Mauro Salazar J. / El gobierno de emergencia como gubernamentalidad microfascista

Filosofía, Política

I. El juramento como programa

Hay un sentido en que el juramento inaugural no dice lo que promete sino que promete lo que ya ha decidido decir. El once de marzo de 2026, José Antonio Kast pronunció el «sí, juro» de rigor y con ello no inauguró un proyecto sino que ratificó una genealogía. El problema no es que su padre haya militado en el partido nazi (aunque para muchos podría serlo) ni que su hermano haya administrado la política económica mientras el régimen producía sus muertos: el problema es que esa genealogía es, en el sentido que la teoría política más exigente da al término, la condición de posibilidad (genealogía) de lo que Kast llama «gobierno de emergencia». Dicho de otro modo: la emergencia no es un diagnóstico sobre el estado del país, es la forma que toma una herencia política cuando encuentra las condiciones para instalarse como programa. Hay, en todo esto, algo que podría llamarse la impropiedad constitutiva del orden que se proclama propio: el «gobierno de emergencia» no defiende una identidad que preexiste a la amenaza sino que construye esa identidad en el mismo gesto de declarar amenazado lo que hasta ese momento no tenía nombre. Lo que la Constitución del 80 hizo en el nivel de la arquitectura jurídica (producir un orden que se presenta como natural porque sus condiciones de posibilidad han sido borradas de la memoria), el «gobierno de emergencia» lo hace en el nivel de la experiencia cotidiana: hace habitable la violencia presentándola como la condición de la habitabilidad.

La minuta enviada a los futuros ministros por la Oficina del presidente Electo es en este punto inequívoca: el «gobierno de emergencia» no es una medida transitoria sino, en sus propias palabras, el «marco interpretativo de todo lo que hace la administración». La emergencia, entonces, no suspende el orden para restituirlo: es el nombre del orden que se instaura. Y esa distinción no es semántica sino política en el sentido más hondo del término, porque cambia completamente la pregunta que habría que hacerle al nuevo gobierno: no qué emergencia enfrenta, sino qué forma de poder funda.

II. El estado de excepción que se llama a sí mismo democracia

El fascismo histórico necesitaba proclamar el estado de excepción con el nombre que le correspondía: el decreto, la fecha, la suspensión formal de la norma en nombre de la salud del cuerpo social. El fascismo tardío, capilar o post-fascismo, según la óptica teórica desde la que se lo mire, de nuevo tipo no necesita ese gesto. No porque renuncie a la excepción, sino porque la ha normalizado hasta el punto de convertirla en el modo ordinario de gobernar. La «emergencia» de Kast no suspende el derecho ordinario: es el nombre que el derecho ordinario toma cuando un cierto poder político se instala en él.

Lo que conecta la temporalidad trumpista con la forma política que Kast inaugura no es la imitación sino la estructura profunda: en ambos casos el tiempo se organiza bajo la lógica del retorno de lo que la transición creyó haber archivado. Todo proyecto restaurador opera bajo esa lógica de la huella diferida, del resto que permanece latente en el interior de las instituciones democráticas y que vuelve no como fantasma sino como derecho positivo, como decreto firmado, como presupuesto asignado. La «emergencia» no interrumpe la continuidad democrática: revela que esa continuidad fue siempre el aplazamiento de algo que ahora cobra en el registro sobrio de la administración ordinaria.

El «muro», la «deportación», la «migración», la «emergencia»: cuatro palabras que el discurso trumpista hace circular como sinónimos no porque designen lo mismo sino porque cada una suplementa a la anterior, la completa en lo que le falta, la repite con otro nombre para decir que el enemigo es siempre el mismo aunque cambie de término. Ese juego no es retórica: es la estructura de un pensamiento que necesita la cadena para producir la amenaza, porque ningún eslabón por sí solo bastaría para sostener el peso del miedo que el conjunto requiere.

Que Kast haya firmado seis decretos en las primeras horas de su mandato no constituye una anomalía: constituye la demostración de que la emergencia produce derecho en vez de suspenderlo. Aumento de dotación policial, aceleración de normas de inteligencia, militarización de la frontera norte: cada uno de esos decretos expande el poder del Estado sobre los cuerpos sin necesitar el estado de sitio. Esa es la novedad formal del fascismo de nuevo tipo: no necesita el quiebre institucional porque trabaja desde el interior de la institucionalidad con la paciencia de quien sabe que la forma jurídica es el mejor vehículo de la excepción permanente.

III. La producción del enemigo interior

Todo fascismo requiere una figura del enemigo que organice el campo político y distribuya los lugares de lo decible y lo indecible. El fascismo histórico construyó esa figura a partir de la raza como categoría biológica exterior. El fascismo de nuevo tipo la construye a partir de la irregularidad administrativa: no el extranjero como portador de una diferencia racial sino el migrante en situación irregular como vector del desorden, como causa de la inseguridad, como el nombre que el «gobierno de emergencia» da al problema que justifica la solución que ya tenía preparada.

La distinción es significativa pero no consoladora. Lo que opera en ambos casos es la producción activa de una población de excedentes jurídicos, de vidas que quedan fuera de la protección ordinaria del derecho sin que eso sea formalmente declarado. La «desciudadanización progresiva» no requiere el campo de concentración: requiere la estadística convertida en política, el número convertido en amenaza, la irregularidad migratoria convertida en sinónimo del crimen organizado. Que más de trescientas mil personas en situación irregular habiten el territorio chileno no es un hecho que explique nada por sí mismo: es la materia prima de una operación política que necesita un enemigo interior para justificar la arquitectura de excepción que se propone construir.

IV. La sobriedad como forma del dominio

Existe una característica del proyecto de Kast que la mirada analítica no debería confundir con un rasgo de temperamento personal: su sobriedad. A diferencia de otros líderes del mismo campo político internacional, Kast no necesita el escándalo performativo ni el gesto disruptivo. Esa sobriedad no es moderación: es la forma que toma el dominio cuando ha aprendido que el poder más duradero es el que no necesita anunciarse. El fascismo de nuevo tipo puede prescindir de la estridencia histórica porque ha comprendido que la institucionalidad democrática no es un obstáculo para sus fines sino el instrumento más eficaz para realizarlos.

La minuta técnica que instruye a los ministros sobre sus vocerías, la ecuanimidad del jurista que firma decretos con la pluma de quien cumple un trámite, la «emergencia» enunciada sin alarma ni urgencia visible: todo eso es la forma estética de un proyecto político que ha entendido que la violencia más eficaz es la que se ejerce en el registro de lo razonable, de lo inevitable, de lo que el propio orden democrático autoriza. El problema no es que Kast sea sobrio donde otros son estridentes: el problema es que esa sobriedad es exactamente la forma que el fascismo de nuevo tipo adopta cuando tiene acceso al Estado.

V. La genealogía como política del olvido

La ascensión de Kast no es únicamente la victoria electoral de una candidatura: es la materialización de una genealogía que el consenso político chileno ha gestionado durante décadas bajo la categoría del olvido productivo. No se trata de reducir el análisis a la biografía familiar, tentación que el pensamiento político crítico debe resistir con firmeza. Se trata de reconocer que esa genealogía es políticamente operativa: que la formación con quien redactó la constitución del régimen, el hermano que administró su economía, el padre que militó en el partido del exterminio no son datos privados sino condiciones históricas que estructuran un proyecto político y que ese proyecto lleva ahora la banda presidencial.

Cuando un jefe de Estado extranjero dijo que el fascismo avanzaba y que no le daría la mano a un hijo de nazi, la Cancillería chilena respondió con una nota diplomática. Esa respuesta es instructiva no por lo que dice sino por lo que hace: convierte una interpelación política en una cuestión de protocolo, desplaza el argumento al terreno de las formas, administra la audibilidad de lo que se puede decir en público. La gestión diplomática del linaje es, en el plano de la significación, la operación por la cual la genealogía del fascismo chileno se hace invisible precisamente en el momento en que más urgía hacerla visible. El olvido no es ausencia de memoria: es una política activa sobre lo que la democracia decide no recordar.

VI. Chile como laboratorio, otra vez

Si Chile fue el laboratorio del neoliberalismo, no fue porque sus condiciones fueran excepcionales sino porque sus condiciones eran las de una violencia suficientemente concentrada como para producir un experimento sin resistencias. La fórmula (emergencia) que Kast inaugura en marzo de 2026 podría operar bajo una lógica análoga: no como exportación de un modelo sino como prueba de viabilidad de una forma política que combina la sobriedad tecnocrática con el pánico moral ante la migración, el ultraliberalismo económico con la reivindicación implícita del legado autoritario, la integración a la red internacional de la nueva derecha con la presentación de sí misma como gobierno democrático de la seguridad y el orden.

Pero Chile no es una caja de resonancia de lo que ocurre en otro lugar: es el lugar donde ciertas formas de dominio tienen su propia historia, su propia densidad, su propia capacidad de restitución. Lo que Kast instala no es la copia local de un modelo importado sino la reactualización de un pinochetismo híbrido que nunca fue completamente desmantelado y que ha tenido décadas para sedimentarse en las instituciones, en la cultura política, en la manera en que la sociedad chilena administra su relación con la violencia del Estado. Ese pinochetismo híbrido no es el pinochetismo histórico: es su forma mutada, que ha absorbido el lenguaje democrático sin abandonar la lógica autoritaria, que ha aprendido a nombrar la excepción con los términos de la normalidad, que ha convertido la herencia del régimen en programa de gobierno sin necesitar proclamarla como tal. La especificidad del microfascismo chileno reside precisamente en esa hibridación: en que la violencia no aparece como ruptura del orden democrático sino como su intensificación, en que la exclusión no se declara sino que se administra, en que el legado de Pinochet no se reivindica abiertamente sino que se restituye en la forma técnica, silenciosa y eficaz del decreto.

Esa combinación es la forma específicamente chilena del fascismo de nuevo tipo. Lejos de los campos de concentración ni el de las plazas encendidas, sino el fascismo de la emergencia instalada como gobierno ordinario, del enemigo interior producido por decreto, de la «seguridad migratoria» como nombre de una política de producción de poblaciones prescindibles. Un fascismo que, cuando se le nombra así, responde que no hay fascismo para nada. Y que en esa negación tranquila, administrada, técnicamente competente de su propio nombre, muestra con más claridad que en ningún otro gesto lo que es: un poder que ha aprendido que el nombre que más teme no es el que le gritan en la calle sino el que la historia, con su paciencia terrible, terminará por inscribirle.

Agradezco las observaciones del Dr. Javier Agüero Aguila.

Fuentes consultadas

France24. «Kast asume la presidencia de Chile, que gira a la derecha más radical desde Pinochet.» 11 de marzo de 2026.

Marton, Amanda. Kast, la ultraderecha a la chilena. Santiago, 2025.

Radio Universidad de Chile. «José Antonio Kast asume la Presidencia y marca inicio del gobierno de emergencia.» 11 de marzo de 2026.

Servicio Nacional de Migraciones de Chile. Estimación de personas extranjeras en situación irregular. Diciembre 2023.

Traverso, Enzo. Las nuevas caras del fascismo. Buenos Aires: Prometeo, 2019.

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