Un partido que desorienta por lo que ya no permite saber: ¿es un partido obrero sin obreros, social-demócrata, un partido popular sin pueblo, un partido de izquierda que administra lo que la izquierda impugnaba? La pregunta no encuentra respuesta porque «el partido mismo ha dejado de saberlo». Tal ignorancia —serena, institucionalizada, presupuestada— es quizás su rasgo más definitorio.
Hay una pregunta que esta nota no formula porque no puede formularla sin implicarse en lo que pregunta: ¿qué ocurre cuando un partido —de rojo amanecer— que se definió durante un siglo por su distancia radical con el orden existente decidió, en un momento que llama estratégico, ingresar a la modernización como si existiera un territorio vacante para reformas populares? La pregunta no es retórica. Es la pregunta que el mundo post-Recabarren debería haberse hecho antes de responderla con los hechos, antes de que los hechos respondieran por él con una elocuencia que ningún congreso partidario habría aprobado y que ninguna glosa keynesiana tiene actualmente el coraje de leer en voz alta ante sus bases. Hay convicciones que solo se sostienen mientras no se las examina. Esta coalición examinó las suyas demasiado tarde, o demasiado rápido, que en política suele ser lo mismo.
Porque lo que está en juego no es una táctica. El metal que pierde nobleza no lo pierde de golpe eso sería demasiado visible, demasiado honesto, demasiado fácil de nombrar como traición. Lo pierde en la fricción cotidiana con las superficies que lo rodean, en el contacto sostenido con lo que no es él, en la acumulación imperceptible de concesiones que ninguna por separado parece decisiva y que en su conjunto producen algo que ya no es lo que era aunque todavía lleve el mismo nombre, el mismo símbolo, la misma bandera roja que el viento agita con la misma convicción de siempre y con menos contenido que nunca. Hay civilizaciones que perecen por exceso de lucidez y hay partidos que se vacían por exceso de paciencia y conformismo burocrático. Este es del segundo tipo, con la ventaja adicional de que no sabe que lo es, lo cual le confiere una energía que el cinismo nunca podría producir: «solo el que cree en su propia retórica puede pronunciarla con esa convicción».
Pero la primera paradoja, la más honda, la que el análisis político evita porque nombrarla dejaría sin suelo a quien la nombra, no es que el partido haya traicionado su nombre. Es que «no puede traicionarlo». El nombre no remite a una esencia previa, a una pureza originaria que existía antes de la contaminación con el orden. El nombre es ya, desde siempre, «la huella de lo que nunca estuvo del todo presente». La hoz y el martillo no son el signo de una identidad plena que existió y fue corrompida: son la marca de una promesa que nunca se realizó del todo porque ninguna promesa puede realizarse del todo sin dejar de ser promesa. Lo que el partido llama su origen, la pureza militante, la solidaridad sin Estado, la convicción sin cargo, fue siempre ya una construcción, una narrativa que el presente de cada época producía retroactivamente para justificarse. El origen que se invoca no precede a la invocación: la invocación lo produce. Y por eso no puede ser recuperado: «no hay regreso a lo que nunca fue sino como fue narrado».
Aquí es donde la modernización chilena, ese proceso que el partido impugnó durante décadas con una radicalidad que sus documentos internos cuidaban de precisar en cada coyuntura, revela su operación más perturbadora. La modernización no destruyó al partido: lo suplementó. Lo incorporó como elemento necesario de su propio relato de pluralidad, de su gramática de la inclusión, de su narrativa de que el Chile que se modernizaba era también el Chile que se democratizaba. Y el partido, que debía ser la impugnación de esa narrativa, se convirtió en su condición de posibilidad. El ajuste no viene después del texto que completa: estaba ya inscrito en él como la posibilidad de su propia corrección». La modernización chilena necesitaba un partido que dijera no para poder decir que ese no estaba contenido dentro del sí que el orden ofrecía. Necesitaba la impugnación para administrarla. Necesitaba al partido de Recabarren vivo, presente, reconocible, para que su propio proyecto de modernización pudiera presentarse como suficientemente amplio para contenerlo.
Lo que la política sectorial produce, esa política que el partido aprendió a ejercer en los intersticios del sistema, en los municipios, en los gremios, en los espacios donde la presencia territorial sustituye a la hegemonía programática, es exactamente «la diferencia sin diferencia»: aquello que el orden puede gestionar porque está contenida dentro de sus propios marcos, la diferencia que no difiere el sentido sino que lo confirma al ocupar el lugar que el sistema le asignó. El partido que administra una municipalidad no impugna el modelo terciario: lo administra a escala menor con los recursos que el modelo le asigna para que lo administre. La política sectorial es la forma en que el partido aprendió a existir dentro del orden que decía querer transformar, y esa forma de existencia fue produciendo, con la lentitud de lo que no se advierte porque se adapta, «una identidad que ya no puede distinguir entre ocupar un espacio y transformar lo que ese espacio produce».
La informalidad laboral es, en este registro, el síntoma más elocuente de la paradoja. El partido que nació de la organización del trabajo formal —de la mina, del puerto, de la fábrica, de los lugares donde la explotación era legible porque tenía una geometría reconocible— enfrenta hoy una realidad en que el sujeto popular que dice representar vive mayoritariamente en la informalidad: sin contrato, sin sindicato, sin la forma organizativa que hacía posible la representación que el partido prometía. Y esa informalidad no es un accidente del desarrollo chileno: es el producto deliberado de la modernización que el partido co-administra. La huella que el partido deja en el orden que ingresó a transformar es «la huella del orden en el partido», y esa huella tiene nombre: la producción sistemática de un sujeto popular que ya no puede ser representado por las categorías que el partido heredó porque esas categorías fueron diseñadas para un mundo que la modernización destruyó con la eficiencia de quien sabe que destruir el sujeto es más eficiente que destruir la organización.
El trabajador de plataforma que no tiene empleador identificable al que organizar, la trabajadora de casa particular que el código laboral reconoce pero el mercado ignora: ninguno de ellos cabe en la categoría de «clase obrera» que el partido heredó de su historia. Y el partido que no puede producir las categorías con que pensar a sus propios representados es un Partido que ha perdido no solo la hegemonía sino algo anterior y más costoso: «la capacidad de ver». De ver lo que está frente a él sin la mediación de los conceptos que el siglo anterior depositó en su archivo como verdades eternas y que el tiempo convirtió, con la eficiencia silenciosa de lo irreversible, en instrumentos que ya no cortan porque el material que enfrentan es distinto del material para el que fueron forjados.
Estetización funcional: eso es lo que ocurre cuando el símbolo se separa de la práctica que le daba sentido y se convierte en bien de cambio en el mercado de las representaciones políticas. La hoz y el martillo no representan ya una forma de organización productiva ni una relación con el trabajo ni una posición en la estructura de clase: representan una cromática, un dato de paleta que el oficialismo de Apruebo Dignidad necesitaba para que la imagen de conjunto fuera más amplia, más genuinamente popular. El partido de Recabarren se convierte así en la buena conciencia estética de quienes no tienen —ni han tenido jamás— la intención real de transformar lo que el partido decía querer transformar. El PC como «oropel»: el adorno que hace brillar lo que por dentro ya no tiene brillo propio. La incomodidad domesticada, la rabia convertida en dato cromático, el testimonio de los de abajo transformado en recurso estético de los de arriba.
Y el desdibujamiento identitario no es un efecto secundario de este proceso: es su lógica constitutiva. La identidad del partido se construyó siempre en relación con un adversario preciso —el capital, el Estado burgués, la clase patronal— que la modernización chilena volvió difusa, disperso, invisible detrás de la arquitectura de los servicios, de los fondos de pensiones, de las plataformas digitales que son simultáneamente empleadores, mercados y medios de pago. «El adversario que no puede ser localizado no puede ser impugnado, y el partido que no puede impugnar a su adversario porque no sabe ya dónde está pierde el gesto fundacional que lo constituía como partido». Lo que queda en su lugar es la política de la presencia: estar, aparecer, ser reconocible fácticamente en el espacio institucional, ocupar los cargos que el sistema ofrece no para transformar el sistema sino para demostrar que se puede estar en él sin desaparecer del todo. Ese es el horizonte al que la política sectorial conduce cuando se le pregunta por su proyecto: la permanencia como sustituto de la transformación, la supervivencia institucional como sucedáneo de la hegemonía que ya no puede construirse.
De ahí la segunda paradoja, más íntima y más costosa: el partido está atrapado en «la lógica del suplemento». Cada concesión que hace para preservar su lugar en la coalición es presentada como complemento, como adición estratégica a lo que ya era. Pero en realidad cada complemento sustituye lo que decía preservar. El partido necesita ese registro abierto para seguir siendo lo que dice ser. Y al mismo tiempo necesita cerrarlo para seguir haciendo lo que hace. Hay en esa imposibilidad algo que cierta inteligencia sombría reconocería como «la única forma de condena que no necesita tribunal»: la que el condenado se administra a sí mismo con la eficiencia de quien ha confundido la jaula con el hogar.
La tercera paradoja tiene la estructura de lo que podría llamarse «la escritura que no puede borrarse». El partido que quiere recuperar su identidad no puede simplemente volver al punto anterior a las concesiones, porque ese punto no existe ya como punto al que regresar: cada concesión a reescrito el texto original, ha insertado en él una marca que no puede ser borrada sin borrar también el texto que la contiene. «No hay original al que volver: solo hay versiones, y cada versión lleva inscrita la historia de lo que la precedió y de lo que la alteró». El partido que más necesita la diferencia entre lo que era y lo que es el que menos puede producirla porque producirla exigiría un afuera del idioma coalicional, por definición, ha declarado impronunciable.
Hay una contradicción que no se enuncia porque enunciarla sería ya el principio de una crisis que nadie tiene interés en precipitar. Por algo más refinado que la cobardía: porque la coalición ha producido «el idioma en que la contradicción no puede ser dicha sin que quien la diga quede inmediatamente fuera del único espacio donde todavía es posible hacer algo». El partido que durante décadas impugnó el modelo productivo aprobó el TPP-11, ese tratado que sus propios documentos caracterizaban como «instrumento de sometimiento». Lo aprobó no por convicción sino por «disciplina coalicional», que es el nombre técnico que la política chilena le da a la capitulación cuando la capitulación es colectiva y tiene quórum. Hay una observación sombría sobre la naturaleza de los acuerdos que se firman bajo presión: que el firmante siempre cree que preserva lo esencial mientras cede lo accidental, y que lo accidental cedido resulta ser, con el tiempo, exactamente lo que hacía esencial lo esencial.
La mordaza no es simplemente el silencio. Es el dispositivo que el cuerpo aprende, con el tiempo y con la urgencia de no romper la alianza, a no sentir. A normalizar. A llamar disciplina cuando es capitulación y llamar estrategia cuando es renuncia. Que el militante comunista ya no pueda decir todo lo que piensa en público no es una tragedia individual: es el síntoma más elocuente de lo que le ocurre a un partido cuando la alianza se convierte en el horizonte y el horizonte se convierte en el límite de lo pensable, de lo decible, de lo que puede ser formulado sin que el formularlo sea inmediatamente catalogado como «guerrilla de retaguardia» por los mismos que hace quince años habrían aplaudido la formulación con los mismos puños en alto que ahora administran presupuestos.
La generación nueva porta esa contradicción en el cuerpo con mayor intensidad que sus mayores. Ahora administra ministerios y aprende «el arte de decir sin decir, de alinearse sin capitular del todo, de mantener una identidad que el gobierno necesita intacta porque sin ella pierde la cromática popular que lo distingue de lo que dice no ser». El aprendizaje es rápido. Los cargos son buenos maestros. Y hay algo en esa producción que solo puede llamarse «la forma más eficaz de la derrota»: la que no se parece a una derrota porque quien la padece ha aprendido a llamarla victoria. Lo que queda al final no es traición. «La traición requiere un sujeto que sepa lo que hace». Lo que queda es lo que este texto no puede terminar de decir sin implicarse en lo que dice: que «la huella que el partido deja en el orden que ingresó a transformar es la huella del orden en el partido». Que la escritura va en las dos direcciones. Que lo que se inscribe en el otro se inscribe también en quien inscribe. Y que esa doble inscripción —que ningún congreso milenario puede declarar nula, que ninguna dirección puede desconocer sin desconocerse— es lo que hace que «el regreso al origen no sea una posibilidad política sino una ficción necesaria»: necesaria para seguir siendo lo que ya no se es, imprescindible para nombrar lo que ya no puede ser nombrado sin que el nombre muestre, en su misma pronunciación, la distancia que lo separa de lo que decía nombrar.
Más allá del testimonio; quién sabe qué Partido se ha edificado.
Mauro Salazar J. UFRO/Sapienza
