El capital es otro tipo de fuego, se llama progreso
I. La acumulación originaria
¿Qué arde en el sur de Chile? La respuesta obvia es: bosque. Pino radiata, eucalipto, queule milenario. Pero esta respuesta permanece en la superficie. Lo que arde es una contradicción irrefrenable entre dos formas de estar en el territorio, dos proyectos irreconciliables de lo que debe ser la tierra. De un lado, la acumulación capitalista que requiere la conversión de todo —absolutamente todo— en materia de extractivismo, en recurso valorizable, en commodity. Arde una persistencia que fue negada, desplazada, y retorna de forma espectral para recordar que su aniquilación nunca fue completa.
El capital requiere aceleración, sí, pero no como necesidad «externa», sino como ley de su movimiento íntimo. Cada ciclo que no se acelera es muerte parcial, pérdida de ganancia, ralentización insoportable. La rotación de mercancías debe continuar en velocidad ascendente. Los márgenes crecen en tiempos cada vez menores. Esta lógica choca brutalmente contra los tiempos de la naturaleza, esos tiempos de siglos, de formaciones milenarias del bosque nativo. El capital lo «resuelve»: treinta años de monocultivo donde tardaban siglos las otras vidas vegetales. Luego el fuego « limpia » para minería. Cada fase más rápida que la anterior. Cada aceleración erosiona más profundamente los sistemas ecológicos.
El fuego no es manifestación «externa» de esta colisión. Es su expresión material, su escritura en ceniza. El monocultivo desplaza al bosque de «siglos» en el tiempo de reproducción. El fuego «recorre» en horas lo que el capital tardó décadas en «transformar». Existe algo perverso: la naturaleza «acelera» su propia destrucción, la máquina de desposesión se quema en espiral sin control. Pero esta es la verdad que no se enuncia: la aceleración no es «accidental». Es esencia. Sin aceleración el capital no es capital. Un sistema que respetara tiempos de regeneración, que permitiera «crecer» al bosque en su propio tiempo, que priorizara preservación sobre ganancia, sería completamente otro. Exigir que el capitalismo «se ralentice» es exigir que abandone su propia naturaleza. La acumulación originaria se comprende como momento fundacional: aquella violencia primigenia mediante la cual el capital se constituyó, despojando a las poblaciones de sus medios de vida, concentrando riqueza, creando las condiciones para la explotación sistemática del trabajo asalariado.
En Chile, el Decreto 701 de 1974 marca un momento de «acumulación originaria» bajo forma contemporánea. No fue violencia primitiva, bruta, carente de legalidad. Fue violencia legal, legitimada por decretos de estado dictatorial, encubierta bajo lenguajes de «modernización» y «eficiencia». Permitió que dos grupos económicos—Matte y Angelini—concentraran el setenta por ciento de la industria forestal, plantaran tres millones de hectáreas de monocultivos, erosionaran el territorio, eliminaran el bosque nativo. Este fue un acto de desposesión masiva, legitimado legalmente, que transformó la geografía entera del sur de Chile.
Lo inquietante es que esta acumulación originaria nunca se «cerró». No es momento fundacional que quedó atrás, permitiendo luego la explotación «normal» del capitalismo democrático. Continúa. Se reitera. Cada verano, cuando el fuego arde, opera una nueva forma de acumulación originaria: el fuego «limpia» el territorio para nuevas inversiones. Empresas mineras anuncian «minería limpia» en territorios que acaban de ser devastados. El fuego es, en cierto sentido, una máquina de desposesión que trabaja continuamente, que no cesa, que se renueva cada temporada de incendios.
II. El monocultivo como máquina de desposesión
Antes de 1974, tres millones cien mil hectáreas estaban cubiertas de bosque nativo. Bosque milenario que había persistido durante siglos en una forma de complejidad ecológica: múltiples especies, múltiples estratos, múltiple biodiversidad. Este bosque no era «productivo» en el sentido que el capital requiere. No producía ganancia concentrada y rápida. Por lo tanto, debía ser destruido.
La «acumulación por desposesión» (Harvey) describe perfectamente este proceso. No es simplemente explotación de trabajo asalariado—aunque también lo es. Es desposesión de territorios comunes o colectivos, conversión de lo que era compartido o «improductivo» en términos de capital, en propiedad privada que genera ganancia. El bosque nativo fue desplazado por monocultivos de pino y eucalipto. Especies que crecen rápido, que permiten rotaciones de treinta a cuarenta años, que generan ganancia concentrada. Pero también especies que portan en su biología la huella del fuego: aceites inflamables, capacidad de rebrotar vigorosamente tras la quema, tendencia a la propagación rápida.
Lo fundamental es entender que el monocultivo no es «elección técnica» entre diferentes formas de producir madera. Es decisión política-económica que desposee a las poblaciones locales de su territorio, que altera radicalmente el ciclo hidrológico, que erosiona el suelo, que elimina biodiversidad, que crea condiciones ecológicas para la propagación del fuego. Cada una de estas consecuencias no es «efecto secundario» o «externalidad». Son efectos centrales, generados necesariamente por la lógica de acumulación que requiere monocultivos para maximizar ganancia a corto plazo.
No es casualidad que el fuego arda donde arde. Penco. Queule. Precisamente donde está el Fundo Coihueco, donde hay concesiones mineras, donde existen «proyectos» esperando implementación. El análisis geográfico de la acumulación capitalista enseña que nada es coincidencia. El capital tiene «geografías» particulares, territorios donde la acumulación es más intensiva, zonas de mayor conflictual dad porque es donde los «obstáculos» a la valorización son mayores.
Entre 2001 y 2019 se perdieron cuatrocientos cincuenta mil hectáreas de bosque nativo. El treinta y ocho por ciento fue reemplazado directamente por monocultivos. Las corporaciones plantaron en riberas de ríos, en humedales, en territorios que funcionaban como cortafuegos naturales. El Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental excluyó la actividad forestal de cualquier evaluación. La mayor transformación territorial del país ocurrió sin fiscalización, sin regulación, sin voz de las comunidades. Esta es acumulación por desposesión en su forma pura: despojo sin límite, sin mediación, sin resistencia institucionalizada.
Cuando el fuego arde en estos territorios, cuando la «producción» de madera se detiene, surge la pregunta que el orden político se apresura a desactivar: ¿quién responsabilizar? Las corporaciones aparecen como «víctimas también». Los ciudadanos «negligentes» con sus fogatas son culpabilizados. El «cambio climático global» se invoca como causa «natural», fuera de la responsabilidad humana. Pero la geografía de la acumulación revela la verdad: el fuego no es «natural». Es la manifestación de una lógica de desposesión que ha dominado Chile durante cincuenta años. Es la exposición de las contradicciones que esa lógica genera. Es la rebelión del territorio contra los proyectos que lo subsumen bajo la valorización capitalista. Pero esta rebelión es capturada inmediatamente, reciclada, transformada en oportunidad de nueva acumulación.
III- La captura de la catástrofe: acumulación sobre acumulación
Diecinueve muertos. Miles evacuados. Cinco mil hectáreas quemadas. Y antes de que termine la semana, aparecen los «rescatistas». El embajador estadounidense anuncia equipos de lucha contra incendios. La solidaridad internacional fluye. La donación de tecnología de una potencia mundial permite que Chile «acompañe» a sus ciudadanos. El gesto humanitario es instantáneo, performativo, mediático.
Pero aquí está lo fundamental: la catástrofe no interrumpe la acumulación. La intensifica. La captura de la catástrofe bajo formas humanitarias permite que las estructuras que la generaron permanezcan intactas. Las corporaciones forestales que crearon las condiciones para el fuego no son cuestionadas. El Decreto 701 sigue vigente. Las concesiones mineras avanzan. Y la próxima temporada, cuando el fuego vuelva—porque las condiciones nunca fueron alteradas—, volverán también los gestos humanitarios, los diferimientos de responsabilidad, la transformación de la catástrofe en materia de nuevos proyectos.
Lo notable es la velocidad de reciclaje. Empresas mineras no esperan ni una semana.
Anuncian «minería limpia», «cosecha circular», «revegetación con nativas». El fuego ha «limpiado» el territorio, lo ha preparado para nuevas inversiones. La devastación se transforma en oportunidad. La desposesión del fuego es seguida inmediatamente por una desposesión «mejorada», más «racional», más «sostenible». Es acumulación sobre acumulación: primero el monocultivo desposee del bosque nativo; luego el fuego «desposee» del monocultivo; finalmente la minería «desposee» del territorio «limpio» que quedó.
Este ciclo de acumulación reiterada es lo que la teoría marxista debe rastrear. No es simplemente explotación de trabajo asalariado. Es un proceso de desposesión permanente, que se reitera en múltiples niveles, que absorbe la catástrofe, que convierte el fuego mismo en instrumento de valorización. El fuego es acumulación porque permite la «limpieza» de obstáculos a la inversión. Es acumulación porque genera demanda de tecnología extranjera. Es acumulación porque permite que nuevos proyectos extractivistas se legitimen como «reconstrucción».
IV. Arden los incendios
Existe una distribución previa de lo que es visible, audible, decible. Una partición de lo sensible que determina quién puede formular qué preguntas, desde dónde, con qué autoridad. La corporación que clama «se quemó el parque» porta una verdad fundamental: que el incendio destruyó específicamente un territorio que debería preservarse como valor en sí, no como recurso extractable. Pero su voz emerge desde márgenes. Tiene baja visibilidad pública. No ocupa espacios dominantes de circulación mediática.
Mientras tanto, otros sujetos pueden hablar. El embajador estadounidense, con autoridad delegada, enuncia palabras que circulan inmediatamente en flujos mediáticos hegemónicos. Su gesto es reconocible como político. Su presencia importa. Pero su voz no cuestiona nada fundamental. Refuerza posiciones de subalternidad: Chile necesita ayuda de potencias externas. Las corporaciones forestales aparecen en la prensa como «víctimas también». Los investigadores que documentan la relación entre monocultivos e inflamabilidad son confinados a espacios académicos de baja circulación. La pregunta que permanece fuera del orden de lo decible es la pregunta fundamental: ¿el fuego es forma de acumulación? ¿Es la reiteración de la desposesión bajo formas «naturales»? ¿Son los incendios mecanismos mediante los cuales se perpetúa y se intensifica el control capitalista sobre el territorio? Esta pregunta no es «decible» en espacios públicos dominantes porque su respuesta afirmativa cuestionaría radicalmente las estructuras de poder que generan los incendios.
Existe un trabajo de escritura crítica que intenta formular estas preguntas prohibidas, mantenerlas vivas, escribir desde los márgenes donde fueron confinadas. No es escritura que busca «verdad» como transparencia. Es escritura que marca ausencias, que escribe en fragmentos, que intenta hacer visible lo que la maquinaria dominante oculta. Esta escritura insiste en que el fuego no es simplemente «desastre natural». Es la manifestación de una estructura de desposesión que continúa reiterándose, que nunca fue detenida, que se intensifica cada año.
V. ¿Acumulación o catástrofe? La pregunta que no cierra
Retornemos a la pregunta fundamental: ¿es el fuego una forma de acumulación? La respuesta no es simple. «Sí» y «no» de forma simultánea. Sí, porque la catástrofe es capturada por el capitalismo, reciclada, transformada en materia de nuevos proyectos extractivistas. El fuego «limpia» el territorio para la minería. La devastación genera demanda de tecnología extranjera. La «reconstrucción» abre espacios para nuevas inversiones. En este sentido, el fuego es plenamente acumulación: es desposesión que perpetúa la estructura de desposesión.
Pero no es simplemente acumulación porque el fuego también es algo que escapa al control de la máquina. Es la manifestación de contradicciones que la lógica de acumulación genera, pero no puede resolver. El monocultivo fue plantado para maximizar ganancia. Pero la máxima ganancia requería ignorar las consecuencias ecológicas: eliminación de cortafuegos, erosión del suelo, cambio en el ciclo hidrológico. Estas ignorancias deliberadas generan condiciones para el fuego. El fuego es, en cierto sentido, la venganza del territorio contra los proyectos que lo subsumen.
Acumulación y catástrofe no son opuestos. Están íntimamente relacionados. La acumulación genera catástrofe; la catástrofe es absorbida como materia de nueva acumulación. El fuego es ambas cosas simultáneamente: es desastre que destruye la «productividad» del monocultivo, y es oportunidad que permite nuevas formas de desposesión. No hay «salida» de este ciclo que no implique la destrucción radical de la lógica que lo genera.
La escritura crítica que intenta pensar esto no puede ofrecer «solución». Puede únicamente mantener la pregunta abierta, formularla desde espacios de baja visibilidad, insistir en que algo fundamental ha sido ocultado, diferido, desactivado. En cada incendio futuro—y los incendios volverán—, la pregunta retornará. ¿Quién construyó estas condiciones? ¿Quién debería responder? ¿Es el fuego acumulación o es la manifestación de una acumulación que deviene en su propia destrucción? Estas preguntas permanecerán sin respuesta pública, pero insistir en ellas es un acto de insurrección desde los márgenes contra la totalización del poder capitalista.
VI- Epílogo: la geografía quemada como escritura del presente
El fuego que arde en Penco es más que desastre. Es el punto donde la contradicción fundamental se manifiesta de forma innegable, donde lo que permanecía diferido retorna en llamas. El capital creó monocultivos para extraer ganancia, pero esos monocultivos portan en su biología la semilla de su propia negación. Por su composición, por sus aceites inflamables, por las condiciones ecológicas que generan, son combustible para fuegos incontrolables. El capital generó las condiciones de su propia destrucción. O más precisamente: generó un espacio donde la «naturaleza», aquello que fue reprimido, se rebela de forma destructiva.
Lo que hace el fuego es exponer, de forma brutal y visible, lo que de otro modo permanecería oculto en los márgenes, en lo no enunciable. Los sistemas que fueron construidos son frágiles, están al borde del colapso, no pueden persistir indefinidamente. El fuego habla: «aquí hay un límite». Y la máquina responde: «no hay límites, solo nuevas oportunidades de inversión». Ese choque, ese diálogo sordo entre la lógica de acumulación infinita y los límites físicos reales, ese encuentro donde se quiebra la ilusión de totalización, es lo que define nuestra era. Es lo que el fuego inscribe en ceniza, lo que se niega a ser olvidado.
El territorio quemado es un texto. Puede leerse de múltiples formas. Para los tecnócratas del capital, es «oportunidad de inversión». Para las corporaciones mineras, es «territorio disponible para explotación». Y a no dudar: cuando se vaya el inclemente viento brotará un ejército de expertos que «condenarán» la tierra y abogaran por otra oleada privatizadora. Esa será la hora de la técnica donde los semiólogos de la economía neoliberal —consejeros de la especulación financiera— se quejarán melancólicamente por no haber sido escuchados a tiempo. Como si el fuego hubiera esperado su permiso. Como si la catástrofe fuera negligencia de su asesoría y no el fruto de sus propias operaciones. Vuelven entonces con sus proyectos «mejorados», «regenerativos», «con consulta comunitaria». Y dirán que ya no es posible separar los sismos del capital de la crisis medio ambiental (¿brechas?)
El fuego habrá limpiado precisamente para que ellos regresen. Las cenizas del neoliberalismo serán redimidas para una evangelización del Kapital.
Dr. Mauro Salazar J.
