Gerardo Muñoz / El inglés y las lenguas muertas

Filosofía

Todavía recuerdo con nitidez cómo hace unos años, en la librería de la Universidad de Harvard, la Colección Loeb de Clásicos del Latín y el Griego, con sus cubiertas rojas y verdes respectivamente, ya no se encontraba en los estantes. Al preguntarle a una dependiente, me dijo que esos libros de “lenguas muertas” ya no se vendían ahí. Esas fueron sus palabras. Si esta anécdota transmite algo, es precisamente la pregunta fundamental en torno a la noción de “lenguas muertas”. ¿Qué significa que una lengua haya muerto o esté muerta? Si, ​​de hecho, existe tal estatus ontológico para cualquier lengua que se haya rastreado desde nuestro pasado, esta pregunta hoy regresa con cierta urgencia, ya que el avatar más reciente de la cibernética, la «Inteligencia Artificial», ya supera no solo las supuestas “lenguas muertas” de la antigüedad que muchos lectores ya no pueden dominar, sino también la operatividad de las lenguas vivas de toda la humanidad en su conjunto.

Proféticamente, este fue el problema al que se enfrentó W.H.D Rouse en un texto corto titulado “Machines o mind?”, publicado en The Classical Weekly en el invierno de 1913. Como sabemos, Rouse, filólogo britanicao que había traducido al inglés a Homero y Platón, también fue el creador de la Colección de Loeb publicada por la casa editorial de Harvard en 1912. Así, la tarea de revivir las “lenguas muertas” en el programa de Rouse era una forma de impugnar lo que él veía como el colapso de la civilización ante el despliegue de la máquina y la colonización del tiempo ocioso, ya que se estaba convirtiendo en un mundo de pura «fuerza eléctrica» ​​(un topoi de la civilización moderna que también encontrará su lugar en los escritos de Warburg, Schmitt y Florenski como hemos señalado recientemente).

En una descripción que resuena en forma y espíritu con la vieja tesis de Carlo Michelstaedter de que el futuro del lenguaje se reducirá a un ‘idioma internacional compuesto de términos técnicos’, la kallopismata orphnes; Rouse fue más preciso al definir esta fuerza instrumentalizada al conectar el auge de la ciencia con el Inglés como nueva lengua de homogeneidad planetaria. De este modo, invirtiendo la suposición de que las «lenguas muertas» son los idiomas extintos de civilizaciones pasadas y culturas arcaicas; para Rouse, es el inglés, y más específicamente, el «inglés científico», el que, en última instancia, constituye una lengua muerta, pues ya no transmite nada en su vacío de experiencia e imaginación mediante el decir. Como escribe Rouse en un momento de su ensayo: “Los propios idiomas aportan lo que el inglés no aporta. El inglés moderno está lleno de rodeos, metáforas sin sentido, verborrea, farsas; el griego y el latín son simples. El inglés está prácticamente muerto: el griego y el latín son idiomas vivos. […] Las frases científicas del inglés están todas muertas: o bien envuelven un único sentido en palabras sin sentido, o bien parecen tener un significado cuando no lo tienen [1]”. El artificio retórico al que sucumbe el lenguaje no se expresa mediante el uso de palabras, signos o íconos, sino en la proliferación misma de los discursos que ya no comunican nada precisamente porque lo han comunicado todo en su deriva hacia la absorción de una objetividad indiferenciada. La crítica de Rouse al declive humano encuentra su correspondencia en la entrada del lenguaje en lo que él llamó la «Celda de la Ciencia», quizás retomando implícitamente la jerga de Weber, que ahora abría un nuevo escenario para el destino histórico humano: “nunca hubo un mundo al que le importara menos la verdad en el habla y el pensamiento” [2].

Existe un gran riesgo al interpretar la defensa que Rouse hace de las “lenguas clásicas” (latín, griego) como un modelo humanista para desplegar un programa anticuario; una perspectiva nihilista que se está cumpliendo en Estados Unidos como una repetición paródica del ideal de imitación neoclásica de Winckelmann. Frente a la reificación de las lenguas muertas como “entidades vivas” ficticias transformadas en herramientas para el conocimiento y la experiencia, lo fundamental para Rouse en las lenguas muertas del pasado —y en este sentido, de cualquier lengua— es la capacidad de generar la dimensión experiencial de su uso, conectando así el pensamiento y la experiencia sin separaciones [3]. En otras palabras, Rouse, al igual que el último Émile Benveniste, encontró interés en las lenguas clásicas no como un principio moral de civilización y fundamento de la identidad, sino más bien como un espacio para la experiencia inmediata entre hablantes, arraigada en cierto grado de lo vivido [4]. Por eso también un poeta como Eliseo Diego afirmaría en Conversación con los difuntos (1991) que leer y habitar otras lenguas constituye una forma de amistad más allá de la presencia de los vivos [5]. La conversación en la lengua es una forma de mantener abierto el paso de los vivos a los muertos y viceversa.

Quien vive en la anchura del lenguaje recoge los trazos memoriales de todas las lenguas, inscripciones, voces y ritmos muertos en un reservorio que es también una figura de lo vivido. La consolidación del inglés estandarizado, el basic English, como medio de comunicación planetario y arma retórica del nuevo nacionalismo, como ya veía Erich Auerbach desde su exilio en Estambul, ahora emerge como “una artimaña de la providencia diseñada para llevarnos por el camino sangriento y tortuoso de una Internacional de la trivialidad y una lengua Esperanto”. En este mapa, la lenta aniquilación de la especie humana tiene lugar fuera del mundo; es decir, en el campo del lenguaje, que ahora se ha convertido en el programa histórico central de dominación contra la experiencia irreductible que conecta a los muertos con los vivos. A medida que las lenguas se reducen al marco autonomizado del orden y la fuerza, la existencia de los seres humanos deviene en un mero receptor móvil guiado por la retórica, la información y la opinión. Formas que comunican, pero que ya han extraviado su decir.

Notas

1. W.H.D Rouse. “Michines or Mind?”, The Classical Weekly, V.6, 1913, 85.

2. Ibid., 86.

3. W.H.D Rouse. “Latin as a Universal Language”, Nature, February, 1916, 706.

4. Émile Benveniste. Last Lectures: Collège de France 1968 and 1969 (Edinburgh University Press, 2019), 67.

5. Eliseo Diego. Obra Poética (Fondo de Cultura Económica, 2003), 589.

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