Roque Farrán / Filosofía del nacimiento: cogito afectivo

Filosofía

I

Toda filosofía comienza con una escena característica donde el pensamiento toma cuerpo. La escena relatada suele tener aspectos ficcionales, recreados a posteriori de lo ocurrido realmente y resignificados por múltiples trayectos que encuentran allí su razón de ser. La más conocida quizás sea la de Sócrates cuando interroga (él mismo o a través de un amigo, poco importa) al oráculo de Delfos acerca de quién era el hombre más sabio de Atenas; la respuesta del oráculo es la que determina su deambular por las plazas públicas desplazando la incómoda interrogación a los demás ciudadanos respecto de lo que creían saber, puesto que él sabía que no sabía nada pese a la respuesta (o justo por eso) del oráculo que lo colocaba como el más sabio de todos. También conocemos la escena de Descartes frente a la chimenea, detenido por la nieve durante una campaña militar, poniendo en cuestión todos los saberes aprendidos hasta el momento, e incluso los datos que le suministraban sus mismos sentidos, a través de la duda metódica; lo que le permitirá luego desarrollar el célebre método de pensamiento que propone a la modernidad.

La escena de pensamiento en la cual nace la filosofía que propongo es un poco más traumática que las anteriores y me costó bastante tiempo escribirla. O, al menos, dos grandes escansiones temporales y lógicas vividas a distinta escala. El poder hacerlo ahora es lo que ha decidido también la apuesta filosófica que sostengo en su dimensión pública y de transmisión abierta, a la letra, si bien era una práctica que ya venía poniendo a prueba en distintas instancias de escritura e intervención. Una filosofía decidida por una instancia de prueba que se resignifica a cada instante. Vuelvo entonces sobre la escena en cuestión.

Me encontraba inmovilizado en una sala de internación, conectado a diversas sondas de las que ingresaban o salían líquidos, asistido por enfermeras y médicos que iban y venían. No podía hablar, ni comer, ni tomar agua. No tenía fuerza y respiraba con dificultad, asistido por una válvula a la altura de la garganta, a la vez que tenía accesos de tos y fiebres recurrentes. Había ido despertando de a poco, según me contaban, porque cada vez que me intentaban sacar del coma inducido empezaba a tirar patadas y puñetazos para todos lados. Resulta que no podía respirar por una lesión en el pulmón que no habían visto y por eso me hicieron la traqueotomía. Esto describe apenas el estado de inermidad absoluta en el que me encontraba y lo abrupto que fue el despertar. También que podría no haber despertado. ¿Qué había sucedido? Ya lo he contado en otras partes y no es el asunto principal aquí: llegué a la sala de internación luego de recibir un disparo en el que casi pierdo la vida. Luego, en cada decisión médica, la posibilidad de perderla seguía siendo una constante omnipresente. Hasta que me dieron de alta un mes más tarde. Y a las dos semanas nació mi primera hija, Camila.

La escena traumática se resignifica a la luz de lo que fui pudiendo hacer con el cuerpo después, rehabilitándome, y también con la lectura y escritura filosóficas, recomponiéndome en el acto de pensar y cuidar al mismo tiempo. Cada vez que pude recuperar la posibilidad de hablar, comer, beber, caminar, levantar, mecer, dormir, etc., sentía una alegría intensa, difícil de conceptualizar. Tanteé en la tradición y en los textos filosóficos hasta que fui descubriendo los conceptos acordes. Un pensamiento material fue desplegándose como idea adecuada de lo que podía el cuerpo, y la orientación por los afectos resultó decisiva en ese proceso. Mi recuperación se dio al mismo tiempo que me convertía en padre; por la práctica y el ejercicio mismo. No obstante, habrá sido necesario un segundo momento, vivido esta vez a escala masiva, para que se resignificara lo anterior y emergiera decididamente la práctica filosófica cuya teoría ahora esbozo; me refiero a la pandemia de covid-19.

Si bien ya venía trabajando con Spinoza y con las lecturas estoicas de Foucault, la conjunción entre “prácticas de sí” y el descubrimiento del “contento de sí” resultó decisiva para formular lo que llamo “cogito afectivo” (La razón de los afectos: populismo, feminismo, psicoanálisis). En pandemia me aboqué exclusivamente a una escritura filosófica práctica que nos permitiera pasar el mal trance; incluso al borde de la enfermedad, la tristeza y la muerte generalizadas. No se trataba de “salir mejores”, como soñaban algunos, sino de prepararse efectivamente para lo que adviniera en tanto real. La filosofía como forma de vida, serie de ejercicios sostenidos en una práctica consecuente; no mero diagnóstico de situación o explicación de todo. Finalmente, advino lo peor: el avance de las ultraderechas a nivel mundial debido al malestar generalizado y el ejercicio de crueldad al que nos acostumbró la pandemia por no haber acompañado las medidas sanitarias de cuidado con procesos de subjetivación que estuviesen a la altura del trauma colectivo.

Pero un saldo de todo eso se produjo al captar retroactivamente que un afecto tan simple como el contento de sí resulta decisivo en cualquier proceso y a cualquier escala: considerarse a sí mismo y considerar la propia potencia de obrar/existir. La orientación por los afectos alegres y la composición de un cogito afectivo es lo único que puede salvarnos ante la escalada de malestar, tristeza y odio en que nos hallamos inmersos. Aun si desapareciéramos en un instante. La filosofía práctica puede recomenzar en lo peor de la crisis, porque hoy la necesitamos más que nunca, y el cogito afectivo es el punto nodal del recomienzo materialista. Lo escribí muchas veces y lo puse en práctica a través de diversos ejercicios y meditaciones, durante y a la salida de la pandemia, pero ahora lo quiero precisar conceptualmente de manera sencilla y clara.

El cogito afectivo presenta cuatro momentos lógicos, mutuamente implicados: (i) momento discriminante, (ii) momento reflexivo, (iii) momento expansivo, (iv) momento intensivo.

(i) Momento discriminante: se trata de diferenciar a grosso modo, ante cualquier encuentro o circunstancia, si aumenta o disminuye la potencia de obrar, o sea, discriminar alegrías y tristezas en términos físicos materialistas. Indica una consideración básica, amplia y elemental que permite orientarse en general por los afectos alegres.

(ii) Momento reflexivo: se trata ante cualquier posibilidad de acción, por mínima que esta sea, de considerarse en primer lugar a sí mismo y considerar la propia potencia de obrar, porque así localiza el punto real desde el cual actuar. Indica la reflexividad puntual y la fuerza real que permite orientarse por el contento de sí.

(iii) Momento expansivo: se trata de desear que los demás realicen su potencia de existir según su propia naturaleza y ofrecerles lo que podamos para contribuir a ello sin caer en circuitos espurios de deudas y recompensas. Indica la apertura y la composición que permite orientarse por la generosidad.

(iv) Momento intensivo: se trata de alcanzar la máxima potencia de pensar y el máximo contento que pueda darse al conocer cada cosa singular en función del conjunto infinito al que pertenecemos, sin remitir a predicados característicos ni jerarquías de saber. Indica un modo de conocimiento experimental y afectivo que permite orientarse por la beatitud y el tercer género de conocimiento: la intuición.

El cogito afectivo parte de la consideración del cuerpo para determinar si aumenta o disminuye la potencia de obrar. El problema es que hay al menos tres cuerpos o registros corporales: imaginario, simbólico, real. El cuerpo imaginario es el que se constituye en el estadio del espejo, por tanto es dual, proyectivo, masivo y se rige por el ideal de las buenas formas; por eso también es rígido o esquemático, incluso si fluctúa por modificaciones miméticas puramente reflejas. El cuerpo simbólico es el cuerpo de la lengua, los trazos y huellas significantes que abren al juego de la terceridad, la falta y la diferencia; si bien es más flexible que el anterior, porque admite relaciones, comparaciones, medidas, etc., puede quedar constreñido al simple juego retórico, la performance discursiva y la lógica fálica de las competencias, sin incidencia o mutua afectación con lo real. El cuerpo real es aquel del que Spinoza dice que no sabemos lo que puede; y sin embargo, anudado a los otros dos, podemos registrar cuándo aumenta o disminuye su potencia de obrar sin medida ni comparaciones con el ideal, por implicación material integral. Por eso resulta indubitable cuando el aumento o la disminución de la potencia de obrar va acompañado de una idea adecuada, emergente de los tres registros corporales en su mutuo anudamiento; no es una cuestión cuantitativa o cualitativa, sino nodal y ligada a la letra. No hay un registro corporal más importante que los otros, pues los tres se sostienen mutuamente. Allí donde la imagen amable o deseable muestra su reverso horroroso de sombra y, en lugar de proyectarlo hacia los otros, asume la trastabillante palabra del Otro en una modulación propia, al circunscribir vertiginosamente el vacío localizado. Allí donde la huella significante se pierde y, en la iteración de un débil eco resonante entre figuras pétreas y nieblas del significado, en lugar de atarse al mástil del significante amo o hundirse en las aguas turbulentas del significado, encuentra lo real del hueco a seguir. Allí donde finalmente lo que puede un cuerpo, un deseo, un pensamiento anudan su cifra única, esquiva no obstante a fáciles transmisiones, estandarizadas o virales, por los muros de los cuerpos y las mentes distraídas por doquier; allí donde cada parte importa en su conexión con otras, porque si una se corta el conjunto se desintegra.

Esto puede sonar todavía muy abstracto, aunque vaya al hueso del asunto: los registros corporales y modos singulares a través de los cuales nos constituimos. Por eso quizá sea necesario apelar a una segunda escena. Pensaba en ella cuando hicimos la ecografía 4D para ver a Vera, mi segunda hija. Nos veníamos preparando con cuidado, en particular yo, dado lo acontecido en el anterior nacimiento, del único modo que sé hacerlo. Por eso escribo, no ceso de escribirle. Y su mamá también. Comparto entonces unas palabras que escribí dirigidas a ella, sobre la alegría de considerarnos a nosotros mismos y considerar nuestra potencia de obrar, de gestar en este caso, y del gesto singular que no se reduce a la imagen esperada.

§ Al fin pudimos ver tu carita, hija, que nos ocultabas misteriosa tras tus manos, como jugando a la escondida, o porque inquieta te movías demasiado y la ecografía no podía captar tu imagen clara y distinta. Te habíamos visto y oído por partes: un piecito, la columna vertebral, la circunferencia de tu cabeza, el corazón latiendo fuerte, siempre, como una constante. Por supuesto, te hablamos y sentimos a diario tus pequeñas patadas, pero teníamos la expectativa de que te muestres. Y así fue, para alegría de todos.

Lo que tienen de fascinante las imágenes en cuatro dimensiones es que captan el conjunto en movimiento, y a la vez no dejan de tener algo artístico, como si fuesen un cuadro o una escultura. Pero hay un gesto singular que no depende solo de la imagen, por eso escojo para escribirte y compartir ante otros aquella en la que se ven tus manitos de costado y tu rostro insinuado apenas, donde parecés una pequeña flautista. La noche anterior tu mamá soñó que estabas sentada como un Buda, y quizás algo de eso se juega en tu nombre.

Pensaba además en todo lo que puede cargar un nombre hasta que se vacía de sentido, en las expectativas que genera la imagen y el juego eterno de los parecidos, en que no sabemos realmente lo que puede un cuerpo, y en el nudo único que solo el amor puede hacer entre lo diverso que nos constituye. Y eso tenemos para ofrecerte en cada gesto que venimos trenzando con cuidado, acá mismo, en un mundo que se cae por todas partes. El amor es lo que nos sostiene.

II

Vera nació el domingo 9 de agosto, se adelantó unos días a la fecha estimada por los médicos, que era 14 de agosto. No sabíamos que caía justamente el día internacional de los pueblos indígenas; tampoco recordaba una frase que leí al pasar en la conmemoración de ese día: “La tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Todas las cosas están conectadas como la sangre que une a la misma familia.” Firmada por el jefe indio Seattle, la frase pertenece a una extensa nota que leí de muy niño y se encuentra grabada en un casete junto a las voces de mis hermanos. No todo tiene que ver con todo, como se dice a veces, sino que hay recurrencias singulares en esta trama en común. Estamos muy contentos de reencontrarnos en cada giro de esta historia, que es la de la tierra, del cosmos, y que cada uno de nosotros cuenta como puede.

En medio de la lucha por la Ley de tierras, pensaba además esto: si pudiéramos invertir la proposición, el modo de expresión, y decir, en lugar de la tierra es nuestra, nosotros somos de la tierra que habitamos y cuidamos; somos parte de ella y agentes responsables por lo que en ella y gracias a ella sucede. No estamos solos, infinidad de seres nos acompañan, incluso nuestros muertos. Quizás algo podría empezar a transformarse en serio; saldríamos de los círculos de la repetición estéril, de la posesión estúpida, de la posición infatuada, de la fascinación con los poderes oscuros de los adversarios. Seríamos más generosos, abiertos y risueños. Quizás estemos a tiempo de devenir otros, no sé si mejores, al menos más reales, conectados a nuestras verdaderas condiciones de existencia.

Luego, el domingo 16 de agosto se cumplió una semana desde que nació Vera y festejamos el día de las infancias con su hermana. Hice un asado modesto y por suerte nos tocó un día peronista, con sol y sin viento. Un adelanto de primavera. Cada nacimiento no solo nos confronta a la paternidad o maternidad renovadas sino a nuestra propia infancia; así, nos reconocemos en cada gesto, rasgo y color de ese pequeño ser recién traído al mundo. También volví sobre aquella frase del viejo indio que leía siendo niño: “Aquí termina la vida y comienza el sobrevivir”. He probado invertirla con la alegría del nacimiento, la conexión fraterna, el nuevo nudo de amor que nos sostiene. Pero claramente no puede ser una garantía absoluta, apenas se trata de una apuesta y una decisión de vida que sostenemos como podemos. Por supuesto, hay instancias y lugares que ayudan; la escritura, por ejemplo.

Escribí antes lo que suscitó su primera imagen en la ecografía 4D, ese relato se encuentra también al final de un artículo y de un libro de filosofía. Tomé aquel gesto de ternura repetido de un artículo de Julián Ferreyra, colega deleuziano, quien comenzaba relatando el nacimiento de su hijo y el juego ontológico de los parecidos para pensar en una biopolítica afirmativa, entre Hegel y Deleuze. Yo tomo otros autores para componer en la misma vía, entre el concepto y la existencia. A pesar de que haya muchos descreídos respecto a una filosofía que emerja en esta tierra, en esta lengua, en esta precariedad institucional, apuesto a que no solo es posible sino necesaria.

Quiero plantear concretamente que, luego de haber pasado de refilón la propia muerte, la filosofía se devela como una preparación para el nacimiento; puede ser tanto de un hijo como de una idea, que ayudan a transformarlo todo, a resignificarlo todo: barajar y dar de nuevo. No hay escalas pequeñas o grandes para una filosofía que se asume como forma de vida: el concepto se trama junto a la existencia y nos orienta en relación al conjunto, los otros y nosotros mismos. Lo que parece íntimo se muestra extimo en su materialidad, asunto de borde o agujero que habilita el pasaje a otras dimensiones de la experiencia.

He vuelto entonces, como decía, a la antigua la carta y me he preguntado qué hacía yo siendo niño leyendo una sentencia tan grave, mientras mis hermanos menores jugaban. Lo contaba también al comienzo de mi último libro, La filosofía como intervención: formación, afectos, militancia. Para formar hay que tener cierto cuidado, saber jugar con las proposiciones y saberes, las cartas que nos tocan, los juguetes y los gestos; militar no puede ser un mandato sacrificial o una obligación penosa; poder responder por otros, junto a otros, tiene que surgir del deseo compartido y el entusiasmo colectivo.

Al leer sobre la visibilización del padecimiento de las infancias en la última dictadura volví sobre aquellos temores infundados que tenía siendo niño: ser apresado y torturado, plantearme como mis padres si iba a traicionar a mis compañeros, la capacidad de resistencia al sufrimiento, etc. ¿Por qué tanta seriedad, tanta gravedad o solemnidad a edad tan temprana? Algo del decir de los otros, las razones afectivas transmitidas en innumerables reuniones de militancia, fue haciendo cuerpo en mí, para bien y para mal. Hoy puedo distinguir aquello con lo que compongo y aquello con lo que no, vía el disfrute, a través de lo que he llamado un cogito afectivo.

En el día de la muerte del libertador de nuestra patria, el General Don José de San Martín, mencioné que toda la solemnidad de los actos escolares, donde se transmite la historia de nuestro querido país, no puede tener efectos de formación real si no se acompaña con el cuidado, el juego y el amor necesarios. O, como dice mi amigo Diego Singer, con ejercicios de admiración que nos permitan conectar significativamente con otros. Para eso es necesario entender que las conexiones pasan por ciertos agujeros que no se interpenetran; una topología nodal del lazo social; una apuesta por un enlace que no somete. Es lo que hoy necesitamos más que nunca: recuperar la confianza en el Otro.

En cada gesto de Vera, en cada arrullo, canto y cuidado, cuando su madre le da la teta, en la sonrisa de Cami al sostenerla en brazos, vuelvo sobre mi infancia para resignificar todas las proposiciones de mi formación, entre ellas una que habrá dicho así: el amor es dar lo que no se tuvo a quienes todavía no lo son, porque van siendo junto a uno, que también cuenta y se escribe en esta historia.

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