Paloma Castillo / Atmoterrorismos 1: Perdiendo la risa

Filosofía, Política

Hace un tiempo vengo notando algo en la consulta y en las conversaciones con colegas: un aumento que nadie termina de explicarse de los rasgos que la época agrupa bajo el nombre de neurodivergencia o TEA. Hipersensibilidad a los ruidos, intolerancia al contacto físico, desadaptación social, intereses focalizados hasta la obsesión y, el que más me llama la atención, la falta de comprensión del sentido del humor. Los manuales lo registran como déficit. Las familias viven muchas veces como alivio contar con una categoría diagnostica. Y en los espacios escolares puede ser broma, insulto o juego: “Es que soy TEA”, “¿Cómo tan TEA?” y otras variaciones. Para personas como yo la primera tentación es leer esto como resistencia.

Por alguna razón, habría cuerpos que se niegan a la inclusión cada vez más agresiva que propone el capitalismo, sobre todo en su dimensión temporal, esa exigencia de estar disponible siempre, para todo, sin demora. Eso quisiera yo.

Pero la resistencia atribuye una intención política a algo que funciona más bien como una objeción sin sujeto, un punto en el que el cuerpo simplemente no responde a la demanda. Nadie decidió no tolerar el ruido. El ruido se volvió intolerable. Llamarlo resistencia se vuelve romántico, como alguna gente hace con la psicosis, y de paso convierte a quienes sufren con esos rasgos en héroes involuntarios de una crítica que no pidieron encarnar.

Hay una objeción circulando, es cierto, muda, sin firma, individualizada, individualizante y capturable por el sistema como toda objeción.

Sin embargo ¿qué significa que se esté perdiendo el humor? No en el sentido de que la gente ría menos —se ríe muchísimo, la risa es contenido, industria, formato, tiempos del stand up comedy— sino en el sentido de que el humor esté dejando de poder hacer lo que hizo durante casi toda la historia de la especie.

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En El amanecer de todo, de David Graeber y David Wengrow hay un pasaje que suele pasar desapercibido, retoman el trabajo del arqueólogo evolutivo Christopher Boehm sobre las bandas recolectoras igualitarias de África, Sudamérica y el sudeste asiático. Boehm identifica el repertorio con que esas comunidades le bajaban los humos a los posibles abusones: ridiculizarlos, avergonzarlos, desdeñarlos y, en el caso de los sociópatas reincidentes, a veces matarlos sin más. Lo notable es que nada de eso tiene parangón entre otros primates. Los gorilas no se mofan unos de otros por ponerse a golpear el pecho. Los humanos lo hacemos con regularidad. La conducta dominadora bien puede ser instintiva, heredada de nuestros ancestros simios; la lucha contra ella no lo es. Es una estrategia pensada, y las sociedades que la emplean muestran lo que Boehm llama inteligencia actuarial: imaginan cómo sería su mundo si las cosas se hicieran de otro modo —si al cazador más hábil no se le quitara importancia sistemáticamente, si la carne del elefante la repartiera quien lo mató y no alguien escogido al azar— y actúan para que no ocurra.

Graeber y Wengrow concluyen que si eso es la esencia de la política —la capacidad de reflexionar conscientemente sobre las direcciones que podría tomar la propia sociedad—, entonces ser animal político y ser animal que se burla son casi la misma cosa.

La burla al cazador exitoso no es folclor: es la forma cotidiana, ordinaria, de baja intensidad, en que una comunidad ejerce su libertad de no obedecer. El humor como tecnología antiautoritaria, la más antigua que tenemos.

La historia posterior está llena de sus variantes. Los policías-payasos de los kwakiutl, que ejercían autoridad solo por temporadas y disfrazados de ridículo, como si se cuidara de que nadie confundiera el mando con algo serio. El carnaval medieval y sus mundos al revés, donde el poder y la autoridad eran derrocados o puestos en ridículo una vez al año, invocando una época primordial de igualdad. Y mi historia favorita en este libro (El amanecer de todos): Kondiaronk y los otros americanos que, llevados a Francia a fines del siglo XVII, volvieron —según registra Lahontan— burlándose de todo. Se reían de las artes y las ciencias, hacían mofa de la diferencia de rangos, calificaban de esclavos a los europeos por obedecer a un hombre que no estaba sujeto a más ley que su voluntad.

No discutían: se reían. La risa era el argumento. Frente al espectáculo del poder absoluto, la respuesta más lúcida era la carcajada, porque la carcajada dice lo que la discusión concede al discutir: que eso no merece ser tomado en serio.

Peter Sloterdijk le puso nombre a esta estirpe: quinismo, con q — la insolencia plebeya de Diógenes respondiendo a Alejandro desde el tonel, la risa corporal y desde abajo como forma de conocimiento. Kondiaronk es un quínico perfecto, y el mecanismo de Boehm, quinismo antes de Grecia.

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Si el humor fue eso —el órgano igualador, el ejercicio ordinario de la política— entonces su pérdida no es la pérdida de un lubricante social. Es la pérdida de una capacidad civilizatoria. Y me parece que la pérdida está ocurriendo por al menos tres vías, y no es que no haya risas.

La primera: el poder se volvió imburlable. La burla arcaica necesitaba un cuerpo, un fanfarrón golpeándose el pecho, alguien a quien avergonzar. La dominación contemporánea no tiene cuerpo. Es la métrica, el algoritmo, la plataforma, la evaluación de desempeño. ¿de quién nos reímos cuando el amo es un promedio? Y cuando el poder sí tiene cuerpo, ese cuerpo aprendió el truco definitivo: la desvergüenza. El líder que hace de su impudicia un capital es inmune al mecanismo de Boehm, porque el mecanismo operaba sobre la vergüenza, y no hay cómo avergonzar al que convirtió el escándalo en su forma de acumulación. Nos reímos de él sin descanso y la risa le rebota; peor, lo alimenta. Sloterdijk diría que aquí no hay misterio sino cinismo consumado — esa falsa conciencia ilustrada del que sabe lo que hace y lo hace igual—: el amo aprendió a reírse primero. Un poder que incorporó su propia sátira, que se autoparodia sin pudor, es inmune a la burla porque ya ocupó ese lugar, se adelantó.

La segunda: la burla fue capturada. La ironía es hoy el tono oficial del mercado —las marcas son irónicas, la publicidad es autoconsciente, el algoritmo premia el sarcasmo— y cuando la burla circula socialmente lo hace cada vez más invertida, hacia abajo. El matonaje escolar y digital es burla, técnicamente hablando; pero es burla que consolida jerarquía en lugar de disolverla, el reverso exacto de su función arcaica. El mismo instrumento que servía para bajarle los humos al fuerte sirve ahora para hundir al débil.

La tercera vía es quizás la más triste. La función niveladora no desapareció —las sociedades no renuncian a nivelar—, sino que ejecuta formas sin risa: la denuncia, la judicialización, etc. Reconozco ahí el mismo impulso que en la burla al cazador, el impulso de que nadie se agrande demasiado. Pero es shaming moralizado, solemne, sin la reversibilidad del carnaval. El mundo al revés carnavalesco duraba una fiesta y volvía; castigaba en ridículo, no en destrucción; dejaba al burlado adentro de la comunidad, escarmentado pero vivo socialmente. Sloterdijk leyó la historia política moderna como una economía de la rabia (y yo agregaría de la culpa) con bancos —la Iglesia, el partido— que recolectaban la ira de los humillados y la invertían en proyectos de mundo; la denuncia sería microdepósitos de indignación de descarga inmediata, recolectados por plataformas que los monetizan sin proyecto. Una sociedad que solo puede nivelar por vía punitiva es una sociedad que conservó la vergüenza y pero en la que ya no hay juego. Y la vergüenza sin el componente lúdico se vuelve siniestra.

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Freud en 1905 decía que el chiste es un fenómeno de tres. Requiere un tercero ante quien el chiste se cuenta, un testigo cuya risa sanciona el pacto; y por lo mismo un tiempo compartido, esa sincronía mínima en que el remate cae para todos a la vez. El chiste tendencioso, además, necesita que el poder pueda quedar en falta ante ese tercero: nos reímos juntos del amo, y en esa risa conjunta el amo pierde algo que ninguna argumentación le quita. En 1927, agrega que el humor es esa forma rara en que el superyó, la instancia feroz, se vuelve por un momento tierna y le dice al yo aterrado algo así como mira, nada es taaaaan grave. El humor como triunfo del narcisismo, sí, pero también como prueba de que la instancia que nos vigila moralmente puede, a veces, consolarnos.

La pérdida del humor sería entonces una mutación del superyó. Ya no la instancia que permite reírse de la propia sujeción, sino el imperativo puro: rinde, goza, optimízate, está disponible. Un mandato que no admite distancia, porque la distancia es exactamente lo que el humor abría y lo que el régimen de disponibilidad total clausura. Aquí vuelve la dimensión temporal. El chiste necesita simultaneidad, un presente común donde la comunidad coincide para reír. El capitalismo de la conexión permanente —lo que Jonathan Crary llamó el 24/7— no prohíbe ese presente común: lo evapora. Sloterdijk lo diría espacialmente: la escena cómica era una esfera, un interior compartido con su propia acústica, donde el remate caía para todos a la vez porque se respiraba el mismo aire; lo que queda es espuma — celdas co-aisladas que comparten pared pero no interior. Cada cual en su pantalla, en su feed, en su huso horario atencional propio. Seguimos riendo, pero ya no al mismo tiempo ni de lo mismo ni ante un tercero.

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Me dirán que exagero, y que nunca circuló tanta risa colectiva como ahora: los memes. Y es cierto que a primera vista los memes desmienten todo lo anterior. Parecen el retorno del carnaval — anónimos, colectivos, irreverentes, capaces de poner al poder en ridículo a una velocidad que Kondiaronk no habría soñado. Lo vimos en Chile en octubre de 2019. Hubo semanas en que el meme funcionó como burla niveladora en sentido estricto, una multitud riéndose junta, al mismo tiempo, del mismo amo. No quiero entonces decir que el meme sea la degradación del humor. Quiero decir algo peor: que es el lugar donde la función cómica sobrevive pero las condiciones que pronto la traicionan.

La primera condición toca la estructura misma del chiste. El Witz es un acto: alguien lo cuenta, arriesga algo al contarlo, y un testigo presente sanciona el pacto con su risa. El meme no tiene enunciación, solo enunciado; circula sin autor, sin riesgo, sin escena. Y su tercero ya no es un testigo sino una audiencia cuantificada: la risa no se comparte, se cuenta. El like es risa convertida en métrica, y una risa que la plataforma contabiliza ya no sella ningún pacto entre nosotros — alimenta un modelo de negocios. Uno se ríe solo, físicamente solo, de algo que «todos» vieron pero que nadie vio con uno. Simultaneidad estadística sin presente común: la sincronía en versión fantasma.

La segunda condición es la propiedad del medio. Nos burlamos del amo en la casa del amo. Cada meme contra el poder es engagement para la plataforma, trabajo gratuito de producción de atención: la burla no le rebota al poder, lo monetiza. Y fue en el meme donde la inversión de la herramienta se consumó — las nuevas derechas lo aprendieron mejor que nadie, y buena parte de la energía carnavalesca de la última década terminó puesta al servicio de burlar hacia abajo con apariencia de burlar hacia arriba: reírse del débil cuidadosamente disfrazado de élite. El meme demostró que la mofa es políticamente ambidiestra, cosa que el carnaval, anclado en una comunidad concreta que sabía perfectamente quién era el fuerte, no permitía con tanta facilidad.

Y hay una tercera figura, que ya no es el meme sino el reel, y es más desoladora: el humor como formato de retención. El remate optimizado en laboratorio para que la mano no suelte la pantalla, la comicidad serializada, sin tendencia, sin blanco, pura descarga — el chiste vuelto estímulo, industrialmente. Ahí ya no hay siquiera burla capturada: hay risa sin objeto, el reflejo puesto a producir. Y noto algo que me sigue dando vueltas: los mismos niños que no entienden la talla en la mesa pasan horas frente a los reels, y se ríen. No perdieron entonces la capacidad de reír. Perdieron — les perdimos — la escena donde la risa hace lazo y política. El reel es la prótesis exacta de esa pérdida: entrega la risa sin exigir el tercero — risa en régimen de espuma, una carcajada por celda—: el pornhub de la comicidad.

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Ahora puedo volver al comienzo, a la consulta, a los niños y adultos que no entienden el chiste. Porque si algo de todo esto es cierto, la incomprensión del humor cambia de estatuto. No es que ciertos sujetos fallen en entrar a la escena cómica común. Es que la escena cómica común está colapsando, porque el humor requería precisamente esa sincronía, ese tiempo compartido con el semejante que el régimen de disponibilidad deshizo. El diagnóstico individualiza como déficit cognitivo lo que es una pérdida civilizatoria. Y quizás valga lo mismo para los demás rasgos. Sloterdijk mostró que el siglo XX inventó el atentado contra el ambiente mismo — ya no se ataca al cuerpo sino al aire que respira—; la captura permanente de la atención es la versión cotidiana de ese atmoterrorismo, y la hipersensibilidad al ruido no sería un déficit sino la defensa de un organismo sobreexpuesto que perdió su envoltura.

Eso es la objeción sin sujeto: no una resistencia, una reacción inmunológica. El niño que no entiende la talla sería menos un caso que un indicador: el punto donde se registra, en un cuerpo, que ya casi no queda lugar desde donde reírse juntos del amo.

Y la época, hay que decirlo, ya está administrando el indicador. La neurodivergencia se volvió nicho identitario y activo de capital humano; el hiperfoco se contrata como talento en las tecnológicas; la inclusión agresiva incluye ahora a la objeción, debidamente etiquetada, medicada, testeable y empleable. Hasta la falta de humor encuentra su lugar en el organigrama: hay puestos donde no entender la talla es una ventaja competitiva. La objeción muda del cuerpo va ocupando así el lugar que antes ocupaba la carcajada colectiva, y esa sustitución —del chiste por el síntoma, de la mofa compartida por la hipersensibilidad solitaria— es quizás la medida más exacta de lo que estamos perdiendo.

No sé si el proceso es reversible. Sospecho que la pregunta correcta no es cómo recuperar el humor, como si fuera una competencia que se entrena, sino qué haría falta para que volviera a haber un tercero: un tiempo común, una escena compartida, alguien ante quien el poder pueda todavía quedar en ridículo. (Y una advertencia que me hago a mí misma: Sloterdijk acusaba a la crítica de haberse vuelto ciencia triste, de operar bajo un a priori del dolor. Un lamento por la risa corre siempre el riesgo de ser su propio síntoma) Mientras tanto, siguen multiplicandose los que no entienden el chiste, y yo pensando que tal vez no les falta algo a ellos sino que nos está faltando algo a todos, y que sus cuerpos lo están diciendo del único modo que va quedando: sin reírse.

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