Chile está muerto junto a los húmeros. Dicen que lo mataron por revelarse Por no pensar como inquilinos Dicen que murió, triste, hambriento y mudo. Hay quienes cuentan que Chile no fue enterrado. Un paisano dice que una pequeña palabra llamada ‘chile’ fue cremada y sus cenizas se guardaron en una caja de zapatos
El quiebre de la transición de mando presidencial, ocho días antes de la asunción de José Antonio Kast, no es un incidente diplomático, sino la manifestación de una ruptura radical: el colapso de la capacidad de ambos elencos (presidente saliente y presidente electo que lanza el zarpazo) para habitar un espacio compartido donde abunda la cancelación de lo político. Lo que está en juego no es simplemente una discrepancia sobre hechos (quién informó qué, cuándo y cómo). Lo que está en juego es la pregunta sobre quién tiene autoridad para definir qué fue realmente dicho, quién puede ser creído cuando dos narrativas irreconciliables se enfrentan.
Gabriel Boric sostiene haber informado a José Antonio Kast sobre las advertencias estadounidenses respecto al cable submarino chino. José Antonio Kast niega categóricamente esto último. No simplemente que haya habido información insuficiente, sino que acusa ocultamiento de información; haber sido engañado. Al hacerlo, no solo rechaza las palabra del presidente saliente, sino que rechaza su autoridad para definir qué ocurrió en aquella conversación del 18 de febrero. En el momento en que Gabriel Boric se ‘vuelve mentiroso’, según la imputación del presidente electo, su testimonio pierde credibilidad. No se puede dialogar con quien engaña. La verdad tiene estructura de ficción. El discurso de Kast no describe una realidad preexistente sino que la produce mediante enunciación. La falta de información no existe antes de ser dicha; existe porque es enunciada. El lenguaje aquí no refleja poder, lo ejerce. La suspensión no es respuesta a una carencia, sino acto creador de esa carencia como justificación retrospectiva. El significante falta de información estructura la realidad política: Boric es culpable porque el discurso así lo establece. No hay verdad anterior al enunciado, solo hay ficción estructurada como verdad mediante la repetición performativa del significante.
Aquí opera la paradoja deconstructiva: la acusación de falta de transparencia es simultáneamente la clausura de la posibilidad de transparencia futura. Si Gabriel Boric es acusado de ocultamiento, ¿cómo podría ser creído en cualquier aclaración que intente hacer? José Antonio Kast ha redefinido el espacio de debate de modo que cualquier respuesta del presidente saliente no puede ser sino una nueva evidencia del mecanismo culpógeno. El círculo es perfecto: la supuesta opacidad justifica la suspensión del diálogo que sería el único medio para aclarar la opacidad. Y es precisamente este círculo de perversiones el que estructura el impase. Ambos están atrapados en una lógica donde lo que cada uno necesita es precisamente aquello que la acusación hace imposible. Gabriel Boric necesita que José Antonio Kast lo crea; José Antonio Kast necesita que Boric reconozca la acusación como válida. Pero en el momento en que el líder de Republicano suspende la transición, ha cortado el único hilo que permitiría reconciliar las narrativas.
Lo notable es que Kast («presidente electo») rechaza no simplemente una versión de los hechos. Rechaza la capacidad misma de Gabriel Boric para ser sujeto de discurso político. Al suspender unilateralmente la transición, José Antonio Kast realiza una operación: expulsa a Gabriel Boric del espacio donde la política puede ocurrir. El líder del FA permanece como presidente, pero como presidente sin interlocutor, sin posibilidad de ser escuchado, sin autoridad para hablar sobre temas que José Antonio Kast ha decidido que no pueden discutirse hasta que asuma el poder.
Pero la operación se vuelve verdaderamente astuta en su enunciación. Kast no dice: «No te creo, y por eso te expulso». Dice: «No confío en la información que me das, por eso debo proteger el interés nacional suspendiendo la transición» La suspensión se enuncia como defensa, como prudencia. Y en esa enunciación desaparece el acto político que realmente ocurre: la redefinición unilateral de quién puede hablar, qué cuenta como información legítima.
Porque el cable submarino chino es solo pretexto. Lo que realmente está en disputa es el control sobre la narrativa geopolítica de Chile, pero más profundamente aún: qué oligarquía gobernará la interpretación de esa narrativa. Gabriel Boric ha defendido autonomía estratégica: Chile debe decidir sus propias alianzas sin ser forzado a elegir entre Washington y Pekín. Esto es una posición de «no alineamiento activo» de respeto a la soberanía. José Antonio Kast, implícitamente, ha optado por subordinación a Trump. Su viaje a Washington para participar en «Shield of The Americas» es revelador: Kast se posiciona donde la autonomía chilena es secundaria.
Pero aquí emerge la verdadera complejidad parroquial del ocultamiento. Porque la oligarquía chilena, aquella que respalda a José Antonio Kast, practica un bicameralismo geopolítico: políticamente se ciñe a Washington, retóricamente defiende la alineación occidental, identitariamente rechaza cualquier sugerencia de proximidad con Pekín. Pero pragmáticamente, está completamente entrelazada con los intereses económicos chinos. Los puertos, la minería, la energía, las inversiones inmobiliarias—todo está atravesado por capital chino. La oligarquía chilena necesita simultáneamente rechazar públicamente a China (para mantener legitimidad frente a Washington) y estar completamente entrelazada con China (para mantener sus márgenes de ganancia). Esto es lo que debe permanecer oculto. Porque si el debate fuera realmente sobre geopolítica, si permitiera que Gabriel Boric articulara una posición de autonomía, tendría que emerger precisamente esta contradicción: la oligarquía no puede elegir entre Washington y Pekín porque su poder descansar en poder servir a ambos sin admitirlo.
José Antonio Kast no puede permitir ese debate. Porque cualquier análisis honesto de la posición geopolítica de Chile terminaría exponiendo la bipolaridad elitaria, su duplicidad estructural: lealtad retórica a Washington, lealtad pragmática a Pekín. De modo que es preciso clausurar la pregunta sobre soberanía antes de que pueda formularse de verdad. Encubre la subordinación geopolítica bajo la acusación de que Gabriel Boric ocultó información, convirtiendo así el conflicto geopolítico auténtico en un conflicto sobre confianza personal, transparencia, integridad del proceso. La verdadera pregunta política—¿cuál debe ser la posición de Chile frente a dos superpotencias que compiten por su lealtad? —es expulsada del espacio donde puede ser debatida. Si el debate es sobre si Gabriel Boric dijo o no dijo tal cosa, el debate sobre la posición oligárquica y sus contradicciones no puede ocurrir.
Lo que es perturbador es la eficacia de esta operación. Gabriel Boric está en posición imposible. Puede insistir en que fue transparente, presentar testigos, afirmar que la información fue comunicada. Y sin embargo, cada aclaración refuerza la posición de José Antonio Kast: «Ves, cuánto tiempo invertimos en aclarar lo que debería estar claro». La acusación de opacidad se vuelve auto-verificante.
Pero lo que hace verdaderamente efectiva esta operación no es solo su lógica circular, sino su chabacanería. José Antonio Kast ha optado por no elevar el conflicto al nivel donde podría ser discutido con sofisticación. La chabacanería política, la deliberada reducción de un conflicto geopolítico complejo a «me dijiste o no me dijiste», permite que la pregunta sobre soberanía permanezca indecible. Es profundamente vulgar suspender una transición porque alguien no fue «suficientemente claro» en una llamada. Esa vulgaridad no es accidente de José Antonio Kast; es su eficacia. Porque la chabacanería, por su ordinariez, por su repetición administrativa («falta información» «necesitamos aclaraciones» «esto es por prudencia»), se vuelve invisible como operación política. Se normaliza. Y en esa normalización reside la profecía vulgar de lo que será el gobierno de José Antonio Kast: un régimen donde decisiones políticas fundamentales se tomarán bajo apariencia administrativa, donde soberanía será erosionada mediante acumulación de pequeñas decisiones ordinarias, cada una presentada como técnica inevitable.
Pero hay un aspecto aún más perverso: el régimen de la telefonía. La disputa no ocurre en debate público donde la lengua política puede desarrollarse. Ocurre en aquella llamada del 18 de febrero, reducida a campo de batalla donde importa no qué se dijo sino cuántos minutos, qué detalle, en qué momento preciso. El minuto forcluye el debate de fondo. La forma devora completamente el contenido. Y aquí emerge la imposibilidad de la lengua: aunque Gabriel Boric intente explicar, aunque presente testigos, lo que quedó clausurado es la posibilidad de que exista lengua común donde ambos habiten. La lengua se ha fragmentado. No hay lenguaje político compartido; hay solo acusación circulante que devora toda significación. Gabriel Boric permanece capturado en el juego de imputaciones que José Antonio Kast diseñó: debe responder a cada acusación de opacidad con afirmaciones de transparencia, debe jugar en registro de honestidad personal cuando el verdadero conflicto es estructural. Y al hacerlo, valida la premisa de que el problema es comunicacional, cuando es estructural: es la redefinición unilateral de quién puede hablar y qué cuenta como verdad en el espacio político compartido. Ambos están atrapados en loop donde la coherencia misma se vuelve imposible. La crisis de la transición de mando se presenta ante la «opinión pública» –usuarios de redes– como una serie de discrepancias técnicas: ¿cuántos minutos dura una llamada telefónica? ¿Qué se dijo exactamente el 18 de febrero? ¿Se informó o se «esbozó»? ¿Se exigió retractación o «aclaración»? Estas preguntas, que aparentan ser procedimentales, son en realidad operaciones que desplazan el verdadero conflicto hacia un registro donde puede ser capturado, domesticado, convertido en problema de comunicación entre dos elencos presidenciales irreconciliables. Y es precisamente este desplazamiento el que merece ser examinado, porque revela cómo el poder contemporáneo funciona no mediante la represión abierta sino mediante la fragmentación del lenguaje político, transformando lo geopolítico en lo doméstico.
Y sin embargo, lo que verdaderamente somatiza el impase es su banalidad de transmisión: dieciséis minutos de una llamada, un mensaje de WhatsApp, acusaciones que circulan por celular como rumor de barrio. El conflicto geopolítico, ese que debería nombrar la posición de Chile entre potencia, se trivializa en escándalo localista, provinciano, nutrido por la inmediatez de la tecnología. Porque la ausencia de lengua propia se revela aquí: no hay palabras para lo que ocurre. Solo minutos contados, detalles telefónicos, la ordinariez de quien no encuentra idioma para decir lo que realmente está en juego. Chile, afónico, vive su propia disolución como chisme doméstico.
El discurso de suspensión ejecuta una operación retórica fundamental: convierte un acto de poder en consecuencia inevitable de una carencia. Mediante la enunciación de «falta de información» la decisión política unilateral se disfraza de respuesta técnica forzada. La estructura del argumento es circular e inrefutable: se afirma que hay «falta de información» sin especificar jamás cuál, se anuncia que «ustedes mismos han reportado» esto, y se concluye que el traspaso debe suspenderse. Pero nunca se responde: si falta información, ¿por qué suspender en lugar de extender para obtenerla? La respuesta lógica sería esperar, documentar. La respuesta política que se elige es cancelar. A ocho días de la transferencia constitucional, suspender es decir: «Ya no necesito tu permiso. Tu gobierno ha terminado». Es poder desnudo, enmascarado en procedimiento administrativo.
Y aquí emerge lo verdaderamente significativo: no es quiebre de tradición, sino fin de un hito republicano. Los hitos republicanos, momentos donde se formaliza transferencia de poder, donde la Constitución marca tiempos, no son tradiciones reparables. Son el marco que permite pensar la política como algo que transcurre en espacio compartido de legalidad. Cuando José Antonio Kast suspende la transición, instaura nuevo régimen donde los hitos desaparecen. Ya no hay un 11 de marzo donde cambia el gobierno. Hay un presente donde el poder se redistribuye sin ceremonia, donde quien actúa unilateralmente redefine cuándo y cómo ocurren transferencias. Este es el fin de los hitos, no su ruptura.
La ironía deconstructiva es que ambos reproducen exactamente lo que acusan al otro de hacer. Gabriel Boric acusa a José Antonio Kast de romper continuidad institucional. Pero en su insistencia de que fue transparente, clausura la posibilidad de que José Antonio Kast sea escuchado genuinamente en su preocupación. Y José Antonio Kast, acusando a Gabriel Boric de ocultamiento, está él mismo ocultando la verdadera razón de su ruptura: el rechazo a una política exterior que no subordina completamente a Chile a intereses estadounidenses, y más aún, la imposibilidad de permitir que emerja públicamente el bicameralismo de una oligarquía que necesita servir simultáneamente a Washington y Pekín sin admitirlo.
Lo que José Antonio Kast ha hecho, lo que su operación oscurecida ha logrado, no es simplemente ganar una batalla táctica antes de asumir el poder. Es algo más profundo y más vulgar a la vez: ha demostrado que la política chilena ya no es el espacio donde las grandes preguntas pueden formularse. Ha mostrado que cuando una pregunta amenaza con tocar los intereses de verdad, cuando un debate podría exponer las contradicciones de la oligarquía, la respuesta no es argumentativa sino administrativa: clausurar, suspender, expulsar del diálogo. Y lo que es más perverso aún: lo ha hecho sin levantar la voz, sin hacer espectáculo, sin necesidad de golpe alguno. Solo mediante la enunciación tranquila de una «falta de información» mediante el lenguaje de la prudencia. Esto prefigura un gobierno donde la soberanía será erosionada no mediante actos dramáticos sino mediante la acumulación silenciosa de pequeños actos administrativos, cada uno presentado como técnica inevitable. Chile, bajo José Antonio Kast, será un país donde lo político habrá desaparecido sustancialmente, reemplazado por la gestión obscena del poder.
Convocando a Enrique Lihn nadie notará el horroroso Chile.
Mauro Salazar J. Ufro/Sapienza.
