aparece como técnico, nunca como político. La estructura temporal religiosa de la promesa, siempre desplazada, funcionando precisamente por su distancia del presente. La neurotecnología no como inevitable sino como decisión política aún reversible. Así permanece aquello que la autora ha suscrito: que la resistencia intelectual no es victoriosa sino testimonial. Que la palabra tiene peso no por lo que transforme sino por su claridad. Que es posible decir no.

Temblores en la Cardenal

Y aunque la revolución infotecnológica marcha ya.
Aunque hemos visto capturado lo que prometía redención colectiva.
Aunque los neuroderechos no serán suficientes.
Aunque los mercados absorban hasta las críticas que lo cuestionan.
Aún hay responsabilidad en nombrar.
Aún hay dignidad en la negativa.
Aún hay verdad en la palabra que resiste.
Aún hay otro rumbo concebible.

Dr. Mauro Salazar J., Ufro/Sapienza

Transhumanismo y revolución | Nueva Sociedad

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