Gerardo Muñoz / Algunas notas sobre Naza (2026)

Cine, Estética, Filosofía, Política

El documental Naza (2026), dirigido por Yuval Abraham and Rachel Szor que en estos días podía verse en el Festival de Cine de Nueva York introduce un concepto al léxico de la devastación en curso: “naza”, una abreviación de “nezek agavi” o daños colaterales a causa de los bombeardeos teledirigidos del ejército israelí sobre la población de Gaza. Si bien la noción de “daño colateral” no es ajena a las normas del derecho internacional de conflictos, la novedad de la noción de la naza es que ahora se limita al objetivo mismo del acto bélico. En varios de los testimonios – todos ellos grabados desde tejados del centro de Tel Aviv – queda claro que esta nueva fuerza tecnológica no busca simplemente aniquilar a un ciudadano específico, sino hacerse cargo de una “naza”, como si la vida humana sólo pudiera ser pensada como paquetes, tal y como lo determina la propia eficacia de su funcionamiento letal.

En el inglés del consumo diario hay una palabra para esto: bundle. Asimismo, la naza es un bundle o paquete de cuerpos potenciales que la nueva forma letal de la inteligencia artificial busca destruir como blanco de guerra. Esto supone una modificación fundamental del encuadre del régimen escópico del poder político moderno, puesto que ahora el poder deja de operar sobre cuerpos en el espacio social y de la nave que comanda para ocuparse de bundles de seres vivientes, como si se trataran de mercancías ya fechadas por la propia caducidad de algunos de sus cuerpos. En un momento del documental se nos habla de Gaza como un campo que en su totalidad es un “blanco” para la matanza – desde luego, desde la antigüedad romana sabemos que volver desértico un territorio para pacificar ha sido una pulsión arcaica del poder. La novedad es que ahora se ha expropiado el índice de vitalidad antes que aparezca en un primer plano, puesto que solo existe en virtud de la naza. En este nuevo ordenamiento, la naza es la fase superior de la ars venatoria del coto de caza.

Naza (2026) es, en efecto, el teatro de operaciones en el que los ejecutores de estas tecnologías dan muerte a distancia. Esa distancia desinhibe un psiquismo que ha extraviado su principio de culpa y justificación; un acople tan perfecto entre verdugo y estructura que ya no depende de la sentimentalidad moral ni de resortes para amortiguar el peso de los afectos de aquella moral burguesa tan escurridiza en sus modos de identificación y desidentificación, como en su momento lo estudió Moral burguesa y revolución (1963). Más bien, ahora el verdugo es un “técnico” o un “funcionario”; un “encargado de las operaciones” y “un substituto de lo mismo que otro había hecho”; también un “miembro de una élite en la jerarquía del sistema” y “una pieza más en la máquina”; y “el que apretaba el botón” porque esa era la orden al interior de la cadena de ejecución. Los últimos funcionarios de la Humanidad han delegado aquello que la modernidad había ganado desde la invención de la autoconciencia: el propio principio de la delegación. El brindis por el triunfo de la conciencia que aparecía como una virtud insoslayable en la Carta al duque de Norfolk (1865) ahora sufre una atroz inversión: el brindis es por la “misión” realizada. Y así, el producto concreto de la misión es la producción de la naza; es ahí donde explotan todas las malas y buenas conciencias.

El grado de abstracción de las palabras de los funcionarios nos alejan del melodrama de la conciencia, poniendo en evidencia el deterioro de una lengua (no es un problema nuevo si atendemos a la conocida alarma temprana de Scholem sobre el hebreo). Pero no estoy en condiciones de ahondar en estos, porque no conozco la lengua hebrea moderna. Lo que sí es evidente para cualquier espectador es la facilidad de articulación y discurso que se desprenden de cada uno de los testimonios, algo que introduce un punto de inflexión sobre el género del testimonio. En rigor, el testimonio es una zona opaca donde el propio lugar de enunciacion de un agujero negro, titubeante, y de una profunda fragilidad sobre el trabajo de la memoria (solo hay que pensar en las cintas de Claude Lanzmann o Alain Resnais). En cambio, los testimonios en Naza brillan en la transparencia de su modelación, incluso cuando aparecen desde temblorosas manos que van dibujando los croquis y las protoformas de los operativos de la destrucción urbana de Gaza. Una lengua segura de sí misma es ya una no-lengua que, una vez integrada a la automatización, expresa el funcionamiento de la máquina que le ha expropiado su relación con la sensibilidad del mundo. Por eso cada término (función, operación, misión) tiene algo de abstracción en virtud de ser un mero pleonasmo; y, como sabemos gracias a los antiguos, perseverar en el pleonasmo es la fuente del mal. Así, los testimonios de Naza registran la aniquilación de una lengua que vive bajo los escombros, justamente porque todo termina siendo transparente y anodino. Sólo deshaciéndose del lenguaje el verdugo es capaz de aceptar con ecuanimidad la destrucción de la humanidad. Pero sabemos que la verdad supone una distancia con respecto al mundo, incluso tomando en cuenta sus peligros y amenazas reales. Esa es la cuestión del límite que aún nos deja ver, por ejemplo, un pintor supremo como Nicolás Poussin en “Paisaje con un hombre asesinado por una serpiente” (1648) en el que vemos un hombre a toda prisa ante el horror presenciado, mientras que una campesina en el fondo del cuadro levanta las dos manos en clemencia. La pintura registra no solo el horror de la muerte de un viviente, sino que absorbe esa verdad inescrutable que simplemente ha aparecido sin necesidad de argumentos, y que hoy recae sobre el oscuro régimen del cálculo computacional.

El mundo que viene – y en el que irremediablemente ya estamos por defecto – es un mundo que no puede atender a la verdad de la pintura de Poussin, aunque no ha dejado de ver a diario las masacres cometidas en Gaza en tiempo real; masacres de familias enteras y de niños, aunque solo bastaría que fuese de una sola persona, como él mismo cuerpo azulado que la serpiente ha llevado a la asfixia y al dolor, para que la humanidad sucumbiera al espasmo del terror de la muerte. Pero hoy ya nadie corre ni se desespera. En efecto, hoy ya vivimos en un mundo que es indiferente a la verdad, que en último término es la verdad de la inexorable finitud. Naza (2026) registra los testimonios de operativos que, desplegando su logística como ecocidio permanente, se ha atrevido a depurar lo más sagrado de la viviente en el mundo. Desde luego, salvar este mundo estando fuera, para así retener la sorpresa y el horror, es la tarea de los últimos hombres de una tierra donde pareciera que la vida ya no muere, ni la muerte es tampoco cosa del viviente.

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